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“¡Alégrame el día!”, por Harry Callahan

A continuación os dejo con una nueva firma invitada, esta vez cortesía del amigo Harry Callahan, de  Just another blog:

El otro día recibí un email, uno del tipo de los que suelo enviar yo y que por desgracia pocas veces recibo. En él, aparte de muchas otras cosas, el autor de éste blog me pedía que escribiera algo para su sección de firmas invitadas.

¿Por qué yo? Su blog es un blog serio donde se tratan temas importantes y yo sin embargo me dedico a insultar a la gente y a cometer atrocidades lingüísticas. No soy digno de aparecer por allí.

Ese mismo día por la mañana me crucé por la calle con mi escritor favorito. Eran casi las 2 y me encontraba en una céntrica plaza esperando a unos amigos con los que me había citado para comer. Para variar llegué puntual, es decir, el primero. Pasé por una libreria a ojear libros y suavizar la espera aire acondicionado mediante. Algo más tarde salí a la calle a esperar, friéndome al sol de verano, por si alguno de mis amigos decidía aparecer a una hora decente, cosa que no pasó.

Era un lugar céntrico, de paso, y mi vista recorría las caras de los que por allí circulaban, ignorándome como si fuera un simple elemento más de mobiliario urbano. Entonces le ví. Llevaba una camisa a cuadros verde y blanca, de manga corta, unos pantalones marrón claro y zapatos. En una mano un maletín de piel y en la otra no recuerdo qué. Supongo que mis ojos no pudieron contener la emoción que me embargaba y de alguna manera le transmití telepáticamente un mensaje al gran autor, que por un momento dejó de mirar al frente para dedicarme una mirada fugaz y directa.

Sí, nuestras miradas se cruzaron y fue un instante mágico. No me refiero a la clase de magia que produce movimientos en la entrepierna, sino el sobresalto propio de sentirte descubierto, como cuando observas a alguien y de repente, por razones que no alcanzo a comprender, éste parece sentirse observado y te mira directamente. ¿Cómo sabe que eres tú? ¿Cómo sus ojos encuentran los tuyos tan rápìdamente? ¿Serendipia? En fin, que una de las personas a quien más admiraba se había dado cuenta de mi existencia.

Acto seguido volvió a mirar hacia donde lo hacía antes y prosiguió su camino sin detenerse mientras yo le seguía con la mirada. Estuve tentado a decirle algo, ¿pero qué? ¿“Hola, soy tal, eres mi ídolo”? ¿Qué soy, una fan quinceañera faltada de amor y neuronas? ¿”Hola, soy tal, me gusta cómo escribes”? Tampoco. La respuesta podía haber sido “vale, y a mi qué” o “pues a mi no me gusta tu cara de gilipollas así que apártate que tengo prisa”. Cualquier situación que pudiera imaginar acababa trágicamente. Primero porque yo pasaba de ser un fan anónimo a ser un fan gilipollas conocido y segundo porque mi venerado autor puede pasar a convertirse en “aquel imbécil que me gustaba”.

Supongo que inconscientemente decidí dejar las cosas como estaban y preservar nuestra relación, plenamente satisfactoria para ambos. Aunque una parte de mi se pregunta qué podría haber pasado si en lugar de dejar pasar el tren me hubiera montado en él. Quizá nos hubiésemos caído bien y hubiese plantado a mis amigos para ir a comer con él, dando lugar a una cordial amistad. Pero eso ya es imposible. La fan podría haber convertido sus sueños en realidad y acostarse con su ídolo musical, presumiblemente un cantante analfabeto, y comprobar que es una simple persona que a pesar de tenérselo muy creído, la tiene pequeña y le cantan los sobacos. La realidad puede ser decepcionante y a veces puede ser conveniente vivir en sueños, con miedo a actuar, y tener absurdas esperanzas. De ahí el éxito de la religión, digo yo.

Acabé comiendo con mis amigos, los de verdad, a los que puedo insultar o decirles lo que pienso sin temer ninguna reacción. Nuestra amistad es sincera y transparente, real. Nos aceptamos como somos a pesar de nuestras diferencias. Eso es algo que tiene mucho mérito pues si fuéramos políticos cada uno de nosotros estaría en un extremo del arco parlamentario, de la izquierda a la derecha pasando por el nacionalismo y en medio yo, en la equidistancia que me permite estar de acuerdo con todos y con ninguno a la vez. Ese día hablamos de todo un poco, desde la omnipresente política a la más absurda de las anécdotas (recuerdo una en particular que mezclaba estos temas: viaje a Bolivia, muy mala -incluso terrorífica- digestión, lavabo público de pago custodiado por un guarda, escasez de papel higiénico pero abundancia de periódico, bloqueo de conductos, desbordamiento, huída a la carrera, etc). ¿Podría haber sido el escritor uno de estos amigos? Es difícil pero no imposible.

De alguma manera el autor de este blog decidió romper su anonimato y enviarme un email diciéndome lo que yo no tuve huevos de decirle al gran autor. Se arriesgó. Lo que puede salir de aquí nadie lo sabe. En cambio, lo que puede salir de mi reacción ante el escritor es nada. Me viene a la mente una cita de Boccaccio perfectamente válida en este caso: vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada.

Si tú también quieres publicar una firma invitada, o deseas tratar cualquier otro tema, puedes ponerte en contacto conmigo en elfilosofoloco@hotmail.es.

Este texto forma parte del archivo de la sección “Firmas invitadas”. Puedes acceder a su enlace original aquí.

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La frecuencia de la comunicación

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la forma en la que la gente se relaciona y forma vínculos, así como los motivos por los que estos vínculos pueden acabar rompiéndose. Incluso he pensado mucho acerca de los vínculos que podrían haberse formado y sin embargo no lo han hecho. Por qué la gente se entiende y se deja de entender, o por qué nunca llega a entenderse.

Ya desde bien pequeño me entretenía escuchando y analizando conversaciones ajenas, discusiones familiares e incluso mis propias relaciones personales. Y lo hacía con el firme convencimiento de que debía existir la forma en que las personas, incluso con todas nuestras diferencias, pudiéramos llevarnos bien. La forma de aprovecharnos de todo lo que nos unía y de quitarle importancia a las cosas que nos separaban, para beneficio de todos. De buscar el modo, simplemente, de entendernos.

De ésta forma, intentando comprender por qué muchas personas no se entendían aun teniendo capacidad para entenderse, me convencí de que el problema principal estaba en la forma en la que las personas se comunicaban. Y lo hice una fría mañana de otoño en clase de Lenguaje, cuando estudié por primera vez la comunicación.

Me enteré de que en toda forma de comunicación había tres elementos básicos: emisor, receptor y mensaje. Estos tres elementos debían relacionarse de forma casi perfecta para que la información fuera transmitida y la comunicación tuviera éxito. Si al menos uno de los elementos fallaba, la comunicación se distorsionaba y se perdía información en el mensaje.

Además, ésta información debía emitirse en un código, cifrado por el emisor del mensaje y que debía ser descifrado con éxito por el receptor del mismo. De este modo, el emisor tenía que transformar la información que quería transmitir en algo que el receptor pudiera entender perfectamente. Por si fuera poco, aún había que tener en cuenta cosas como el canal usado para la comunicación o el contexto situacional en el que pretendía establecerse la misma.

Explicado así, la comunicación parece enrevesada en la teoría y sencilla en la práctica. Cuando se trata de entregar un mensaje simple, es normal que no haya problemas para que nos entendamos. Pero cuando hay que desgranar un pensamiento, un sentimiento o establecer una interacción con alguien, a veces no es nada fácil comunicarse.

Aquella fría mañana de otoño en clase de Lenguaje, la comunicación me pareció algo tan interesante como jodidamente complicado. Definitivamente, me parecía normal que hubiera tantos problemas entre las personas a la hora de entenderse, evitar conflictos o solucionar problemas. Con lo complicado que era todo, lo realmente difícil era que no hubiera problemas de comunicación. Antes o después, siempre aparecen malentendidos que pueden acabar afectándonos. Para comunicarse de forma perfecta, me parecía que había que ser poco menos que un premio Nobel.

A partir de conocer a grandes rasgos los elementos que intervenían en la comunicación, empecé a aplicar esos conceptos a casos prácticos, tanto de personas que me rodeaban como de mí mismo, y continué encontrando respuestas. Para que dos personas se entiendan, no basta con que hablen el mismo lenguaje y se digan lo que se tengan que decir. Intervienen algunos factores externos y sobre todo un mundo de factores internos a nosotros mismos que nos influyen de forma decisiva a la hora de comunicarnos.

Las personas, nosotros que somos continuos emisores y receptores de información, tenemos mayor interés en comunicarnos con unas personas que con otras. Hay quien tiene gran éxito en sus relaciones sociales y quien no lo tiene en absoluto; bien sea por inteligencia, por atracción física, por interés, por aprecio personal o por eso tan relativo como es tener química o feeling.

Con el tiempo, acabé viendo la comunicación entre personas de una forma más simple: como una interacción de seres que emiten y reciben información a una determinada “frecuencia”.

Nuestra forma de ser y nuestra forma de actuar con otras personas son muy importantes para tener éxito en la comunicación. La frecuencia de una persona la forman cosas como el tono que usa, la atención prestada al interlocutor, el énfasis mostrado o la forma en la que interpretemos gestos y señales. Son un montón de pequeñas actitudes propias y personales de cada uno,  que mandan mensajes constantemente a quien tenemos delante, como si fuera una especie de frecuencia que estamos emitiendo todo el rato sin darnos cuenta. Puede que a nuestro interlocutor no le guste la  frecuencia a la que nos estamos comunicando. En ese caso, esta frecuencia toma más importancia que el mensaje principal, y las posibilidades de éxito en la comunicación descienden bruscamente.

De acuerdo con esto, para que una persona potencie sus relaciones sociales y se comunique mejor debe ampliar la cantidad de frecuencias a las que es capaz de comunicarse, ampliando de este modo el número de personas con las que puede congeniar. Y también conocer la propia frecuencia para tener control sobre ella.

Dicho de otro modo mucho más sencillo,  abrir la mente. Abrirla a frecuencias distintas a la propia, para poder entender mejor a los demás. Para que los demás nos entiendan mejor a nosotros.

Muchos años después de aquella fría mañana en clase de Lenguaje, y dentro del proceso constante de abrir mi mente, me interesé por la meditación y esto me llevó a descubrir una sorprendente característica de nuestro cuerpo. Me enteré de que nuestro propio cerebro trabaja con ondas a determinadas frecuencias y que nosotros podemos tener cierto nivel de control sobre ellas en momentos determinados.

En un estado de estrés o tensión, el cerebro trabaja con ondas ram-alta, a una frecuencia superior a 30 hercios. En un estado mental normal, consciente y alerta, nuestro cerebro trabaja con las llamadas ondas beta, a una frecuencia que varía entre 15 y 30 Hz. En un estado mental de relajación, el cerebro trabaja con ondas alfa, a una frecuencia de entre 9 y 14 Hz. Si la relajación es mucho mayor se llega a un estado de vigilia y armonía, con el cerebro trabajando con ondas theta (4-8 Hz), y si la relajación es total se llega a un estado de sueño profundo sin dormir, meditación profunda o hipnosis, trabajando el cerebro con ondas delta (1-3 Hz).

Dentro de este amplio abanico de frecuencias, nuestra mente puede alcanzar varios estados. Mediante estos estados se estimula la creatividad, la solución de problemas y se pueden llegar a sentir las emociones de una forma mucho más nítida.

Tras conocer estos procesos, me di cuenta de que podían tener una ligera similitud con mi teoría de que las personas funcionamos con determinadas frecuencias a la hora de comunicarnos. Dentro de nuestra mente también existe un proceso en el que se transmite información entre un punto y otro, cifrado en un código determinado y mediante un canal concreto. Gracias a estas frecuencias, se produce un proceso de comunicación dentro de nosotros mismos.

Nuestra mente trabaja a diferentes frecuencias y podemos llegar a tener un conocimiento muy profundo de cosas que estaban en nosotros pero que no habíamos podido entender hasta que no hemos sintonizado correctamente para poder hacerlo. Un conocimiento mayor de nuestra mente que nos lleva a captar y comprender las cosas de una forma muy distinta. O dicho de otro modo, a vivir la vida en otra frecuencia.

Cuando la comunicación es sencilla, todo es más fácil. Todo es mejor.

Aprender a comunicarte con los demás hará tu vida más fácil. Aprender a comunicarte contigo mismo, hará tu vida mejor.

Cuando sintonices la frecuencia adecuada y puedas oír la canción, seguramente desearás con todas tus fuerzas que no pare la música.

Credulidad y engaño. Cogito ergo sum

A lo largo de toda la historia y a lo ancho de todo el planeta siempre han existido enormes desigualdades. Desde la antigua Mesopotamia hasta las actuales sociedades de consumo de los lugares que conocemos con el escalofriante nombre de primer mundo.

Debido a estas desigualdades, y también a la codicia inherente a nuestra condición de humanos, ha habido siempre mucha gente que se ha buscado la vida en la detestable, a la vez que fascinante, cultura del engaño. Bien para sobrevivir como se podía o bien para ganar mucho por la vía fácil, el engaño ha estado siempre presente en nuestra historia.

Ante  este panorama, hay una serie de grupos de personas que siempre han salido directa y especialmente perjudicados. Importantes sectores de la sociedad. Me refiero a aquellos que no han sido aleccionados jamás para evitar las tretas. Los que han crecido en un ambiente donde la máxima era el respeto y la responsabilidad. Los de buena fe. Los que han vivido sin haber germinado la semilla de la maldad, y que piensan que todo el mundo es tan bueno como ellos. Incluso los que van de listos pero en el fondo son tan maleables como un trozo de barro fresco. Me refiero a los crédulos.

Hoy en día, teniendo en cuenta la gran evolución que ha vivido la especie humana, no deja de resultar sorprendente que los crédulos, esas personas que dan por ciertas muchas cosas sin someterlas a un estricto juicio interno, sigan siendo legión. Es más, resulta llamativo que en la actualidad, las personas nos advirtamos unas a otras de no caer en engaños mientras, por otro lado, estamos siendo víctimas de otro engaño que no alcanzamos a divisar.

En realidad, los seres humanos somos una mezcla de credulidad y escepticismo, donde lo relevante son las proporciones de ambos, que varían peligrosamente de unas personas a otras.

Muchas personas se consideran escépticas porque toman unas precauciones mínimas ante temas de cuestionable gravedad, para después picar el anzuelo de un engaño mucho más grave y flagrante. Hay, por ejemplo, quien al sacar un extracto bancario rompe en millones de trozos el papelito y desperdiga esos trozos por distintos lugares por si algún pirata informático le roba todo su dinero. Estas personas, después pueden no tener reparos en entregar su voto al más corrupto y sinvergüenza de los políticos “porque se le ve un buen hombre” y, por supuesto, es de su partido, de toda la vida.

La credulidad es un brote que crece fuerte y vigoroso en el caldo de cultivo de la ignorancia, de la falta de educación, del mínimo esfuerzo por pensar. En la actualidad, los campos están perfectamente abonados para la siembra y recogida de crédulos de forma periódica, constante e intensiva.

Para los que viven del engaño, no importa quienes sean los crédulos. Da igual si es un anciano que ha vivido toda su vida en el pueblo y que toma como dogma de fe todo lo que sale por la televisión, por la radio o por la Iglesia. Da igual si es un niño que vive preocupado por seguir la moda del momento y no llegar tarde a la moda siguiente, para poder así ser aceptado en el cruel mundo de la infancia. Da igual si es un adolescente al que le preocupan más los rizos de David Bisbal o las tetas de Hannah Montana que su propia vida. Da igual si es una persona que no ha conocido más mundo que su ciudad ni más gente que su familia y cuatro amigos, donde se fomenta un micromundo de pensamiento unidireccional. Da igual, incluso, si se trata de un discapacitado mental. De hecho, éstos últimos son una auténtica mina de oro para los trileros 2.0 de nuestra actual sociedad.

El engaño genera más poder y más dinero que cualquier otra actividad legal y éticamente responsable. En la mayoría de ocasiones, por omisión o por temeridad, los crédulos tienen gran culpa de ello. Un día, cuando iba al instituto y no me había salido de los cojones hacer un trabajo que debía entregar, puse cara de niño bueno sorprendido y le dije a la profesora que no sabía que el trabajo se entregaba ese día. La respuesta de la profesora, con una sórdida sonrisa, fue “el desconocimiento de la Ley no exime de la responsabilidad de incumplirla”. Todos deberíamos aplicar esta frase en nuestra vida. Viviríamos mejor nosotros, los que nos rodean y los de más allá, porque hay demasiada gente que se escuda en la ignorancia fingida para sacar provecho y que otros paguen por él. Para engañar.

Sin embargo, no todo el mundo se cree lo primero que le cuentan, o pone pocas barreras para creérselo. Ante la credulidad de los crédulos, existe la desconfianza del “si no lo veo, no lo creo”. Para llegar al origen de esta frase, que es dogma de fe de los incrédulos (aunque resulte paradójico), nos tenemos que remontar a la época de los hechos “reales” en los que se basa la Biblia.

Según ésta, cuando Jesús resucitó, hubo uno de sus apóstoles que no las tenía todas consigo. Tomás el Apóstol, hoy conocido como Santo Tomás, rechazaba que alguien hubiera podido volver del mundo de los muertos, aunque fuera su admirado líder. Se negó a admitir su resurrección diciendo:   “Si no veo en sus manos la señal de los clavos,  meto mi dedo en el lugar de los clavos y meto mi mano en su costado, no creeré”. Cuenta el citado libro que, ocho días después, Tomás toca las heridas de su maestro con sus propias manos y entonces cree. Lejos de comprender la duda de Tomás, Jesús le recrimina haber necesitado ver para creer. Realmente curioso.

Pero ya hubo quien, mucho antes que existiera Santo Tomás, teorizó sobre la incredulidad, más allá incluso de las pruebas físicas que nuestros sentidos pudieran percibir. De una forma más profunda y agresiva.

Parménides fue un filósofo griego que nació quinientos años antes de que Tomás el Apóstol no lo creyera si no lo veía. Aunque el racionalismo como tal no se fundara hasta más de dos mil años después, siendo Descartes su máximo estandarte, se podría decir que la filosofía de Parménides era una filosofía fundamentalmente racionalista. Esto quiere decir que priorizaba la importancia de la razón para adquirir conocimiento, por encima del empirismo, que considera más importantes las percepciones de los sentidos.

Por tanto, Parménides creía que los sentidos nos engañaban, nos ofrecían una imagen errónea del mundo, tal y como la ciencia está demostrando en los últimos tiempos. Él pensaba que el máximo grado de conocimiento se podía adquirir mediante la razón, y la percepción de los sentidos debía ser ignorada si no se correspondía con lo que nuestra razón nos dictaba como verdadero.

Si Santo Tomás decía “Si no lo veo, no lo creo”, Parménides no lo creía ni siquiera cuando lo veía. Consideraba que, como filósofo, era su obligación denunciar todas las “ilusiones” que nos provoca nuestro propio cuerpo. Ilusiones que se producen dentro de nuestro cerebro para darnos unas respuestas lógicas que podamos asimilar, lo que no implica que dichas respuestas sean “la verdad”.

Resulta interesante, curioso y tal vez incluso triste ver cómo después de todas las personas que nos han dejado un impresionante legado del que poder aprender y enriquecernos, hoy en día lo que la mayoría de gente se cree es lo que ve en los medios de comunicación. Después de toda la evolución cultural que ha tenido el ser humano, parece que con el tiempo las creencias se someten cada vez menos al dictado de la razón, por parte de la mayoría de la sociedad. Debería ser exactamente al revés.

Parece que los crédulos, como ejército de peones al servicio de los que les engañan, borran cada vez más la huella de todo aquel que nos dijo en el pasado que lo que debíamos hacer para crecer era, simplemente, pensar.

Pero en realidad no es así, porque siempre han existido y siempre existirán los que buscan el conocimiento mediante el pensamiento y no mediante la aceptación sin reservas de la opinión ajena, por el mero hecho de que esa opinión provenga de alguien socialmente importante.

De hecho, veo que cada vez somos más los que hemos elegido pensar y que no piensen por nosotros…

Porque es mejor pensar. ¿O no?

Dar cera, pulir cera

Daniel Larusso estaba harto de ser un tirillas al que todos tomaran por tonto. Se sentía frustrado por no poder pertenecer a una élite social donde ser respetado y admirado. Estaba cansado de ser un Don nadie, sin tener popularidad entre la gente, y mucho menos entre las chicas. Se sentía harto de tener que tragar una y otra vez ante las intimidaciones de los machos alfa de la sociedad: los guapos, los ricos, los populares, los malotes. Para colmo, la chica que le gustaba se encontraba dentro de ese círculo, y se la estaba tirando uno de esos capullos que tienen un Mustang del 78 y el pelo engominado.

Como consecuencia de toda esta frustración e infelicidad, Daniel quería hacerse respetar. Quería ser importante. Quería poder contrarrestar la influencia de esos tipos. Quería triunfar en la vida. Quería dejar de ser un perdedor. Quería dar hostias como panes.

En este ansia por ganarse el respeto de la gente a golpe de estilete, Daniel dio con el señor Miyagi, un entrañable abuelito que vivía al lado de su casa, sin meterse con nadie y cuidando de sus plantas. Aquel hombre era un experto en artes marciales, y nuestro protagonista pensaba que le ayudaría a repartir collejas a dos manos, consiguiendo con esto el éxito social que tanto deseaba.

Tanto insistió Daniel en aprender todo lo que sabía Miyagi que el sabio abuelito acabó accediendo a enseñarle los secretos de las artes marciales para poder defenderse de los abusones. El chico había conseguido su objetivo, y al fin podría partirle la cara a los matones del instituto, consiguiendo con ello saborear las mieles del éxito adolescente y realizarse como persona.

Pero no todo era como Daniel pensaba. El jodido abuelito le hacía limpiar en su casa, lavarle el coche y hasta atrapar moscas con palillos. ¿Pero qué coño era eso? ¿Cuándo iban a practicar las patadas mortales y los giros de muñeca? ¿Estaba aquel tipo siendo otro más de los que se reían de él?

Un día, después de lavarle el coche a su maestro, éste le dijo que se lo encerara. Daniel estaba en un estado intermedio entre el mosqueo y la incredulidad. El entrañable abuelito le dio un cubo y le dijo que el secreto era ir despacio, haciendo bien las cosas. Tranquilo. En armonía. Primero, dar cera. Después, pulir cera.

A Daniel Larusso, ya bautizado como Daniel San, le costó asumir la rutina que el señor Miyagi le impuso, pero acabó dándose cuenta de que, para llegar hasta un sitio, es preciso conocer el camino y saber cómo recorrerlo antes que empezar a andar con mucha ilusión pero sin un rumbo fijo. Se dio cuenta de que lo mejor era empezar a construir siempre a partir de los cimientos.

Después de semanas de atrapar moscas con palillos, limpiar, entrenar, dar cera y pulir cera; Daniel San aprendió la fuerza y la importancia de la metodología como medio para conseguir objetivos. El poder del esfuerzo, de la paciencia y de la constancia para conseguir cualquier cosa que desees lograr en la vida.

Al final, gracias al casposo glamour Hollywoodiense, le hace la patada de la grulla al malo de la película, todos le vitorean y se lleva a la chica. Fin. Lo típico de las películas.

Pero antes de llegar a eso, Daniel San y el señor Miyagi nos enseñaron algunas de las cosas más importantes de la vida.

Cuando yo tenía 16 años, cursé por primera vez la asignatura de Ética, después de toda una infancia dando Religión. Aquello fue como abrir una puerta en Matrix que me llevara de una habitación oscura en el Bronx neoyorkino hacia una enorme llanura verde y soleada, repleta de árboles donde los pajarillos cantaban armónicamente y las flores desprendían un perfume dulce como la miel de naranjo. Una expansión mental sin precedentes en mi corta existencia.

Al año siguiente, elegí estudiar Bachillerato de Humanidades, entre otras cosas, para poder estudiar Filosofía, doctrina de la que me había enamorado el curso anterior. Estudiar Ética me había proporcionado algunas nociones acerca de los grandes pensadores de la humanidad y estaba ávido de conocimientos. Estaba deseoso de ponerme una túnica de lino, sentarme en una roca en medio de la nada y atusarme la barba mientras recitaba lapidariamente frases como “Sólo sé que no sé nada”, “El hombre es un lobo para el hombre” o “Pienso, luego existo”.

Realmente, yo no tenía ni pajolera idea del auténtico y complejo significado de estas frases, pero me sonaban sabias. Pensaba que, al decirlas, yo me convertiría en alguien sabio y todos me respetarían. Quería ser un filósofo. Quería ser inteligente. Y quería serlo ya. Igual que Daniel San esperaba poder dar de hostias a los matones de su instituto de la noche a la mañana.

Mi sorpresa fue cuando empezamos a cursar la materia y no había ni rastro de Platón. Ni de Sócrates, ni de Kant, ni de Locke. Nada de aquellos hombres que el año anterior descubrí en la asignatura de Ética. Ninguno de todos esos genios que tanto han aportado a la doctrina filosófica se estudiaban en aquella asignatura. En su lugar, estudiábamos algo llamado Lógica. Largas e insufribles clases repletas de ejercicios con proposiciones del tipo “A es menos que B y C es más que B; luego C es más que A”.

Cuando por fin se empezó a hablar de algún filósofo, estudiábamos su biografía y las circunstancias de la época en la que vivió. Nada de su obra. Nada de frases lapidarias. Nada de atusarse la barba. En los primeros 6 meses de clase no se le vio el pelo a Aristóteles, y aquello para mi era realmente aburrido. Más que aburrido, yo diría decepcionante. Tanto, que empecé a cogerle manía a la filosofía. Creía que aprender filosofía me haría interesante y lo que hacía era aburrirme. Me sentí estafado. Igual que Daniel San lo estuvo con el señor Miyagi cuando le hacía encerarle el coche.

Tiempo después, abandoné el instituto y me puse a trabajar. Trabajar es muy diferente de estudiar. Trabajar es una putada, y fue difícil empezar a hacerlo. Aquello era jodido, pero me hizo madurar y aprender muchas cosas, cosas que no se olvidan y que te acompañan el resto de tu vida. Cosas como el valor del sacrificio, la importancia de la constancia, lo bonito de la paciencia. Cosas que Daniel San aprendió gracias al señor Miyagi.

A partir de entonces, y después de unos años, decidí retomar los estudios. Gracias a Internet, también retomé mi interés por la filosofía, pero no de un modo pretencioso sino más bien humilde. Dejándome seducir por su esencia. Abierto a descubrir. Aprendiendo que casi todo en la vida tiene que ver con ella. Aceptándola como un medio y no como un fin.

Aunque mi especialidad académica acabó siendo otra, gracias a Internet tuve la ocasión de poder leer textos filosóficos, biografías, artículos, blogs y foros que me devolvieron aquella fascinación inicial y pura que tuve en la adolescencia, antes de querer aprenderla para hacerme el interesante.

En aquella época también vi la película Karate Kid. Y la entendí.

Al final, y después de mucho tiempo, sufrimiento, alegrías y esfuerzo, he ido descubriendo poco a poco que el señor Miyagi tenía razón.

Vale la pena respirar hondo, relajarse, concentrarse y encerar el coche. Lo demás va viniendo solo.

El poder de los amarillos

Vivir en sociedad hace que las personas estemos en un contacto permanente entre nosotros. Nos estamos relacionando continuamente todos los días, muchas veces sin darnos cuenta, puede que incluso de forma mecánica o inconsciente.

Conocemos personas muy a menudo, durante todas las etapas de nuestra vida. Inicialmente, convivimos con un núcleo familiar entorno al cual se forjan y ramifican buena parte de nuestras relaciones personales futuras. A través de nuestra familia y de los lugares por los que ésta nos guía (residencia, colegios, vacaciones, actividades extraescolares…) vamos conociendo muchísimas personas a lo largo de los años, algunas de las cuales llegan a ser realmente muy importantes en nuestra vida.

Generalmente, con la llegada de la adolescencia y la juventud, adquirimos cierta independencia a la hora de conocer a personas ajenas a nuestra familia. Pasamos mucho más tiempo fuera de casa que cuando eramos niños, y ello nos posibilita seguir conociendo gente. Gente a través de la cual conoceremos otra gente, y a través de ellos otros tantos.

A lo largo del tiempo, iremos conociendo cada vez más y más personas. Conoceremos más y más cosas. Algunas de estas personas pasarán de forma inadvertida, otras se quedarán durante algún tiempo y otras, las que menos, nos cautivarán y se quedarán con nosotros para siempre.

Tantas serán las personas que conoceremos, que nos veremos obligados a elegir. Habrá muchas que, forzosamente, tengan que quedar fuera de nuestra vida. Es muy posible que esto nos suceda con alguna persona que realmente nos haya llamado la atención, pero que por circunstancias no hayamos podido o tenido interés suficiente en conocer de verdad.

Incluso puede ser que detrás de muchas de las personas que han pasado de puntillas por nuestra vida, esas a las que directamente no hemos prestado atención, se escondiera alguien con quien podríamos haber tenido una gran conexión. Un aprecio sincero y honesto, un maravilloso intercambio de ideas, una preciosa amistad o un apasionado amor. Hasta es posible que una heterogénea mezcla de todos estos sentimientos. Es realmente muy posible que, de entre todas las personas que han entrado y salido de nuestra vida, hayamos perdido a más de un amarillo.

Conocí el concepto de “amarillo” hace ya varios años en una entrevista de televisión a Albert Espinosa, cuyo más famoso trabajo es el guión de la película Planta 4ª, basado en hechos reales de la vida del propio Albert.

En aquella entrevista contaba con gran naturalidad las circunstancias que vivió durante los años en que el cáncer le obligó a vivir en un hospital. Una enfermedad que le diagnosticaron con sólo 14 años y que logró superar por completo a los 24. Como él mismo considera, “los años más importantes de una persona: cuando crece, madura y adquiere las primeras bases sobre las que construirse”.

Espinosa era un tipo que, pese a haberse tirado media vida en un hospital, rezumaba optimismo y buen rollo. Le faltaba una pierna, un pulmón y medio hígado, y él estaba sonriente y encantado de la vida contando como, el día anterior a que le amputaran la pierna, le hicieron una gran fiesta de despedida a la propia extremidad. Una vida que habría traumatizado a cualquiera, a él le hizo madurar y darse cuenta de que elegir el camino del dolor permanente es lo más fácil y, a menudo, lo menos productivo.  El dolor a veces es necesario para aprender a perder, pero él, como demuestran sus palabras, es fundamentalmente optimista.

Hablaba con tanta humildad y tan pocas pretensiones que resultaba realmente agradable de escuchar. Era una persona “famosa”, pero no desprendía falsa modestia, ni se preocupaba de ser políticamente correcto. Con respeto, pero sin falsedad. Debo admitir que, sin conocerlo de nada, Albert Espinosa me pareció un tipo de puta madre. Además, extraordinariamente sensible y bueno comunicando, pues no es nada fácil relatar con tanta normalidad todas las cosas buenas y malas que le pasaron en el hospital.

En todos esos años de reclusión, decidió continuar con sus estudios, seguir construyéndose a sí mismo, madurando y descubriendo cosas. Una de las grandes cosas que descubrió fue un nuevo sentimiento, un nuevo tipo de personas con las que relacionarse. Se trataba de los amarillos.

El concepto de “amarillo” toma su nombre, según el propio guionista, por el color del sol. Como el amarillo sol, también hay un tipo de personas que nos dan calor y nos iluminan, y es por eso que les denomina amarillos en lugar de “amigos” , “familiares”, “compañeros” o “pareja”. Y no es un término aplicado exclusivamente a personas, pues las vivencias de su pasado le llevaron a escribir el libro El mundo amarillo con relatos y consejos para la vida basado en sus experiencias.

En palabras del propio Albert, los amarillos son “aquellas personas que son especiales en la vida de alguien, que se encuentran entre el amor y la amistad y que no es necesario verlos a menudo o mantener contacto con ellos […]Gente que consigue cambiarte, que te lo encuentras una vez en una ciudad, o en un aeropuerto, y te comprende. Los amarillos para mí son los amigos del nuevo siglo”.

Un amarillo puede ser, por tanto, cualquier persona en cualquier momento y en cualquier lugar. Alguien que conoces yendo de fiesta, esperando el autobús o haciendo cola en el supermercado. Tu compañero de pupitre o tu profesora de matemáticas. Un primo, un amigo de la infancia. Alguien que puede triplicarte la edad o a quien tú se la tripliques. Alguien anónimo con quien sólo cruzas unas frías líneas en Internet.

Las conexiones, casualidades y causalidades de todas las personas que se han cruzado en “nuestro” camino, y el interés que éstas han causado en nosotros, han ido formando nuestras relaciones personales actuales. En estas relaciones personales, no debemos subestimar la importancia e influencia que un amarillo puede tener en nosotros.

Podemos relacionarnos mucho con personas que no nos aporten demasiado y podemos tener una sola conversación con un amarillo que nos haga aprender, cambiar y mejorar cosas de nuestra vida. Sólo es cuestión de darse cuenta de cuando tenemos delante alguien que puede ser, y del que podemos ser, un amarillo.

Dicen que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano. Sin embargo, nos faltarían manos para contar todos los amarillos que podemos tener.

“Tal vez deberíamos aprender algo de Newton: las personas, como los objetos, sencillamente caen. Pero nunca lo hacen bien o mal. Simplemente llegan, aparecen un buen día en nuestra vida como consecuencia de una cadena de causas y efectos.

Lo bueno o malo de su compañía debería ser inferido posteriormente, mediante esa forma de experimentación científica que en los seres humanos llamamos “trato”.

Una persona nunca debe caernos mal cuando se produce el primer encuentro. Simplemente debe caernos”.

Juan Carlos Ortega en “Buenos Días, Sócrates”

Los estímulos y la empatía

Nuestro sistema nervioso es extraordinariamente complejo. Se vale de multitud de células formando tejidos que nos hacen reaccionar ante los estímulos externos. Además, todos estos tejidos están en permamente conexión con algo aún más complejo si cabe, la parte del sistema nervioso que lucha por darle sentido a todo, el cerebro humano.

De esta conexión nace una amistad preciosa e inseparable. Dentro de nuestro sistema nervioso existe una pareja un tanto extraña capaz de crear maravillas cuando conecta bien. Maravillas que se dan cuando somos capaces de saber asimilar tanto los estímulos que se producen en nuestro cuerpo como los que se producen dentro de nuestro cerebro, en nuestra mente. Cuerpo y mente, una preciosa pareja capaz de hacernos sentir por nosotros mismos una preciosa cualidad: la empatía.

Algunos estímulos físicos pueden dar lugar a sentimientos, reflexiones o pensamientos. Igualmente, los sentimientos, reflexiones o pensamientos fabricados en nuestra cabeza nos pueden aportar sensaciones a nivel físico.

De este modo, algo externo y físico, como una caricia, nos puede evocar hacia sensaciones internas que nos hagan tener sentimientos y pensamientos, como por ejemplo, sentir afecto hacia alguien.

Y exactamente igual, algo interno como una profunda reflexión, nos puede hacer tener sensaciones físicas externas como, por ejemplo, ganas de llorar o la llamada carne de gallina. Incluso puede hacernos tomar decisiones que repercutirán directamente en nuestro cuerpo.

Esta pareja es inseparable porque hay ocasiones en las que no se puede concebir lo que proporciona uno sin lo que provoca en el otro. Es difícil imaginar que entendemos las sensaciones que nos produce nuestra canción favorita sin que nos excite, nos haga pensar o nos tranquilice. Tampoco sería muy congruente entender que te fundes en un sentido abrazo con alguien y no se te estremecen las carnes ni exhalas un profundo suspiro de alivio y cariño. Lo que sientes en tu mente puede estar muy ligado con lo que sientes en tu cuerpo, y al revés.

Sin embargo, hoy en día las sensaciones están por todas partes. Las necesidades son cubiertas antes casi de aparecer, y ese es un duro golpe para nuestro sistema nervioso, algo que perjudica la conexión entre nuestro cuerpo y nuestra mente. Un golpe que los atrofia por exceso. Tenemos demasiadas sensaciones como para poder valorarlas como lo que son, algo real.

Sentimos demasiado, tenemos demasiados estímulos al alcance y dejamos de valorar lo que realmente suponen o podrían suponer esos estímulos en nuestra vida. De este modo, la empatía se convierte en una sensación extraordinariamente difícil de sentir. Me explicaré de una forma fácil:

-Estamos comiendo en nuestra casa, mientras suena de fondo una serie de televisión. Intermedio. Anuncio de una ONG o alguna asociación pro-Derechos Humanos. Nos dicen que en países del tercer mundo mueren al día cientos de niños por hambre y enfermedades. Cucharada de sopa. “Ay que ver, no hay derecho”. Masticamos un trozo de pan. Anuncio de tráfico, con una escena de una colisión frontal en primer plano. Bebemos para tragar. Vuelve la programación habitual. Nos reímos con el primer chascarrillo de la serie de turno.

En este corto espacio de tiempo hemos tenido estímulos externos suficientes como para provocar al menos una pequeña reflexión en nuestro interior. Reflexión que, en un caso extremo, podría incluso modificar sensiblemente el rumbo de nuestra vida. Pero no ha sido así. ¿Por qué? Porque vemos demasiados anuncios como esos. Escuchamos demasiado sobre desgracias ajenas, y ya es repetitivo. Cansino, si me apuras. Aburrido, falto de emoción aunque seamos conscientes de que son cosas reales.

Otra estampa:

-Vamos caminando por la calle, y nos detenemos en un semáforo que está en rojo para peatones, verde para coches. Pasado el tiempo establecido, se torna en verde para peatones y ámbar (precaución) para coches. Un coche con un conductor demasiado estresado se pasa de frenada confundiendo ámbar con verde, invade el paso de cebra y atropella a un anciano dos metros delante de nosotros. Tragedia. Decenas de personas se agolpan en el escenario mientras los más rápidos en reflejos intentan socorrer al anciano, pero es tarde, el buen hombre está reventado por dentro, dejando sangre a escasos centímetros de nuestros zapatos. Aún podemos verle el rostro, con los cojos abiertos de par en par y la cara desfigurada boca arriba.

En este fugaz momento, sin duda impacta mucho más la trágica y rápida muerte de un anciano de clase media que la lenta y agónica muerte de cientos de niños todos los días. ¿Por qué? Porque eso nos toca de cerca, es algo que puede que no nos pase nunca. Y es real.

Presenciar un grave accidente de tráfico es un hecho aislado al que no estamos acostumbrados y, debido a ello y a la gravedad de la situación, nuestra forma de ver la vida de una u otra forma puede cambiar. Tomamos consciencia de la gravedad de ciertas situaciones sólo al tenerlas delante de los ojos. A veces hay que tener demasiado cerca el dolor de otros para sentirlo como propio.

Casos como estos dos ejemplos que he expuesto pasan a diario en cientos de vidas de personas como tú y como yo, aunque quizás no signifique mucho para nosotros porque aún no nos ha tocado vivir ninguno similar.

Quizás nos demos cuenta por culpa de un accidente de tráfico como ese. Tal vez lo vivamos el día en que logremos superar un cáncer y decidamos dedicar una pequeña parte de nuestra vida a ayudar a la gente que ha pasado por ese trauma. O cuando, debido a la crisis, nos veamos obligados a pedir o robar para mantener a la familia. Quizás lo vivamos el día en que una persona querida se nos muera debido a una negligencia o a una injusticia.

Es extraordinariamente difícil tener la fuerza mental para coger las riendas de nuestra vida sin que haya una circunstancia fatal que nos haga tomar conciencia de lo importante que es hacerlo. Muy pocos lo logran. Hay que tener una empatía y una voluntad enormes.

Hasta entonces, y para la mayoría de nosotros (los no tan fuertes)  lo normal es que sigamos viviendo con sucedáneos de sentimientos, con sucedáneos de sensaciones, con sucedáneos de reflexiones. Lo normal es que no sepamos asimilar ni valorar los estímulos externos e internos que hay a nuestro alcance. Lo normal es que sigamos viviendo con el sucedáneo de una vida completa.

O quizás no. Quizás nuestro cuerpo y nuestra mente nos haga sentir por nosotros mismos la empatía y queramos hacerlo sin que tenga que ser la vida la que nos obligue.

Pero sólo quizás.

La historia de Scatman John, un hombre bueno que tenía defectos

Los defectos son algo inseparable del ser humano. Es un tópico pero es así. Generalmente, los defectos de una persona varían dependiendo de dónde viva y cómo se haya criado, pero haber defectos, los hay. Todos tenemos virtudes y defectos de todo tipo, el mundo está plagado de ellos. Eso es lo que lo hace tan maravilloso a los ojos del ser humano.

Además, el “defecto” puede ser en ocasiones algo relativo, pues puede perfectamente acabar  formando parte de una virtud, como en el caso de John Paul Larkin.

Puede que no te suene de nada ese nombre. Si te digo que su nombre artístico fue Scatman John tal vez te parezca haberlo oído alguna vez. Llegó a ser realmente popular cantando aquel popular “Piii, pa pa pára po… pa pa pára po”. Como tararear cancioncitas no es lo mío, te pongo su tema estrella.

El hombre conocido como Scatman John saltó a la fama en el año 1995. Esa canción sonó todo el verano y ha sido tarareada durante muchos años más.

Scatman John y su música tenían defectos. A muchas personas les sonó tantas veces su canción que se hartaron de él. A otros simplemente no les gustó nunca. Pero pocos se han parado a leer algunas de sus letras o captar algo de su filosofía de vida. Scatman John fue un hombre bastante más interesante de lo que parece. Fue un hombre que le plantó cara a sus defectos y aunque hablaba con dificultad, pudo transmitirnos muchos mensajes.

Empecemos desde el principio. John Paul Larkin (nacido en 1942) tuvo durante toda su infancia un grave defecto en el habla. No podía comunicarse con facilidad, pues a causa de su severa tartamudez le era muy difícil terminar las frases. Por ello se refugió en la música, y usó el piano para poder hablarle al mundo. Empezó a vencer sus temores y sus defectos.

En los años setenta se hizo músico de jazz y tocaba en pequeños bares de Los Ángeles. Le fue bastante bien, pero John todavía tenía varios defectos que vencer y muchas cosas que decirle al mundo. Era adicto a las drogas y al alcohol, y eso estaba acabando con su vida y con su carrera musical. El gran apoyo de su mujer y la muerte en 1987  de su gran amigo, el también músico de jazz Joe Farrell, le hicieron renacer de sus cenizas y darle otra oportunidad a su música y a su vida.

A partir de la muerte de su amigo todo cambió, ya que en 1990 decidió partir a la renovada Berlín para continuar con su carrera. Allí comenzó el fenómeno Scatman John. Quiso hacer algo innovador, quiso darle un nuevo sentido a su música y Berlín, respirando cultura tras la caída del muro,  se convirtió en el lugar ideal para darle un empuje juvenil y comercial a sus canciones.  Aunque seguía haciendo jazz, decidió empezar de nuevo con una música más juvenil, siendo además animado por su mujer a hacer algo inédito y tremendamente valiente dada su tartamudez, ponerle letra a sus canciones. Ésto le obligó a ponerse a prueba y vencer definitivamente todos los obstáculos que había tenido en su carrera.

Aún con todo el cambio sufrido en su música, muchos de sus temas dance comerciales estaban salpicados de referencias a sus años de pianista. Éstos son dos particulares y fresquísimos homenajes que Scatman John le hizo a esos tiempos dentro del mundo del jazz:

Gracias a ese cambio radical que Scatman John le dio a su música y a su vida, empezó a componer temas musicales en los que cantaba tartamudeando, aunque ese toque de humor no le restaba mensaje a sus canciones. En muchos de sus temas animaba a los chicos jóvenes a vencer sus temores por problemas como la tartamudez y abrirse al mundo. Con ese gesto, Scatman John había convertido un problema en una cualidad.

Vencidos los problemas con las drogas y el habla, y con su música sonando en todas las discotecas, Scatman John llegó a las primeras listas de casi todo el mundo. Sus canciones de dance comercial, su estética, su tartamudez (ya bastante pulida) y su buen humor le convirtieron en una estrella durante varios años. Scatman John, un hombre con defectos, los vencía y alcanzaba la fama a los 52 años de edad.

Se convirtió en un ídolo entre los jóvenes por el mensaje optimista de sus temas y su buen humor tanto en el escenario como en persona. A su ritmo comercial y pegadizo se unieron unas letras tartamudas y sin complejos que le hicieron un icono para varios colectivos de discapacitados. En los países de habla no inglesa esto no ha trascendido, pero Scatman fue un fenómeno musical que en Inglaterra y USA todavía se recuerda.

En 1999, después de cuatro años de estrellato y posterior olvido mediático, y tras luchar contra un cáncer de pulmón que llevaba un año padeciendo, Scatman John fallecía a los 57 años de edad.

A mí siempre me gustó Scatman John. Su éxito me cogió con apenas doce años y me evoca tremendos recuerdos de locura adolescente, pero lo que más me gustó de este hombre fue descubrir su historia. Si no hubiera conocido su lucha y el mensaje que quiso transmitir con su música, nunca habría valorado lo que hacía, y su recuerdo habría muerto en mí como murió en la mayoría de la gente. Por suerte, busqué información sobre él y descubrí la historia de un gran hombre que luchó contra sus defectos. En sus canciones hablaba de humor, de paz, de amor y de perderle el miedo a vivir.

Conocer lo que Scatman decía en esas letras hizo que me siguiera gustando con el paso de los años y  que aún hoy en día suene alguna de sus vitalistas canciones en la radio de mi coche. Al escucharlas, a veces la gente se ríe y me mira raro o me dice que estoy pasado de moda. Cuando eso pasa, a mí me gusta decirles que los grandes mensajes no pasan de moda. Acto seguido me miran como si estuviera loco, yo me hago el loco y la vida continúa. Resulta gracioso.

Tal vez no te guste ese dance comercial que hacía, porque era música sin “relevancia” y carente de “calidad”, pero sí que te puede llamar la atención lo que dice en sus canciones. Scatman John fue un hombre bueno con defectos, que luchó para gritarle al mundo que era tartamudo, y que no tenía nada de malo. En una entrevista durante sus últimos años de vida dijo

Espero que los niños, mientras cantan o bailan mis canciones, sientan que la vida no es tan mala como parece. Que lo sientan al menos por un minuto.

La última vez que Scatman sintió vergüenza por su forma de hablar, fue por lo bien que lo hacía. Respondió tan fluidamente en una entrevista que el periodista le insinuó si realmente era tartamudo y no se trataba todo de  un engaño para darse publicidad. Curiosas las vueltas que da la vida… y es que Scatman John sabía que en la vida todo puede cambiar, y de hecho está cambiando continuamente.