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Un momento de atención

Déjame que te hable de un momento.

Es un momento increíble y maravilloso, que siempre está a nuestro alcance pero que no siempre podemos ver. Se trata de un instante mágico, un momento en el que se pueden llegar a tener sensaciones que ni siquiera hemos imaginado. Un momento que puede transformar tu vida para siempre.

Captar toda la magia de este momento por primera vez y a propósito, tal vez no sea tarea fácil. Para poder inmiscuirte de pleno en él y disfrutar todo lo que puede ofrecerte, será necesario ejercitar una de nuestras capacidades más valiosas, y a veces menos utilizadas. Estoy hablando de la atención.

A nuestro alrededor hay continuos bombardeos de información. Luces, sonidos, olores, pensamientos, conversaciones y toda clase de percepciones que nos tienen en un estado constante de distracción. Una especie de alerta continua y confusa que si no sabemos llevar, puede ocasionarnos altas dosis de estrés.

Muchas veces, cuando apenas hemos empezado a hacer alguna cosa, es probable que en poco tiempo suceda algo que nos distraiga y nos haga atender otro asunto. Una llamada a la puerta o al teléfono, el ruido de un vecino, el ajetreo del tráfico o el vuelo de una mosca. A veces, cualquier cosa vale para distraernos y perder la atención, y con ella la posibilidad de sentir, aprender y disfrutar todo cuanto hay a nuestro alcance. Y lo que hay a nuestro alcance es  muchísimo.

A menudo nos parece que somos torpes o que cometemos demasiados errores, y buena parte de ellos suceden porque hay tantas distracciones a nuestro alrededor (y dentro de nosotros) que se produce un déficit de atención en muchas de nuestras acciones. A veces, también, nos aburrimos y buscamos una distracción o un entretenimiento, sin saber la cantidad de cosas fascinantes que están ocurriendo o que podríamos hacer en ese mismo instante y a las que no estamos prestando ninguna atención.

Ejercitar la atención puede parecer algo complicado, pero en realidad es algo bastante simple. Yo diría que incluso es una de las cosas más fáciles, y es que para prestar atención primero hay que dejar de prestarla. En otras palabras, hay que intentar dejar de pensar. Quedarse empanado. Pasar de todo. Eso que llaman “dejar la mente en blanco”.

Es importante comprender la importancia de parar un instante y dejar de recopilar información del exterior para poder rescatarla de nuestro interior. Para ver con otros ojos lo que acontece. Si tratas de dejar de pensar en cosas que han pasado o que pueden pasar, podrás fijarte en lo que ahora está pasando. “Si lloras porque no ves el sol, tus lágrimas no te dejarán ver las estrellas”.

Prestar atención puede convertirse en algo natural dentro de nuestra actitud, una vez hayamos aprendido a hacerlo y a sentirlo.

Piensa en el paisaje más bonito que hayas podido contemplar nunca. Ese lugar que viste un día y que te pareció lo más maravilloso del mundo. Todos hemos tenido alguno. También puedes pensar en esa noche estrellada, despejada y tranquila que nunca has podido olvidar. O si lo prefieres, puedes pensar en la experiencia de tu primer beso con la persona que amabas. Piensa en algún momento tan maravilloso que te haya marcado para siempre.

Ahora trata de recordar aquel momento e intenta averiguar qué pensabas justo en esos instantes, en los que sabías que estabas viviendo una experiencia única. Lo más probable es que no estuvieras pensando en nada concreto, y que no hubiera nada en tu cabeza que te distrajera de sentir la belleza de aquello. En aquel momento, estabas dejando de pensar en cosas irrelevantes y estabas empezando a sentir las cosas verdaderamente importantes de la vida. No estabas dedicando recursos de tu mente a las experiencias previas ni a las futuras. Te estabas dedicado casi por completo a la atención.

Lo complicado del asunto reside en comprender que cualquier momento que vivas puede llegar a ser tan maravilloso como aquel paisaje, aquella noche estrellada o aquel primer beso. Lo verdaderamente difícil de la cuestión es meterse de lleno en lo que puedes sentir sin dejar que las sensaciones se colapsen entre sí. Sin dejar que la información que te viene de todas partes te haga volver a confundirte. Sin dejar que las lágrimas te impidan ver las estrellas.

Cuando somos pequeños, la mayoría de cosas nos asombran y nos maravillan. Todo es gigantesco, fascinante, novedoso e increíble. Con el paso del tiempo, nos acostumbramos tanto a lo que nos rodea que todo acaba pareciendo parte de un decorado de televisión, que está puesto ahí pero con el que no interactuamos y del que, por supuesto, no nos sentimos parte.

En el transcurso de nuestra constante distracción, la monotonía convierte en vulgar lo que una vez nos pareció maravilloso, y que sigue siéndolo aunque ya no nos lo parezca. Comprender que sigue siendo maravilloso dependerá de la atención que le prestemos. Como ya he dicho, prestar atención algunas veces puede ser complicado. No obstante, con un poco de interés se puede convertir en algo muy fácil.

Por ejemplo, observa como las hojas de un árbol se mecen con una suave brisa. Trata de captar su relieve mientras se mueven en una danza caótica pero perfectamente sincronizada. Mira como el aire marca el compás y modela a su antojo las formas que las hojas van dibujando. Observa la profundidad de su forma, su lugar en el espacio y los contrastes de la luz cuando las hojas se mueven a un lado y a otro. Reduce las revoluciones de tu mente y baja hasta la velocidad de esa brisa que está bailando con el árbol y sus hojas. Fíjate en todos los detalles.

Ahora aleja un poco el zoom de tu mirada e intenta observar más allá de las hojas y del árbol. Intenta captar todo lo que hay a tu alrededor con la misma claridad y profundidad con la que has podido ver las hojas bailar con el viento. Intenta captar la armonía del paisaje. Es una sensación casi hipnótica.

Entonces, la vida se ve mucho mejor que en una pantalla Full HD 1080 y te proporciona más emoción que el más avanzado de los videojuegos en 3D a los que puedas jugar. De repente, en un momento en el que a ojos de los demás puede parecer que no estás haciendo nada, puedes estar prestando atención a un montón de cosas que están sucediendo a tu alrededor, y que son auténticas maravillas. Casi milagros.

Justo en ese instante, estás prestando la atención necesaria para vivir el momento del que quería hablarte. Ese instante de atención en el que puedes captar sensaciones que jamás antes habías experimentado. El momento en el que, sin estar pensando en nada concreto, los pensamientos se aclaran. La conciencia sobre tu propia existencia se amplía. El fugaz pero eterno pedazo de tiempo que puede cambiar para siempre tu forma de ver la vida. Tu forma de vivir.

Cierra los ojos y siente, lentamente, tu propia respiración. Nota los latidos de tu corazón. Estás aquí. Siéntete aquí. Se han tenido que dar millones de circunstancias para que tú puedas estar aquí y experimentar esto. Intenta captar la belleza de este momento.

Te estoy hablando de prestar atención al mejor momento de tu vida. Al que nunca se repetirá y al más maravilloso que puedes llegar a vivir. Al único que tienes.

Te hablo del momento presente.

Cualquier situación puede ser buena, cualquier lugar puede ser el adecuado y cualquier compañía puede ser la idónea; pero sólo tú podrás hacerlo. Sólo de ti depende.

Cuando aprendas a prestar atención en el momento presente, te sorprenderá todo lo que puedes sentir, todo lo que puedes hacer… y lo bien que lo haces.

No pienses en ello. Sólo siéntelo.

http://www.youtube.com/watch?v=DtQ-cc0yqxQ

Credulidad y engaño. Cogito ergo sum

A lo largo de toda la historia y a lo ancho de todo el planeta siempre han existido enormes desigualdades. Desde la antigua Mesopotamia hasta las actuales sociedades de consumo de los lugares que conocemos con el escalofriante nombre de primer mundo.

Debido a estas desigualdades, y también a la codicia inherente a nuestra condición de humanos, ha habido siempre mucha gente que se ha buscado la vida en la detestable, a la vez que fascinante, cultura del engaño. Bien para sobrevivir como se podía o bien para ganar mucho por la vía fácil, el engaño ha estado siempre presente en nuestra historia.

Ante  este panorama, hay una serie de grupos de personas que siempre han salido directa y especialmente perjudicados. Importantes sectores de la sociedad. Me refiero a aquellos que no han sido aleccionados jamás para evitar las tretas. Los que han crecido en un ambiente donde la máxima era el respeto y la responsabilidad. Los de buena fe. Los que han vivido sin haber germinado la semilla de la maldad, y que piensan que todo el mundo es tan bueno como ellos. Incluso los que van de listos pero en el fondo son tan maleables como un trozo de barro fresco. Me refiero a los crédulos.

Hoy en día, teniendo en cuenta la gran evolución que ha vivido la especie humana, no deja de resultar sorprendente que los crédulos, esas personas que dan por ciertas muchas cosas sin someterlas a un estricto juicio interno, sigan siendo legión. Es más, resulta llamativo que en la actualidad, las personas nos advirtamos unas a otras de no caer en engaños mientras, por otro lado, estamos siendo víctimas de otro engaño que no alcanzamos a divisar.

En realidad, los seres humanos somos una mezcla de credulidad y escepticismo, donde lo relevante son las proporciones de ambos, que varían peligrosamente de unas personas a otras.

Muchas personas se consideran escépticas porque toman unas precauciones mínimas ante temas de cuestionable gravedad, para después picar el anzuelo de un engaño mucho más grave y flagrante. Hay, por ejemplo, quien al sacar un extracto bancario rompe en millones de trozos el papelito y desperdiga esos trozos por distintos lugares por si algún pirata informático le roba todo su dinero. Estas personas, después pueden no tener reparos en entregar su voto al más corrupto y sinvergüenza de los políticos “porque se le ve un buen hombre” y, por supuesto, es de su partido, de toda la vida.

La credulidad es un brote que crece fuerte y vigoroso en el caldo de cultivo de la ignorancia, de la falta de educación, del mínimo esfuerzo por pensar. En la actualidad, los campos están perfectamente abonados para la siembra y recogida de crédulos de forma periódica, constante e intensiva.

Para los que viven del engaño, no importa quienes sean los crédulos. Da igual si es un anciano que ha vivido toda su vida en el pueblo y que toma como dogma de fe todo lo que sale por la televisión, por la radio o por la Iglesia. Da igual si es un niño que vive preocupado por seguir la moda del momento y no llegar tarde a la moda siguiente, para poder así ser aceptado en el cruel mundo de la infancia. Da igual si es un adolescente al que le preocupan más los rizos de David Bisbal o las tetas de Hannah Montana que su propia vida. Da igual si es una persona que no ha conocido más mundo que su ciudad ni más gente que su familia y cuatro amigos, donde se fomenta un micromundo de pensamiento unidireccional. Da igual, incluso, si se trata de un discapacitado mental. De hecho, éstos últimos son una auténtica mina de oro para los trileros 2.0 de nuestra actual sociedad.

El engaño genera más poder y más dinero que cualquier otra actividad legal y éticamente responsable. En la mayoría de ocasiones, por omisión o por temeridad, los crédulos tienen gran culpa de ello. Un día, cuando iba al instituto y no me había salido de los cojones hacer un trabajo que debía entregar, puse cara de niño bueno sorprendido y le dije a la profesora que no sabía que el trabajo se entregaba ese día. La respuesta de la profesora, con una sórdida sonrisa, fue “el desconocimiento de la Ley no exime de la responsabilidad de incumplirla”. Todos deberíamos aplicar esta frase en nuestra vida. Viviríamos mejor nosotros, los que nos rodean y los de más allá, porque hay demasiada gente que se escuda en la ignorancia fingida para sacar provecho y que otros paguen por él. Para engañar.

Sin embargo, no todo el mundo se cree lo primero que le cuentan, o pone pocas barreras para creérselo. Ante la credulidad de los crédulos, existe la desconfianza del “si no lo veo, no lo creo”. Para llegar al origen de esta frase, que es dogma de fe de los incrédulos (aunque resulte paradójico), nos tenemos que remontar a la época de los hechos “reales” en los que se basa la Biblia.

Según ésta, cuando Jesús resucitó, hubo uno de sus apóstoles que no las tenía todas consigo. Tomás el Apóstol, hoy conocido como Santo Tomás, rechazaba que alguien hubiera podido volver del mundo de los muertos, aunque fuera su admirado líder. Se negó a admitir su resurrección diciendo:   “Si no veo en sus manos la señal de los clavos,  meto mi dedo en el lugar de los clavos y meto mi mano en su costado, no creeré”. Cuenta el citado libro que, ocho días después, Tomás toca las heridas de su maestro con sus propias manos y entonces cree. Lejos de comprender la duda de Tomás, Jesús le recrimina haber necesitado ver para creer. Realmente curioso.

Pero ya hubo quien, mucho antes que existiera Santo Tomás, teorizó sobre la incredulidad, más allá incluso de las pruebas físicas que nuestros sentidos pudieran percibir. De una forma más profunda y agresiva.

Parménides fue un filósofo griego que nació quinientos años antes de que Tomás el Apóstol no lo creyera si no lo veía. Aunque el racionalismo como tal no se fundara hasta más de dos mil años después, siendo Descartes su máximo estandarte, se podría decir que la filosofía de Parménides era una filosofía fundamentalmente racionalista. Esto quiere decir que priorizaba la importancia de la razón para adquirir conocimiento, por encima del empirismo, que considera más importantes las percepciones de los sentidos.

Por tanto, Parménides creía que los sentidos nos engañaban, nos ofrecían una imagen errónea del mundo, tal y como la ciencia está demostrando en los últimos tiempos. Él pensaba que el máximo grado de conocimiento se podía adquirir mediante la razón, y la percepción de los sentidos debía ser ignorada si no se correspondía con lo que nuestra razón nos dictaba como verdadero.

Si Santo Tomás decía “Si no lo veo, no lo creo”, Parménides no lo creía ni siquiera cuando lo veía. Consideraba que, como filósofo, era su obligación denunciar todas las “ilusiones” que nos provoca nuestro propio cuerpo. Ilusiones que se producen dentro de nuestro cerebro para darnos unas respuestas lógicas que podamos asimilar, lo que no implica que dichas respuestas sean “la verdad”.

Resulta interesante, curioso y tal vez incluso triste ver cómo después de todas las personas que nos han dejado un impresionante legado del que poder aprender y enriquecernos, hoy en día lo que la mayoría de gente se cree es lo que ve en los medios de comunicación. Después de toda la evolución cultural que ha tenido el ser humano, parece que con el tiempo las creencias se someten cada vez menos al dictado de la razón, por parte de la mayoría de la sociedad. Debería ser exactamente al revés.

Parece que los crédulos, como ejército de peones al servicio de los que les engañan, borran cada vez más la huella de todo aquel que nos dijo en el pasado que lo que debíamos hacer para crecer era, simplemente, pensar.

Pero en realidad no es así, porque siempre han existido y siempre existirán los que buscan el conocimiento mediante el pensamiento y no mediante la aceptación sin reservas de la opinión ajena, por el mero hecho de que esa opinión provenga de alguien socialmente importante.

De hecho, veo que cada vez somos más los que hemos elegido pensar y que no piensen por nosotros…

Porque es mejor pensar. ¿O no?

Un mundo para los hombres

La raza humana lleva poblando la Tierra aproximadamente 2,4 millones de años, si consideramos como humanos a los primeros homínidos bípedos separados de los primates. En cualquier caso, es una porción de tiempo muy pequeña de los 4.500 millones de años que se calculan tiene este maravilloso planeta. Muchísimo tiempo. Y, sin embargo, esto es a su vez una cifra irrisoria comparada con los 13.700 millones de años que se le calcula de vida al universo.

Desde esta perspectiva, la vida de un ser humano, incluso la vida de toda la raza humana, puede ser reducida por la lógica hasta una grano de arena en un desierto cósmico. Puede considerarse un accidente temporal, una irrelevante florecilla que nació de un terreno estéril y que pasará sin pena ni gloria por una pequeña esquina de este gran laberinto espacial. Mirado así, la existencia de toda la raza humana puede parecer una anécdota sin importancia. Nada de eso.

Todos nos hemos sentido insignificantes cuando nos ha dado por comparar nuestra existencia con la inmensidad del universo. Cuando hemos pensado en nuestros pocos lustros de vida y en los miles de millones de años que nos preceden, así como todos los años que están por llegar. Cuando hemos comparado nuestra pequeña envergadura con la impresionante masa de los cuerpos celestes. Durante ese momento en el que podemos llegar a ser conscientes del poco espacio y el poco tiempo que ocupamos, en comparación con lo increíblemente inmenso que es este universo lleno de miles de galaxias y de millones de planetas, creemos que somos poco más que nada. En principio, considero que esa comparación es totalmente errónea, aunque no por ello improductiva.

Considerarnos como una insignificante parte en el espacio y en el tiempo dentro del universo puede ser muy gratificante. Te permite relativizar la importancia de ciertas cosas que pueden estar angustiándote y que no deberían ejercer tanto efecto sobre ti porque, efectivamente,  en el fondo no son tan importantes. Pensarlo de ese modo es beneficioso y liberador.

Pero, a menudo, hacer esta misma comparación también nos trae una importante cantidad de tristeza. Si nuestros problemas son insignificantes en comparación con la inmensidad del espacio, irremediablemente nosotros también somos criaturas irrelevantes. Y es ahí donde yo creo que está el error, a la hora de comparar cantidad con calidad.

Es innegable que nuestra vida, la vida del ser humano, es volátil y diminuta. Infinitamente más pequeña, frágil y corta que la de la menor estrella que haya en el universo. Pero sólo estamos hablando de términos cuantitativos. En esa comparación no se entra a valorar la calidad de nuestra existencia. No se valora que la corta vida de un ser humano pueda encerrar cosas más complejas y preciosas que las de una estrella inerte en el espacio durante miles de años. No se contempla que un pequeño cuerpo, frágil y caduco, pueda albergar maravillas tanto o más fascinantes que las de toda una galaxia.

El ser humano, pese a ser considerado tan irrelevante con respecto al universo, alberga una complejidad y una capacidad evolutiva mucho mayor que la de cualquier roca que te puedas encontrar en la más longeva galaxia a miles de millones de kilómetros de aquí.

Las inmejorables condiciones ambientales que se dieron en la Tierra propiciaron la existencia de formas de vida primitivas, y sus posteriores cambios evolutivos a lo largo de millones de años. Millones de años que siguen siendo pocos en comparación con otros planetas, pero infinitamente más productivos.

Sin embargo, en nuestro planeta hubieron múltiples periodos con bruscos cambios ambientales, lo que provocó la aparición y desaparición de una gran cantidad de especies. Después de todos estos millones de años de evolución y bruscos cambios, las condiciones ambientales favorecieron la aparición de los homínidos, seres con gran capacidad y complejidad cerebral, en comparación con el resto de animales.

Los homínidos evolucionaron en varias especies distintas durante varios millones de años más, extinguiéndose la mayoría de ellas pero sobreviviendo la especie que ha derivado en nosotros, el homo sapiens. Llegado este punto es cuando el hombre daría un gran salto evolutivo al ingeniar complejas técnicas de supervivencia, construcción y caza. Gracias la evolución de estas técnicas y la gran capacidad de aprendizaje de este hombre primitivo surgieron las primeras civilizaciones, los cimientos de las sociedades modernas en las que vivimos ahora.

No obstante, el más grande y complejo cambio de nuestra historia, aunque no lo parezca, se está dando en estos momentos. En el periodo que estamos viviendo ahora, conocido como era de la información. La tecnología, la química y la biología; así como el estudio del espacio exterior, la materia y el tiempo, nos otorga un nivel de evolución que, si bien es imposible demostrarlo, parece a todas luces el más avanzado de todo el universo.

Es por ello que debemos ser conscientes de nuestra insignificancia física y temporal con respecto al resto del universo, pero también es muy importante que nos identifiquemos como lo que somos, seres extraordinariamente inteligentes, complejos y capaces de realizar auténticas maravillas. En absoluto irrelevantes con respecto al resto del espacio exterior.

Los humanos somos seres increíblemente evolucionados capaces de pensar e idear complejas teorías. Capaces de razonar, analizar y resolver hechos de enorme trascendencia. Capaces de sentir dolor, placer y miles de sensaciones que luego podemos transmitir a nuestros semejantes para enriquecerlos. Capaces de aprender, de empatizar, de amar y de respetar a otros seres humanos y a otros seres vivos. Desde este punto de vista, me parece mucho más importante tu vida, la existencia de quien está leyendo esto, que la longeva e improductiva existencia de miles de planetas lejanos e inertes.

Pero el ser humano también es capaz de multiplicarse sin control, de destrozar la tierra en la que ha nacido y de aprovecharse de la desgracia de los demás. Es capaz de disfrutar con el dolor de otros y de arrebatar la vida a un semejante a sangre fría. Es capaz de marginar y maltratar al resto de especies que conviven con él. Es capaz de tantas y tantas cosas horribles que se antoja inevitable cuestionarnos hasta qué punto nuestra existencia es positiva. Ya dijo Plauto (y popularizó Hobbes) que el hombre es un lobo para el hombre. Y, en este caso, también una bomba de relojería para nuestro planeta.

De todos y cada uno de los avances y éxitos que ha tenido el ser humano, el mayor de todos se producirá el día en que se conciencie socialmente del respeto que, como ser vivo, le debe a este planeta.

En la actualidad, sólo un loco creería que ese cambio se puede llegar a dar algún día. Yo estoy absolutamente convencido de ello.

La evolución del ser humano y el papel que ha ocupado le otorga una responsabilidad sobre la Tierra, su presente y su futuro. Una responsabilidad que nace del enorme y majestuoso cambio evolutivo que ha tenido el hombre a lo largo de millones de años, y que repercute directamente en el planeta. Responsabilidad que directa o indirectamente recae sobre ti y sobre mi, porque somos parte de la especie que ha transformado este planeta en un mundo para los hombres.

El ser humano, no lo dudes nunca, es extraordinario.

Tener la razón

Tener la seguridad de algo nos otorga placer. Es una sensación reconfortante que te hincha el pecho cual gallo de corral para defender tu posición, porque tu posición es la correcta. Puede que seas más o menos reservado, y tu reacción ante un ataque hacia tus argumentos (que no olvidemos, estás seguro de que son los correctos) no sea muy escandalosa, pero sentirás por dentro esa indignación de cuando te niegan en tu cara algo que es verdad. ¿Por qué? Pues porque tú crees tener la razón.

La palabra “razón” proviene, como muchas otras, del término griego logos, que significa palabra meditada, pensada o razonada. Por lo tanto, en términos comunicativos, decir algo teniendo razón supone, por defecto, una ventaja para ser cierto ante otra postura que carece de ella. Vamos, que lo que tiene razón se acaba dando por cierto, y por eso cuando uno tiene la razón (o cree tenerla) puede defender sus argumentos hasta Dios sabe qué límites.

Otro tema es cuando dos posturas tienen razón, o cuando ambas carecen de ella pero creen tenerla. En esos casos el empecinamiento de las partes puede recrudecerse hasta una confrontación que traspase la cuestión de fondo que se está debatiendo, sobre todo cuando hay más intereses que el puramente comunicativo. Es entonces cuando, con “su” verdad por bandera, el ser humano es capaz de jugarse el resto en una partida en la que, como en la vida, la banca siempre gana.

Es la razón, esa maravillosa cualidad que tiene el ser humano para pensar, la que nos guía en nuestros actos, en nuestras conversaciones y en todo cuanto nos rodea. Todo está articulado en base a la razón.

Para otorgar coherencia a todo hecho o suceso, la razón se basa en unos principios que den sentido lógico a las proposiciones. Estos principios inicialmente formulados por pensadores griegos como Aristóteles o Platón han venido formando parte de la estructura básica  de la lógica, en torno a la que se se puede tener razón cuando se habla o por el contrario estar completamente equivocado. Pueden parecer complicados de entender o directamente una chorrada, pero por medio de estos mecanismos se pueden desmontar los argumentos más vehementes.

-El principio de identidad. Hace posible que identifiquemos algo y le otorguemos una única identidad. x es x.

-El principio de no contradicción. Determina que una cosa no puede ser algo y a la vez no serlo. x no puede no ser x.

-El principio de tercero excluido. Descarta la posibilidad de que haya una situación intermedia entre el ser y el no ser de una cosa. x es x o no lo es. No hay tercera opción.

-Aunque menos extendido, hay también un cuarto principio, el principio de razón suficiente. Este mecanismo decía que para todo hecho, había una razón suficiente que motivaba que eso fuera así y no de otro modo. Si x es x, hay un motivo para que sea x y no z.

Pero claro, observando estos principios se puede decir que son demasiado generales y que no abarcan la totalidad de los casos. Por lo tanto, pueden llevar a error. Si sustituimos en los ejemplos anteriores la letra x por una palabra como podría ser “agua”, obtenemos contradicciones del tipo el agua es agua o no lo es, cosa incierta pues el agua puede ser agua pero puede cambiar de estado y pasar a ser hielo o vapor. De hecho, puede separarse en moléculas de oxígeno e hidrógeno, dejando de ser una cosa y pasando a ser dos.

Este fue el punto de arranque para que hubiera dos razonamientos distintos y predominantes, de cuyo enfrentamiento podían y pueden salir más cosas buenas que malas. Al contrario que dos personas discutiendo por quién la tiene más grande, estas dos formas de pensar opuestas pueden aunar sus razones para obtener una “verdad” más sólida de la realidad. Estos dos modos de pensar son el razonamiento inductivo y el razonamiento deductivo.

El razonamiento deductivo es mucho más primitivo, y se remonta a los antiguos griegos ya citados. Este razonamiento sostiene que, por medio de la lógica,  es posible conocer las verdades universales sin la necesidad de observar casos particulares. De ahí que con esos cuatro principios creyeran tener la razón absoluta sin tener en cuenta observaciones que pudieran desmentirlo.

No obstante, con el paso del tiempo el razonamiento deductivo no tardó en ser criticado en su punto débil: no se servía de la observación y por lo tanto, obviaba numerosos casos particulares que invalidaban una aplicación rígida  e incuestionable de los citados principios de la razón. Críticos como Hegel o Kant optaban por un razonamiento inductivo que pudiera establecer generalizaciones mediante la observación y el estudio de muestras representativas. Por lo tanto, el razonamiento inductivo se basaba en la observación y estadística para elaborar leyes mientras que el razonamiento deductivo primario aplicaba principios basados en la lógica.

El pensamiento inductivo supuso un gran aporte al método científico, y usando su modelo de observación y estadística se han podido establecer numerosas leyes físicas que han proporcionado al ser humano el desarrollo evolutivo y tecnológico que hoy en día posee, y todo el que vendrá en el futuro. En armonía con ciertas premisas deductivas sacadas de la lógica primaria de los antiguos locos griegos, el razonamiento inductivo quizás pueda suponer el máximo conocimiento que un ser humano sea capaz de asimilar.

Poseer argumentos cargados de razonamientos deductivos e inductivos puede hacer que nos hinchemos cual globo sabedores de que tenemos la razón absoluta. Si hay un momento de nuestra vida en el que nos podamos sentir absolutamente seguros de algo, ese momento será cuando tanto la observación como la lógica nos otorgue una respuesta, un conocimiento que nos haga enfrentarnos con convicción a cualquiera que nos contradiga. En ese momento todo nos dirá que tenemos razón.

Sin embargo, nadie es perfecto y hasta la guardia más atenta flaquea por algún lugar. El agua siempre se acaba abriendo paso por el resquicio más diminuto que te puedas imaginar, empapándolo todo a su paso. Podemos estar equivocados incluso estando en posesión de la mayor de las razones. Hasta unos argumentos basados en el más minucioso estudio, y unas conclusiones cargadas de lógica a reventar, podrían tambalearse con la inocente pregunta de un niño.

La filosofía, siempre tocando los cojones…