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Producto de tu imaginación

Son ampliamentes conocidas las habilidades de nuestro propio cerebro para engañarnos. Constantemente, nuestra masa gris piensa por nosotros a tal velocidad que nos es imposible seguirla. Recibe, procesa y transmite una cantidad de información en cada décima de segundo de la que nos sería imposible hablar, porque no habría tiempo suficiente. Nosotros somos muchísimo más lentos que nuestro propio cerebro y por eso nos guía en la gran mayoría de ocasiones,  a menudo sin ni siquiera darnos cuenta.

Pues bien, hoy ha sido una de esas veces. Mi cerebro, como si fuera un sistema operativo Windows, se ha colgado. No ha dado crédito a su propio engaño y se ha quedado bloqueado en espera de encontrar respuestas a quién sabe qué preguntas.

El caso es que hoy ha hecho un gran día. La primavera ha empezado a asomarse en Valencia y el tiempo invita a salir a que te dé un poquito el aire. El sol empieza a calentar el todavía fresco ambiente de marzo, haciendo mucho más placentero dar una vuelta. Es curioso como, tradicionalmente y salvo algunas excepciones, la tortilla del clima suele darse la vuelta cuando se acercan las Fallas. La pólvora y el sol inician de nuevo el precioso ciclo primaveral en el levante español.

En casa habíamos terminado de comer y mi tío Felipe, el gran showman de mi familia del que ya hablo en el post del guiri Antonio, estaba a punto de darme otra de esas experiencias que te hacen darte cuenta de cómo puedes ser engañado, por los demás y por ti mismo.

Tras comer, y bien aderezado con la botella de vino y las dos (o cinco) cervezas que se había metido entre pecho y espalda, mi tío salió a dar una vuelta por el chalet, y yo salí con él para conversar un rato. Cuando bebe le da por hablar, y quien sabe por qué más. Va según el día. A veces se pone especialmente pesado, otras especialmente gracioso, otras especialmente místico y otras se duerme con un cigarro en la boca.

Hoy, le ha dado por ser “ingenioso”. Cuando yo era pequeño, siempre nos hacía a todos los sobrinos algún cutre juego de magia, o algún chiste de esos que conforme lo cuentas vas escribiendo cosas en un papel y al final siempre sale algo relacionado con el sexo. Es el personaje de la familia, y todos le queremos tal como es.

Cuando volvíamos del paseo, después de un rato de charla y viéndose a sí mismo bastante perjudicado por los efectos del alcohol, me planteó un desafío.

– ¿Tú ves lo borracho que voy? Pues así de borracho te digo que sacamos el rifle de perdigones y agujereo un cigarro por el medio, y tirando de espaldas. Tú me pones un cigarro encima de una botella a veinte metros de distancia, y le hago un agujero por la mitad, sin romperlo. ¡Eh… y me juego un almuerzo!

El alcohol le envalentonó. Excesivamente confiado en sus dotes como tirador (él dice que una vez ganó un campeonato de tiro) me planteó un desafío que yo, como es normal, no quise perderme. El almuerzo era lo de menos, yo quería reírme. Balbuceaba al hablar, andaba con dificultad y a veces se te quedaba mirando un par de segundos con cara de besugo mientras intentaba entender lo que le decías. La verdad es que llevaba una buena castaña encima. No podía perderme por nada del mundo esa escena.

Aún así, él suele hacer este tipo de apuestas, y a menudo no son más que engañifas, de las que luego sale vencedor gracias a una pequeña trampa, fruto de algún pequeño detalle del que tu cerebro no se ha percatado. El enunciado de la frase trae consigo algún elemento que le va a permitir conseguir hacer lo que ha prometido y, por consiguiente, ganarte la apuesta. Pero esta vez no, amigo, ya son mucho años de experiencia.

Pensé concienzudamente en lo que  apostó y le hice todo tipo de preguntas a modo de confirmación para saber que la jugada iba a ser totalmente legal. En mi interior, no obstante, yo sabía que me la iba a volver a jugar, aunque no de esta manera.

Realizar lo que había dicho en el estado de embriaguez en el que se encontraba era casi imposible. Me cercioré bien de todos los elementos de la apuesta y, sorprendentemente, parecía estar todo en su lugar. Iba a agujerear un cigarro que se hayara en vertical encima de una botella, a veinte metros de distancia y disparando de espaldas a él. El perdigón era casi tan ancho como el cigarro, con lo que, aunque le diera, era casi imposible que no lo partiera en dos. Aún así, él me juraba y me perjuraba que era capaz de hacerlo. Demasiado borracho, pensé, pero me moría por vivir aquello. Las risas estaban aseguradas, y viendo su estado, el almuerzo también.

Confiado de pasar un buen rato, saco el rifle de perdigones y montamos la escena de la apuesta. Él desenrosca el espejo retrovisor de su moto para poder ver el cigarro mientras tira de espaldas a él, con el rifle cargado a su hombro y apuntando hacia atrás. Le costaba mantenerse en pie sin moverse… como para agujerear un cigarro por la mitad. Ni de coña.

Me da un cigarrillo y me dice que se lo ponga a unos veinte metros de distancia encima de alguna botella. Como no habían botellas, cojo una de las latas que se beben entre él y el vecino. Inserto el cigarro, no sin cerciorarme de que no está trucado,  en el agujerito de la anilla de una de las latas. Acto seguido me siento a disfrutar de la función.

Tras varios cómicos momentos de titubeo y luchando por tenerse en pie, mi tío Felipe encara el espejo, fija la mirada y se dispone a tirar. Su concentración es máxima. Su concentración de alcohol en sangre, también. Mi tío me la había jugado tantas veces que me imaginaba si no iba a ser capaz de dejarme con dos palmos de narices sacándose un enésimo as de la manga o, en este caso, de la lata de cerveza que no quiso soltar mientras apuntaba al cigarrillo.

Pero no. Disparó y, como indican las leyes de la lógica, falló. Abrió sus ojos sorprendido, como si no se lo creyera. Estaba absolutamente convencido de que podría hacerlo, y no lo hizo. En esos momentos solté una aliviadora carcajada.

– ¡Tchhh…! Que casi le doy, ¿eh? – pudo llegar a balbucear de forma ininteligible- Que si le tiro otra vez le doy.

En ese momento, el que se envalentonó fui yo.

– Te doy tres tiros más si quieres. Es más, no hace falta ni que tires de espaldas – le dije.

Y tiró los tres tiros a una distancia de veinte metros. Y ni rozó el cigarrillo. Eso sí, la lata la tiró dos veces al suelo. Aún así, no se dio por vencido. Le di cinco oportunidades más de hacerlo, pues me lo estaba pasando teta. Con cada fallo, él parecía más herido en su orgullo, lo que un borracho jamás llega a tolerar. Resultaba muy gracioso ver como resoplaba mientras intentaba no moverse y apuntar en condiciones. Falló todos los tiros, y yo me reía disfrutando como un enano, coreándole con Olés sus desgraciados intentos. Harto de verme reír, se giró hacia mí y me dijo:

–  He ganado.

– ¿Cómo que has ganado? ¡Si ni siquiera te has acercado a darle! -le dije riéndome-. Con el pedal que llevas, es imposible que lo hagas. Y si lo haces, partirás el cigarro. De ganar nada, chaval, esta vez he ganado yo.

– ¿Estás seguro? Recuerda bien el trato. ¿Dónde está el cigarro?

– Encima de la lata.

– ¡¡Ahá!! No es una botella. Jajajajaja… ¡Chaval, que te queda mucho por aprender! ¡Te he engañado!

– ¿Pero qué engañado ni qué cojones? – le repliqué cargado de razón-. La apuesta consistía en que tú agujerearías el cigarrillo. Que esté en una lata o en una botella es irrelevante. Es más, ahora mismo lo pongo encima de una botella y si tienes narices lo agujeréas.

En ese momento, me miró fijamente a los ojos, cogió el rifle y, tan serio como borracho, me dijo expulsando con dificultad las palabras:

– No, no hace falta, chaval. Mira… y aprende del maestro.

Casi sin terminar la frase, y de una forma tan rápida como precisa, tomó el rifle, lo cargó, apuntó y, tras soltar un etílico eructo, dejó en el cigarro un impecable impacto que lo atravesó sin llegar a partirlo. Un perfecto círculo a veinte metros de distancia que me dejó con los ojos como platos y una cara de tonto de la que todavía me estoy riendo al escribir este texto. Un círculo milimétrico en el que a ambos lados podía observarse el finísimo papel del cigarrillo. Ni una sola hebra de tabaco. Un disparo tan increíblemente preciso que me obligó a realizar algún test de realidad por si todo se trataba de un sueño. Pero no estaba soñando. Fue demasiado convincente para ser suerte y demasiado increíble para ser verdad. O me había engañado él o me había engañado yo mismo.

Acto seguido me dio el rifle, borracho y satisfecho a partes iguales.  Como si fuera Anthony Blake después de una noche de farra, me dijo:

“Todo lo que has visto es producto de tu imaginación. No le des más vueltas. No tiene sentido”

Y todavía le estoy dando vueltas.

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El absurdo en nuestra vida

Siempre he sentido especial predilección por las cosas absurdas e inverosímiles. A lo largo de mi vida, estas situaciones me han llamado la atención de forma especial, haciéndome pensar, y mediante la observación he tratado de discernir por qué lo absurdo es algo tan magnético, tan propenso a ser aplaudido como despreciado. Ello me ha llevado a cuestionar su existencia y distinguir algunos de los motivos por los que, a veces sin darnos cuenta, buscamos la rareza, la extravagancia, lo novedoso y atípico.

Analizar el mundo que envuelve este tipo de situaciones me ha dejado claro que existen multitud de reacciones distintas ante una situación literalmente increíble. Lo normal es quedarse superado por el momento. Inmóvil, perplejo, pasmado. Hay quien se sorprende y le da por reírse, y también quien se sonroja o se siente ofendido. Incluso hay a quien el absurdo le aburre enormemente. Depende de cómo caiga y a quién. Incluso a nosotros mismos nos sorprendería saber qué posición adoptaríamos ante determinadas situaciones ante las que sólo se puede decir:

What The Fuck!??

O la versión española:

¿¡Pero qué coño…!?

Es dificilísimo saber cómo reaccionarías si, de repente, ves pasar por la calle a una persona totalmente seria en taparrabos.  Complejo imaginar qué harías si sorprendes a un viejecito teniendo una conversación a gritos con un perro, el cual, para colmo de los colmos, parece responder con gran elocuencia a base de ladridos. Difícil saber qué pensaríamos si en una comida familiar, y delante de todo Dios, a la abuela de la familia le da por liarse un porro de marihuana para acompañar el café descafeinado. Existirían reacciones para todos los gustos, y en muchas de ellas se produciría un punto de inflexión provocado por la atronadora realidad del momento.

Precisamente por ello, por los efectos que lo absurdo y lo extravagante provoca en las personas, siempre me he preguntado cuáles serían sus orígenes, los motivos por los que nunca pasa de moda. O bueno, a veces sí:

Zambullirme en el mundo del absurdo, tanto en lo popular como en lo cotidiano, me ha llevado pensar que está tan presente dentro de nosotros que se acaba convirtiendo en algo inherente a nuestro comportamiento. Esté o no agudizado por una  posible enfermedad mental, lo absurdo forma parte de nosotros, acaba por convertirse en necesario en algunas ocasiones.

Este texto en sí puede ser absurdo y probablemente lo sea. No obstante, puede ser provechoso tratar de cuestionarnos a qué se deben esas situaciones inverosímiles que rompen con la seriedad y el protocolo del día a día. Nos puede dar motivos para ser más absurdos o para todo lo contrario.

En primer lugar, el absurdo tiene una primera y fundamental misión: hacernos reír. Esto es algo mucho más importante de lo que pueda parecer, porque el humano es un ser social y lúdico, lo que hace que juegue de tal manera con su entorno que sea capaz de crear algo tan maravilloso como el humor. Por medio del humor se puede mejorar el estado de ánimo, liberar tensiones y a partir de ahí emprender con otro ánimo cualquier tipo de tarea. Hasta los reyes han necesitado de bufones para llevar pequeños WTF hasta la estirada vida de palacio.

Pero aunque la principal función del absurdo en nuestra vida sea la de crear un contraste tan grande con lo cotidiano que nos provoque la risa, y con ella todos sus beneficios, existen también otras cualidades en las situaciones inverosímiles, éstas mucho más desapercibidas.

El superlativo contraste entre lo absurdo y lo normal puede conllevar en algunos casos, además del humor, una importante dosis de realidad que nos puede hacer recapacitar acerca de multitud de cosas. Ese gran contraste entre dos cosas nos puede hacer cuestionarnos la normalidad de la cosa normal y la impertinencia de lo absurdo.

A veces, las cosas aparentemente surrealistas, absurdas y graciosas pueden tener una segunda lectura en la que no siempre reparamos.

Pueden ser cuadros de Dalí, sketches de los Monty PythonEl ángel exterminador de Buñuel o el más delirante y castizo surrealismo de La Hora Chanante (eso que ahora llaman Muchachada Nui). Cualquier rareza, desde una cabellera azul hasta hablar en élfico tiene un origen. Un motivo. O no.

Tal vez los momentos absurdos escondan mensajes cifrados. Quizás traten de hacerte reír o simplemente intoxicarte con el caos de momentos inexplicables. Los hay incluso que son totalmente casuales e improvisados. Y también los hay cuidadosamente elaborados para hacernos pensar, e incluso para reírse de nosotros en nuestra propia cara. Cada absurdo, cada momento inexplicable, cada What the fuck!? es de un padre y de una madre, y a veces, un hijo de puta.

La historia de Scatman John, un hombre bueno que tenía defectos

Los defectos son algo inseparable del ser humano. Es un tópico pero es así. Generalmente, los defectos de una persona varían dependiendo de dónde viva y cómo se haya criado, pero haber defectos, los hay. Todos tenemos virtudes y defectos de todo tipo, el mundo está plagado de ellos. Eso es lo que lo hace tan maravilloso a los ojos del ser humano.

Además, el “defecto” puede ser en ocasiones algo relativo, pues puede perfectamente acabar  formando parte de una virtud, como en el caso de John Paul Larkin.

Puede que no te suene de nada ese nombre. Si te digo que su nombre artístico fue Scatman John tal vez te parezca haberlo oído alguna vez. Llegó a ser realmente popular cantando aquel popular “Piii, pa pa pára po… pa pa pára po”. Como tararear cancioncitas no es lo mío, te pongo su tema estrella.

El hombre conocido como Scatman John saltó a la fama en el año 1995. Esa canción sonó todo el verano y ha sido tarareada durante muchos años más.

Scatman John y su música tenían defectos. A muchas personas les sonó tantas veces su canción que se hartaron de él. A otros simplemente no les gustó nunca. Pero pocos se han parado a leer algunas de sus letras o captar algo de su filosofía de vida. Scatman John fue un hombre bastante más interesante de lo que parece. Fue un hombre que le plantó cara a sus defectos y aunque hablaba con dificultad, pudo transmitirnos muchos mensajes.

Empecemos desde el principio. John Paul Larkin (nacido en 1942) tuvo durante toda su infancia un grave defecto en el habla. No podía comunicarse con facilidad, pues a causa de su severa tartamudez le era muy difícil terminar las frases. Por ello se refugió en la música, y usó el piano para poder hablarle al mundo. Empezó a vencer sus temores y sus defectos.

En los años setenta se hizo músico de jazz y tocaba en pequeños bares de Los Ángeles. Le fue bastante bien, pero John todavía tenía varios defectos que vencer y muchas cosas que decirle al mundo. Era adicto a las drogas y al alcohol, y eso estaba acabando con su vida y con su carrera musical. El gran apoyo de su mujer y la muerte en 1987  de su gran amigo, el también músico de jazz Joe Farrell, le hicieron renacer de sus cenizas y darle otra oportunidad a su música y a su vida.

A partir de la muerte de su amigo todo cambió, ya que en 1990 decidió partir a la renovada Berlín para continuar con su carrera. Allí comenzó el fenómeno Scatman John. Quiso hacer algo innovador, quiso darle un nuevo sentido a su música y Berlín, respirando cultura tras la caída del muro,  se convirtió en el lugar ideal para darle un empuje juvenil y comercial a sus canciones.  Aunque seguía haciendo jazz, decidió empezar de nuevo con una música más juvenil, siendo además animado por su mujer a hacer algo inédito y tremendamente valiente dada su tartamudez, ponerle letra a sus canciones. Ésto le obligó a ponerse a prueba y vencer definitivamente todos los obstáculos que había tenido en su carrera.

Aún con todo el cambio sufrido en su música, muchos de sus temas dance comerciales estaban salpicados de referencias a sus años de pianista. Éstos son dos particulares y fresquísimos homenajes que Scatman John le hizo a esos tiempos dentro del mundo del jazz:

Gracias a ese cambio radical que Scatman John le dio a su música y a su vida, empezó a componer temas musicales en los que cantaba tartamudeando, aunque ese toque de humor no le restaba mensaje a sus canciones. En muchos de sus temas animaba a los chicos jóvenes a vencer sus temores por problemas como la tartamudez y abrirse al mundo. Con ese gesto, Scatman John había convertido un problema en una cualidad.

Vencidos los problemas con las drogas y el habla, y con su música sonando en todas las discotecas, Scatman John llegó a las primeras listas de casi todo el mundo. Sus canciones de dance comercial, su estética, su tartamudez (ya bastante pulida) y su buen humor le convirtieron en una estrella durante varios años. Scatman John, un hombre con defectos, los vencía y alcanzaba la fama a los 52 años de edad.

Se convirtió en un ídolo entre los jóvenes por el mensaje optimista de sus temas y su buen humor tanto en el escenario como en persona. A su ritmo comercial y pegadizo se unieron unas letras tartamudas y sin complejos que le hicieron un icono para varios colectivos de discapacitados. En los países de habla no inglesa esto no ha trascendido, pero Scatman fue un fenómeno musical que en Inglaterra y USA todavía se recuerda.

En 1999, después de cuatro años de estrellato y posterior olvido mediático, y tras luchar contra un cáncer de pulmón que llevaba un año padeciendo, Scatman John fallecía a los 57 años de edad.

A mí siempre me gustó Scatman John. Su éxito me cogió con apenas doce años y me evoca tremendos recuerdos de locura adolescente, pero lo que más me gustó de este hombre fue descubrir su historia. Si no hubiera conocido su lucha y el mensaje que quiso transmitir con su música, nunca habría valorado lo que hacía, y su recuerdo habría muerto en mí como murió en la mayoría de la gente. Por suerte, busqué información sobre él y descubrí la historia de un gran hombre que luchó contra sus defectos. En sus canciones hablaba de humor, de paz, de amor y de perderle el miedo a vivir.

Conocer lo que Scatman decía en esas letras hizo que me siguiera gustando con el paso de los años y  que aún hoy en día suene alguna de sus vitalistas canciones en la radio de mi coche. Al escucharlas, a veces la gente se ríe y me mira raro o me dice que estoy pasado de moda. Cuando eso pasa, a mí me gusta decirles que los grandes mensajes no pasan de moda. Acto seguido me miran como si estuviera loco, yo me hago el loco y la vida continúa. Resulta gracioso.

Tal vez no te guste ese dance comercial que hacía, porque era música sin “relevancia” y carente de “calidad”, pero sí que te puede llamar la atención lo que dice en sus canciones. Scatman John fue un hombre bueno con defectos, que luchó para gritarle al mundo que era tartamudo, y que no tenía nada de malo. En una entrevista durante sus últimos años de vida dijo

Espero que los niños, mientras cantan o bailan mis canciones, sientan que la vida no es tan mala como parece. Que lo sientan al menos por un minuto.

La última vez que Scatman sintió vergüenza por su forma de hablar, fue por lo bien que lo hacía. Respondió tan fluidamente en una entrevista que el periodista le insinuó si realmente era tartamudo y no se trataba todo de  un engaño para darse publicidad. Curiosas las vueltas que da la vida… y es que Scatman John sabía que en la vida todo puede cambiar, y de hecho está cambiando continuamente.

Subir al paraíso

Aunque en los países más desarrollados la especie humana vive sensorialmente atrofiada por los aromas artificiales, las grasas saturadas y la televisión, tenemos una capacidad innata, que se pone en forma con un poquito de ejercicio de vez en cuando. Tenemos la capacidad de subir al cielo sin necesidad de sufrir el engorro que es la muerte, ni el calvario de vivir sin cometer pecado alguno.

Quizás haya hecho mal diciendo que hay que hacer un poquito de ejercicio, pues soy consciente que la palabra “ejercicio” provoca un inmediato chaparrón de pereza. De hecho, puede que muchos hayan dejado ya de leer y estén zampándose el primer bollo que han pillado mientras se rascan las ingles. Bravo por ellos y vivan los pequeños placeres.

No obstante, este no es ejercicio del de sudar, al menos no del de sudar por fuera. Este ejercicio es mental, suave y además le vendrá bien a tu sistema nervioso. Es como follar pero en plan mental, y aunque no te dará un orgasmo puede hacerte la vida un poquito más agradable. Pruébalo, que vale la pena y sobre todo, es gratis.

El ejercicio en sí es simple, y además es el ideal para todo aquel que presuma de tener el culo tatuado en el sofá de su casa. No hay que hacer nada. Repito, no tienes que moverte.

Sólo hay que buscar un momento de silencio, ponerte cómodo, relajarte y respirar hondo de forma lenta. Es como prepararte para recibir sexo oral pero sin la emoción previa y pudiendo relajar esfínteres.

Para poder despertar a tus sentidos más vagos y poder captar a flor de piel todos los sentimientos, será necesario que liberes prejuicios. No es fácil.

Hazle un formateo temporal a tu mente y deja de pensar en el trabajo, en los niños, en tu pareja e incluso en tí mismo. Olvida que te gusta un tipo de música y que te caen bien un tipo de personas. Olvida que unos chistes te hacen gracia y otros no. Olvida que unos blogs son entretenidos de leer y otros son unos pastelazos que aburren a las ovejas. Deja de pensar, y siente.

Esto se dice pronto pero se puede tardar varios minutos en conseguirlo de forma más o menos eficaz. Si el tiempo no te apremia y puedes dedicarle unos momentos, te recomiendo que lo hagas. Si tienes prisa o estás trabajando,  y siempre pensando en tí y no en mí, te pido que dejes de leer en este momento y emplees tu tiempo en algo que te sea más gratificante e inmediato. Los escalofríos por tu cuerpo son difíciles de atraer y necesitan un buen cebo.

Existen momentos de nuestra vida en los que la estupidez se aleja temporalmente de nosotros, momento el cual podemos y debemos aprovechar para escapar y sentarnos bajo un árbol a saborear la madre Tierra y a sonreír mientras notamos que nuestro corazón nos sigue siendo fiel, sigue latiendo por nosotros. Seguimos vivos. La estupidez es muy rápida y no tardará en encontrarnos si no nos escondemos bien, así que el rato en que le demos esquinazo debe ser plenamente aprovechado. En uno de estos momentos podemos subir al cielo y observarlo todo con calma, desde la distancia.

Una vez estés en silencio y tanto tu cabeza como tu cuerpo estén en un completo estado de relajación, será necesario que enciendas los altavoces del ordenador, o mejor aún, que busques unos buenos auriculares.

Creo que todos los consejos están ya dados. A partir de este momento seréis tú y tus interpretaciones quienes guiaréis esta experiencia, de la cual puedes salir con lágrimas en los ojos, con indiferencia, con sentimientos increíbles o con un visceral y rencoroso “mierda de blog” entre tus labios. Yo sólo soy un mensajero y si no quieres leer la carta, por favor, no me pegues que tengo una vida que mantener.

Por último, y dicho ya todo lo que creo que debía decir, sólo me queda darte el utensilio básico para poder subir al cielo. Para poder subir, en definitiva, a cualquier sitio. Aquí tienes tu escalera hacia el paraíso.

Es muy posible que hayas escuchado mil veces esta canción. Puede que de esta forma la re-descubras o la vuelvas a disfrutar como me pasó a mí. Vale la pena.

Este grupo se llama Led Zeppelin en honor a un comentario que les hizo el batería de “The Who” cuando estaban empezando con sus primeras maquetas. Les dijo “you will crash like a lead zeppelin” (caeréis como un zeppelin hecho de plomo).  De listos así está el mundo lleno, no te creas a ninguno.

Karlos Arguiñano, la alegría de la huerta

Lo mismo te canta un bolero, que una copla, que el rock and roll en la plaza del pueblo. Igual te cuenta un chiste de médicos que uno de políticos. Mientras cocina, igual te habla de filosofía, que de fútbol, que de política. Lo mismo te hace una tortilla que un arroz al horno.

Y lo mismo le da que le da lo mismo, porque Karlos Arguiñano disfruta con todo lo que hace, y para darse cuenta de ello no hay más que mirarle a los ojos y ver el semblante de felicidad que sólo dan los años y la armonía de una vida plena y alegre.

Queridas amigas, queridos amigos y queridas familias, hoy quiero hablaros de un hombre maravilloso que sabe sacar la alegría de una huerta perdida en el País Vasco y servírnosla al resto del mundo en suculentos platos llenos de sabores, aromas y, sobre todo, cariño. Va por tí Karlos, con mucho fundamento y una ramita de perejil.

Karlos Arguiñano lleva saliendo en la tele más tiempo del que yo tengo con uso de razón. Desde que era pequeño ya me llamó la atención su barba cerrada y su grave tono de voz, además de la forma alegre y amena con la que explicaba las recetas y hacía llevadera la sobremesa de todos los hogares. Hogares que al principio fueron los vascos (ETB)  luego los de toda España (TVE1), luego los argentinos (Canal 13) y gracias a Internet luego los hogares de todo el mundo. Actualmente lo podemos seguir disfrutando todos los días en las sobremesas de Telecinco.

Arguiñano es un tipo con un talento especial curtido a base de años entre fogones y cámaras. Siempre me ha llamado la atención la forma que tiene de pelar, trocear y preparar toda clase de alimentos mientras mira a la cámara y habla como si estuviera en tu propia casa, charlando contigo de forma amable y sincera como lo hace cualquier abuelito humilde en cualquier recóndito pueblecito de la geografía española.

Con toda la serenidad del mundo, puede pelar tres zanahorias, picar en juliana dos cebollas y trocearte un rape mientras mira a cámara y te comenta una curiosa anécdota de las trescientas mil que ha vivido. Cuando ha acabado con la anécdota, se ríe de forma campechana y cuando te quieres dar cuenta ya está tapando la olla donde lo ha metido todo mientras te dice “pues esto lo dejamos hervir media horita y tenemos un caldo excepcional, ¿eh? Rico rico y barato barato”.

Pero no todo es cocina en la cocina de Arguiñano. Como ya he dicho, es muy dado a hablar, a cantar, a comentar con alegría o seriedad dependiendo del caso que le ocupe en ese momento. Ver el programa de Arguiñano es lo más parecido a estar con tu abuela mientras hace la comida para toda la familia y te cuenta su vida, te da consejos y te mima el estómago, el corazón y el alma.

Cuando cocina, él es como es, ahí no hay actuación ninguna. Intenta, obviamente, no meterse en berenjenales con sus opiniones, ya que sabe que le está viendo todo el mundo, pero da su opinión acerca de todo lo que se le pasa por la cabeza. Y lo hace  con respeto y con humildad, como tendrían que hablar todas las personas.

Quien piense que el programa de Karlos es sólo de cocina se equivoca, ya que ese espacio temporal de la sobremesa es como los pequeños ultramarinos de pueblo, donde te venden las lentejas, las compresas y si te hace falta, tienes en la estantería de la derecha pilas para el mando a distancia. El programa de Karlos es un oasis de paz donde cada uno va a hacer lo que necesita: Unos van a aprender cocina, otros a desestresarse, a reírse, a pasar el rato o incluso a aprender un poco de la vida. Karlos Arguiñano, en pocas palabras, es un showman total, pero a diferencia de la mayoría de showmans, tras bastidores es incluso mejor de lo que enseña por cámara. Y ésta es la gran diferencia entre Arguiñano y el resto de hombres de la televisión.

He visto los programas de Karlos Arguiñano desde que era bien pequeño, pero su esencia he tardado muchos años en captarla. Al principio lo veía como la mayoría de la gente, como un programa de cocina con un viejo chocho que habla demasiado e intenta constantemente hacerse el gracioso. No obstante, con el paso del tiempo y con ciertas circunstancias personales que he pasado, aprendí a disfrutarlo y a valorarlo como mucho más que un  simple programa en el que te enseñan a cocinar. Me explico:

Hace un tiempo, yo trabajaba en una gestoría. Mi trabajo consistía en salir de buena mañana con el coche y visitar Registros de la Propiedad y notarías de multitud de pueblos. Por la tarde iba a la oficina e introducía todo el trabajo de la mañana en las bases de datos de la empresa. Yo tiendo a ser una persona más bien tranquila, alejada de ruidos, alborotos y prisas, y ese era un trabajo horriblemente estresante. En pocas palabras, podríamos decir que para alguien como yo, ese trabajo era un auténtico infierno. Y aguanté. Y aguanté durante mucho más tiempo del que yo mismo me creía capaz. Hubieron muchas cosas que me hicieron aguantar, pero aunque parezca estúpido, el programa de Karlos Arguiñano fue una de esas cosas.

A mediodía, llegaba a casa exhausto. Estresado por las prisas y por jugarme un día más la vida en la carretera, una de las cosas que me daba fuerzas para seguir adelante y terminar aquella jornada era el programa de Karlos. Ese “kit-kat” de paz, armonía y buen humor me relajaba y me recargaba las pilas para continuar la batalla de un trabajo que me estaba consumiendo por dentro. Ha habido días en los que he llegado a casa tardísimo y sin tiempo para comerme nada más que una bronca de mis jefes y una dosis de impotencia, y gracias a ver 10 minutos el programa de Arguiñano he podido seguir en la batalla con la mente más o menos lúcida. He llegado a llorar viendo su programa porque era lo único bueno y tranquilo que me iba a pasar ese día.

Pienso en la cantidad de personas que hay a las que Karlos Arguiñano habrá ayudado a sobrellevar el duro día a día y no puedo sino escribir estas líneas para agradecérselo, porque cocineros hay muchos pero Karlos Arguiñano hay y sólo habrá uno.

Yo doy gracias de poder seguir disfrutándolo en vida, y por muchos años. Y no me queda sino para despedirme algunos de sus highlights, su entrevista con Buenafuente y un gran ¡¡¡Tuis, tuis!!!

Gracias maestro.

Edito: El amigo Muy Relativo me aporta un documento del que no tenía constancia acerca de la buena fe y humanidad de este gran hombre. Podéis leerlo pinchando aquí.

Postdata:

Este es un homenaje a Karlos Arguiñano por su programa , su trayectoria profesional y lo que ha representado para mí.  Quien quiera polemizar sobre política o terrorismo, que use otros foros o acuda a la Justicia, este post no se ha hecho para tal cosa. Os ruego seáis totalmente respetuosos.

My experience con el guiri Antonio

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Antonio Rollón es un tipo singular donde los haya. Nació y se crió en Londres, y ha trabajado de cocinero desde que tenía nada menos que trece años. Ahora tiene trenta y tres años, la famosa “edad de Cristo”, y al llevar dos décadas dedicándose en exclusiva a la restauración no sabe trabajar en nada que se aleje de los fogones. Decir que es un cocinero excelente se queda corto, y al contrario de lo que pueda parecer, no es para nada un tipo ignorante, sino que la inteligencia y la empatía le fluyen por la sangre igual que lo hacen los glóbulos rojos o el oxígeno.

De padre zaragozano y madre británica, Antonio nunca había visitado España pero se sentía muy próximo a la cultura española. Le gustaba la paella, la tortilla de patatas y el vino de Rioja, pero nunca los había degustado de primera mano aquí, en la piel de toro.

Cuando creció, decidió probar suerte y marcharse a trabajar a un gran restaurante en Florida, donde (recomendado por su padre, también cocinero de alto standing)  continuó su aprendizaje culinario y, sobre todo, vital.

Pese a no gustarle los toros, la vida le dio bastantes cornadas (en forma de matrimonios fracasados y amistades engañosas), aunque por suerte no le arrebató el capote, dándole una nueva oportunidad para poder torear su vida sin que ésta le hiriera de muerte.

¿Y qué tiene que ver un inglés que se llama Antonio Rollón conmigo? Pues hasta hace un mes no tenía nada que ver, su vida y la mía eran totalmente distintas y distantes. Pero la casualidad y el maravilloso caos del universo lo trajeron a mi mundo y, más concretamente, a mi casa.

Antonio había roto un matrimonio que se había tornado en un infierno, se había quedado sin trabajo y algunas de las personas que le rodeaban le dieron la espalda. Las circunstancias le habían convertido en una bala perdida, y decidió volver a su England natal, pero antes, quiso visitar España.

Antonio no sabía a dónde ir ni con quién, ya que en Zaragoza no le quedaba familia y en España no conocía a nadie más que un antiguo compañero de trabajo, que ahora vivía en Alicante. El paciente inglés, entonces, le pidió consejo a su padre.

– Daddy, do you know somebody in Spain?

– Yes, Tony. You must call Paquita, she was my friend in Miami and now lives in Valencia. She will be a great host for you.

Paquita es mi madre. Ella estuvo trabajando siete años en Miami y allí conoció a Antonio Rollón senior, cocinero como ella, el padre zaragozano del Antonio Rollón al que va dedicado este post.

Mi madre se acababa de ir dos semanas a Asturias cuando Antonio la llamó para pedirle “asilo político” en su casa. Ella le ofreció su hogar, pero hasta que volviera de Asturias iba a ser su familia la que le hospedara. “Su familia”, en este caso, no somos otros que mi padre, mi tío y yo.

Cabe señalar que mi madre tiene un largo historial de meterse en movidas y arrastrar a su familia con ella, con lo que la idea de tener a un tío en nuestra casa, al que no conocíamos de nada (es más, ni siquiera ella lo conocía, sólo conoció a su padre) no era del todo agradable. Me temí algo bastante embarazoso cuando oí a mi padre hablar con ella por teléfono.

– ¿Qué? ¿Pero cuándo viene? ¿Mañana? Y tú te quedas allí,  ¿no? Manda cojones. Pero coño, Paqui ¿Estás en Asturias y nos mandas aquí a un tío que…? ¿Y cuánto tiempo se queda? Joder… vale, vale. Manaña iré a recogerlo al aeropuerto. Ale, adiós.

Mi padre, resignado calzonazos acostumbrado a tragar carros y carretas por amor (o quién sabe por qué) sucumbió de nuevo ante la labia de mi madre y nos explicó lo sucedido, aunque sólo escuchando la conversación telefónica ya te podías oler la tostada: Íbamos a tener en nuestra casa a un inglés  de padre español, residente en Florida y que no sabíamos ni quién era ni cuándo se iba a ir. Tentadora historia, ¿verdad? Buñuel habría hecho un peliculón con esto, os lo aseguro. Aquí empezó mi entrañable experiencia con el guiri Antonio.

Llegó a España con su diccionario y su cuaderno de ejercicios bajo el brazo.  Estaba aprendiendo español desde el mismo instante en que partió del aeropuerto de Miami. Sin pelo en la cabeza, sin apenas equipaje, con unas ojeras crónicas grabadas a fuego en su rostro y unas ganas tremendas de vivir, el guiri Antonio llegó a mi casa acompañado de un halo de paz y buenas vibraciones, invisibles pero perfectamente captables. Venía en son de paz, en son de amor, y eso se vio desde el primer instante.  Alto, delgado, sensible y educadísimo, Antonio entró en mi hogar como una brisa fresca y suave, que refresca sin llegar a molestar.

Los dos primeros días fueron algo raros, pues su castellano estaba aún muy verde y la comunicación entre él y mi familia se producía mayormente con gestos, además del distanciamiento inicial en personas que no se conocen de nada.  La mayor parte de las veces, me tocaba hacer de traductor entre locales y visitantes (con un dominio del  inglés que deja mucho que desear) pero el guiri Antonio es muy inteligente (mucho, de verdad) y en apenas una semana ya podía mantener una conversación fluida en español, siempre escudado por su inseparable diccionario English-Spanish, Spanish-English.

A partir de ahí todo fue mucho más rápido. Llegamos al acuerdo de que él me hablaría a mí en castellano y yo a él en inglés, y así podríamos perfeccionar ambos idiomas. Empezamos a coger confianza y a tener conversaciones cada vez más profundas, hasta llegar a conocernos bastante bien en apenas tres semanas.

En un intento por ser buen anfitrión, intenté enseñar a Antonio la ciudad de Valencia. Probó la auténtica paella valenciana (pollo, conejo y verduras típicas, no más alicientes), probó la mejor de las horchatas artesanas y probó el clima mediterráneo y el gran carácter abierto de los valencianos.

También me lo llevé a pasar el día a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, donde disfrutó del mayor acuario de Europa, del Museo de Ciencias y de una película Imax sobre las profundidades marinas, cosa que le apasiona. Recuerdo con tanto cariño estas experiencias que mientras escribo esto, sin darme cuenta, sonrío.

Antonio, como digo al principio del post, es un tipo peculiar, muy peculiar, y muy especial. Es simpatizante de la religión budista, tiene una visión de la vida y un carácter que le hace tremendamente accesible, y el hecho de llegar a tener una conversación profunda con él puede ser realmente muy enriquecedor.

El guiri Antonio hizo muy buenas migas tanto con mi padre como con mi tío, con los que le encantaba compartir chupitos de whisky, mojitos y jarras de melocontinto o MTG (melocotón, tinto y gaseosa) ya que otra cosa no, pero al guiri le gustaba empinar el codo cosa mala, como buen inglés, y se fue a juntar con dos que no le hacían asco tampoco ni al whisky ni al tintorro.

Una de tantas noches en las que mi tío y el guiri Antonio se pusieron hasta las cejas de alcohol, pasó algo realmente descojonante, que sólo de pensarlo se me saltan las lágrimas de la risa. Resulta que ya eran las 2 de la mañana y mi tío, que es quien suele cocinar en casa, dijo que  iba a sacar el chorizo del congelador para comer al día siguiente. El guiri Antonio, no conocedor de que hablaba con alguien que tiene un gran corazón pero muy pocas luces,  tuvo la osadía de hacerle entender a mi tío algo acerca de la filosofía budista, con lo gracioso añadido del acento inglés cerrado y de los litros de alcohol que corrían por las venas de ambos:

– No choriso para mañana… -dijo Antonio- mañana no existe, ayer no existe… sólo ahora.

– ¡¿Cómo que no?! -replicó mi tío- Yo saco ahora el chorizo y mañana comemos chorizo por mis huevos. ¡Mañana chorizo comer!

– No, pero… tú no sabes mañana, mañana puede no existe.

– ¿Que no existe? Yo saco el chorizo y mañana comemos unas fabes con chorizo de escándalo, ¡y a tirarse pedos! ¡Cuescos a manta! ¡¡Pff, pffff…!!

– Pero… tú no puedes desir mañana, tú no sabes que pasa mañana. A lo mejor no hay mañana -el alcohol hacía que el pobre guiri no viera que era imposible hacerle entender algo así a alguien como mi tío- y quisás tú mañana no puedes porque no sabes…

– ¡¡¡Nada!!! -cortó en seco mi tío- mañana a comer chorizo y si mañana nos morimos todos me la suda, yo ahora saco el chorizo y mañana a comer todos fabes con chorizo… ¡¡¡y pedos!!!

– Antonio -le supliqué llorando de la risa al contemplar tal kafkiana escena- don’t try it more… it’s impossible. Talk about other things, please.

En su visita a nuestro país, el simpático guiri adquirió también varias costumbres muy españolas como la siesta y algo muy común entre españoles, hablar constantemente de mujeres. Un día en el supermercado, el guiri Antonio vio a una mujer de suculentas curvas y le dijo a mi tío:

– Buen culo esa chica.

– No se dice buen culo -dijo mi tío, que de fino no tiene nada- se dice “la pondría mirando pa’ Pamplona”.

A partir de ese momento, cada vez que el guiri Antonio veía una buena moza (ya fuera en la tele, en una revista o en la calle) decia “ohhh…  pa’ Pamploonaaa” con su típico acento inglés, y la verdad que pudo decirlo como cien veces en su estancia, pero en todas resultaba muy gracioso.

Con Antonio he vivido muchos momentos graciosos y también alguna que otra conversación en plan filosófico que, definitivamente, me ha aportado mucho más de lo que yo me podía imaginar.

Viajar es una experiencia tremendamente enriquecedora, entre otras muchas cosas, porque te das cuenta de que vives adaptado a un idioma y a unas costumbres que sólo están en tu lugar natal. En el resto del mundo se habla y se vive de mil formas distintas a la tuya, y el hecho de vivir experiencias sin llegar a entender todo lo que ves ni todo lo que te dicen puede llegar a ser frustrante, pero también tiene una gracia especial. Tiene una belleza que te hace disfrutar el momento de una forma única, pues te hace forzar tu mente para adaptarte, y sentir la empatía con las personas al mirarlas a los ojos, al interactuar con ellas, sin necesidad de entender todo lo que te están diciendo. Se trata de transformar el inconveniente del idioma en una ventaja para potenciar la conexión más allá de las palabras. Eso te hace sentir experiencias  nuevas y únicas, y el guiri Antonio jugó perfectamente esa baza en su viaje a nuestras tierras.

Una de las cosas en las que me he reafirmado con la visita de Antonio es que todo ocurre por una razón. Siempre tuve ese pensamiento, pero esta experiencia me ha hecho pensarlo más firmemente que nunca.

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Este es el tatuaje que el guiri Antonio luce en su brazo. Viene a significar algo así como “Esto también cuenta”, queriendo expresar que todo lo que te pasa en tu vida tiene trascendencia en tí y en los demás, y hay que tener siempre en cuenta eso antes de menospreciar cualquier momento o situación que vivas. Él lo lleva en su brazo para acordarse siempre de que no ha de desaprovechar nada de lo que le pase, y que ha de saber empaparse de todo lo que le ocurra. Aprender de todo. Siempre.


¡Tengo derecho a estar loco!

La locura ha sido atribuida desde el principio de los tiempos a causas sobrenaturales.  En las más antiguas civilizaciones se creía que los locos actuaban de manera diferente porque estaban poseídos por entes malignos. En el mejor de los casos, la locura era tratada con exorcismos o trepanaciones. En el peor de los casos podían sufrir horrores hasta el alivio de la muerte.

Aunque ya en la antigua Grecia se había teorizado sobre los orígenes psicológicos de la locura (separándola de lo sobrenatural o maligno) , las enfermedades mentales han sido estudiadas a fondo desde hace relativamente poco, en los siglos XIX y XX por pioneros como Freud o Jaspers. De esta forma llegamos hasta el conocimiento actual de la psique, que da paso a que se nos pueda separar oficialmente entre locos y cuerdos.

Seguro que en algún momento de tu vida, casi seguro en la infancia pero puede que también en tu madurez, te han hecho sentir en mayor o menor medida como si estuvieras un poco mal de la cabeza. Y la verdad es que para que se te vea como un bicho raro a veces no hace falta mucho. Con que vivas la vida un poquito a lo loco puede ser más que de sobra.

Tal vez, una tarde de repente se pusiera a diluviar y decidieras disfrutar bajo la manta de lluvia en lugar de ponerte a resguardo como el resto de la gente. Puede que te chiflen las películas gore o que seas un entusiasta de los fenómenos paranormales. Tal vez seas un friki que tiene un disco de 1 terabyte lleno de anime o quizás eres homosexual y has sentido como muchas personas te trataban como un enfermo mental.

Aunque el término “loco” se usa con frecuencia para los enfermos mentales de alto grado, no hace falta que seas violento ni supongas un peligro potencial para nadie. Hasta final del siglo XIX se denominó a la locura como  cualquier comportamiento que rechazaba las normas sociales establecidas, y aún hoy  sólo con pensar distinto a la mayoría de la gente puedes ser llamado o considerado loco, con los prejuicios y perjuicios que ello conlleva.

Asumir los roles en los que está estructurada tu sociedad no es una tarea ni fácil ni rápida. Desde pequeños somos educados como si estuviéramos en una burbuja, en base a unos principios morales que cuando somos mayores vemos violados a diario. La línea que separa lo correcto de lo incorrecto a veces es muy difusa y tienes que estar siempre preocupado de estar pisando en la zona de la corrección, porque un paso en falso puede ser considerado como un revés en tu conducta, algo que de por sí no es peligroso para nadie excepto para tí, por las consecuencias que te puede acarrear.

En la actualidad, disponemos de una libertad de expresión que, si bien está bastante recortada en algunos aspectos, es muy superior a la que tuvieron nuestros padres y abuelos, y por supuesto a la que tienen en países acribillados por el hambre, la pobreza y la guerra. Puedes pensar lo que quieras y decirlo abiertamente, siempre que te abstengas de cosas como gritar “¡bomba!” en un aeropuerto o similares actos de puro y duro trolleo social. Evidentemente tu libertad termina cuando transgredes la de otro, cuando la simpática locura se convierte en una demente violencia física o verbal.

Podemos ejercer nuestro derecho de libertad individual para multitud de cosas, puede que más incluso de las que imaginamos, pero el yugo del “qué dirán” siempre está ahí acechante, haciendo que nos replanteemos si realmente nos conviene hacer eso que íbamos a hacer o nos conviene decir eso que teníamos en mente. La ley no nos cohíbe pero las personas  sí.

Y aunque cada vez es más la gente que se expresa libremente y que no juzga a los demás en base a modelos éticos y morales obsoletos, a mí me siguen mirando mal cuando me río en medio de la calle al recordar un vídeo de Pitito o la broma de Manolo Cabezahuevo. O cuando conversando  con alguien le digo que vivimos en una cárcel de barrotes invisibles. Y no es que me importe que me miren mal, al contrario, es todo un honor para mí y lo hago saber con una complaciente sonrisa hacia mis queridos inquisidores sociales.

Al fin y al cabo soy consciente de que el rechazo que puede provocar la actitud de un loco como yo se debe al miedo innato que el ser humano siente por lo desconocido, por lo que discrepa y por lo misterioso. En realidad, cuando alguien te ataca por ser diferente, no te ataca por odio sino por miedo, porque su ignorancia no le deja entender lo que eres y por lo tanto estás poniendo en jaque todo lo que le han inculcado desde pequeño.

Pero si a mí no me importa que me miren mal, sí me entristece que se discrimine a los que piensan distinto, porque además de ser malo para el oprimido, es malo para el resto de la comunidad. Personas como Einstein o Gandhi han sido acusados de ser locos, y esa persecución hacia quien corrompe el orden establecido se ha llevado por delante quién sabe a  cuántas personas y a cuántos genios.

Hoy en día vivimos amparados por una constitución que nos otorga unos derechos y unas obligaciones. Yo cumplo con mis obligaciones como ciudadano: entre otras cosas pago mis impuestos, realizo correctamente mis trámites con la administración y no pongo en peligro la integridad física de ningún otro ciudadano.

Al cumplir con estas obligaciones, tengo una serie de derechos, y salvo que exista una ley que me lo prohíba (que no la hay) yo tengo derecho a pensar lo que me dé la gana. A ser anarquista, budista o cristiano si me apetece. A grabar vídeos con mis amigos haciendo el capullo, o quedarme embobado mirando al cielo y de repente ponerme a llorar. Tengo derecho a pensar que el hombre es un ser despreciable y que a la vez es infinitamente maravilloso.  Tengo derecho a vestirme como un vagabundo y a ser un payaso (todos mis respetos a los payasos). A dar las gracias a alguien por su amistad o por su amor un día cualquiera. Tengo derecho  a maravillarme cada día por la enorme casualidad y suerte de que mi corazón siga latiendo, y poder sentir cosas para las que las palabras se quedan pequeñas. Tengo derecho a estar loco, y a creer que la locura forma parte de la magia de la vida.

El ser humano… es extraordinario.