Archivo de la etiqueta: estudios

Dar cera, pulir cera

Daniel Larusso estaba harto de ser un tirillas al que todos tomaran por tonto. Se sentía frustrado por no poder pertenecer a una élite social donde ser respetado y admirado. Estaba cansado de ser un Don nadie, sin tener popularidad entre la gente, y mucho menos entre las chicas. Se sentía harto de tener que tragar una y otra vez ante las intimidaciones de los machos alfa de la sociedad: los guapos, los ricos, los populares, los malotes. Para colmo, la chica que le gustaba se encontraba dentro de ese círculo, y se la estaba tirando uno de esos capullos que tienen un Mustang del 78 y el pelo engominado.

Como consecuencia de toda esta frustración e infelicidad, Daniel quería hacerse respetar. Quería ser importante. Quería poder contrarrestar la influencia de esos tipos. Quería triunfar en la vida. Quería dejar de ser un perdedor. Quería dar hostias como panes.

En este ansia por ganarse el respeto de la gente a golpe de estilete, Daniel dio con el señor Miyagi, un entrañable abuelito que vivía al lado de su casa, sin meterse con nadie y cuidando de sus plantas. Aquel hombre era un experto en artes marciales, y nuestro protagonista pensaba que le ayudaría a repartir collejas a dos manos, consiguiendo con esto el éxito social que tanto deseaba.

Tanto insistió Daniel en aprender todo lo que sabía Miyagi que el sabio abuelito acabó accediendo a enseñarle los secretos de las artes marciales para poder defenderse de los abusones. El chico había conseguido su objetivo, y al fin podría partirle la cara a los matones del instituto, consiguiendo con ello saborear las mieles del éxito adolescente y realizarse como persona.

Pero no todo era como Daniel pensaba. El jodido abuelito le hacía limpiar en su casa, lavarle el coche y hasta atrapar moscas con palillos. ¿Pero qué coño era eso? ¿Cuándo iban a practicar las patadas mortales y los giros de muñeca? ¿Estaba aquel tipo siendo otro más de los que se reían de él?

Un día, después de lavarle el coche a su maestro, éste le dijo que se lo encerara. Daniel estaba en un estado intermedio entre el mosqueo y la incredulidad. El entrañable abuelito le dio un cubo y le dijo que el secreto era ir despacio, haciendo bien las cosas. Tranquilo. En armonía. Primero, dar cera. Después, pulir cera.

A Daniel Larusso, ya bautizado como Daniel San, le costó asumir la rutina que el señor Miyagi le impuso, pero acabó dándose cuenta de que, para llegar hasta un sitio, es preciso conocer el camino y saber cómo recorrerlo antes que empezar a andar con mucha ilusión pero sin un rumbo fijo. Se dio cuenta de que lo mejor era empezar a construir siempre a partir de los cimientos.

Después de semanas de atrapar moscas con palillos, limpiar, entrenar, dar cera y pulir cera; Daniel San aprendió la fuerza y la importancia de la metodología como medio para conseguir objetivos. El poder del esfuerzo, de la paciencia y de la constancia para conseguir cualquier cosa que desees lograr en la vida.

Al final, gracias al casposo glamour Hollywoodiense, le hace la patada de la grulla al malo de la película, todos le vitorean y se lleva a la chica. Fin. Lo típico de las películas.

Pero antes de llegar a eso, Daniel San y el señor Miyagi nos enseñaron algunas de las cosas más importantes de la vida.

Cuando yo tenía 16 años, cursé por primera vez la asignatura de Ética, después de toda una infancia dando Religión. Aquello fue como abrir una puerta en Matrix que me llevara de una habitación oscura en el Bronx neoyorkino hacia una enorme llanura verde y soleada, repleta de árboles donde los pajarillos cantaban armónicamente y las flores desprendían un perfume dulce como la miel de naranjo. Una expansión mental sin precedentes en mi corta existencia.

Al año siguiente, elegí estudiar Bachillerato de Humanidades, entre otras cosas, para poder estudiar Filosofía, doctrina de la que me había enamorado el curso anterior. Estudiar Ética me había proporcionado algunas nociones acerca de los grandes pensadores de la humanidad y estaba ávido de conocimientos. Estaba deseoso de ponerme una túnica de lino, sentarme en una roca en medio de la nada y atusarme la barba mientras recitaba lapidariamente frases como “Sólo sé que no sé nada”, “El hombre es un lobo para el hombre” o “Pienso, luego existo”.

Realmente, yo no tenía ni pajolera idea del auténtico y complejo significado de estas frases, pero me sonaban sabias. Pensaba que, al decirlas, yo me convertiría en alguien sabio y todos me respetarían. Quería ser un filósofo. Quería ser inteligente. Y quería serlo ya. Igual que Daniel San esperaba poder dar de hostias a los matones de su instituto de la noche a la mañana.

Mi sorpresa fue cuando empezamos a cursar la materia y no había ni rastro de Platón. Ni de Sócrates, ni de Kant, ni de Locke. Nada de aquellos hombres que el año anterior descubrí en la asignatura de Ética. Ninguno de todos esos genios que tanto han aportado a la doctrina filosófica se estudiaban en aquella asignatura. En su lugar, estudiábamos algo llamado Lógica. Largas e insufribles clases repletas de ejercicios con proposiciones del tipo “A es menos que B y C es más que B; luego C es más que A”.

Cuando por fin se empezó a hablar de algún filósofo, estudiábamos su biografía y las circunstancias de la época en la que vivió. Nada de su obra. Nada de frases lapidarias. Nada de atusarse la barba. En los primeros 6 meses de clase no se le vio el pelo a Aristóteles, y aquello para mi era realmente aburrido. Más que aburrido, yo diría decepcionante. Tanto, que empecé a cogerle manía a la filosofía. Creía que aprender filosofía me haría interesante y lo que hacía era aburrirme. Me sentí estafado. Igual que Daniel San lo estuvo con el señor Miyagi cuando le hacía encerarle el coche.

Tiempo después, abandoné el instituto y me puse a trabajar. Trabajar es muy diferente de estudiar. Trabajar es una putada, y fue difícil empezar a hacerlo. Aquello era jodido, pero me hizo madurar y aprender muchas cosas, cosas que no se olvidan y que te acompañan el resto de tu vida. Cosas como el valor del sacrificio, la importancia de la constancia, lo bonito de la paciencia. Cosas que Daniel San aprendió gracias al señor Miyagi.

A partir de entonces, y después de unos años, decidí retomar los estudios. Gracias a Internet, también retomé mi interés por la filosofía, pero no de un modo pretencioso sino más bien humilde. Dejándome seducir por su esencia. Abierto a descubrir. Aprendiendo que casi todo en la vida tiene que ver con ella. Aceptándola como un medio y no como un fin.

Aunque mi especialidad académica acabó siendo otra, gracias a Internet tuve la ocasión de poder leer textos filosóficos, biografías, artículos, blogs y foros que me devolvieron aquella fascinación inicial y pura que tuve en la adolescencia, antes de querer aprenderla para hacerme el interesante.

En aquella época también vi la película Karate Kid. Y la entendí.

Al final, y después de mucho tiempo, sufrimiento, alegrías y esfuerzo, he ido descubriendo poco a poco que el señor Miyagi tenía razón.

Vale la pena respirar hondo, relajarse, concentrarse y encerar el coche. Lo demás va viniendo solo.

Anuncios

Queridos maestros

Existen ciertas profesiones entorno a las cuales se han forjado las estructuras básicas de toda sociedad. Los poblados surgen alrededor de núcleos de personas capaces de intercambiarse trabajo y servicios, de forma que entre todos puedan satisfacer las necesidades básicas y comunes de la población. Dentro de este complejo engranaje social, hay por naturaleza profesiones y trabajos vitales para la supervivencia de esa sociedad.

Se necesitan ganaderos y agricultores que proporcionen los alimentos suficientes. Es básica la existencia de un médico que pueda estudiar y curar las enfermedades de las personas. También una figura de autoridad, en su forma de patriarca, jefe o lo que vendría a ser un juez; capaz de mantener el orden social aplicando las costumbres locales o las leyes.

Con la evolución social del ser humano, otras profesiones como banquero, autoridad religiosa o notario (y en el último siglo la implacable figura del político) se han erguido también como estándares de autoridad y profesiones básicas dentro de la burocracia de cualquier municipio o poblado. En España, además, han sido claves en la evolución de la sociedad los célebres oficios de fallera, camarero, flamenco o torero, pero eso ya es otro tema a tratar después de un par de cervezas.

En concreto, yo quiero hablar de una figura clave dentro del crecimiento de cualquier sociedad. Efectivamente, esa figura es la de la persona encargada de adquirir y difundir conocimientos para que las futuras generaciones estén educadas y formadas para poder seguir evolucionando. Es la preciosa profesión de maestro.

No seré yo quien diga que todos y cada uno de los maestros del mundo son personas impecables a los que habría que hacer un monumento por el increíble aporte que hace a la sociedad, pero sí es cierto que es uno de los sectores en los que se basa cualquier sociedad y con el paso de los tiempos está pasando a ser una profesión más, sin apenas apoyo y sin ningún tipo de autoridad, más que la de los alumnos educados que saben respetar.

Una de las profesiones que ha ido de más a menos a lo largo de la historia es la de maestro. Resulta impactante  pararse a reflexionar sobre cómo ha avanzado la ciencia y la tecnología en este último siglo, y el increíble deterioro de la calidad de la educación en la gran mayoría de los países desarrollados, pese a las altas tasas de alfabetización básica.

Sin embargo, y pese al poco respeto que se ha acabado por tener a la figura del profesor, no dejan de haber maestros. Sigue siendo una profesión casi totalmente vocacional, que no deja de enganchar a gente por lo entrañable que tiene la transmisión de conocimientos entre personas. Aún en los años de vacas flacas por los que pasa la enseñanza, seguiremos teniendo a nuestros queridos maestros dispuestos a transmitirnos su conocimento a cambio de atención y respeto.

Siempre me he llevado muy bien con los profesores que he tenido, y he tenido muchísimos. He vivido en nueve lugares diferentes y he ido a otros tantos colegios e institutos, y de todos ellos guardo con gran cariño el recuerdo de antiguos compañeros, pero sobre todo de algún profesor o profesora. Hoy en día, algunas de las personas que más aprecio son antiguos maestros, a los que guardo profundo respeto; primero por personas, luego por personas mayores y luego por profesores.

Mi relación con los profesores ha sido siempre muy especial porque mi familia viajaba constantemente de un sitio a otro, con lo que cada año o cada dos, yo estaba en un lugar nuevo. Y en un colegio nuevo. Si a eso unimos la imagen de un niño gordito, tímido, muy estudioso y fácilmente intimidable, obtenemos mis huesos como blanco perfecto de matones de recreo.

Debido a ello, en los colegios donde mi tímida personalidad acabó arrollada por la de los machos alfa del lugar, necesité la ayuda de algunos maestros. Con ellos y con los pocos alumnos en situaciones parecidas a la mía, era con quien yo me sentía bien. Ellos eran las personas amables, inteligentes y sensibles con las que me gustaba hablar, de las que era bonito aprender. Y como yo, sé que muchísimos niños se han apoyado y se apoyan en los maestros para poder aguantar el suplicio que, en algunos casos, puede suponer acudir todos los días al colegio.

Ha habido varios profesores y profesoras que me han ayudado mucho a lo largo de toda mi vida y cuyas enseñanzas todavía tengo presentes. Algunos me ayudaron con los matones, otros me ayudaron con los estudios y con otros he tenido gran amistad. Todos ellos significaron algo en aquel chaval tímido y asustadizo. Todos me ayudaron a crecer como persona, a vencer mis miedos y mis limitaciones.

Aún hoy en día conservo sus enseñanzas y su precioso recuerdo, porque me dieron lecciones que me ayudaron en su día y me siguen ayudando mientras escribo este texto. Como te habrá pasado a ti con algún maestro o maestra. Si alguien te regala una pieza de fruta, la disfrutas hasta que se acaba. Si alguien te da una lección, aprendes algo para toda la vida.

Como te pasará a ti mientras lees esto, a mi también me vienen recuerdos de muchos profesores. Algunos malos, pero la mayoría buenos. O buenísimos.

Recuerdo a don Juan, un entrañable abuelito sabio como muy pocas personas. Bajito, con gafas, regordete y con el pelo blanco; un hombre muy tranquilo que nunca levantó la voz en clase, ni falta que hacía. Sentir sus ojos clavados en los tuyos era suficiente para dejarte quieto como una estatua. Nunca olvidaré un día cuando este amable profesor nos dijo:

“No tengáis prisa por vivir. No queráis ser mayores. No hagáis las cosas antes de que el cuerpo os las pida. Tenéis que valorar vuestra infancia porque la echaréis de menos toda vuestra vida”

Descanse en paz, don Juan.

Y así podría seguir recordando muchos profesores que, en consonancia con la importancia de su trabajo, son más que meros intermediarios entre el libro y el alumno. Los maestros, en muchas ocasiones, se ven obligados a hacer de psicólogos, niñeras y hasta de guardianes, tareas que exceden de su preparación y de su competencia.

Por no hablar de la función de padre, esa que un maestro jamás debe desarrollar y que parece que muchos progenitores irresponsables les quieren transferir.

Al final, además de un trabajo, ser maestro puede ser una forma de vida. Una larga charla con mi gran amigo el guiri Antonio me desveló una frase simple pero cargada de significado. Me dijo que en la filosofía budista había un principio básico en lo que a transferencia del conocimiento se refiere. Con su voz grave y su cerrado acento británico, me dijo en un perfecto spanglish chapurreado:

“Yo te enseño. Tú me enseñas. Yo aprendo y tú aprendes. En la vida todos somos alumnos y todos somos maestros”