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Producto de tu imaginación

Son ampliamentes conocidas las habilidades de nuestro propio cerebro para engañarnos. Constantemente, nuestra masa gris piensa por nosotros a tal velocidad que nos es imposible seguirla. Recibe, procesa y transmite una cantidad de información en cada décima de segundo de la que nos sería imposible hablar, porque no habría tiempo suficiente. Nosotros somos muchísimo más lentos que nuestro propio cerebro y por eso nos guía en la gran mayoría de ocasiones,  a menudo sin ni siquiera darnos cuenta.

Pues bien, hoy ha sido una de esas veces. Mi cerebro, como si fuera un sistema operativo Windows, se ha colgado. No ha dado crédito a su propio engaño y se ha quedado bloqueado en espera de encontrar respuestas a quién sabe qué preguntas.

El caso es que hoy ha hecho un gran día. La primavera ha empezado a asomarse en Valencia y el tiempo invita a salir a que te dé un poquito el aire. El sol empieza a calentar el todavía fresco ambiente de marzo, haciendo mucho más placentero dar una vuelta. Es curioso como, tradicionalmente y salvo algunas excepciones, la tortilla del clima suele darse la vuelta cuando se acercan las Fallas. La pólvora y el sol inician de nuevo el precioso ciclo primaveral en el levante español.

En casa habíamos terminado de comer y mi tío Felipe, el gran showman de mi familia del que ya hablo en el post del guiri Antonio, estaba a punto de darme otra de esas experiencias que te hacen darte cuenta de cómo puedes ser engañado, por los demás y por ti mismo.

Tras comer, y bien aderezado con la botella de vino y las dos (o cinco) cervezas que se había metido entre pecho y espalda, mi tío salió a dar una vuelta por el chalet, y yo salí con él para conversar un rato. Cuando bebe le da por hablar, y quien sabe por qué más. Va según el día. A veces se pone especialmente pesado, otras especialmente gracioso, otras especialmente místico y otras se duerme con un cigarro en la boca.

Hoy, le ha dado por ser “ingenioso”. Cuando yo era pequeño, siempre nos hacía a todos los sobrinos algún cutre juego de magia, o algún chiste de esos que conforme lo cuentas vas escribiendo cosas en un papel y al final siempre sale algo relacionado con el sexo. Es el personaje de la familia, y todos le queremos tal como es.

Cuando volvíamos del paseo, después de un rato de charla y viéndose a sí mismo bastante perjudicado por los efectos del alcohol, me planteó un desafío.

– ¿Tú ves lo borracho que voy? Pues así de borracho te digo que sacamos el rifle de perdigones y agujereo un cigarro por el medio, y tirando de espaldas. Tú me pones un cigarro encima de una botella a veinte metros de distancia, y le hago un agujero por la mitad, sin romperlo. ¡Eh… y me juego un almuerzo!

El alcohol le envalentonó. Excesivamente confiado en sus dotes como tirador (él dice que una vez ganó un campeonato de tiro) me planteó un desafío que yo, como es normal, no quise perderme. El almuerzo era lo de menos, yo quería reírme. Balbuceaba al hablar, andaba con dificultad y a veces se te quedaba mirando un par de segundos con cara de besugo mientras intentaba entender lo que le decías. La verdad es que llevaba una buena castaña encima. No podía perderme por nada del mundo esa escena.

Aún así, él suele hacer este tipo de apuestas, y a menudo no son más que engañifas, de las que luego sale vencedor gracias a una pequeña trampa, fruto de algún pequeño detalle del que tu cerebro no se ha percatado. El enunciado de la frase trae consigo algún elemento que le va a permitir conseguir hacer lo que ha prometido y, por consiguiente, ganarte la apuesta. Pero esta vez no, amigo, ya son mucho años de experiencia.

Pensé concienzudamente en lo que  apostó y le hice todo tipo de preguntas a modo de confirmación para saber que la jugada iba a ser totalmente legal. En mi interior, no obstante, yo sabía que me la iba a volver a jugar, aunque no de esta manera.

Realizar lo que había dicho en el estado de embriaguez en el que se encontraba era casi imposible. Me cercioré bien de todos los elementos de la apuesta y, sorprendentemente, parecía estar todo en su lugar. Iba a agujerear un cigarro que se hayara en vertical encima de una botella, a veinte metros de distancia y disparando de espaldas a él. El perdigón era casi tan ancho como el cigarro, con lo que, aunque le diera, era casi imposible que no lo partiera en dos. Aún así, él me juraba y me perjuraba que era capaz de hacerlo. Demasiado borracho, pensé, pero me moría por vivir aquello. Las risas estaban aseguradas, y viendo su estado, el almuerzo también.

Confiado de pasar un buen rato, saco el rifle de perdigones y montamos la escena de la apuesta. Él desenrosca el espejo retrovisor de su moto para poder ver el cigarro mientras tira de espaldas a él, con el rifle cargado a su hombro y apuntando hacia atrás. Le costaba mantenerse en pie sin moverse… como para agujerear un cigarro por la mitad. Ni de coña.

Me da un cigarrillo y me dice que se lo ponga a unos veinte metros de distancia encima de alguna botella. Como no habían botellas, cojo una de las latas que se beben entre él y el vecino. Inserto el cigarro, no sin cerciorarme de que no está trucado,  en el agujerito de la anilla de una de las latas. Acto seguido me siento a disfrutar de la función.

Tras varios cómicos momentos de titubeo y luchando por tenerse en pie, mi tío Felipe encara el espejo, fija la mirada y se dispone a tirar. Su concentración es máxima. Su concentración de alcohol en sangre, también. Mi tío me la había jugado tantas veces que me imaginaba si no iba a ser capaz de dejarme con dos palmos de narices sacándose un enésimo as de la manga o, en este caso, de la lata de cerveza que no quiso soltar mientras apuntaba al cigarrillo.

Pero no. Disparó y, como indican las leyes de la lógica, falló. Abrió sus ojos sorprendido, como si no se lo creyera. Estaba absolutamente convencido de que podría hacerlo, y no lo hizo. En esos momentos solté una aliviadora carcajada.

– ¡Tchhh…! Que casi le doy, ¿eh? – pudo llegar a balbucear de forma ininteligible- Que si le tiro otra vez le doy.

En ese momento, el que se envalentonó fui yo.

– Te doy tres tiros más si quieres. Es más, no hace falta ni que tires de espaldas – le dije.

Y tiró los tres tiros a una distancia de veinte metros. Y ni rozó el cigarrillo. Eso sí, la lata la tiró dos veces al suelo. Aún así, no se dio por vencido. Le di cinco oportunidades más de hacerlo, pues me lo estaba pasando teta. Con cada fallo, él parecía más herido en su orgullo, lo que un borracho jamás llega a tolerar. Resultaba muy gracioso ver como resoplaba mientras intentaba no moverse y apuntar en condiciones. Falló todos los tiros, y yo me reía disfrutando como un enano, coreándole con Olés sus desgraciados intentos. Harto de verme reír, se giró hacia mí y me dijo:

–  He ganado.

– ¿Cómo que has ganado? ¡Si ni siquiera te has acercado a darle! -le dije riéndome-. Con el pedal que llevas, es imposible que lo hagas. Y si lo haces, partirás el cigarro. De ganar nada, chaval, esta vez he ganado yo.

– ¿Estás seguro? Recuerda bien el trato. ¿Dónde está el cigarro?

– Encima de la lata.

– ¡¡Ahá!! No es una botella. Jajajajaja… ¡Chaval, que te queda mucho por aprender! ¡Te he engañado!

– ¿Pero qué engañado ni qué cojones? – le repliqué cargado de razón-. La apuesta consistía en que tú agujerearías el cigarrillo. Que esté en una lata o en una botella es irrelevante. Es más, ahora mismo lo pongo encima de una botella y si tienes narices lo agujeréas.

En ese momento, me miró fijamente a los ojos, cogió el rifle y, tan serio como borracho, me dijo expulsando con dificultad las palabras:

– No, no hace falta, chaval. Mira… y aprende del maestro.

Casi sin terminar la frase, y de una forma tan rápida como precisa, tomó el rifle, lo cargó, apuntó y, tras soltar un etílico eructo, dejó en el cigarro un impecable impacto que lo atravesó sin llegar a partirlo. Un perfecto círculo a veinte metros de distancia que me dejó con los ojos como platos y una cara de tonto de la que todavía me estoy riendo al escribir este texto. Un círculo milimétrico en el que a ambos lados podía observarse el finísimo papel del cigarrillo. Ni una sola hebra de tabaco. Un disparo tan increíblemente preciso que me obligó a realizar algún test de realidad por si todo se trataba de un sueño. Pero no estaba soñando. Fue demasiado convincente para ser suerte y demasiado increíble para ser verdad. O me había engañado él o me había engañado yo mismo.

Acto seguido me dio el rifle, borracho y satisfecho a partes iguales.  Como si fuera Anthony Blake después de una noche de farra, me dijo:

“Todo lo que has visto es producto de tu imaginación. No le des más vueltas. No tiene sentido”

Y todavía le estoy dando vueltas.

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My experience con el guiri Antonio

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Antonio Rollón es un tipo singular donde los haya. Nació y se crió en Londres, y ha trabajado de cocinero desde que tenía nada menos que trece años. Ahora tiene trenta y tres años, la famosa “edad de Cristo”, y al llevar dos décadas dedicándose en exclusiva a la restauración no sabe trabajar en nada que se aleje de los fogones. Decir que es un cocinero excelente se queda corto, y al contrario de lo que pueda parecer, no es para nada un tipo ignorante, sino que la inteligencia y la empatía le fluyen por la sangre igual que lo hacen los glóbulos rojos o el oxígeno.

De padre zaragozano y madre británica, Antonio nunca había visitado España pero se sentía muy próximo a la cultura española. Le gustaba la paella, la tortilla de patatas y el vino de Rioja, pero nunca los había degustado de primera mano aquí, en la piel de toro.

Cuando creció, decidió probar suerte y marcharse a trabajar a un gran restaurante en Florida, donde (recomendado por su padre, también cocinero de alto standing)  continuó su aprendizaje culinario y, sobre todo, vital.

Pese a no gustarle los toros, la vida le dio bastantes cornadas (en forma de matrimonios fracasados y amistades engañosas), aunque por suerte no le arrebató el capote, dándole una nueva oportunidad para poder torear su vida sin que ésta le hiriera de muerte.

¿Y qué tiene que ver un inglés que se llama Antonio Rollón conmigo? Pues hasta hace un mes no tenía nada que ver, su vida y la mía eran totalmente distintas y distantes. Pero la casualidad y el maravilloso caos del universo lo trajeron a mi mundo y, más concretamente, a mi casa.

Antonio había roto un matrimonio que se había tornado en un infierno, se había quedado sin trabajo y algunas de las personas que le rodeaban le dieron la espalda. Las circunstancias le habían convertido en una bala perdida, y decidió volver a su England natal, pero antes, quiso visitar España.

Antonio no sabía a dónde ir ni con quién, ya que en Zaragoza no le quedaba familia y en España no conocía a nadie más que un antiguo compañero de trabajo, que ahora vivía en Alicante. El paciente inglés, entonces, le pidió consejo a su padre.

– Daddy, do you know somebody in Spain?

– Yes, Tony. You must call Paquita, she was my friend in Miami and now lives in Valencia. She will be a great host for you.

Paquita es mi madre. Ella estuvo trabajando siete años en Miami y allí conoció a Antonio Rollón senior, cocinero como ella, el padre zaragozano del Antonio Rollón al que va dedicado este post.

Mi madre se acababa de ir dos semanas a Asturias cuando Antonio la llamó para pedirle “asilo político” en su casa. Ella le ofreció su hogar, pero hasta que volviera de Asturias iba a ser su familia la que le hospedara. “Su familia”, en este caso, no somos otros que mi padre, mi tío y yo.

Cabe señalar que mi madre tiene un largo historial de meterse en movidas y arrastrar a su familia con ella, con lo que la idea de tener a un tío en nuestra casa, al que no conocíamos de nada (es más, ni siquiera ella lo conocía, sólo conoció a su padre) no era del todo agradable. Me temí algo bastante embarazoso cuando oí a mi padre hablar con ella por teléfono.

– ¿Qué? ¿Pero cuándo viene? ¿Mañana? Y tú te quedas allí,  ¿no? Manda cojones. Pero coño, Paqui ¿Estás en Asturias y nos mandas aquí a un tío que…? ¿Y cuánto tiempo se queda? Joder… vale, vale. Manaña iré a recogerlo al aeropuerto. Ale, adiós.

Mi padre, resignado calzonazos acostumbrado a tragar carros y carretas por amor (o quién sabe por qué) sucumbió de nuevo ante la labia de mi madre y nos explicó lo sucedido, aunque sólo escuchando la conversación telefónica ya te podías oler la tostada: Íbamos a tener en nuestra casa a un inglés  de padre español, residente en Florida y que no sabíamos ni quién era ni cuándo se iba a ir. Tentadora historia, ¿verdad? Buñuel habría hecho un peliculón con esto, os lo aseguro. Aquí empezó mi entrañable experiencia con el guiri Antonio.

Llegó a España con su diccionario y su cuaderno de ejercicios bajo el brazo.  Estaba aprendiendo español desde el mismo instante en que partió del aeropuerto de Miami. Sin pelo en la cabeza, sin apenas equipaje, con unas ojeras crónicas grabadas a fuego en su rostro y unas ganas tremendas de vivir, el guiri Antonio llegó a mi casa acompañado de un halo de paz y buenas vibraciones, invisibles pero perfectamente captables. Venía en son de paz, en son de amor, y eso se vio desde el primer instante.  Alto, delgado, sensible y educadísimo, Antonio entró en mi hogar como una brisa fresca y suave, que refresca sin llegar a molestar.

Los dos primeros días fueron algo raros, pues su castellano estaba aún muy verde y la comunicación entre él y mi familia se producía mayormente con gestos, además del distanciamiento inicial en personas que no se conocen de nada.  La mayor parte de las veces, me tocaba hacer de traductor entre locales y visitantes (con un dominio del  inglés que deja mucho que desear) pero el guiri Antonio es muy inteligente (mucho, de verdad) y en apenas una semana ya podía mantener una conversación fluida en español, siempre escudado por su inseparable diccionario English-Spanish, Spanish-English.

A partir de ahí todo fue mucho más rápido. Llegamos al acuerdo de que él me hablaría a mí en castellano y yo a él en inglés, y así podríamos perfeccionar ambos idiomas. Empezamos a coger confianza y a tener conversaciones cada vez más profundas, hasta llegar a conocernos bastante bien en apenas tres semanas.

En un intento por ser buen anfitrión, intenté enseñar a Antonio la ciudad de Valencia. Probó la auténtica paella valenciana (pollo, conejo y verduras típicas, no más alicientes), probó la mejor de las horchatas artesanas y probó el clima mediterráneo y el gran carácter abierto de los valencianos.

También me lo llevé a pasar el día a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, donde disfrutó del mayor acuario de Europa, del Museo de Ciencias y de una película Imax sobre las profundidades marinas, cosa que le apasiona. Recuerdo con tanto cariño estas experiencias que mientras escribo esto, sin darme cuenta, sonrío.

Antonio, como digo al principio del post, es un tipo peculiar, muy peculiar, y muy especial. Es simpatizante de la religión budista, tiene una visión de la vida y un carácter que le hace tremendamente accesible, y el hecho de llegar a tener una conversación profunda con él puede ser realmente muy enriquecedor.

El guiri Antonio hizo muy buenas migas tanto con mi padre como con mi tío, con los que le encantaba compartir chupitos de whisky, mojitos y jarras de melocontinto o MTG (melocotón, tinto y gaseosa) ya que otra cosa no, pero al guiri le gustaba empinar el codo cosa mala, como buen inglés, y se fue a juntar con dos que no le hacían asco tampoco ni al whisky ni al tintorro.

Una de tantas noches en las que mi tío y el guiri Antonio se pusieron hasta las cejas de alcohol, pasó algo realmente descojonante, que sólo de pensarlo se me saltan las lágrimas de la risa. Resulta que ya eran las 2 de la mañana y mi tío, que es quien suele cocinar en casa, dijo que  iba a sacar el chorizo del congelador para comer al día siguiente. El guiri Antonio, no conocedor de que hablaba con alguien que tiene un gran corazón pero muy pocas luces,  tuvo la osadía de hacerle entender a mi tío algo acerca de la filosofía budista, con lo gracioso añadido del acento inglés cerrado y de los litros de alcohol que corrían por las venas de ambos:

– No choriso para mañana… -dijo Antonio- mañana no existe, ayer no existe… sólo ahora.

– ¡¿Cómo que no?! -replicó mi tío- Yo saco ahora el chorizo y mañana comemos chorizo por mis huevos. ¡Mañana chorizo comer!

– No, pero… tú no sabes mañana, mañana puede no existe.

– ¿Que no existe? Yo saco el chorizo y mañana comemos unas fabes con chorizo de escándalo, ¡y a tirarse pedos! ¡Cuescos a manta! ¡¡Pff, pffff…!!

– Pero… tú no puedes desir mañana, tú no sabes que pasa mañana. A lo mejor no hay mañana -el alcohol hacía que el pobre guiri no viera que era imposible hacerle entender algo así a alguien como mi tío- y quisás tú mañana no puedes porque no sabes…

– ¡¡¡Nada!!! -cortó en seco mi tío- mañana a comer chorizo y si mañana nos morimos todos me la suda, yo ahora saco el chorizo y mañana a comer todos fabes con chorizo… ¡¡¡y pedos!!!

– Antonio -le supliqué llorando de la risa al contemplar tal kafkiana escena- don’t try it more… it’s impossible. Talk about other things, please.

En su visita a nuestro país, el simpático guiri adquirió también varias costumbres muy españolas como la siesta y algo muy común entre españoles, hablar constantemente de mujeres. Un día en el supermercado, el guiri Antonio vio a una mujer de suculentas curvas y le dijo a mi tío:

– Buen culo esa chica.

– No se dice buen culo -dijo mi tío, que de fino no tiene nada- se dice “la pondría mirando pa’ Pamplona”.

A partir de ese momento, cada vez que el guiri Antonio veía una buena moza (ya fuera en la tele, en una revista o en la calle) decia “ohhh…  pa’ Pamploonaaa” con su típico acento inglés, y la verdad que pudo decirlo como cien veces en su estancia, pero en todas resultaba muy gracioso.

Con Antonio he vivido muchos momentos graciosos y también alguna que otra conversación en plan filosófico que, definitivamente, me ha aportado mucho más de lo que yo me podía imaginar.

Viajar es una experiencia tremendamente enriquecedora, entre otras muchas cosas, porque te das cuenta de que vives adaptado a un idioma y a unas costumbres que sólo están en tu lugar natal. En el resto del mundo se habla y se vive de mil formas distintas a la tuya, y el hecho de vivir experiencias sin llegar a entender todo lo que ves ni todo lo que te dicen puede llegar a ser frustrante, pero también tiene una gracia especial. Tiene una belleza que te hace disfrutar el momento de una forma única, pues te hace forzar tu mente para adaptarte, y sentir la empatía con las personas al mirarlas a los ojos, al interactuar con ellas, sin necesidad de entender todo lo que te están diciendo. Se trata de transformar el inconveniente del idioma en una ventaja para potenciar la conexión más allá de las palabras. Eso te hace sentir experiencias  nuevas y únicas, y el guiri Antonio jugó perfectamente esa baza en su viaje a nuestras tierras.

Una de las cosas en las que me he reafirmado con la visita de Antonio es que todo ocurre por una razón. Siempre tuve ese pensamiento, pero esta experiencia me ha hecho pensarlo más firmemente que nunca.

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Este es el tatuaje que el guiri Antonio luce en su brazo. Viene a significar algo así como “Esto también cuenta”, queriendo expresar que todo lo que te pasa en tu vida tiene trascendencia en tí y en los demás, y hay que tener siempre en cuenta eso antes de menospreciar cualquier momento o situación que vivas. Él lo lleva en su brazo para acordarse siempre de que no ha de desaprovechar nada de lo que le pase, y que ha de saber empaparse de todo lo que le ocurra. Aprender de todo. Siempre.


Mi amigo Bob

Sin dejar de lado el sentimiento y la reflexión, hoy voy a soltarme la melena literaria porque me gustaría hablar de un amigo al que le debo gran parte de las mejores experiencias de toda mi existencia. Un amigo fiel que se fue para siempre. Quiero hablaros de Bob.

El Bob al que me refiero tiene muy poco que ver con Bob Marley, con Bob Esponja o con el actor secundario Bob, aunque en su filosofía de vida ha cabido siempre un poco de esos tres. Este Bob era diferente, y fue especial en mi vida.

Conocí a Bob cuando tenía 19 años, recién sacado el carnet de conducir. Yo por aquel entonces estaba buscando alguien con quien descubrir la vida, con quien vivir experiencias, y Bob se ajustaba mucho a ese perfil. Él era del pueblo en el que yo vivía por aquel entonces, y pertenecía a una familia trabajadora y honrada, además de bastante solvente.

Él era negro y tenía rasgos agitanados, pero eso en ningún momento fue un obstáculo. Nos conocimos y nos hicimos compañeros al instante. Su familia quería que estuviera con alguien del pueblo en lugar de con cualquier extranjero de por ahí, así que Bob y yo empezamos a disfrutar juntos de la vida y nos hicimos buenos amigos. La gente nos miraba algo extrañados, pues hacíamos una pareja bastante rara en un pueblo tan pequeño.

Por aquel entonces mi vida de gambitero trasnochador y disc-jockey ocasional era un hervidero de sensaciones y hormonas, aunque más hormonas que sensaciones, la verdad. La casualidad quiso que en el mismo verano en que conocí a Bob, mi mejor amigo Jose rompiera con su primera novia, con la que llevaba 4 años y lo había vivido todo. Me llamó llorando y hecho trizas, así que supe que era el momento de ahogar las penas en una de las tantas noches veraniegas que nos hemos tirado emborrachando a las estrellas. Tardé lo justo en coger la moto y tirar millas hasta su chalet, a 20 kilómetros de mi casa. Llegué en tiempo récord, nos fundimos en un doloroso y entrañable abrazo y empezó a contarme todo lo que hizo estallar aquella, su primera relación, la que nunca olvidamos. Nos fuimos a un rinconcito que tenemos en el monte, cada uno con su moto,  acompañados de la inestimable sangría de tetra brik. La noche avanzó y nuestro estado neuronal empeoraba con cada empinada de codo y calada a caraperro. Pasadas varias horas, y en condiciones sensiblemente mermadas, me balbuceó:

– Tío, tenemos que irnos a Ibiza tú y yo. Un fin de semana, de puntazo -dijo mi amigo roto de pena entre lágrimas, tragos y caladas- nos olvidamos de todo y nos pegamos allí la fiesta de la vida… ¡¡Un fin de semana!! ¡Sin ropa, sin nada! Nos vamos en el ferri desde Denia el viernes y volvemos en el del domingo. Sin apartamento ni pollas.

– Eso está hecho primo, ¡Ibiza, qué flipe! vamos a hacerlo sin pensar… ¡a lo loco! -respondí con atrevimiento juvenil- vamos a informarnos de los horarios y lo hacemos lo antes posible.

Tras la llorera y la noche de charla alcohólica volvimos a su chalet con el canto de los gallos. Cada uno en su moto, en un estado ciertamente lamentable, a 20 por hora, circulando en paralelo uno al lado del otro y haciendo eses que nos hacían rebotar moto contra moto justo en la línea divisoria de la carretera durante una y otra vez, una y otra vez…

Estoy seguro de que si existe Dios y nos vió en esos momentos de penosa conducción, lo grabó con el móvil y se parte la caja mientras ve el vídeo en el Youtube de los dioses.

Total que nos tomamos en serio lo del viaje, e incluso se apuntaron otros dos grandísimos amigos, pero lo que hizo el viaje absolutamente especial fue el invitado de excepción, pues decidimos llevarnos a Ibiza a mi amigo Bob. No resultó ser un viaje tan relámpago, sino que se planificó bien, con su apartamentito y todo. En ese momento, la desgracia de romper con la novia de toda la vida fue la ocasión perfecta para incluir a Bob dentro de mi grupo de amigos. Empezó a escribirse una nueva página en nuestras vidas.

Recorrer la isla con Bob y mis amigos fue una experiencia inolvidable. Visitamos las maravillosas calas, el famoso mercadito hippie de Sant Carles y el templo del relax y el buen rollo Café del Mar. También, como no, casi todas las discotecas de Ibiza, desde Amnesia hasta mi favorita, El Divino. Lo de Bora-bora no pudo ser, aquel año se encontraba cerrado por chanchullos que flipas desavenencias legales con las autoridades.

Ir con mis amigos y con Bob por toda Ibiza, viviendo cada minuto fue increíble. Recordaré siempre cómo el buen rollo salía de debajo de las piedras. Cómo olvidar el botellón en el parking de Amnesia con Yago Lamela y sus amigos, a los que acudimos porque nos faltaba hielo. Qué decir de las calas en las que todo cristo va en pelotas y el agua es tan cristalina que te deja ver como los pececillos nadan esquivando tus piernas. Fue tan maravilloso… ¡hasta descubrí la risoterapia! y además de una manera bastante curiosa, por cierto.

Resulta que durante las noches que estuvimos en Ibiza, al llegar de pegarnos el festival, como es lógico nos desplomábamos exhaustos sobre las camas. Pasaban unos momentos  hasta que alguien (no importaba quién) decía “Oye, ¿nos partimos la polla?”. En ese momento todo se paraba y solo había silencio, hasta que alguien empezaba a reírse. El modus operandi siempre era el mismo, y aún hoy en día, bastantes años despues, lo sigue siendo:

La primera risa es suave, como dejada caer. Después alguien se ríe de esa risa cutre y solitaria, otro se ríe de esas dos risas, y cuando quieres darte cuenta estás llorando y descojonándote a más no poder, emitiendo carcajadas increíblemente sonoras y sin saber de qué te estás riendo.

Y es que con Bob he pasado los momentos más locos de la vida. He ido a mil sitios y he conocido a mil personas. Me he ido de fiesta, al fútbol, de excursión, a bodas, funerales…  incluso me ayudó a tener experiencias sexuales inolvidables. No me lo tiré, no, pero gracias a él he podido hacer alguna que otra caidita de Roma.

Mi amigo Bob ha hecho mucho por mí. Gracias a él he tenido trabajos, mujeres, amistades… me facilitó la vida de una manera enorme. Bob siempre estaba allí, aunque por los excesos de su pasado no siempre estaba en buenas condiciones. Si ese día no le dolía nada especial, podías ir a comerte el mundo con él y volver a casa con una experiencia inolvidable. Garantizado. Palabra de Bob.

Es cierto que  ser su compañero me hizo gastar un dineral y no menos cierto es que me dejó tirado en múltiples ocasiones, pero nadie es perfecto y los amigos se lo perdonan todo, porque en el fondo, cuando de verdad lo he necesitado ha estado ahí como un campeón. Y eso para mí ha sido siempre lo más importante.

Hoy, cuando ya hace dos años que le perdí la pista para siempre, todavía le recuerdo con increíble cariño. Estaba muy delicado de salud y al final murió sobre el asfalto, como no podía ser de otra manera.

Nunca lo borraré de mi memoria porque el primer coche, como el primer amor, jamás se olvida.

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Este es Bob

Bob (nombre que le daba su matrícula B-8690OB) fue un Renault 21 negro repintao, coche de gitano donde los haya, con el que pasé gran parte de mi juventud. Tenía más de 500.000 km cuando lo compré, pues había sido taxi en Barcelona. Recién comprado me lo llevé a Ibiza con mis amigos, me regaló tres días de ensueño en la isla y tres años de averías, vivencias y situaciones como para escribir tres biblias. Ahora tengo a Mi Puto Hijo (M-PH) un coche mucho más “responsable” que Bob, con el que estoy inmensamente feliz. No obstante, como ya he dicho, tu primer coche nunca lo olvidas. Y tu primer polvo en un coche, tampoco.

Os dejo la que para mí es la canción más bonita del mundo, que he compartido con Bob y con mis mejores amigos en maravillosas travesías por diferentes lugares, viviendo a flor de piel la auténtica felicidad.


Gracias Bob.