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“Un filósofo más cuerdo de lo que cree”, por Javier Malonda

A continuación os dejo con una nueva firma invitada, esta vez cortesía del amigo Javier Malonda, de las webs ESDLV, JavierMalonda.com y TiraEcol.

La primera vez que supe del FilósofoLoco no se trataba sino de unas letras en un comentario de un blog. Unas cuantas letras, sin embargo bellamente ordenadas. En un mar de comentarios anodinos, alguien firmaba unas cuantas frases que tenían más coherencia de la habitual y presentaban a un autor en cuya cabeza no sólo había muebles, sino que además el sofá estaba mirando a la ventana. Triste me resulta decirlo, pero en pleno sigo XXI el Feng Shui ha llegado a pocas cabezas.

Esta parecía ser una de ellas.

Después de leerle el segundo o tercer comentario y descubrir que el tipo vivía en la misma ciudad que yo, le escribí para conocernos, dar un paseo y tomar un par de cervezas. No tardamos en organizar un encuentro.

La mañana era radiante, y el sol brillaba con fuerza sobre nuestras cabezas mientras nos encaminábamos en busca de una terraza en la que sentarnos un rato para charlar con más calma. Ya en aquella primera mañana pude constatar que se trataba de un tipo extraordinario, y a continuación explicaré por qué.

Yo soy de naturaleza insensible. Más insensible que un canto rodao insensible. Suelo pasar la mayor parte de mi tiempo encerrado en mi cabeza, lugar que sólo abandono en ocasiones para asegurarme de que el resto del cuerpo todavía sigue allí. Es por esto que aprecio enormemente pasar algo de tiempo con gente que habita el otro polo dela experiencia vital.

El FilósofoLoco es uno de esos tíos raros que saborean cada bocanada de aire que dan. Las aletas de su nariz se hacen a los lados y su pecho se hincha como un globlo mientras introduce aire en sus pulmones tal que si se lo comiera. Habla y se mueve despacio, y en general su vida discurre a un tempo que, para un canto rodao insensible, siempre girando apresurado llegando tarde a alguna parte, es un verdadero placer contagiarse del ritmo de unos segundos que, en su presencia, parecen transcurrir a cámara lenta.

El FilósofoLoco es uno de esos tíos raros que escuchan más que hablan. En un mundo en el que la mayoría de la gente está esperando a que termines la frase para decir ellos la suya (los hay que ni esperan), encontrar a alguien que procesa lo que uno dice es una experiencia que resulta casi inquietante.

El FilósofoLoco es capaz de quedarse absorto durante horas observando las hojas de un chopo mecerse en la brisa. Le preguntas y te habla de la extraordinaria y fabulosa complejidad de la naturaleza mientras las aletas de su nariz se arremangan y temes que, de un momento a otro, te diga que una oveja se ha cagado a tres kilómetros de distancia. Parece tener una especie de conexión con todo lo que le rodea que a mí me cambiaron en la sala de maternidad por un cerebro overclockeado.

No recuerdo ahora quién decía que “el encuentro entre dos personalidades es como el contacto entre dos sustancias químicas: si se produce alguna reacción, las dos se transforman”. Algo de cierto hay en ello. Cada vez que paso unas horas con el FilósofoLoco, una parte de mí deja de correr como el conejo de Alicia, mi cerebro baja de vueltas y me sorprendo abriendo las aletas de la nariz y llenando a conciencia el pecho de aire mientras observo las verdes hojas de un enorme chopo mecerse en la brisa.

Espero que él obtenga, de nuestro tiempo juntos, al menos la mitad de lo que me llevo yo.

Un gran abrazo, FilósofoLoco. Un verdadero placer contarte entre mis amigos.

Si tú también quieres publicar una firma invitada, o deseas tratar cualquier otro tema, puedes ponerte en contacto conmigo en elfilosofoloco@hotmail.es.

Este texto forma parte del archivo de la sección “Firmas invitadas”. Puedes acceder a su enlace original aquí.

 

“¡Alégrame el día!”, por Harry Callahan

A continuación os dejo con una nueva firma invitada, esta vez cortesía del amigo Harry Callahan, de  Just another blog:

El otro día recibí un email, uno del tipo de los que suelo enviar yo y que por desgracia pocas veces recibo. En él, aparte de muchas otras cosas, el autor de éste blog me pedía que escribiera algo para su sección de firmas invitadas.

¿Por qué yo? Su blog es un blog serio donde se tratan temas importantes y yo sin embargo me dedico a insultar a la gente y a cometer atrocidades lingüísticas. No soy digno de aparecer por allí.

Ese mismo día por la mañana me crucé por la calle con mi escritor favorito. Eran casi las 2 y me encontraba en una céntrica plaza esperando a unos amigos con los que me había citado para comer. Para variar llegué puntual, es decir, el primero. Pasé por una libreria a ojear libros y suavizar la espera aire acondicionado mediante. Algo más tarde salí a la calle a esperar, friéndome al sol de verano, por si alguno de mis amigos decidía aparecer a una hora decente, cosa que no pasó.

Era un lugar céntrico, de paso, y mi vista recorría las caras de los que por allí circulaban, ignorándome como si fuera un simple elemento más de mobiliario urbano. Entonces le ví. Llevaba una camisa a cuadros verde y blanca, de manga corta, unos pantalones marrón claro y zapatos. En una mano un maletín de piel y en la otra no recuerdo qué. Supongo que mis ojos no pudieron contener la emoción que me embargaba y de alguna manera le transmití telepáticamente un mensaje al gran autor, que por un momento dejó de mirar al frente para dedicarme una mirada fugaz y directa.

Sí, nuestras miradas se cruzaron y fue un instante mágico. No me refiero a la clase de magia que produce movimientos en la entrepierna, sino el sobresalto propio de sentirte descubierto, como cuando observas a alguien y de repente, por razones que no alcanzo a comprender, éste parece sentirse observado y te mira directamente. ¿Cómo sabe que eres tú? ¿Cómo sus ojos encuentran los tuyos tan rápìdamente? ¿Serendipia? En fin, que una de las personas a quien más admiraba se había dado cuenta de mi existencia.

Acto seguido volvió a mirar hacia donde lo hacía antes y prosiguió su camino sin detenerse mientras yo le seguía con la mirada. Estuve tentado a decirle algo, ¿pero qué? ¿“Hola, soy tal, eres mi ídolo”? ¿Qué soy, una fan quinceañera faltada de amor y neuronas? ¿”Hola, soy tal, me gusta cómo escribes”? Tampoco. La respuesta podía haber sido “vale, y a mi qué” o “pues a mi no me gusta tu cara de gilipollas así que apártate que tengo prisa”. Cualquier situación que pudiera imaginar acababa trágicamente. Primero porque yo pasaba de ser un fan anónimo a ser un fan gilipollas conocido y segundo porque mi venerado autor puede pasar a convertirse en “aquel imbécil que me gustaba”.

Supongo que inconscientemente decidí dejar las cosas como estaban y preservar nuestra relación, plenamente satisfactoria para ambos. Aunque una parte de mi se pregunta qué podría haber pasado si en lugar de dejar pasar el tren me hubiera montado en él. Quizá nos hubiésemos caído bien y hubiese plantado a mis amigos para ir a comer con él, dando lugar a una cordial amistad. Pero eso ya es imposible. La fan podría haber convertido sus sueños en realidad y acostarse con su ídolo musical, presumiblemente un cantante analfabeto, y comprobar que es una simple persona que a pesar de tenérselo muy creído, la tiene pequeña y le cantan los sobacos. La realidad puede ser decepcionante y a veces puede ser conveniente vivir en sueños, con miedo a actuar, y tener absurdas esperanzas. De ahí el éxito de la religión, digo yo.

Acabé comiendo con mis amigos, los de verdad, a los que puedo insultar o decirles lo que pienso sin temer ninguna reacción. Nuestra amistad es sincera y transparente, real. Nos aceptamos como somos a pesar de nuestras diferencias. Eso es algo que tiene mucho mérito pues si fuéramos políticos cada uno de nosotros estaría en un extremo del arco parlamentario, de la izquierda a la derecha pasando por el nacionalismo y en medio yo, en la equidistancia que me permite estar de acuerdo con todos y con ninguno a la vez. Ese día hablamos de todo un poco, desde la omnipresente política a la más absurda de las anécdotas (recuerdo una en particular que mezclaba estos temas: viaje a Bolivia, muy mala -incluso terrorífica- digestión, lavabo público de pago custodiado por un guarda, escasez de papel higiénico pero abundancia de periódico, bloqueo de conductos, desbordamiento, huída a la carrera, etc). ¿Podría haber sido el escritor uno de estos amigos? Es difícil pero no imposible.

De alguma manera el autor de este blog decidió romper su anonimato y enviarme un email diciéndome lo que yo no tuve huevos de decirle al gran autor. Se arriesgó. Lo que puede salir de aquí nadie lo sabe. En cambio, lo que puede salir de mi reacción ante el escritor es nada. Me viene a la mente una cita de Boccaccio perfectamente válida en este caso: vale más actuar exponiéndose a arrepentirse de ello, que arrepentirse de no haber hecho nada.

Si tú también quieres publicar una firma invitada, o deseas tratar cualquier otro tema, puedes ponerte en contacto conmigo en elfilosofoloco@hotmail.es.

Este texto forma parte del archivo de la sección “Firmas invitadas”. Puedes acceder a su enlace original aquí.

Dar cera, pulir cera

Daniel Larusso estaba harto de ser un tirillas al que todos tomaran por tonto. Se sentía frustrado por no poder pertenecer a una élite social donde ser respetado y admirado. Estaba cansado de ser un Don nadie, sin tener popularidad entre la gente, y mucho menos entre las chicas. Se sentía harto de tener que tragar una y otra vez ante las intimidaciones de los machos alfa de la sociedad: los guapos, los ricos, los populares, los malotes. Para colmo, la chica que le gustaba se encontraba dentro de ese círculo, y se la estaba tirando uno de esos capullos que tienen un Mustang del 78 y el pelo engominado.

Como consecuencia de toda esta frustración e infelicidad, Daniel quería hacerse respetar. Quería ser importante. Quería poder contrarrestar la influencia de esos tipos. Quería triunfar en la vida. Quería dejar de ser un perdedor. Quería dar hostias como panes.

En este ansia por ganarse el respeto de la gente a golpe de estilete, Daniel dio con el señor Miyagi, un entrañable abuelito que vivía al lado de su casa, sin meterse con nadie y cuidando de sus plantas. Aquel hombre era un experto en artes marciales, y nuestro protagonista pensaba que le ayudaría a repartir collejas a dos manos, consiguiendo con esto el éxito social que tanto deseaba.

Tanto insistió Daniel en aprender todo lo que sabía Miyagi que el sabio abuelito acabó accediendo a enseñarle los secretos de las artes marciales para poder defenderse de los abusones. El chico había conseguido su objetivo, y al fin podría partirle la cara a los matones del instituto, consiguiendo con ello saborear las mieles del éxito adolescente y realizarse como persona.

Pero no todo era como Daniel pensaba. El jodido abuelito le hacía limpiar en su casa, lavarle el coche y hasta atrapar moscas con palillos. ¿Pero qué coño era eso? ¿Cuándo iban a practicar las patadas mortales y los giros de muñeca? ¿Estaba aquel tipo siendo otro más de los que se reían de él?

Un día, después de lavarle el coche a su maestro, éste le dijo que se lo encerara. Daniel estaba en un estado intermedio entre el mosqueo y la incredulidad. El entrañable abuelito le dio un cubo y le dijo que el secreto era ir despacio, haciendo bien las cosas. Tranquilo. En armonía. Primero, dar cera. Después, pulir cera.

A Daniel Larusso, ya bautizado como Daniel San, le costó asumir la rutina que el señor Miyagi le impuso, pero acabó dándose cuenta de que, para llegar hasta un sitio, es preciso conocer el camino y saber cómo recorrerlo antes que empezar a andar con mucha ilusión pero sin un rumbo fijo. Se dio cuenta de que lo mejor era empezar a construir siempre a partir de los cimientos.

Después de semanas de atrapar moscas con palillos, limpiar, entrenar, dar cera y pulir cera; Daniel San aprendió la fuerza y la importancia de la metodología como medio para conseguir objetivos. El poder del esfuerzo, de la paciencia y de la constancia para conseguir cualquier cosa que desees lograr en la vida.

Al final, gracias al casposo glamour Hollywoodiense, le hace la patada de la grulla al malo de la película, todos le vitorean y se lleva a la chica. Fin. Lo típico de las películas.

Pero antes de llegar a eso, Daniel San y el señor Miyagi nos enseñaron algunas de las cosas más importantes de la vida.

Cuando yo tenía 16 años, cursé por primera vez la asignatura de Ética, después de toda una infancia dando Religión. Aquello fue como abrir una puerta en Matrix que me llevara de una habitación oscura en el Bronx neoyorkino hacia una enorme llanura verde y soleada, repleta de árboles donde los pajarillos cantaban armónicamente y las flores desprendían un perfume dulce como la miel de naranjo. Una expansión mental sin precedentes en mi corta existencia.

Al año siguiente, elegí estudiar Bachillerato de Humanidades, entre otras cosas, para poder estudiar Filosofía, doctrina de la que me había enamorado el curso anterior. Estudiar Ética me había proporcionado algunas nociones acerca de los grandes pensadores de la humanidad y estaba ávido de conocimientos. Estaba deseoso de ponerme una túnica de lino, sentarme en una roca en medio de la nada y atusarme la barba mientras recitaba lapidariamente frases como “Sólo sé que no sé nada”, “El hombre es un lobo para el hombre” o “Pienso, luego existo”.

Realmente, yo no tenía ni pajolera idea del auténtico y complejo significado de estas frases, pero me sonaban sabias. Pensaba que, al decirlas, yo me convertiría en alguien sabio y todos me respetarían. Quería ser un filósofo. Quería ser inteligente. Y quería serlo ya. Igual que Daniel San esperaba poder dar de hostias a los matones de su instituto de la noche a la mañana.

Mi sorpresa fue cuando empezamos a cursar la materia y no había ni rastro de Platón. Ni de Sócrates, ni de Kant, ni de Locke. Nada de aquellos hombres que el año anterior descubrí en la asignatura de Ética. Ninguno de todos esos genios que tanto han aportado a la doctrina filosófica se estudiaban en aquella asignatura. En su lugar, estudiábamos algo llamado Lógica. Largas e insufribles clases repletas de ejercicios con proposiciones del tipo “A es menos que B y C es más que B; luego C es más que A”.

Cuando por fin se empezó a hablar de algún filósofo, estudiábamos su biografía y las circunstancias de la época en la que vivió. Nada de su obra. Nada de frases lapidarias. Nada de atusarse la barba. En los primeros 6 meses de clase no se le vio el pelo a Aristóteles, y aquello para mi era realmente aburrido. Más que aburrido, yo diría decepcionante. Tanto, que empecé a cogerle manía a la filosofía. Creía que aprender filosofía me haría interesante y lo que hacía era aburrirme. Me sentí estafado. Igual que Daniel San lo estuvo con el señor Miyagi cuando le hacía encerarle el coche.

Tiempo después, abandoné el instituto y me puse a trabajar. Trabajar es muy diferente de estudiar. Trabajar es una putada, y fue difícil empezar a hacerlo. Aquello era jodido, pero me hizo madurar y aprender muchas cosas, cosas que no se olvidan y que te acompañan el resto de tu vida. Cosas como el valor del sacrificio, la importancia de la constancia, lo bonito de la paciencia. Cosas que Daniel San aprendió gracias al señor Miyagi.

A partir de entonces, y después de unos años, decidí retomar los estudios. Gracias a Internet, también retomé mi interés por la filosofía, pero no de un modo pretencioso sino más bien humilde. Dejándome seducir por su esencia. Abierto a descubrir. Aprendiendo que casi todo en la vida tiene que ver con ella. Aceptándola como un medio y no como un fin.

Aunque mi especialidad académica acabó siendo otra, gracias a Internet tuve la ocasión de poder leer textos filosóficos, biografías, artículos, blogs y foros que me devolvieron aquella fascinación inicial y pura que tuve en la adolescencia, antes de querer aprenderla para hacerme el interesante.

En aquella época también vi la película Karate Kid. Y la entendí.

Al final, y después de mucho tiempo, sufrimiento, alegrías y esfuerzo, he ido descubriendo poco a poco que el señor Miyagi tenía razón.

Vale la pena respirar hondo, relajarse, concentrarse y encerar el coche. Lo demás va viniendo solo.

Alegre réquiem natural

Escribir a veces da rabia. Cuando una sensación te ha llevado a reflexionar y escribes sobre ello, te expones a dejar unas impresiones que seguramente algún día cambien. Esto me pasa con la mayoría de cosas que escribo. Conforme pasa el tiempo y sigues viviendo y experimentando cosas, viejas o nuevas, aprendes. Por ese motivo, tu punto de vista se amplía o incluso puede cambiar. De hecho, el aprendizaje se basa en eso precisamente.

Cuando, después de muchos y muy buenos momentos rodeado de naturaleza y de sensaciones, escribí un texto acerca de todo aquello, quedé bastante contento del resultado. Pues bien, tan sólo un par de semanas después de escribir aquel artículo, tuve una experiencia que amplió con mucho todo lo que sentí y expresé en aquella ocasión.

Sucedió una maravillosa mañana de sábado, una de estas frías mañanas de uno de los inviernos más fríos que recuerdo en toda mi vida. Durante este último invierno, el tiempo ha sido especialmente gris y lluvioso.

Peleándome con el insomnio, por fin un día conseguí levantarme realmente pronto, a las siete de la mañana. Había estado todo el día anterior lloviendo sin cesar y aquella mañana de sábado se presentaba nublada y antipática. Había un ligero pero constante y frío viento de levante en el levante valenciano, y todo el paisaje lucía absolutamente mojado. Eso sí, aunque los caminos estaban llenos de charcos, ya no llovía. Esta situación es para la mayoría de nosotros un tiempo horrible que no invita para nada a salir del hogar. El típico tiempo que te jode los planes de un fin de semana y te puede intoxicar con el cine de sobremesa que hacen en la televisión.

No obstante, la alegría de vencer al insomnio me dio fuerzas para armarme de valor y salir a correr un poco. El ambiente decía no, y tal vez precisamente por eso yo me empeñé en decir sí.

No sin música, emprendí la marcha por los caminos del paisaje campestre entorno al cual tengo la gran suerte de vivir. Tenía que ir sorteando los charcos y cuidándome de las rachas de viento que podían ser realmente molestas. En un momento así, con tu banda sonora preferida de fondo, te puedes arriesgar a una posible pulmonía pero también a disfrutar un gran abanico de sensaciones.

Me costó un poco calentar el cuerpo por lo intempestivo del temporal, pero era una experiencia nueva y yo tenía muchas ganas de vivirla. Una vez te has alejado tanto de casa que te da pereza volver, tu cuerpo entra en calor y el clima ya importa menos. Si logras no arrepentirte de haber salido en los primeros minutos, tienes la ocasión de poder vivir una experiencia que, como he dicho antes, puede ampliar otras que has tenido antes, sin tener que invalidarlas en absoluto. Sumando.

De repente, en el mp3 sonó una música especial. Un tema que puso título y banda sonora a una película durísima que me impactó como pocas lo han hecho:

Aquella mañana, la naturaleza se podía sentir tan viva o más que cuando está en calma y armonía. El viento hacía mecerse todo el paisaje al unísono y podías notar su fría temperatura en una clara situación de superioridad frente a ti.

Conforme los iniciales y pausados acordes de Requiem for a Dream dejaban entrever la preciosidad y dureza de esta pieza, me paré y contemplé el paisaje de mi alrededor, igualmente majestuoso. El cielo se oscurecía poco a poco mientras los enormes nubarrones se juntaban lentamente unos a otros como gigantes algodones de azúcar grisáceo. Se podían ver las montañas de alrededor cubiertas de un precioso y fino manto de nieve, en armonía con el tiempo de perros que hacía.

Lo que entraba por mis orejas era tan bello como el imponente entorno, el cual te dejaba sentir sus fríos y constantes movimientos gracias al viento. Parecía que la música y la naturaleza quisieron ponerse de acuerdo. No sé cual de las dos cosas era más impresionante. Las ramas de los árboles se dejaban guiar por el aire al son de los desgarradores sonidos de las cuerdas. La fría temperatura se unía a tan vivo paisaje recordándote que, aunque suela estar en calma, el entorno siempre está vivo y tú puedes notarlo.

Impresionado, no podía dejar de mirar a mi alrededor con la boca abierta mientras, tanto la sinfonía como el paisaje, se iban recrudeciendo de una forma lenta, constante y armónica. Las rachas de aire frío secaban con rapidez el sudor de mi frente y me enfriaban poco a poco, mientras mi mente seguía seducida por los compases de la música y la maravilla del entorno. Los escalofríos se esparcían a lo largo y ancho de todo mi cuerpo.

No importaba lo incómodo que resultara estar allí en medio, lo que estaba sintiendo en esos momentos estaba haciendo trabajar todos mis sentidos. La humedad del ambiente se podía sentir, oler y hasta saborear. Los pulmones disfrutaban al llenarse de aquel aire tan puro como gélido. El paisaje se iba oscureciendo lentamente, revelando la gran cantidad de contrastes lumínicos que provocan los enormes nubarrones, mientras el frío viento volvía locos a árboles y arbustos.

Cuando tomé consciencia de lo que me rodeaba, recordé que estamos a merced de los elementos, y es algo que siempre debemos tener presente. Ocasiones así vienen bien para recordarlo.

Esa mezcla del gris paisaje con aquellos impresionantes acordes de fondo me hizo notar la otra cara de la naturaleza, el lado desgarrador y majestuoso que te hace sentir toda su increíble presencia de una forma más excitante que en una mañana de clima soleado y tranquilo. El ambiente era de lo más inapetente, pero aún así la experiencia fue gratificante e increíble. Algo tan absurdo como coger el día que peor tiempo hace y salir a dar una vuelta. Tan simple, tan bonito y tan loco.

Esa experiencia me ha servido para sentir una pequeña parte de lo increíble que puede ser disfrutar de la naturaleza, aunque las circunstancias no lo hagan atractivo. Ha ampliado aquel punto de vista que ya tenía, como cada día puede pasarnos con multitud de cosas distintas, si estamos dispuestos a vivirlo.

El insomnio no me dejaba dormir bien, pero me invitó a soñar en una fría mañana de sábado invernal. Y a vivir un alegre réquiem en ese sueño.

“Una sola puerta de tres abierta.

Una sola puerta.

En frente la montaña,

pasa la nube inmensa.

Toda suya. Todo suyo.

Huracanes de vientos,

lluvia andante semiparalela

y en todo el monte funerales alegres naturales,

de hojas muertas.

Llegó el otoño, llegó la muerte.

Hoy morirán hojas y animales,

mas no morirán del todo,

serán con la pobredumbre de su muerte,

para la tierra de su muerte.

Pasado mañana,

brotes de esperanza.

¡Que yo no he muerto!

¡Me alegro de la lluvia, y me alegro del viento!

Si tengo frío, ¡me caliento!

Si tengo miedo, ¡que no lo tengo…!

… susurro y pienso.

Y por las mañanas

ya me he comido mi pequeña ración,

de esperanza.

Una sola puerta de tres abierta.

Una sola puerta,

inmensa.”

Intro del poeta Manolo Chinato en Jesucristo García, de Extremoduro.


El poder de los amarillos

Vivir en sociedad hace que las personas estemos en un contacto permanente entre nosotros. Nos estamos relacionando continuamente todos los días, muchas veces sin darnos cuenta, puede que incluso de forma mecánica o inconsciente.

Conocemos personas muy a menudo, durante todas las etapas de nuestra vida. Inicialmente, convivimos con un núcleo familiar entorno al cual se forjan y ramifican buena parte de nuestras relaciones personales futuras. A través de nuestra familia y de los lugares por los que ésta nos guía (residencia, colegios, vacaciones, actividades extraescolares…) vamos conociendo muchísimas personas a lo largo de los años, algunas de las cuales llegan a ser realmente muy importantes en nuestra vida.

Generalmente, con la llegada de la adolescencia y la juventud, adquirimos cierta independencia a la hora de conocer a personas ajenas a nuestra familia. Pasamos mucho más tiempo fuera de casa que cuando eramos niños, y ello nos posibilita seguir conociendo gente. Gente a través de la cual conoceremos otra gente, y a través de ellos otros tantos.

A lo largo del tiempo, iremos conociendo cada vez más y más personas. Conoceremos más y más cosas. Algunas de estas personas pasarán de forma inadvertida, otras se quedarán durante algún tiempo y otras, las que menos, nos cautivarán y se quedarán con nosotros para siempre.

Tantas serán las personas que conoceremos, que nos veremos obligados a elegir. Habrá muchas que, forzosamente, tengan que quedar fuera de nuestra vida. Es muy posible que esto nos suceda con alguna persona que realmente nos haya llamado la atención, pero que por circunstancias no hayamos podido o tenido interés suficiente en conocer de verdad.

Incluso puede ser que detrás de muchas de las personas que han pasado de puntillas por nuestra vida, esas a las que directamente no hemos prestado atención, se escondiera alguien con quien podríamos haber tenido una gran conexión. Un aprecio sincero y honesto, un maravilloso intercambio de ideas, una preciosa amistad o un apasionado amor. Hasta es posible que una heterogénea mezcla de todos estos sentimientos. Es realmente muy posible que, de entre todas las personas que han entrado y salido de nuestra vida, hayamos perdido a más de un amarillo.

Conocí el concepto de “amarillo” hace ya varios años en una entrevista de televisión a Albert Espinosa, cuyo más famoso trabajo es el guión de la película Planta 4ª, basado en hechos reales de la vida del propio Albert.

En aquella entrevista contaba con gran naturalidad las circunstancias que vivió durante los años en que el cáncer le obligó a vivir en un hospital. Una enfermedad que le diagnosticaron con sólo 14 años y que logró superar por completo a los 24. Como él mismo considera, “los años más importantes de una persona: cuando crece, madura y adquiere las primeras bases sobre las que construirse”.

Espinosa era un tipo que, pese a haberse tirado media vida en un hospital, rezumaba optimismo y buen rollo. Le faltaba una pierna, un pulmón y medio hígado, y él estaba sonriente y encantado de la vida contando como, el día anterior a que le amputaran la pierna, le hicieron una gran fiesta de despedida a la propia extremidad. Una vida que habría traumatizado a cualquiera, a él le hizo madurar y darse cuenta de que elegir el camino del dolor permanente es lo más fácil y, a menudo, lo menos productivo.  El dolor a veces es necesario para aprender a perder, pero él, como demuestran sus palabras, es fundamentalmente optimista.

Hablaba con tanta humildad y tan pocas pretensiones que resultaba realmente agradable de escuchar. Era una persona “famosa”, pero no desprendía falsa modestia, ni se preocupaba de ser políticamente correcto. Con respeto, pero sin falsedad. Debo admitir que, sin conocerlo de nada, Albert Espinosa me pareció un tipo de puta madre. Además, extraordinariamente sensible y bueno comunicando, pues no es nada fácil relatar con tanta normalidad todas las cosas buenas y malas que le pasaron en el hospital.

En todos esos años de reclusión, decidió continuar con sus estudios, seguir construyéndose a sí mismo, madurando y descubriendo cosas. Una de las grandes cosas que descubrió fue un nuevo sentimiento, un nuevo tipo de personas con las que relacionarse. Se trataba de los amarillos.

El concepto de “amarillo” toma su nombre, según el propio guionista, por el color del sol. Como el amarillo sol, también hay un tipo de personas que nos dan calor y nos iluminan, y es por eso que les denomina amarillos en lugar de “amigos” , “familiares”, “compañeros” o “pareja”. Y no es un término aplicado exclusivamente a personas, pues las vivencias de su pasado le llevaron a escribir el libro El mundo amarillo con relatos y consejos para la vida basado en sus experiencias.

En palabras del propio Albert, los amarillos son “aquellas personas que son especiales en la vida de alguien, que se encuentran entre el amor y la amistad y que no es necesario verlos a menudo o mantener contacto con ellos […]Gente que consigue cambiarte, que te lo encuentras una vez en una ciudad, o en un aeropuerto, y te comprende. Los amarillos para mí son los amigos del nuevo siglo”.

Un amarillo puede ser, por tanto, cualquier persona en cualquier momento y en cualquier lugar. Alguien que conoces yendo de fiesta, esperando el autobús o haciendo cola en el supermercado. Tu compañero de pupitre o tu profesora de matemáticas. Un primo, un amigo de la infancia. Alguien que puede triplicarte la edad o a quien tú se la tripliques. Alguien anónimo con quien sólo cruzas unas frías líneas en Internet.

Las conexiones, casualidades y causalidades de todas las personas que se han cruzado en “nuestro” camino, y el interés que éstas han causado en nosotros, han ido formando nuestras relaciones personales actuales. En estas relaciones personales, no debemos subestimar la importancia e influencia que un amarillo puede tener en nosotros.

Podemos relacionarnos mucho con personas que no nos aporten demasiado y podemos tener una sola conversación con un amarillo que nos haga aprender, cambiar y mejorar cosas de nuestra vida. Sólo es cuestión de darse cuenta de cuando tenemos delante alguien que puede ser, y del que podemos ser, un amarillo.

Dicen que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano. Sin embargo, nos faltarían manos para contar todos los amarillos que podemos tener.

“Tal vez deberíamos aprender algo de Newton: las personas, como los objetos, sencillamente caen. Pero nunca lo hacen bien o mal. Simplemente llegan, aparecen un buen día en nuestra vida como consecuencia de una cadena de causas y efectos.

Lo bueno o malo de su compañía debería ser inferido posteriormente, mediante esa forma de experimentación científica que en los seres humanos llamamos “trato”.

Una persona nunca debe caernos mal cuando se produce el primer encuentro. Simplemente debe caernos”.

Juan Carlos Ortega en “Buenos Días, Sócrates”

Producto de tu imaginación

Son ampliamentes conocidas las habilidades de nuestro propio cerebro para engañarnos. Constantemente, nuestra masa gris piensa por nosotros a tal velocidad que nos es imposible seguirla. Recibe, procesa y transmite una cantidad de información en cada décima de segundo de la que nos sería imposible hablar, porque no habría tiempo suficiente. Nosotros somos muchísimo más lentos que nuestro propio cerebro y por eso nos guía en la gran mayoría de ocasiones,  a menudo sin ni siquiera darnos cuenta.

Pues bien, hoy ha sido una de esas veces. Mi cerebro, como si fuera un sistema operativo Windows, se ha colgado. No ha dado crédito a su propio engaño y se ha quedado bloqueado en espera de encontrar respuestas a quién sabe qué preguntas.

El caso es que hoy ha hecho un gran día. La primavera ha empezado a asomarse en Valencia y el tiempo invita a salir a que te dé un poquito el aire. El sol empieza a calentar el todavía fresco ambiente de marzo, haciendo mucho más placentero dar una vuelta. Es curioso como, tradicionalmente y salvo algunas excepciones, la tortilla del clima suele darse la vuelta cuando se acercan las Fallas. La pólvora y el sol inician de nuevo el precioso ciclo primaveral en el levante español.

En casa habíamos terminado de comer y mi tío Felipe, el gran showman de mi familia del que ya hablo en el post del guiri Antonio, estaba a punto de darme otra de esas experiencias que te hacen darte cuenta de cómo puedes ser engañado, por los demás y por ti mismo.

Tras comer, y bien aderezado con la botella de vino y las dos (o cinco) cervezas que se había metido entre pecho y espalda, mi tío salió a dar una vuelta por el chalet, y yo salí con él para conversar un rato. Cuando bebe le da por hablar, y quien sabe por qué más. Va según el día. A veces se pone especialmente pesado, otras especialmente gracioso, otras especialmente místico y otras se duerme con un cigarro en la boca.

Hoy, le ha dado por ser “ingenioso”. Cuando yo era pequeño, siempre nos hacía a todos los sobrinos algún cutre juego de magia, o algún chiste de esos que conforme lo cuentas vas escribiendo cosas en un papel y al final siempre sale algo relacionado con el sexo. Es el personaje de la familia, y todos le queremos tal como es.

Cuando volvíamos del paseo, después de un rato de charla y viéndose a sí mismo bastante perjudicado por los efectos del alcohol, me planteó un desafío.

– ¿Tú ves lo borracho que voy? Pues así de borracho te digo que sacamos el rifle de perdigones y agujereo un cigarro por el medio, y tirando de espaldas. Tú me pones un cigarro encima de una botella a veinte metros de distancia, y le hago un agujero por la mitad, sin romperlo. ¡Eh… y me juego un almuerzo!

El alcohol le envalentonó. Excesivamente confiado en sus dotes como tirador (él dice que una vez ganó un campeonato de tiro) me planteó un desafío que yo, como es normal, no quise perderme. El almuerzo era lo de menos, yo quería reírme. Balbuceaba al hablar, andaba con dificultad y a veces se te quedaba mirando un par de segundos con cara de besugo mientras intentaba entender lo que le decías. La verdad es que llevaba una buena castaña encima. No podía perderme por nada del mundo esa escena.

Aún así, él suele hacer este tipo de apuestas, y a menudo no son más que engañifas, de las que luego sale vencedor gracias a una pequeña trampa, fruto de algún pequeño detalle del que tu cerebro no se ha percatado. El enunciado de la frase trae consigo algún elemento que le va a permitir conseguir hacer lo que ha prometido y, por consiguiente, ganarte la apuesta. Pero esta vez no, amigo, ya son mucho años de experiencia.

Pensé concienzudamente en lo que  apostó y le hice todo tipo de preguntas a modo de confirmación para saber que la jugada iba a ser totalmente legal. En mi interior, no obstante, yo sabía que me la iba a volver a jugar, aunque no de esta manera.

Realizar lo que había dicho en el estado de embriaguez en el que se encontraba era casi imposible. Me cercioré bien de todos los elementos de la apuesta y, sorprendentemente, parecía estar todo en su lugar. Iba a agujerear un cigarro que se hayara en vertical encima de una botella, a veinte metros de distancia y disparando de espaldas a él. El perdigón era casi tan ancho como el cigarro, con lo que, aunque le diera, era casi imposible que no lo partiera en dos. Aún así, él me juraba y me perjuraba que era capaz de hacerlo. Demasiado borracho, pensé, pero me moría por vivir aquello. Las risas estaban aseguradas, y viendo su estado, el almuerzo también.

Confiado de pasar un buen rato, saco el rifle de perdigones y montamos la escena de la apuesta. Él desenrosca el espejo retrovisor de su moto para poder ver el cigarro mientras tira de espaldas a él, con el rifle cargado a su hombro y apuntando hacia atrás. Le costaba mantenerse en pie sin moverse… como para agujerear un cigarro por la mitad. Ni de coña.

Me da un cigarrillo y me dice que se lo ponga a unos veinte metros de distancia encima de alguna botella. Como no habían botellas, cojo una de las latas que se beben entre él y el vecino. Inserto el cigarro, no sin cerciorarme de que no está trucado,  en el agujerito de la anilla de una de las latas. Acto seguido me siento a disfrutar de la función.

Tras varios cómicos momentos de titubeo y luchando por tenerse en pie, mi tío Felipe encara el espejo, fija la mirada y se dispone a tirar. Su concentración es máxima. Su concentración de alcohol en sangre, también. Mi tío me la había jugado tantas veces que me imaginaba si no iba a ser capaz de dejarme con dos palmos de narices sacándose un enésimo as de la manga o, en este caso, de la lata de cerveza que no quiso soltar mientras apuntaba al cigarrillo.

Pero no. Disparó y, como indican las leyes de la lógica, falló. Abrió sus ojos sorprendido, como si no se lo creyera. Estaba absolutamente convencido de que podría hacerlo, y no lo hizo. En esos momentos solté una aliviadora carcajada.

– ¡Tchhh…! Que casi le doy, ¿eh? – pudo llegar a balbucear de forma ininteligible- Que si le tiro otra vez le doy.

En ese momento, el que se envalentonó fui yo.

– Te doy tres tiros más si quieres. Es más, no hace falta ni que tires de espaldas – le dije.

Y tiró los tres tiros a una distancia de veinte metros. Y ni rozó el cigarrillo. Eso sí, la lata la tiró dos veces al suelo. Aún así, no se dio por vencido. Le di cinco oportunidades más de hacerlo, pues me lo estaba pasando teta. Con cada fallo, él parecía más herido en su orgullo, lo que un borracho jamás llega a tolerar. Resultaba muy gracioso ver como resoplaba mientras intentaba no moverse y apuntar en condiciones. Falló todos los tiros, y yo me reía disfrutando como un enano, coreándole con Olés sus desgraciados intentos. Harto de verme reír, se giró hacia mí y me dijo:

–  He ganado.

– ¿Cómo que has ganado? ¡Si ni siquiera te has acercado a darle! -le dije riéndome-. Con el pedal que llevas, es imposible que lo hagas. Y si lo haces, partirás el cigarro. De ganar nada, chaval, esta vez he ganado yo.

– ¿Estás seguro? Recuerda bien el trato. ¿Dónde está el cigarro?

– Encima de la lata.

– ¡¡Ahá!! No es una botella. Jajajajaja… ¡Chaval, que te queda mucho por aprender! ¡Te he engañado!

– ¿Pero qué engañado ni qué cojones? – le repliqué cargado de razón-. La apuesta consistía en que tú agujerearías el cigarrillo. Que esté en una lata o en una botella es irrelevante. Es más, ahora mismo lo pongo encima de una botella y si tienes narices lo agujeréas.

En ese momento, me miró fijamente a los ojos, cogió el rifle y, tan serio como borracho, me dijo expulsando con dificultad las palabras:

– No, no hace falta, chaval. Mira… y aprende del maestro.

Casi sin terminar la frase, y de una forma tan rápida como precisa, tomó el rifle, lo cargó, apuntó y, tras soltar un etílico eructo, dejó en el cigarro un impecable impacto que lo atravesó sin llegar a partirlo. Un perfecto círculo a veinte metros de distancia que me dejó con los ojos como platos y una cara de tonto de la que todavía me estoy riendo al escribir este texto. Un círculo milimétrico en el que a ambos lados podía observarse el finísimo papel del cigarrillo. Ni una sola hebra de tabaco. Un disparo tan increíblemente preciso que me obligó a realizar algún test de realidad por si todo se trataba de un sueño. Pero no estaba soñando. Fue demasiado convincente para ser suerte y demasiado increíble para ser verdad. O me había engañado él o me había engañado yo mismo.

Acto seguido me dio el rifle, borracho y satisfecho a partes iguales.  Como si fuera Anthony Blake después de una noche de farra, me dijo:

“Todo lo que has visto es producto de tu imaginación. No le des más vueltas. No tiene sentido”

Y todavía le estoy dando vueltas.

Queridos maestros

Existen ciertas profesiones entorno a las cuales se han forjado las estructuras básicas de toda sociedad. Los poblados surgen alrededor de núcleos de personas capaces de intercambiarse trabajo y servicios, de forma que entre todos puedan satisfacer las necesidades básicas y comunes de la población. Dentro de este complejo engranaje social, hay por naturaleza profesiones y trabajos vitales para la supervivencia de esa sociedad.

Se necesitan ganaderos y agricultores que proporcionen los alimentos suficientes. Es básica la existencia de un médico que pueda estudiar y curar las enfermedades de las personas. También una figura de autoridad, en su forma de patriarca, jefe o lo que vendría a ser un juez; capaz de mantener el orden social aplicando las costumbres locales o las leyes.

Con la evolución social del ser humano, otras profesiones como banquero, autoridad religiosa o notario (y en el último siglo la implacable figura del político) se han erguido también como estándares de autoridad y profesiones básicas dentro de la burocracia de cualquier municipio o poblado. En España, además, han sido claves en la evolución de la sociedad los célebres oficios de fallera, camarero, flamenco o torero, pero eso ya es otro tema a tratar después de un par de cervezas.

En concreto, yo quiero hablar de una figura clave dentro del crecimiento de cualquier sociedad. Efectivamente, esa figura es la de la persona encargada de adquirir y difundir conocimientos para que las futuras generaciones estén educadas y formadas para poder seguir evolucionando. Es la preciosa profesión de maestro.

No seré yo quien diga que todos y cada uno de los maestros del mundo son personas impecables a los que habría que hacer un monumento por el increíble aporte que hace a la sociedad, pero sí es cierto que es uno de los sectores en los que se basa cualquier sociedad y con el paso de los tiempos está pasando a ser una profesión más, sin apenas apoyo y sin ningún tipo de autoridad, más que la de los alumnos educados que saben respetar.

Una de las profesiones que ha ido de más a menos a lo largo de la historia es la de maestro. Resulta impactante  pararse a reflexionar sobre cómo ha avanzado la ciencia y la tecnología en este último siglo, y el increíble deterioro de la calidad de la educación en la gran mayoría de los países desarrollados, pese a las altas tasas de alfabetización básica.

Sin embargo, y pese al poco respeto que se ha acabado por tener a la figura del profesor, no dejan de haber maestros. Sigue siendo una profesión casi totalmente vocacional, que no deja de enganchar a gente por lo entrañable que tiene la transmisión de conocimientos entre personas. Aún en los años de vacas flacas por los que pasa la enseñanza, seguiremos teniendo a nuestros queridos maestros dispuestos a transmitirnos su conocimento a cambio de atención y respeto.

Siempre me he llevado muy bien con los profesores que he tenido, y he tenido muchísimos. He vivido en nueve lugares diferentes y he ido a otros tantos colegios e institutos, y de todos ellos guardo con gran cariño el recuerdo de antiguos compañeros, pero sobre todo de algún profesor o profesora. Hoy en día, algunas de las personas que más aprecio son antiguos maestros, a los que guardo profundo respeto; primero por personas, luego por personas mayores y luego por profesores.

Mi relación con los profesores ha sido siempre muy especial porque mi familia viajaba constantemente de un sitio a otro, con lo que cada año o cada dos, yo estaba en un lugar nuevo. Y en un colegio nuevo. Si a eso unimos la imagen de un niño gordito, tímido, muy estudioso y fácilmente intimidable, obtenemos mis huesos como blanco perfecto de matones de recreo.

Debido a ello, en los colegios donde mi tímida personalidad acabó arrollada por la de los machos alfa del lugar, necesité la ayuda de algunos maestros. Con ellos y con los pocos alumnos en situaciones parecidas a la mía, era con quien yo me sentía bien. Ellos eran las personas amables, inteligentes y sensibles con las que me gustaba hablar, de las que era bonito aprender. Y como yo, sé que muchísimos niños se han apoyado y se apoyan en los maestros para poder aguantar el suplicio que, en algunos casos, puede suponer acudir todos los días al colegio.

Ha habido varios profesores y profesoras que me han ayudado mucho a lo largo de toda mi vida y cuyas enseñanzas todavía tengo presentes. Algunos me ayudaron con los matones, otros me ayudaron con los estudios y con otros he tenido gran amistad. Todos ellos significaron algo en aquel chaval tímido y asustadizo. Todos me ayudaron a crecer como persona, a vencer mis miedos y mis limitaciones.

Aún hoy en día conservo sus enseñanzas y su precioso recuerdo, porque me dieron lecciones que me ayudaron en su día y me siguen ayudando mientras escribo este texto. Como te habrá pasado a ti con algún maestro o maestra. Si alguien te regala una pieza de fruta, la disfrutas hasta que se acaba. Si alguien te da una lección, aprendes algo para toda la vida.

Como te pasará a ti mientras lees esto, a mi también me vienen recuerdos de muchos profesores. Algunos malos, pero la mayoría buenos. O buenísimos.

Recuerdo a don Juan, un entrañable abuelito sabio como muy pocas personas. Bajito, con gafas, regordete y con el pelo blanco; un hombre muy tranquilo que nunca levantó la voz en clase, ni falta que hacía. Sentir sus ojos clavados en los tuyos era suficiente para dejarte quieto como una estatua. Nunca olvidaré un día cuando este amable profesor nos dijo:

“No tengáis prisa por vivir. No queráis ser mayores. No hagáis las cosas antes de que el cuerpo os las pida. Tenéis que valorar vuestra infancia porque la echaréis de menos toda vuestra vida”

Descanse en paz, don Juan.

Y así podría seguir recordando muchos profesores que, en consonancia con la importancia de su trabajo, son más que meros intermediarios entre el libro y el alumno. Los maestros, en muchas ocasiones, se ven obligados a hacer de psicólogos, niñeras y hasta de guardianes, tareas que exceden de su preparación y de su competencia.

Por no hablar de la función de padre, esa que un maestro jamás debe desarrollar y que parece que muchos progenitores irresponsables les quieren transferir.

Al final, además de un trabajo, ser maestro puede ser una forma de vida. Una larga charla con mi gran amigo el guiri Antonio me desveló una frase simple pero cargada de significado. Me dijo que en la filosofía budista había un principio básico en lo que a transferencia del conocimiento se refiere. Con su voz grave y su cerrado acento británico, me dijo en un perfecto spanglish chapurreado:

“Yo te enseño. Tú me enseñas. Yo aprendo y tú aprendes. En la vida todos somos alumnos y todos somos maestros”