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El potencial de tu mente

Las capacidades de la mente humana es un tema que cuando lo tratas por primera vez, resulta muy difícil que no te fascine. Descubrir el gran potencial que tiene nuestra mente para ayudarnos a desarrollar capacidades es, simplemente, increíble. Es como ver al conejo de Alicia abrir una puerta misteriosa que descubre el camino a innumerables rutas escondidas e inéditas para nosotros. Unas rutas que, sin embargo, parece que ya estaban allí mucho antes de que las descubriéramos.

El potencial de la mente humana ha sido y sigue siendo uno de los grandes retos para la ciencia. Los infinitos recovecos que puede alcanzar la mente de una persona son difícilmente clasificables para el método científico. Esto hace que estudiar clínicamente todas las capacidades que una persona puede llegar a desarrollar gracias a su mente resulte, aún hoy en día, casi una quimera para algo tan avanzado como la psicología moderna.

Muchas veces he escuchado el discurso de que las personas utilizamos un porcentaje mínimo de todas nuestras capacidades. De todo nuestro potencial mental. Se dice que utilizamos un uno, un cinco, tal vez como mucho un diez por ciento de nuestra capacidad mental.

Cuando escucho esto, una vieja idea ahonda en mí. La primera pregunta que me hice desde el momento en que descubrí este fascinante tema fue: ¿Cuál es la “capacidad total” de la mente de una persona?

Llegar a hacerse una idea de todo lo que un ser humano puede llegar a experimentar a través del potencial de su mente es prácticamente imposible. Si viéramos nuestro cerebro como un disco duro dentro del cual está nuestra mente, resultaría absurdo tratar de ponerle un número de Gigas a la capacidad total de ese disco. No conocemos el cuantio de la mente humana. A medida que más se estudian las capacidades cerebrales y mentales de las personas, más caminos se abren y nuevos horizontes se avistan.

Decir, por tanto, que utilizamos un porcentaje de nuestra mente resulta un tanto ilógico, ya que no se conoce, ni siquiera en aproximación, cual es la totalidad a la que nos ceñimos para sacar ese porcentaje.

Lo que puede tener más sentido es que utilizamos muy pocos de nuestros recursos mentales. Esto es algo notable cuando observamos que mediante el aprendizaje se pueden llegar a conseguir grandes logros a nivel de conocimiento y desarrollo mental. Cuando aprendemos algo nos damos cuenta de que podíamos aprenderlo, y nos preguntamos cuántas cosas más podríamos aprender. Cuántas capacidades más podríamos desarrollar.

Aunque resulta lógico pensar que utilizamos una mínima cantidad de todo lo que la mente nos puede brindar, también existe la posibilidad de que, además de poco, estemos utilizando mal nuestras capacidades. De que las estemos utilizando de forma negativa. Para destruir en lugar de para construir.

Si el potencial de la mente es tan fascinante y misterioso, es en cierta medida porque existe una enorme parte oculta dentro de la propia mente a la que llamamos subconsciente.

En el subconsciente existen multitud de recuerdos, de sensaciones y de reglas que permanecen ocultas o parcialmente ocultas bajo el umbral de la consciencia, y que pueden aflorar de acuerdo a sus propias normas, no a las que nosotros les impongamos. Es decir, el subconsciente es como una parte de nosotros que va por libre.

Y debajo de esa parte de nosotros que va por libre, hay multitud de información. Todo un mundo aparte. Como cuando mueves una gran piedra en medio del campo y debajo de ella hay todo tipo de bichos viviendo en su propio microclima, alimentándose y reproduciéndose en un lugar en el que pensábamos que no había nada.

Cuando hablo de que puede que utilicemos mal nuestras capacidades mentales, hablo de dejar que domine el subconsciente por encima de la consciencia. De utilizar gran parte de nuestra energía en fobias, en temores, en malos recuerdos. De utilizar nuestras capacidades de forma negativa para nuestros intereses. De dejar que el subconsciente haga y deshaga a su antojo, haciendo de nuestra vida algo que no nos termina de gustar. Controlando por completo el ámbito psicosomático. Hablo de una mala comunicación entre nuestra parte consciente y todo ese mundo aparte que supone el subconsciente.

En ocasiones, utilizamos una enorme parte de nuestros recursos mentales y de nuestro tiempo en divagar, en temer, en generar hipótesis, en pensar sobre lo que otros piensan y en hacernos pajas mentales. Después, podemos llegar a la conclusión de que hemos usado muy pocas de nuestras capacidades y de nuestros recursos. Pero puede sorprendernos la idea de que lo que hemos hecho no ha sido tanto utilizar poco nuestra mente, sino utilizarla de forma torpe y negativa.

Si te paras a pensarlo, la diferencia entre las acciones que te benefician y las que te perjudican puede no consistir en la cantidad de recursos empleada en realizar esos actos y sí en la dirección y el sentido que has dado a esos recursos.

Como dijo alguien una vez: “La potencia sin control no sirve de nada.”

Si hay cosas en tu vida que no te gustan y que quisieras cambiar, el hecho de que no las hayas cambiado puede no deberse a que no le has dedicado tiempo o esfuerzo, sino a que el tiempo y el esfuerzo que has invertido no te ha servido para nada. Ha sido una energía empleada de forma destructiva.

A lo largo de tu existencia has utilizado, sin saberlo y seguramente sin quererlo, mucha parte de tu potencial mental, mucha parte de tu energía, mucha parte de tus recursos… en ponerte trabas a ti mismo.

En el momento en que logres identificar esa energía mal empleada, podrás actuar sobre ella y modificar su sentido para que deje de perjudicarte y te empiece a beneficiar.

En el momento en que logres hacer que el potencial de tu mente juegue a tu favor y no en tu contra, podrás sacar de forma consciente esos pensamientos negativos que hasta entonces existían en tu subconsciente. Podrás empezar a usar el poder de tu mente de forma constructiva.

A partir de entonces, la expresión disfrutar de la vida puede que adquiera un nuevo y bello significado.

Sólo hace falta que creas en tu propio potencial. En el potencial de tu mente.

La frecuencia de la comunicación

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la forma en la que la gente se relaciona y forma vínculos, así como los motivos por los que estos vínculos pueden acabar rompiéndose. Incluso he pensado mucho acerca de los vínculos que podrían haberse formado y sin embargo no lo han hecho. Por qué la gente se entiende y se deja de entender, o por qué nunca llega a entenderse.

Ya desde bien pequeño me entretenía escuchando y analizando conversaciones ajenas, discusiones familiares e incluso mis propias relaciones personales. Y lo hacía con el firme convencimiento de que debía existir la forma en que las personas, incluso con todas nuestras diferencias, pudiéramos llevarnos bien. La forma de aprovecharnos de todo lo que nos unía y de quitarle importancia a las cosas que nos separaban, para beneficio de todos. De buscar el modo, simplemente, de entendernos.

De ésta forma, intentando comprender por qué muchas personas no se entendían aun teniendo capacidad para entenderse, me convencí de que el problema principal estaba en la forma en la que las personas se comunicaban. Y lo hice una fría mañana de otoño en clase de Lenguaje, cuando estudié por primera vez la comunicación.

Me enteré de que en toda forma de comunicación había tres elementos básicos: emisor, receptor y mensaje. Estos tres elementos debían relacionarse de forma casi perfecta para que la información fuera transmitida y la comunicación tuviera éxito. Si al menos uno de los elementos fallaba, la comunicación se distorsionaba y se perdía información en el mensaje.

Además, ésta información debía emitirse en un código, cifrado por el emisor del mensaje y que debía ser descifrado con éxito por el receptor del mismo. De este modo, el emisor tenía que transformar la información que quería transmitir en algo que el receptor pudiera entender perfectamente. Por si fuera poco, aún había que tener en cuenta cosas como el canal usado para la comunicación o el contexto situacional en el que pretendía establecerse la misma.

Explicado así, la comunicación parece enrevesada en la teoría y sencilla en la práctica. Cuando se trata de entregar un mensaje simple, es normal que no haya problemas para que nos entendamos. Pero cuando hay que desgranar un pensamiento, un sentimiento o establecer una interacción con alguien, a veces no es nada fácil comunicarse.

Aquella fría mañana de otoño en clase de Lenguaje, la comunicación me pareció algo tan interesante como jodidamente complicado. Definitivamente, me parecía normal que hubiera tantos problemas entre las personas a la hora de entenderse, evitar conflictos o solucionar problemas. Con lo complicado que era todo, lo realmente difícil era que no hubiera problemas de comunicación. Antes o después, siempre aparecen malentendidos que pueden acabar afectándonos. Para comunicarse de forma perfecta, me parecía que había que ser poco menos que un premio Nobel.

A partir de conocer a grandes rasgos los elementos que intervenían en la comunicación, empecé a aplicar esos conceptos a casos prácticos, tanto de personas que me rodeaban como de mí mismo, y continué encontrando respuestas. Para que dos personas se entiendan, no basta con que hablen el mismo lenguaje y se digan lo que se tengan que decir. Intervienen algunos factores externos y sobre todo un mundo de factores internos a nosotros mismos que nos influyen de forma decisiva a la hora de comunicarnos.

Las personas, nosotros que somos continuos emisores y receptores de información, tenemos mayor interés en comunicarnos con unas personas que con otras. Hay quien tiene gran éxito en sus relaciones sociales y quien no lo tiene en absoluto; bien sea por inteligencia, por atracción física, por interés, por aprecio personal o por eso tan relativo como es tener química o feeling.

Con el tiempo, acabé viendo la comunicación entre personas de una forma más simple: como una interacción de seres que emiten y reciben información a una determinada “frecuencia”.

Nuestra forma de ser y nuestra forma de actuar con otras personas son muy importantes para tener éxito en la comunicación. La frecuencia de una persona la forman cosas como el tono que usa, la atención prestada al interlocutor, el énfasis mostrado o la forma en la que interpretemos gestos y señales. Son un montón de pequeñas actitudes propias y personales de cada uno,  que mandan mensajes constantemente a quien tenemos delante, como si fuera una especie de frecuencia que estamos emitiendo todo el rato sin darnos cuenta. Puede que a nuestro interlocutor no le guste la  frecuencia a la que nos estamos comunicando. En ese caso, esta frecuencia toma más importancia que el mensaje principal, y las posibilidades de éxito en la comunicación descienden bruscamente.

De acuerdo con esto, para que una persona potencie sus relaciones sociales y se comunique mejor debe ampliar la cantidad de frecuencias a las que es capaz de comunicarse, ampliando de este modo el número de personas con las que puede congeniar. Y también conocer la propia frecuencia para tener control sobre ella.

Dicho de otro modo mucho más sencillo,  abrir la mente. Abrirla a frecuencias distintas a la propia, para poder entender mejor a los demás. Para que los demás nos entiendan mejor a nosotros.

Muchos años después de aquella fría mañana en clase de Lenguaje, y dentro del proceso constante de abrir mi mente, me interesé por la meditación y esto me llevó a descubrir una sorprendente característica de nuestro cuerpo. Me enteré de que nuestro propio cerebro trabaja con ondas a determinadas frecuencias y que nosotros podemos tener cierto nivel de control sobre ellas en momentos determinados.

En un estado de estrés o tensión, el cerebro trabaja con ondas ram-alta, a una frecuencia superior a 30 hercios. En un estado mental normal, consciente y alerta, nuestro cerebro trabaja con las llamadas ondas beta, a una frecuencia que varía entre 15 y 30 Hz. En un estado mental de relajación, el cerebro trabaja con ondas alfa, a una frecuencia de entre 9 y 14 Hz. Si la relajación es mucho mayor se llega a un estado de vigilia y armonía, con el cerebro trabajando con ondas theta (4-8 Hz), y si la relajación es total se llega a un estado de sueño profundo sin dormir, meditación profunda o hipnosis, trabajando el cerebro con ondas delta (1-3 Hz).

Dentro de este amplio abanico de frecuencias, nuestra mente puede alcanzar varios estados. Mediante estos estados se estimula la creatividad, la solución de problemas y se pueden llegar a sentir las emociones de una forma mucho más nítida.

Tras conocer estos procesos, me di cuenta de que podían tener una ligera similitud con mi teoría de que las personas funcionamos con determinadas frecuencias a la hora de comunicarnos. Dentro de nuestra mente también existe un proceso en el que se transmite información entre un punto y otro, cifrado en un código determinado y mediante un canal concreto. Gracias a estas frecuencias, se produce un proceso de comunicación dentro de nosotros mismos.

Nuestra mente trabaja a diferentes frecuencias y podemos llegar a tener un conocimiento muy profundo de cosas que estaban en nosotros pero que no habíamos podido entender hasta que no hemos sintonizado correctamente para poder hacerlo. Un conocimiento mayor de nuestra mente que nos lleva a captar y comprender las cosas de una forma muy distinta. O dicho de otro modo, a vivir la vida en otra frecuencia.

Cuando la comunicación es sencilla, todo es más fácil. Todo es mejor.

Aprender a comunicarte con los demás hará tu vida más fácil. Aprender a comunicarte contigo mismo, hará tu vida mejor.

Cuando sintonices la frecuencia adecuada y puedas oír la canción, seguramente desearás con todas tus fuerzas que no pare la música.

Producto de tu imaginación

Son ampliamentes conocidas las habilidades de nuestro propio cerebro para engañarnos. Constantemente, nuestra masa gris piensa por nosotros a tal velocidad que nos es imposible seguirla. Recibe, procesa y transmite una cantidad de información en cada décima de segundo de la que nos sería imposible hablar, porque no habría tiempo suficiente. Nosotros somos muchísimo más lentos que nuestro propio cerebro y por eso nos guía en la gran mayoría de ocasiones,  a menudo sin ni siquiera darnos cuenta.

Pues bien, hoy ha sido una de esas veces. Mi cerebro, como si fuera un sistema operativo Windows, se ha colgado. No ha dado crédito a su propio engaño y se ha quedado bloqueado en espera de encontrar respuestas a quién sabe qué preguntas.

El caso es que hoy ha hecho un gran día. La primavera ha empezado a asomarse en Valencia y el tiempo invita a salir a que te dé un poquito el aire. El sol empieza a calentar el todavía fresco ambiente de marzo, haciendo mucho más placentero dar una vuelta. Es curioso como, tradicionalmente y salvo algunas excepciones, la tortilla del clima suele darse la vuelta cuando se acercan las Fallas. La pólvora y el sol inician de nuevo el precioso ciclo primaveral en el levante español.

En casa habíamos terminado de comer y mi tío Felipe, el gran showman de mi familia del que ya hablo en el post del guiri Antonio, estaba a punto de darme otra de esas experiencias que te hacen darte cuenta de cómo puedes ser engañado, por los demás y por ti mismo.

Tras comer, y bien aderezado con la botella de vino y las dos (o cinco) cervezas que se había metido entre pecho y espalda, mi tío salió a dar una vuelta por el chalet, y yo salí con él para conversar un rato. Cuando bebe le da por hablar, y quien sabe por qué más. Va según el día. A veces se pone especialmente pesado, otras especialmente gracioso, otras especialmente místico y otras se duerme con un cigarro en la boca.

Hoy, le ha dado por ser “ingenioso”. Cuando yo era pequeño, siempre nos hacía a todos los sobrinos algún cutre juego de magia, o algún chiste de esos que conforme lo cuentas vas escribiendo cosas en un papel y al final siempre sale algo relacionado con el sexo. Es el personaje de la familia, y todos le queremos tal como es.

Cuando volvíamos del paseo, después de un rato de charla y viéndose a sí mismo bastante perjudicado por los efectos del alcohol, me planteó un desafío.

- ¿Tú ves lo borracho que voy? Pues así de borracho te digo que sacamos el rifle de perdigones y agujereo un cigarro por el medio, y tirando de espaldas. Tú me pones un cigarro encima de una botella a veinte metros de distancia, y le hago un agujero por la mitad, sin romperlo. ¡Eh… y me juego un almuerzo!

El alcohol le envalentonó. Excesivamente confiado en sus dotes como tirador (él dice que una vez ganó un campeonato de tiro) me planteó un desafío que yo, como es normal, no quise perderme. El almuerzo era lo de menos, yo quería reírme. Balbuceaba al hablar, andaba con dificultad y a veces se te quedaba mirando un par de segundos con cara de besugo mientras intentaba entender lo que le decías. La verdad es que llevaba una buena castaña encima. No podía perderme por nada del mundo esa escena.

Aún así, él suele hacer este tipo de apuestas, y a menudo no son más que engañifas, de las que luego sale vencedor gracias a una pequeña trampa, fruto de algún pequeño detalle del que tu cerebro no se ha percatado. El enunciado de la frase trae consigo algún elemento que le va a permitir conseguir hacer lo que ha prometido y, por consiguiente, ganarte la apuesta. Pero esta vez no, amigo, ya son mucho años de experiencia.

Pensé concienzudamente en lo que  apostó y le hice todo tipo de preguntas a modo de confirmación para saber que la jugada iba a ser totalmente legal. En mi interior, no obstante, yo sabía que me la iba a volver a jugar, aunque no de esta manera.

Realizar lo que había dicho en el estado de embriaguez en el que se encontraba era casi imposible. Me cercioré bien de todos los elementos de la apuesta y, sorprendentemente, parecía estar todo en su lugar. Iba a agujerear un cigarro que se hayara en vertical encima de una botella, a veinte metros de distancia y disparando de espaldas a él. El perdigón era casi tan ancho como el cigarro, con lo que, aunque le diera, era casi imposible que no lo partiera en dos. Aún así, él me juraba y me perjuraba que era capaz de hacerlo. Demasiado borracho, pensé, pero me moría por vivir aquello. Las risas estaban aseguradas, y viendo su estado, el almuerzo también.

Confiado de pasar un buen rato, saco el rifle de perdigones y montamos la escena de la apuesta. Él desenrosca el espejo retrovisor de su moto para poder ver el cigarro mientras tira de espaldas a él, con el rifle cargado a su hombro y apuntando hacia atrás. Le costaba mantenerse en pie sin moverse… como para agujerear un cigarro por la mitad. Ni de coña.

Me da un cigarrillo y me dice que se lo ponga a unos veinte metros de distancia encima de alguna botella. Como no habían botellas, cojo una de las latas que se beben entre él y el vecino. Inserto el cigarro, no sin cerciorarme de que no está trucado,  en el agujerito de la anilla de una de las latas. Acto seguido me siento a disfrutar de la función.

Tras varios cómicos momentos de titubeo y luchando por tenerse en pie, mi tío Felipe encara el espejo, fija la mirada y se dispone a tirar. Su concentración es máxima. Su concentración de alcohol en sangre, también. Mi tío me la había jugado tantas veces que me imaginaba si no iba a ser capaz de dejarme con dos palmos de narices sacándose un enésimo as de la manga o, en este caso, de la lata de cerveza que no quiso soltar mientras apuntaba al cigarrillo.

Pero no. Disparó y, como indican las leyes de la lógica, falló. Abrió sus ojos sorprendido, como si no se lo creyera. Estaba absolutamente convencido de que podría hacerlo, y no lo hizo. En esos momentos solté una aliviadora carcajada.

- ¡Tchhh…! Que casi le doy, ¿eh? – pudo llegar a balbucear de forma ininteligible- Que si le tiro otra vez le doy.

En ese momento, el que se envalentonó fui yo.

- Te doy tres tiros más si quieres. Es más, no hace falta ni que tires de espaldas – le dije.

Y tiró los tres tiros a una distancia de veinte metros. Y ni rozó el cigarrillo. Eso sí, la lata la tiró dos veces al suelo. Aún así, no se dio por vencido. Le di cinco oportunidades más de hacerlo, pues me lo estaba pasando teta. Con cada fallo, él parecía más herido en su orgullo, lo que un borracho jamás llega a tolerar. Resultaba muy gracioso ver como resoplaba mientras intentaba no moverse y apuntar en condiciones. Falló todos los tiros, y yo me reía disfrutando como un enano, coreándole con Olés sus desgraciados intentos. Harto de verme reír, se giró hacia mí y me dijo:

-  He ganado.

- ¿Cómo que has ganado? ¡Si ni siquiera te has acercado a darle! -le dije riéndome-. Con el pedal que llevas, es imposible que lo hagas. Y si lo haces, partirás el cigarro. De ganar nada, chaval, esta vez he ganado yo.

- ¿Estás seguro? Recuerda bien el trato. ¿Dónde está el cigarro?

- Encima de la lata.

- ¡¡Ahá!! No es una botella. Jajajajaja… ¡Chaval, que te queda mucho por aprender! ¡Te he engañado!

- ¿Pero qué engañado ni qué cojones? – le repliqué cargado de razón-. La apuesta consistía en que tú agujerearías el cigarrillo. Que esté en una lata o en una botella es irrelevante. Es más, ahora mismo lo pongo encima de una botella y si tienes narices lo agujeréas.

En ese momento, me miró fijamente a los ojos, cogió el rifle y, tan serio como borracho, me dijo expulsando con dificultad las palabras:

- No, no hace falta, chaval. Mira… y aprende del maestro.

Casi sin terminar la frase, y de una forma tan rápida como precisa, tomó el rifle, lo cargó, apuntó y, tras soltar un etílico eructo, dejó en el cigarro un impecable impacto que lo atravesó sin llegar a partirlo. Un perfecto círculo a veinte metros de distancia que me dejó con los ojos como platos y una cara de tonto de la que todavía me estoy riendo al escribir este texto. Un círculo milimétrico en el que a ambos lados podía observarse el finísimo papel del cigarrillo. Ni una sola hebra de tabaco. Un disparo tan increíblemente preciso que me obligó a realizar algún test de realidad por si todo se trataba de un sueño. Pero no estaba soñando. Fue demasiado convincente para ser suerte y demasiado increíble para ser verdad. O me había engañado él o me había engañado yo mismo.

Acto seguido me dio el rifle, borracho y satisfecho a partes iguales.  Como si fuera Anthony Blake después de una noche de farra, me dijo:

“Todo lo que has visto es producto de tu imaginación. No le des más vueltas. No tiene sentido”

Y todavía le estoy dando vueltas.

Los estímulos y la empatía

Nuestro sistema nervioso es extraordinariamente complejo. Se vale de multitud de células formando tejidos que nos hacen reaccionar ante los estímulos externos. Además, todos estos tejidos están en permamente conexión con algo aún más complejo si cabe, la parte del sistema nervioso que lucha por darle sentido a todo, el cerebro humano.

De esta conexión nace una amistad preciosa e inseparable. Dentro de nuestro sistema nervioso existe una pareja un tanto extraña capaz de crear maravillas cuando conecta bien. Maravillas que se dan cuando somos capaces de saber asimilar tanto los estímulos que se producen en nuestro cuerpo como los que se producen dentro de nuestro cerebro, en nuestra mente. Cuerpo y mente, una preciosa pareja capaz de hacernos sentir por nosotros mismos una preciosa cualidad: la empatía.

Algunos estímulos físicos pueden dar lugar a sentimientos, reflexiones o pensamientos. Igualmente, los sentimientos, reflexiones o pensamientos fabricados en nuestra cabeza nos pueden aportar sensaciones a nivel físico.

De este modo, algo externo y físico, como una caricia, nos puede evocar hacia sensaciones internas que nos hagan tener sentimientos y pensamientos, como por ejemplo, sentir afecto hacia alguien.

Y exactamente igual, algo interno como una profunda reflexión, nos puede hacer tener sensaciones físicas externas como, por ejemplo, ganas de llorar o la llamada carne de gallina. Incluso puede hacernos tomar decisiones que repercutirán directamente en nuestro cuerpo.

Esta pareja es inseparable porque hay ocasiones en las que no se puede concebir lo que proporciona uno sin lo que provoca en el otro. Es difícil imaginar que entendemos las sensaciones que nos produce nuestra canción favorita sin que nos excite, nos haga pensar o nos tranquilice. Tampoco sería muy congruente entender que te fundes en un sentido abrazo con alguien y no se te estremecen las carnes ni exhalas un profundo suspiro de alivio y cariño. Lo que sientes en tu mente puede estar muy ligado con lo que sientes en tu cuerpo, y al revés.

Sin embargo, hoy en día las sensaciones están por todas partes. Las necesidades son cubiertas antes casi de aparecer, y ese es un duro golpe para nuestro sistema nervioso, algo que perjudica la conexión entre nuestro cuerpo y nuestra mente. Un golpe que los atrofia por exceso. Tenemos demasiadas sensaciones como para poder valorarlas como lo que son, algo real.

Sentimos demasiado, tenemos demasiados estímulos al alcance y dejamos de valorar lo que realmente suponen o podrían suponer esos estímulos en nuestra vida. De este modo, la empatía se convierte en una sensación extraordinariamente difícil de sentir. Me explicaré de una forma fácil:

-Estamos comiendo en nuestra casa, mientras suena de fondo una serie de televisión. Intermedio. Anuncio de una ONG o alguna asociación pro-Derechos Humanos. Nos dicen que en países del tercer mundo mueren al día cientos de niños por hambre y enfermedades. Cucharada de sopa. “Ay que ver, no hay derecho”. Masticamos un trozo de pan. Anuncio de tráfico, con una escena de una colisión frontal en primer plano. Bebemos para tragar. Vuelve la programación habitual. Nos reímos con el primer chascarrillo de la serie de turno.

En este corto espacio de tiempo hemos tenido estímulos externos suficientes como para provocar al menos una pequeña reflexión en nuestro interior. Reflexión que, en un caso extremo, podría incluso modificar sensiblemente el rumbo de nuestra vida. Pero no ha sido así. ¿Por qué? Porque vemos demasiados anuncios como esos. Escuchamos demasiado sobre desgracias ajenas, y ya es repetitivo. Cansino, si me apuras. Aburrido, falto de emoción aunque seamos conscientes de que son cosas reales.

Otra estampa:

-Vamos caminando por la calle, y nos detenemos en un semáforo que está en rojo para peatones, verde para coches. Pasado el tiempo establecido, se torna en verde para peatones y ámbar (precaución) para coches. Un coche con un conductor demasiado estresado se pasa de frenada confundiendo ámbar con verde, invade el paso de cebra y atropella a un anciano dos metros delante de nosotros. Tragedia. Decenas de personas se agolpan en el escenario mientras los más rápidos en reflejos intentan socorrer al anciano, pero es tarde, el buen hombre está reventado por dentro, dejando sangre a escasos centímetros de nuestros zapatos. Aún podemos verle el rostro, con los cojos abiertos de par en par y la cara desfigurada boca arriba.

En este fugaz momento, sin duda impacta mucho más la trágica y rápida muerte de un anciano de clase media que la lenta y agónica muerte de cientos de niños todos los días. ¿Por qué? Porque eso nos toca de cerca, es algo que puede que no nos pase nunca. Y es real.

Presenciar un grave accidente de tráfico es un hecho aislado al que no estamos acostumbrados y, debido a ello y a la gravedad de la situación, nuestra forma de ver la vida de una u otra forma puede cambiar. Tomamos consciencia de la gravedad de ciertas situaciones sólo al tenerlas delante de los ojos. A veces hay que tener demasiado cerca el dolor de otros para sentirlo como propio.

Casos como estos dos ejemplos que he expuesto pasan a diario en cientos de vidas de personas como tú y como yo, aunque quizás no signifique mucho para nosotros porque aún no nos ha tocado vivir ninguno similar.

Quizás nos demos cuenta por culpa de un accidente de tráfico como ese. Tal vez lo vivamos el día en que logremos superar un cáncer y decidamos dedicar una pequeña parte de nuestra vida a ayudar a la gente que ha pasado por ese trauma. O cuando, debido a la crisis, nos veamos obligados a pedir o robar para mantener a la familia. Quizás lo vivamos el día en que una persona querida se nos muera debido a una negligencia o a una injusticia.

Es extraordinariamente difícil tener la fuerza mental para coger las riendas de nuestra vida sin que haya una circunstancia fatal que nos haga tomar conciencia de lo importante que es hacerlo. Muy pocos lo logran. Hay que tener una empatía y una voluntad enormes.

Hasta entonces, y para la mayoría de nosotros (los no tan fuertes)  lo normal es que sigamos viviendo con sucedáneos de sentimientos, con sucedáneos de sensaciones, con sucedáneos de reflexiones. Lo normal es que no sepamos asimilar ni valorar los estímulos externos e internos que hay a nuestro alcance. Lo normal es que sigamos viviendo con el sucedáneo de una vida completa.

O quizás no. Quizás nuestro cuerpo y nuestra mente nos haga sentir por nosotros mismos la empatía y queramos hacerlo sin que tenga que ser la vida la que nos obligue.

Pero sólo quizás.