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La pobre diabla y la dueña de los hombres

Una mujer. Y millones de opiniones, de buscones y mirones, de envidiosas sin razones, semi-diosa de la noche o perdida entre los hombres.

Y la verdad, da igual. Es su enigma, el enigma de sus secretos de alma y de alcoba. La verdad oculta y las mentiras a la luz de una mujer cuyo nombre, luego se entenderá por qué, cambiaré por uno acorde a la belleza de  su mirada.

Cuando vi a Esmeralda por primera vez sólo era un mocoso, un niño bastante travieso y precoz en varios aspectos, uno de ellos las fantasías sexuales. Supongo que eso no será una excepción, y muchos como yo (sobre todo chicos) pensaban en el sexo bastante antes de la adolescencia.

Como la mente tiene una libertad que nadie puede arrebatarnos, chica guapa que conocía, chica guapa que invitaba (sin ella saberlo, obviamente) a mis sensuales mundos oníricos, fantasías cutres de un niño que no tenía ni puta idea de sexo, pero empezaba a tenerla acerca del amor. Todas las chicas con las que fantaseaba eran exquisitamente tratadas, recibían agasajos, masajes y encuentros sexuales románticos al borde de un riachuelo en espléndidas noches de luna llena. En la vida real yo no sabría cómo se tenía que hacer eso del sexo, pero, ¡ay amigo! en mis fantasías yo era el amante más experimentado, cariñoso y entregado que una mujer pudiera desear. Bendita ignorancia.

Supongo que, en el fondo, lo único de mis fantasías que las chicas no aprobarían sería el acompañante, por lo que se convierte en necesario que las fantasías se limitaran al interior de mi lujuriosa mente infantil, y nunca llegaran a materializarse.

Principalmente, debía limitarme porque yo era un niño, y la mayoría de las chicas con las que fantaseaba no eran precisamente unas niñas. Entre ellas, amigas de la familia, la socorrista de la piscina municipal y una camarera polaca que siempre me servía mi batido de chocolate caliente-caliente, y me decía que si fuera una niña le encantaría ser mi novia. Estaba mintiendo, pero eso en mis fantasías no tenía importancia. Las fantasías sólo son fantasías, y pueden ser maravillosas.

También recuerdo la profesora de gimnasia, con su pantalón de chándal y sus pechos ajustados en minúsculas camisetas. En cada clase nos enseñaba los ejercicios a realizar valiéndose de sus grandes dotes como maestra. Gracias a ella me aficioné al deporte.

Pero ninguna de ellas produjo en mí el hechizo que sentí al conocer a Esmeralda. Nunca conocí personalidad tan arrolladora, ni corazón tan libre. Fue lo más parecido al amor que un mocoso de ocho años podía experimentar. La mujer entre las mujeres. Mi invitada especial noche tras noche.

Esmeralda era una amiga de mis tíos, los cuales tenían un grupo de amigos bastante numeroso formado por jóvenes de edades comprendidas entre los veintipocos y los treintaymuchos. Un grupo muy heterogéneo, que se tiraba las tardes de verano en la terraza del bar que tenía mi abuela, comiendo pipas, bebiendo cerveza,  contando chistes y compartiendo vida.

En aquel grupo estaba ella, una morena de ojos verdes con una mirada tan profunda que las piernas se te hacían flanes con sólo sentir que te estaba observando, aunque fuera de reojo. El pelo sedoso, larguísimo y negro como el abismo. Dulces labios de fresa y un desafío constante a la ley de la gravedad en su trasero respingón y en sus pechos, generosos pero perfectamente proporcionados. Era tan guapa y estaba tan inmensamente buena que no pasaba uno, ni un sólo día sin que recibiera piropos, halagos y proposiciones de todo tipo.

No obstante, sus atributos no se quedaban en lo exterior, ya que Esmeralda era una chica muy despierta, con un gran corazón, consciente de lo que era y de cómo actuar en cada situación. Lejos de sentirse intimidada o ir de diva, contestaba a cada cual según estimaba oportuno. Agradecida ante el trato respetuoso y cortés, nunca hacía una mala cara ante un comentario bonito, viniera de quien viniera. Aunque fuera del tipo más gordo, feo y calvo del lugar.

Por contra, si te las dabas de chulito o te tomabas demasiadas confianzas, así fueras Brad Pitt, ibas a quedar en ridículo delante de todas las personas en veinte metros a la redonda. Y es que Esmeralda era un volcán que despertaba erupciones por donde iba, y que al contrario que los volcanes de verdad, decidía con quien entrar en erupción y con quien no, siendo inmune a cualquier tipo de presión. Eso la hacía mucho más deseable si cabe. Yo la observaba desde lejos, rodeada de chicos, deseada por todos, mayor y perfecta. Apenas hablaba con ella alguna vez, pero siempre me dedicaba una sonrisa y una palabra amable, al ser el sobrino de sus amigos. Ella era, sin duda alguna, el sueño imposible de una fantasía infantil. Tenía suficiente con quererla en la distancia, pues sabía que, aunque yo fuera mayor, no conseguiría conquistarla. Era mucho barco para tan poco marinero.

Esmeralda siempre fue dueña de su cuerpo y de su corazón, y siempre los usó como creía mejor para su vida. Precisamente por eso, por vivir su vida sin complejos y de forma libre y abierta, Esmeralda siempre fue tildada de ligera de cascos, de guarrilla, de chica fácil. Chica fácil, se atrevían a decir los ignorantes. Esmeralda era la mujer más difícil de conseguir que yo he visto jamás. Para conseguir su maravillosa compañía no valía cualquiera, ni mucho menos. Lo que pasa es que su maravillosa compañía la consiguieron más de un hombre, y más de dos, y más de cinco, y más de diez. Decían que era una pobre diabla. Pero esas cosas le importaban a quien le tenían que importar, no desde luego a esta amazona de piel tostada, ni a nadie de su íntimo círculo.

En todos los años que pude pasar observándola platónicamente, Esmeralda nunca tuvo un novio duradero. Conocía muchos hombres, elegía a los que más le gustaban y pasaba con ellos el tiempo que le apetecía, pero nunca le gustaban lo suficiente como para atarse a ninguno durante mucho tiempo. O tal vez nunca quiso a un único hombre. O nunca llegó a querer realmente a ninguno. No creo que nunca llegue a saberlo.

Pasó el tiempo, y yo estaba a punto de cumplir quince años. Esmeralda seguía siendo una chica, como puede suponerse, enormemente popular. Decir que era la tía buena del grupo es algo que, como poco, se queda corto. Y decir que era una chica simplemente simpática, no se acerca ni a kilómetros. Era casi perfecta, y todos la querían. Yo mismo soñaba multitud de veces con estar una noche, sólo una noche con ella.

Ser tan popular no siempre fue bueno para esta impresionante mujer. Le iba mucho la fiesta, y eso a veces le traía compañías muy dañinas para ella. A su fama de chica fácil se le unieron otros chascarrillos relacionados con las drogas. La gente decía que se pasaba metiéndole a esto o a lo otro, y que últimamente andaba con un tipo que también tenía a sus espaldas una reputación completita.

Una noche, dando una vuelta por el chalet con mis amigos, vimos como a lo lejos paraba el coche del tío con dudosa reputación que había conseguido mantener unas semanas atada a Esmeralda. Se escuchaba una fuerte discusión dentro del coche, y después Esmeralda abrió la puerta y salió llorando. El tipo se fué quemando rueda y dejó allí a tan tremenda mujer. Viendo desde lejos tal escena, les dije a mis amigos que siguieran su camino, yo iría a acompañar a Esmeralda a su casa. Al fin y al cabo, era amiga de mis tíos y yo era en esos momentos la persona más cercana a ella. Me despedí de mis amigos y me fui corriendo hacia donde estaba la chica, mientras ésta caminaba ya en dirección a su casa, intentando llorar lo más silenciosamente posible para no llamar la atención de los chalets colindantes. Me planté justo delante de ella y la cogí firmemente por los brazos:

-Tranquila Esmeralda- le dije sin tener tiempo de pensar nada mejor.

Con los ojos llorosos y el moquillo colgándole, no le dejé llegar a articular palabra y le di un fuerte abrazo.

-Tranquila chiqui, no voy a decir nada a nadie. No tienes de qué preocuparte, pero no puedes irte así a tu casa.

Esmeralda rompió a llorar en mi hombro. La musa de mi infancia estaba poniendo perdida mi entrañable camiseta del mundial USA’94 a base de lágrimas, mocos y alguna babilla. Definitivamente, no es así como yo imaginaba un hipotético primer encuentro entre nosotros.

No obstante, la situación no era nada cómica, de hecho fue tan triste que la emoción me pudo y yo también acabé llorando, en un intento de sentir lo mismo que ella. Pasados un par de minutos, y con ambas ropas pringadas de fluidos corporales de procedencia nada erótica, nos sentamos a descansar y a hablar de lo sucedido. Ella había decidido dejarlo y el tío se puso violento. No quiso contarme todos los detalles pero tampoco me hacía falta. Después de un rato de charla tranquilizadora, un par de confesiones íntimas y las dos sonrisas que pude arrancarle, se limpió la cara y se marchó a su casa.

– Mañana voy a ir a la discoteca con mis amigos. Mis tíos también irán -disparé a quemarropa– y me gustaría mucho verte allí.

– ¿Ya vas a las discotecas? -se sorprendió.

– A la del pueblo voy a intentar entrar mañana. Acabo de cumplir los quince. No aparento ser muy mayor, pero otros de mi edad ya han entrado, y además, en la puerta está Fede. Si vas, que sepas que intentaré sacarte a bailar.

– No estoy yo para fiestas ahora tete, pero igual me lo pienso, ¿vale? Me tendrá que dar el aire. Mañana veremos.

Al día siguiente, un tórrido sábado estival en el pueblo, intenté entrar en la discoteca. Iba con dos amigos de mi edad y dos de mis tíos, de más de cuarenta años. En la cola de la taquilla nos comentan que han negado la entrada a dos chavales un año menores que nosotros. Compré la entrada en la taquilla y me acerqué hacia la puerta. Estaba Fede de portero. Fede es amigo de mis tíos. Quiero tener fe en Fede, es buen tipo.

Llegué a la puerta de la disco con la frente perlada de sudor y le di a Fede mi entrada con consumición, a un entrañable y módico precio de 500 pesetas. Mi mano tiembla mientras extiendo el papelito amarillo. El portero, que es amigo de la familia pero no es gilipollas, sabe que soy menor, sabe que me faltan tres años para la edad mínima y me mira con el ceño fruncido. Afortunadamente, la presencia de mis tíos juega su rol previsto y consigo entrar, pero con una condición. Conforme me rompe la entrada y me da paso, se acerca con un sutil movimiento de cadera a mi oreja y me susurra:

– Más te vale portarte bien, ¿eh, chaval?

– No te preocupes -acierto a decir con la voz entrecortada y temblorosa.

Luchando por mantener en pie mi cuerpo extasiado de gloria, crucé con paso torpe el invisible arco que separa el fracaso del éxito. El ostracismo de la fiebre hormonal. La adolescencia de la edad adulta. La intangible y a la vez inapelable barrera que hay entre tomarse una copa en el botellón del parking con la música de fondo, y tomársela al lado de los altavoces y rodeado de mujeres dispuestas a pasarlo bien. A pasarlo bien con otros, pero a pasarlo bien. Las puertas del paraíso se abrieron y de repente me vi allí, respirando aliviado en pleno fervor adolescente, por primera vez en la discoteca del pueblo.

Una vez metes la cabeza, y si no llamas la atención, no tiene por qué pasar nada. Y lo mejor de todo, no tardé en verlo de frente. Cuando todavía no me había dado una vuelta completa por la disco, el tesoro de la isla apareció sentado elegantemente en una de las sillas de la terraza. Allí estaba ella. Esmeralda había venido. Hoy es la noche, los astros se han confabulado a mi favor. The time is now.

Tras un par de copas y varios bailecitos, me decido. La tengo delante, hablando con unas amigas, y de repente suena “la canción”. El temazo, enormemente popular en Valencia, no es otro que éste:

La gente grita enfervorizada, el ambiente se vuelve más caótico, doy el último trago al cubata y lanzo mis ojos hacia Esmeralda. Cuando me acerco y me mira, le sonrío y le tiendo la mano para sacarla a bailar. Sonríe y acepta. Estoy tan nervioso que ni siquiera puedo tener una erección, pero no puedo permitirme estos nervios. No ahora. Estoy en la plaza, estoy ante el toro, y la grada está llena. Tengo que recibirla a porta Gayola.

Los momentos de baile son la bomba. Bailamos toda la canción mirándonos a los ojos, cantándonos el uno al otro. Esmeralda sabía cómo pasárselo bien a cualquier hora y en cualquier situación. Durante algunos momentos, incluso llegamos a frotarnos un poco. O eso me hizo creer mi cerebro. En cualquier caso fue la hostia.

Sabía que no tenía nada que hacer con ella, pero me daba igual, estaba viviendo la mejor experiencia de mi vida, y lo mejor estaba aún por llegar. Cuando terminó la canción, la gente gritó aún más que al principio, nos abrazamos y me regaló un cariñoso “Gracias” a la oreja que me calentó más aún, si era posible.

– Me gustaría hablar contigo -le solté con dos cojones.

– ¿De qué?

– Será un minuto, y yo seré bueno. Es sólo hablar. Es importante para mí.

– Mmmm… a ver lo que me vas a decir, ¿eh? – Esmeralda se olía la tostada.

No obstante, Esmeralda no se amilana porque sabe que es ella quien tiene siempre la sartén por el mango. Ella es quien siempre decide, y no dejará que la situación vaya por donde no desea. Así pues, sólo unos instantes después, me veo saliendo de la discoteca acompañado de la mujer de mis sueños. Mientras vamos hacia la salida para que nos pongan el cuño en la muñeca y poder volver a entrar, Fede ve como voy acercándome a su posición y me sonríe, a la vez que me parece leer en sus labios un socarrón “qué hijo de puta”.

Cuando estamos fuera, nos sentamos en un banco alejado de la puerta y Esmeralda tira la pelota a mi tejado, segura de sí misma, como siempre.

– A ver pequeño, ¿qué es eso que tienes que contarme?

Si te lo estás oliendo, pillina. Yo diría que incluso llevas toda la vida sabiéndolo. Nunca te he quitado ojo, y de eso las mujeres se dan cuenta.

No obstante, su seguridad me contagia y decido coger el toro por los cuernos. Respiro profundo y rezo por que mi poca saliva y los nervios me dejen hablar.

– Mira, Esmeralda, tengo que decirte algo, pero necesito saber que vas a intentar entenderme.

Esmeralda sabe que lo que va a venir ahora no le va a gustar demasiado, así que inspira profundamente, cierra los ojos un segundo, expira el aire y me dice que continúe.

– Ante todo, quiero que sepas que no voy a intentar nada contigo- intento mantener la situación controlada-. Eres casi como de la familia y me sacas más de diez años. Sé que sería estúpido, incómodo… y no te quiero hacer cargar con eso.

Respira tranquila y me lo agradece.

– Pero eso no quita que las cosas son como son -proseguí valiente cual Don Quijote- y yo estoy loco por tí. Pero no desde ahora, Esmeralda, desde siempre. Lo siento mucho, pero son ya muchos años callando y quería que lo supieras sin comprometerte a nada. Sólo necesitaba que lo supieras. Sabes que siempre te he observado mientras tú estabas con los mayores y yo con los pequeños.

– Ya me lo imaginaba. No te preocupes, es un halago. Está bien que me lo digas si eres consciente de la realidad.

– Gracias Esmeralda, te agradezco que te lo tomes así porque yo no podía aguantar más. Necesitaba decírtelo todo. Decirte que he soñado durante años contigo, que he tenido miles de fantasías pensando en tí y precisamente por lo mucho que te quiero, no quiero causarte ningún daño. Por lo que pasó anoche también quería decirte que ese tipo con el que salías no era suficiente para tí. De hecho, no creo que haya ningún hombre que sea suficiente para tí.

Esmeralda empieza a cambiar el gesto y parece ponerse un poco triste. Mira hacia abajo.

– No, no te pongas triste, por favor -le digo pensando que acabo de joder por completo el momento- no quiero hacerte recordar nada, al contrario. Quiero que mires hacia delante porque tú te mereces ser feliz. Yo sólo soy un crío, no puedo aspirar a alguien como tú, lo mío es un amor platónico. Lo que quiero decirte es que algún día encontrarás a un tío que te querrá como te quiero yo y además te podrá dar todo lo que tú quieres y mereces. Y ese día yo seré feliz por tí. No te pido nada, sólo necesito decirte cuanto me importas.

En ese momento, ni yo mismo me creo que haya sido capaz de decir eso. No esperaba decírselo así, de hecho no sabía cómo decírselo, sólo sabía que tenía que hacerlo, y lo hice del tirón. No estaba planeado pero fue más o menos así. Y fue totalmente sincero.

Para mi sorpresa, Esmeralda parece haber estado atenta a todo lo que he dicho, y haber entendido mis sentimientos. Conmovida, me abraza y me da las gracias de nuevo por como me porto con ella. Durante ese abrazo me siento triunfal, me siento aliviado, me siento fuerte. Me doy cuenta por primera vez en mi vida de que el amor es un sentimiento libre y como tal puede ser expresado.

Cuando el abrazo se acaba, simplemente la química surge a mitad de camino de nuestros ojos y la chispa salta. Me mira fijamente durante un par de segundos y lo hace. En aquel banquito sombrío y a las tantas de la madrugada, Esmeralda, la musa de mis fantasías infantiles me regala un largo y dulce beso. Los escalofríos campaban a sus anchas por mi cuerpo, por todas partes, tenía todo el vello de mi cuerpo de punta. Lo que no es el vello también se puso de punta. Después de unos momentos que no podría cuantificar en segundos, nuestros labios se separan y volvemos a abrazarnos.

– Tómatelo como un beso platónico. Me has demostrado que sabes lo que haces y espero que sepas asimilar lo que ha pasado. Sólo un beso. Un beso bonito, pero nada más. Necesito que nadie sepa nada de esto – me dice Esmeralda poniendo toda su confianza en mí-, ni tus amigos, ni tus tíos ni nadie. Te lo ruego, por favor.

– Nadie se enterará, te lo prometo. Contaré la historia pero cambiaré todas las circunstancias, incluído tu nombre. Serás otra chica en otro sitio. Me gustaría llamarte Esmeralda, por tus ojos. Me encantan tus ojos.

Se ríe y dice que le eche imaginación, que por las fantasías que he tenido, de eso voy sobrado. Pero me repite, es importante que nadie nos relacione. Ahora sólo hemos estado hablando. Le digo que no tiene de qué preocuparse. Sólo ha sido una convesación, una de tantas que se tienen a diario.

A partir de aquello, efectivamente, nadie nos relacionó. Nunca hubo ni un tímido rumor. Pocos meses después, falleció mi abuela, se cerró el nexo de unión vacacional que era el bar y el grupo de amigos se separó. Cada uno se fue a su pueblo y sólo se veían de vez en cuando. Desde entonces, apenas he visto a Esmeralda. A algunos de mis tíos también he dejado de verlos a menudo. Sin embargo, los chismes que afectan a la vida de Esmeralda no dejaban de aparecer. Aún cuando los amigos ya no estaban juntos y cada uno vivía en un pueblo diferente, seguían llegando rumores, lo mismo de siempre. Drogas, fiesta, sexo y malas compañías.

Muy pocas personas se han preocupado en conocer a Esmeralda de verdad, en hablar con ella, en preguntarle qué cosas le gustan de la vida, en quererla sin pedirle nada a cambio.

En un mundo en el que todos predican libertad, muy pocos supieron respetar la libertad de Esmeralda.

Un día escuché esta preciosa canción, y no pude dejar de pensar en esa mujer, en ese icono de mi infancia. Como en la vida real, como tantas mujeres en este mundo, la Esmeralda de esta canción tiene una cara A, la parte que oyes de boca de los demás, y una cara B, la que descubres por tí mismo.

Aunque no os guste mucho el estilo de música os recomiendo que le prestéis atención a la letra, sobre todo a la segunda mitad de la canción, unas preciosas estrofas llenas de sensualidad donde habla de la mujer real, la que conoces de primera mano, y no la que te cuentan.

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La desconfianza para vencer al miedo

A simple vista puede parecer que desconfianza y miedo son palabras parecidas, relacionadas en significado y utilización. Es más, hasta se podrían llegar a considerar sinónimos.

Se puede utilizar correctamente el argumento de que la desconfianza y el miedo van juntos en numerosas ocasiones. Por ejemplo, si ves a alguien de noche por la calle con muy malas pintas y te dice que te acerques, seguramente no acudirás porque no te inspira confianza, y esa desconfianza se traduce en miedo. No obstante, muchas veces la desonfianza te puede ayudar a vencer el miedo que se le presupone al que desconfía de algo.

Para que esto no se acabe convirtiendo en un trabalenguas sin sentido, cabe señalar una de las diferencias básicas entre tener miedo y desconfiar de algo: el miedo suele provocar sumisión mientras que la desconfianza lo que provoca es discrepancia e insumisión.

Miedo y desconfianza a través del tiempo

Es precisamente esa diferencia entre miedo y desconfianza la que ha llevado al conflicto al ser humano en todas las civilizaciones. Todas ellas, desde Mesopotamia hasta Roma pasando por Egipto, han utilizado el miedo para mantener al pueblo llano bajo su yugo. La confianza en el sistema establecido y  el amor a la patria han sido siempre máximas para que la gente pudiera morir por su estado, no sólo por miedo a ser un insumiso, sino también por confianza en morir por algo justo. Porque creen que están muriendo por el triunfo de la libertad y la justicia. De este modo, cualquier estado usa a su población para mantenerse vivo y fortalecerse con el tiempo.

Es una operación  sin aparentes fisuras, que se empezó a dar hace diez mil años, cuando los pueblos eran nómadas y, por primera vez, le dieron poder a un funcionario para gestionar los excedentes de ganado. Con el tiempo,  los estados han ido adquiriendo una inmunidad asombrosa, siendo prácticamente inmunes ante la ley cuando el ciudadano de a pie cada vez tiene menos libertades individuales (sobre todo antiguamente, pero tambien en la actualidad).

El Estado Ideal, la utopía de todo Gobierno

Desde que, como he dicho antes, hace diez mil años apareciera la figura de la autoridad, todos los estados han nacido con el fin de perpetuarse consiguiendo un “estado ideal”. Lejos del estado ideal sobre el que escribió Platón, en el que premiaran cosas como la razón, la justicia y el conocimiento, los estados han tratado a lo largo de la historia de prevalecer por encima de su propia población, la que realmente le da sentido a un estado y a toda forma de gobierno.

Como las matemáticas son el auténtico lenguaje del universo, me he tomado la licencia de teorizar una ecuación muy de andar por casa, para explicar la forma en la que los estados intentan mantenerse en el poder para siempre consiguiendo la forma del “estado ideal”. Se podría visualizar en una operación parecida a esta:

Estado ideal= y + z + x *(x₁ – x₂)

El estado Y (puedes poner el estado que quieras, actual o antiguo) tiene bajo su soberanía a X personas, divididas entre sumisas  (x₁) e insumisas (x₂) y debe cuidar de ellas, es SU responsabilidad.

Para ello, el estado Y implanta el sistema Z (pon aquí dictadura, comunismo o incluso democracia, aunque de esta última hablaremos luego) y con el argumento de que el sistema Z es el mejor (o el menos malo) trata de fortalecerlo con todos los medios a su alcance. Estos medios incluyen desde la propaganda para reclutar a las personas que son indiferentes o afines al sistema Z, hasta la represión para quien está en contra de dicho sistema.

El futuro del estado Y y la posibilidad del “estado ideal” dependerá del resultado de multiplicar a X (número total de personas) por  el resultado de la resta de sumisos menos insumisos, y de cómo éstos grupos defiendan su posición ante el sistema Z implantado por el estado Y.

Si el número de sumisos (x₁) es muy superior al de insumisos (x₂), X será una variante con un valor alto. Esto signfica que el estado Y tendrá un gran respaldo social, lo cual le hará consolidarse con el sistema Z.

Por contra, si en algún momento concreto de la Historia, de esta operación resulta una variante X de número no muy alto ó negativo, se producirá una revolución y es posible que el estado Y no tenga mucho futuro con el sistema Z.

A lo largo de la historia muchos sistemas se han mantenido durante muchísimo tiempo, dando lugar incluso a grandes imperios, gracias al efectivo trabajo del estado para convencer a los afines e indiferentes, y para reprimir a los insumisos.

Pero, a excepción del sistema democrático y de los pocos pero crueles dictadores que aún existen en el mundo, todos los sitemas han acabado sucumbiendo ante revoluciones populares o guerras contra otros estados.

El “estado ideal” se ha logrado durante un tiempo, pero al final todo sistema injusto es susceptible de ser derrocado por sus propios habitantes o por otros estados. Cayeron el imperio romano, el absolutismo francés, la alemania nazi, el colonialismo británico en la India o el comunismo soviético.

Democracia, corrupción y mecanismos de sumisión

La democracia sería caso a parte, ya que en su esencia está implantada por una soberanía que reside en el pueblo. En realidad, si la democracia estuviera realmente implantada en base a sus principios teóricos, estaría fuera de la ecuación propuesta, ya que no sería un estado quien implantara un sistema, sino toda la población con sus votos.

El problema es que la democracia hoy en día se ve corrupta por muchísimos de los señores elegidos libremente por el pueblo para representarnos. Léete un par de periódicos y verás que, por todas partes, hay injusticia y corrupción. Date una vuelta por Internet y encontrarás noticias constantes de abusos ante los que la “libertaria” democracia no hace nada. Y no hace nada porque nosotros no se lo decimos.

En realidad, y por mucho que nos duela, estamos corruptos por dentro, tanto como los políticos que elegimos libremente y que luego se ven obligados a ceder ante la fuerza de entes empresariales y económicos. Desde este punto de vista se hace buena la tan escuchada frase de Winston Churchill “Tenemos a los gobernantes que merecemos” porque somos nosotros quienes elegimos a quien tolera tan absoluta injusticia. Ya no existe Hitler, ni Franco ni Mussolini, pero se siguen cometiendo infinidad de crímenes a diario.

Y, ¿por qué permitimos esto? ¿por qué seguimos votando a los mismos partidos? ¿Somos conscientes de la suerte de vivir en democracia y  del poder que le otorgamos a los políticos?

Como he explicado antes, todos los estados han tratado de convencer a sus ciudadanos para que éstos defiendan el sistema implantado, y ante los que no acababan convencidos o sumisos, ha usado la represión.  En la democracia no ocurre lo contrario.  Si tú te consideras buena persona, quieres el bien y eres consciente de las injusticias que propician tanta guerra y tanta hambre, uno de esos dos mecanismos te está anulando para denunciarlo:

-El primer mecanismo es convencer, generar confianza y sumisión voluntaria. Esto lo otorga la calidad de vida de los países desarrollados. Son los medios de comunicación (en su mayoría, por no decir en su totalidad, sectarizados y politizados), los causantes de que se hable a diario de Cristiano Ronaldo y no se sepa quién es ni qué ha hecho gente tan buena como Vicente Ferrer. Es el himno nacional y su correspondiente bandera. El primer mecanismo es idiotizarte para que “adores al líder”, o por lo menos, para que tú y tu tímida discrepancia os mantengáis lejos e inofensivos. Es la música pop comercial, la mayoría de grandes producciones de Hollywood  o la prensa rosa.

-El segundo mecanismo, es el de refuerzo por si falla el primero. Si no te dejas comer el coco y sigues discrepando, el segundo mecanismo es la prohibición, la represión y la fuerza bruta (eso sí, siempre porque el estado piensa en tí y en tu bien). Este segundo mecanismo está tan utilizado como el primero, porque para perjuicio de nuestros gobernantes, tenemos derechos y los podemos defender, aunque no solamos hacerlo casi nunca, principalmente porque no los conocemos ni sabemos el modo de actuar. Al no conocer ni nuestros derechos ni como defenderlos, vamos tragando poquito a poco con las pequeñas restricciones que nuestro estado nos pone. Primero es una ligera restricción de cualquier acto que hasta entonces era normal, luego es pagar por aparcar en la calle, luego hay un ataque terrorista y, de repente, pueden cachearte, pincharte el teléfono, bloquear tus cuentas bancarias e incluso meterte en la cárcel sin tener un cargo concreto contra tí, convirtiendo el mundo entero en una gran prisión.  Sin comerlo ni beberlo, y con la ley en la mano, el estado puede reprimirte aunque no estés haciendo daño a nadie con tu actos.

Las leyes “invisibles”

La democracia se basa en un ordenamiento jurídico, en leyes. Dichas leyes son de obligado cumplimiento, pues se consideran consensuadas y aceptadas por el conjunto de la población. Pero cuando se silencia la aprobación de ciertas leyes que restringen libertades, has de estar muy ávido para enterarte y poder denunciarlo. Estamos demasiado ocupados preocupados por el terrorismo, la gripe A ó simplemente con sobrevivir ante la actual crisis, y con este tipo de situaciones a modo de cortina de humo, se propician leyes para reprimir un poco más a la población.

No somos conscientes de la gran cantidad de leyes que nos han querido “colar” y que chocaban más o menos contra la Constitución Española. Nunca ha habido un sistema por el que las leyes sean revisadas de oficio, se da por hecho que al ser aprobadas por las Cortes Generales y publiadas en un Boletín que nadie se preocupa de leer (y mucho menos de interpretar) son válidas. Esto quiere decir que se pueden hacer (y se han aprobado muchas veces) leyes que chocan contra reglamentos de mayor jerarquía que garantizan libertades individuales, pero no han sido rectificadas hasta que, tiempo después, la presión social lo ha provocado.

Este es un gran hándicap de la democracia, porque a la población se le oculta y se le miente sobre la creación de muchas normas que jamás deberían existir. La democracia genera gran cantidad de libertad para las personas, pero a la vez propicia un estado corrupto en el que puedes ser desposeído de ciertos derechos por normas aprobadas por el partido al que votas, lo que es una gran paradoja. Como dicen en el peliculón V de Vendetta: “Los gobernantes deberían temer al pueblo, y no al revés”.

A pesar de estos mecanismos para la sumisión (lo que provoca miedo de muchos tipos) mucha gente sigue sintiéndose segura profesando una religión, apoyando a un partido político o perteneciendo a un grupo concreto. Esa falsa sensación de seguridad nos tranquiliza porque el ser humano necesita creer en algo, sentirse parte de algo que le valora, le respeta y le protege. Nos hace sentirnos seguros, pero eso nos convierte en dependientes, en sumisos ante el grupo al que pertenecemos.

La represión tiene un “precio” demasiado alto

Lo que nuestros gobernantes no son capaces de entender (porque realmente no son demasiado inteligentes) es que económicamente, el estado no puede hacer frente al gasto que supone reprimir y abusar tanto del ciudadano, porque esto genera un coste administrativo muy superior al beneficio que se obtiene por perseguir conductas ilegales pero muy arraigadas como: pequeñas evasiones de impuestos, la posesión de pequeñas cantidades de droga para consumo propio o ciertas actividades económicas en dinero B. Se intenta criminalizar a los pequeños delincuentes y premiar a los peces gordos con cargos públicos o grandes empresas, los cuales cometen delitos mucho peores y cuyas sanciones deberían ser astronómicas, aumentando de esta manera las arcas del estado.

Ese gasto tan alto que produce perseguir a los pobres diablos más que a los peces gordos, al final, no va a repercutir sino en el de siempre, en el ciudadano de a pie que pagará más impuestos y se verá más oprimido, con menos libertades individuales y sociales.

De este modo, aunque en cada época de una forma distinta, la represión de los estados ha culminado casi siempre en la destrucción del propio estado o del sistema que ha implantado, gracias a que sus habitantes han pasado de ser sumisos a insumisos. El ser humano soporta y ha soportado muchos abusos, pero tiene un límite, y los estados siempre han traspasado esa delgada línea, y siempre lo han acabado pagando.

¿Qué tiene  que ver en todo esto la desconfianza y el miedo?

He elegido este símil entre desconfianza y miedo porque creo que ejemplifica bien la diferencia entre dejarse o no dejarse manipular, y los motivos por los que los seres humamos permitimos ciertas cosas al vivir en sociedad. A su vez, también he intentado mostrar que las injusticias tienen un límite, un límite que históricamente los estados siempre han sobrepasado, haciendo saltar la chispa definitiva que provocara una revolución.

Pienso que la verdadera libertad, la verdadera sabiduría y la verdadera justicia sólo se obtrendrán cuando exista la desconfianza constante, cuando dejemos de tener el miedo que nos convierte en sumisos cabizbajos ante el estado o ante cualquier organismo que nos pretenda aglutinar, tenga el nombre que tenga. Cuando nos preguntemos acerca de todas las cosas, cuando pongamos en duda hasta las afirmaciones más obvias ante la razón, con el único motivo de seguir mejorando y no tener que  estar hipotecados a nuestros propios ideales. Todo es cuestionable, y lo que hoy nos parece lo más justo y mejor, mañana puede ser una losa que impida nuestro desarrollo mental y como ser humano.

Podemos mejorar lo que nos rodea porque somos parte de lo que nos rodea, y tener una ideología o un pensamiento concreto en un momento de tu vida no significa que no puedas desconfiar de tus propias convicciones para intentar mejorarlas.

De ese modo lograremos encontrar el auténtico camino de nuestra vida, o al menos preguntarnos cuál es ese camino, en lugar de que alguien nos lo imponga diciéndonos que es lo mejor para nosotros.