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El potencial de tu mente

Las capacidades de la mente humana es un tema que cuando lo tratas por primera vez, resulta muy difícil que no te fascine. Descubrir el gran potencial que tiene nuestra mente para ayudarnos a desarrollar capacidades es, simplemente, increíble. Es como ver al conejo de Alicia abrir una puerta misteriosa que descubre el camino a innumerables rutas escondidas e inéditas para nosotros. Unas rutas que, sin embargo, parece que ya estaban allí mucho antes de que las descubriéramos.

El potencial de la mente humana ha sido y sigue siendo uno de los grandes retos para la ciencia. Los infinitos recovecos que puede alcanzar la mente de una persona son difícilmente clasificables para el método científico. Esto hace que estudiar clínicamente todas las capacidades que una persona puede llegar a desarrollar gracias a su mente resulte, aún hoy en día, casi una quimera para algo tan avanzado como la psicología moderna.

Muchas veces he escuchado el discurso de que las personas utilizamos un porcentaje mínimo de todas nuestras capacidades. De todo nuestro potencial mental. Se dice que utilizamos un uno, un cinco, tal vez como mucho un diez por ciento de nuestra capacidad mental.

Cuando escucho esto, una vieja idea ahonda en mí. La primera pregunta que me hice desde el momento en que descubrí este fascinante tema fue: ¿Cuál es la “capacidad total” de la mente de una persona?

Llegar a hacerse una idea de todo lo que un ser humano puede llegar a experimentar a través del potencial de su mente es prácticamente imposible. Si viéramos nuestro cerebro como un disco duro dentro del cual está nuestra mente, resultaría absurdo tratar de ponerle un número de Gigas a la capacidad total de ese disco. No conocemos el cuantio de la mente humana. A medida que más se estudian las capacidades cerebrales y mentales de las personas, más caminos se abren y nuevos horizontes se avistan.

Decir, por tanto, que utilizamos un porcentaje de nuestra mente resulta un tanto ilógico, ya que no se conoce, ni siquiera en aproximación, cual es la totalidad a la que nos ceñimos para sacar ese porcentaje.

Lo que puede tener más sentido es que utilizamos muy pocos de nuestros recursos mentales. Esto es algo notable cuando observamos que mediante el aprendizaje se pueden llegar a conseguir grandes logros a nivel de conocimiento y desarrollo mental. Cuando aprendemos algo nos damos cuenta de que podíamos aprenderlo, y nos preguntamos cuántas cosas más podríamos aprender. Cuántas capacidades más podríamos desarrollar.

Aunque resulta lógico pensar que utilizamos una mínima cantidad de todo lo que la mente nos puede brindar, también existe la posibilidad de que, además de poco, estemos utilizando mal nuestras capacidades. De que las estemos utilizando de forma negativa. Para destruir en lugar de para construir.

Si el potencial de la mente es tan fascinante y misterioso, es en cierta medida porque existe una enorme parte oculta dentro de la propia mente a la que llamamos subconsciente.

En el subconsciente existen multitud de recuerdos, de sensaciones y de reglas que permanecen ocultas o parcialmente ocultas bajo el umbral de la consciencia, y que pueden aflorar de acuerdo a sus propias normas, no a las que nosotros les impongamos. Es decir, el subconsciente es como una parte de nosotros que va por libre.

Y debajo de esa parte de nosotros que va por libre, hay multitud de información. Todo un mundo aparte. Como cuando mueves una gran piedra en medio del campo y debajo de ella hay todo tipo de bichos viviendo en su propio microclima, alimentándose y reproduciéndose en un lugar en el que pensábamos que no había nada.

Cuando hablo de que puede que utilicemos mal nuestras capacidades mentales, hablo de dejar que domine el subconsciente por encima de la consciencia. De utilizar gran parte de nuestra energía en fobias, en temores, en malos recuerdos. De utilizar nuestras capacidades de forma negativa para nuestros intereses. De dejar que el subconsciente haga y deshaga a su antojo, haciendo de nuestra vida algo que no nos termina de gustar. Controlando por completo el ámbito psicosomático. Hablo de una mala comunicación entre nuestra parte consciente y todo ese mundo aparte que supone el subconsciente.

En ocasiones, utilizamos una enorme parte de nuestros recursos mentales y de nuestro tiempo en divagar, en temer, en generar hipótesis, en pensar sobre lo que otros piensan y en hacernos pajas mentales. Después, podemos llegar a la conclusión de que hemos usado muy pocas de nuestras capacidades y de nuestros recursos. Pero puede sorprendernos la idea de que lo que hemos hecho no ha sido tanto utilizar poco nuestra mente, sino utilizarla de forma torpe y negativa.

Si te paras a pensarlo, la diferencia entre las acciones que te benefician y las que te perjudican puede no consistir en la cantidad de recursos empleada en realizar esos actos y sí en la dirección y el sentido que has dado a esos recursos.

Como dijo alguien una vez: “La potencia sin control no sirve de nada.”

Si hay cosas en tu vida que no te gustan y que quisieras cambiar, el hecho de que no las hayas cambiado puede no deberse a que no le has dedicado tiempo o esfuerzo, sino a que el tiempo y el esfuerzo que has invertido no te ha servido para nada. Ha sido una energía empleada de forma destructiva.

A lo largo de tu existencia has utilizado, sin saberlo y seguramente sin quererlo, mucha parte de tu potencial mental, mucha parte de tu energía, mucha parte de tus recursos… en ponerte trabas a ti mismo.

En el momento en que logres identificar esa energía mal empleada, podrás actuar sobre ella y modificar su sentido para que deje de perjudicarte y te empiece a beneficiar.

En el momento en que logres hacer que el potencial de tu mente juegue a tu favor y no en tu contra, podrás sacar de forma consciente esos pensamientos negativos que hasta entonces existían en tu subconsciente. Podrás empezar a usar el poder de tu mente de forma constructiva.

A partir de entonces, la expresión disfrutar de la vida puede que adquiera un nuevo y bello significado.

Sólo hace falta que creas en tu propio potencial. En el potencial de tu mente.

La frecuencia de la comunicación

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la forma en la que la gente se relaciona y forma vínculos, así como los motivos por los que estos vínculos pueden acabar rompiéndose. Incluso he pensado mucho acerca de los vínculos que podrían haberse formado y sin embargo no lo han hecho. Por qué la gente se entiende y se deja de entender, o por qué nunca llega a entenderse.

Ya desde bien pequeño me entretenía escuchando y analizando conversaciones ajenas, discusiones familiares e incluso mis propias relaciones personales. Y lo hacía con el firme convencimiento de que debía existir la forma en que las personas, incluso con todas nuestras diferencias, pudiéramos llevarnos bien. La forma de aprovecharnos de todo lo que nos unía y de quitarle importancia a las cosas que nos separaban, para beneficio de todos. De buscar el modo, simplemente, de entendernos.

De ésta forma, intentando comprender por qué muchas personas no se entendían aun teniendo capacidad para entenderse, me convencí de que el problema principal estaba en la forma en la que las personas se comunicaban. Y lo hice una fría mañana de otoño en clase de Lenguaje, cuando estudié por primera vez la comunicación.

Me enteré de que en toda forma de comunicación había tres elementos básicos: emisor, receptor y mensaje. Estos tres elementos debían relacionarse de forma casi perfecta para que la información fuera transmitida y la comunicación tuviera éxito. Si al menos uno de los elementos fallaba, la comunicación se distorsionaba y se perdía información en el mensaje.

Además, ésta información debía emitirse en un código, cifrado por el emisor del mensaje y que debía ser descifrado con éxito por el receptor del mismo. De este modo, el emisor tenía que transformar la información que quería transmitir en algo que el receptor pudiera entender perfectamente. Por si fuera poco, aún había que tener en cuenta cosas como el canal usado para la comunicación o el contexto situacional en el que pretendía establecerse la misma.

Explicado así, la comunicación parece enrevesada en la teoría y sencilla en la práctica. Cuando se trata de entregar un mensaje simple, es normal que no haya problemas para que nos entendamos. Pero cuando hay que desgranar un pensamiento, un sentimiento o establecer una interacción con alguien, a veces no es nada fácil comunicarse.

Aquella fría mañana de otoño en clase de Lenguaje, la comunicación me pareció algo tan interesante como jodidamente complicado. Definitivamente, me parecía normal que hubiera tantos problemas entre las personas a la hora de entenderse, evitar conflictos o solucionar problemas. Con lo complicado que era todo, lo realmente difícil era que no hubiera problemas de comunicación. Antes o después, siempre aparecen malentendidos que pueden acabar afectándonos. Para comunicarse de forma perfecta, me parecía que había que ser poco menos que un premio Nobel.

A partir de conocer a grandes rasgos los elementos que intervenían en la comunicación, empecé a aplicar esos conceptos a casos prácticos, tanto de personas que me rodeaban como de mí mismo, y continué encontrando respuestas. Para que dos personas se entiendan, no basta con que hablen el mismo lenguaje y se digan lo que se tengan que decir. Intervienen algunos factores externos y sobre todo un mundo de factores internos a nosotros mismos que nos influyen de forma decisiva a la hora de comunicarnos.

Las personas, nosotros que somos continuos emisores y receptores de información, tenemos mayor interés en comunicarnos con unas personas que con otras. Hay quien tiene gran éxito en sus relaciones sociales y quien no lo tiene en absoluto; bien sea por inteligencia, por atracción física, por interés, por aprecio personal o por eso tan relativo como es tener química o feeling.

Con el tiempo, acabé viendo la comunicación entre personas de una forma más simple: como una interacción de seres que emiten y reciben información a una determinada “frecuencia”.

Nuestra forma de ser y nuestra forma de actuar con otras personas son muy importantes para tener éxito en la comunicación. La frecuencia de una persona la forman cosas como el tono que usa, la atención prestada al interlocutor, el énfasis mostrado o la forma en la que interpretemos gestos y señales. Son un montón de pequeñas actitudes propias y personales de cada uno,  que mandan mensajes constantemente a quien tenemos delante, como si fuera una especie de frecuencia que estamos emitiendo todo el rato sin darnos cuenta. Puede que a nuestro interlocutor no le guste la  frecuencia a la que nos estamos comunicando. En ese caso, esta frecuencia toma más importancia que el mensaje principal, y las posibilidades de éxito en la comunicación descienden bruscamente.

De acuerdo con esto, para que una persona potencie sus relaciones sociales y se comunique mejor debe ampliar la cantidad de frecuencias a las que es capaz de comunicarse, ampliando de este modo el número de personas con las que puede congeniar. Y también conocer la propia frecuencia para tener control sobre ella.

Dicho de otro modo mucho más sencillo,  abrir la mente. Abrirla a frecuencias distintas a la propia, para poder entender mejor a los demás. Para que los demás nos entiendan mejor a nosotros.

Muchos años después de aquella fría mañana en clase de Lenguaje, y dentro del proceso constante de abrir mi mente, me interesé por la meditación y esto me llevó a descubrir una sorprendente característica de nuestro cuerpo. Me enteré de que nuestro propio cerebro trabaja con ondas a determinadas frecuencias y que nosotros podemos tener cierto nivel de control sobre ellas en momentos determinados.

En un estado de estrés o tensión, el cerebro trabaja con ondas ram-alta, a una frecuencia superior a 30 hercios. En un estado mental normal, consciente y alerta, nuestro cerebro trabaja con las llamadas ondas beta, a una frecuencia que varía entre 15 y 30 Hz. En un estado mental de relajación, el cerebro trabaja con ondas alfa, a una frecuencia de entre 9 y 14 Hz. Si la relajación es mucho mayor se llega a un estado de vigilia y armonía, con el cerebro trabajando con ondas theta (4-8 Hz), y si la relajación es total se llega a un estado de sueño profundo sin dormir, meditación profunda o hipnosis, trabajando el cerebro con ondas delta (1-3 Hz).

Dentro de este amplio abanico de frecuencias, nuestra mente puede alcanzar varios estados. Mediante estos estados se estimula la creatividad, la solución de problemas y se pueden llegar a sentir las emociones de una forma mucho más nítida.

Tras conocer estos procesos, me di cuenta de que podían tener una ligera similitud con mi teoría de que las personas funcionamos con determinadas frecuencias a la hora de comunicarnos. Dentro de nuestra mente también existe un proceso en el que se transmite información entre un punto y otro, cifrado en un código determinado y mediante un canal concreto. Gracias a estas frecuencias, se produce un proceso de comunicación dentro de nosotros mismos.

Nuestra mente trabaja a diferentes frecuencias y podemos llegar a tener un conocimiento muy profundo de cosas que estaban en nosotros pero que no habíamos podido entender hasta que no hemos sintonizado correctamente para poder hacerlo. Un conocimiento mayor de nuestra mente que nos lleva a captar y comprender las cosas de una forma muy distinta. O dicho de otro modo, a vivir la vida en otra frecuencia.

Cuando la comunicación es sencilla, todo es más fácil. Todo es mejor.

Aprender a comunicarte con los demás hará tu vida más fácil. Aprender a comunicarte contigo mismo, hará tu vida mejor.

Cuando sintonices la frecuencia adecuada y puedas oír la canción, seguramente desearás con todas tus fuerzas que no pare la música.