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Un momento de atención

Déjame que te hable de un momento.

Es un momento increíble y maravilloso, que siempre está a nuestro alcance pero que no siempre podemos ver. Se trata de un instante mágico, un momento en el que se pueden llegar a tener sensaciones que ni siquiera hemos imaginado. Un momento que puede transformar tu vida para siempre.

Captar toda la magia de este momento por primera vez y a propósito, tal vez no sea tarea fácil. Para poder inmiscuirte de pleno en él y disfrutar todo lo que puede ofrecerte, será necesario ejercitar una de nuestras capacidades más valiosas, y a veces menos utilizadas. Estoy hablando de la atención.

A nuestro alrededor hay continuos bombardeos de información. Luces, sonidos, olores, pensamientos, conversaciones y toda clase de percepciones que nos tienen en un estado constante de distracción. Una especie de alerta continua y confusa que si no sabemos llevar, puede ocasionarnos altas dosis de estrés.

Muchas veces, cuando apenas hemos empezado a hacer alguna cosa, es probable que en poco tiempo suceda algo que nos distraiga y nos haga atender otro asunto. Una llamada a la puerta o al teléfono, el ruido de un vecino, el ajetreo del tráfico o el vuelo de una mosca. A veces, cualquier cosa vale para distraernos y perder la atención, y con ella la posibilidad de sentir, aprender y disfrutar todo cuanto hay a nuestro alcance. Y lo que hay a nuestro alcance es  muchísimo.

A menudo nos parece que somos torpes o que cometemos demasiados errores, y buena parte de ellos suceden porque hay tantas distracciones a nuestro alrededor (y dentro de nosotros) que se produce un déficit de atención en muchas de nuestras acciones. A veces, también, nos aburrimos y buscamos una distracción o un entretenimiento, sin saber la cantidad de cosas fascinantes que están ocurriendo o que podríamos hacer en ese mismo instante y a las que no estamos prestando ninguna atención.

Ejercitar la atención puede parecer algo complicado, pero en realidad es algo bastante simple. Yo diría que incluso es una de las cosas más fáciles, y es que para prestar atención primero hay que dejar de prestarla. En otras palabras, hay que intentar dejar de pensar. Quedarse empanado. Pasar de todo. Eso que llaman “dejar la mente en blanco”.

Es importante comprender la importancia de parar un instante y dejar de recopilar información del exterior para poder rescatarla de nuestro interior. Para ver con otros ojos lo que acontece. Si tratas de dejar de pensar en cosas que han pasado o que pueden pasar, podrás fijarte en lo que ahora está pasando. “Si lloras porque no ves el sol, tus lágrimas no te dejarán ver las estrellas”.

Prestar atención puede convertirse en algo natural dentro de nuestra actitud, una vez hayamos aprendido a hacerlo y a sentirlo.

Piensa en el paisaje más bonito que hayas podido contemplar nunca. Ese lugar que viste un día y que te pareció lo más maravilloso del mundo. Todos hemos tenido alguno. También puedes pensar en esa noche estrellada, despejada y tranquila que nunca has podido olvidar. O si lo prefieres, puedes pensar en la experiencia de tu primer beso con la persona que amabas. Piensa en algún momento tan maravilloso que te haya marcado para siempre.

Ahora trata de recordar aquel momento e intenta averiguar qué pensabas justo en esos instantes, en los que sabías que estabas viviendo una experiencia única. Lo más probable es que no estuvieras pensando en nada concreto, y que no hubiera nada en tu cabeza que te distrajera de sentir la belleza de aquello. En aquel momento, estabas dejando de pensar en cosas irrelevantes y estabas empezando a sentir las cosas verdaderamente importantes de la vida. No estabas dedicando recursos de tu mente a las experiencias previas ni a las futuras. Te estabas dedicado casi por completo a la atención.

Lo complicado del asunto reside en comprender que cualquier momento que vivas puede llegar a ser tan maravilloso como aquel paisaje, aquella noche estrellada o aquel primer beso. Lo verdaderamente difícil de la cuestión es meterse de lleno en lo que puedes sentir sin dejar que las sensaciones se colapsen entre sí. Sin dejar que la información que te viene de todas partes te haga volver a confundirte. Sin dejar que las lágrimas te impidan ver las estrellas.

Cuando somos pequeños, la mayoría de cosas nos asombran y nos maravillan. Todo es gigantesco, fascinante, novedoso e increíble. Con el paso del tiempo, nos acostumbramos tanto a lo que nos rodea que todo acaba pareciendo parte de un decorado de televisión, que está puesto ahí pero con el que no interactuamos y del que, por supuesto, no nos sentimos parte.

En el transcurso de nuestra constante distracción, la monotonía convierte en vulgar lo que una vez nos pareció maravilloso, y que sigue siéndolo aunque ya no nos lo parezca. Comprender que sigue siendo maravilloso dependerá de la atención que le prestemos. Como ya he dicho, prestar atención algunas veces puede ser complicado. No obstante, con un poco de interés se puede convertir en algo muy fácil.

Por ejemplo, observa como las hojas de un árbol se mecen con una suave brisa. Trata de captar su relieve mientras se mueven en una danza caótica pero perfectamente sincronizada. Mira como el aire marca el compás y modela a su antojo las formas que las hojas van dibujando. Observa la profundidad de su forma, su lugar en el espacio y los contrastes de la luz cuando las hojas se mueven a un lado y a otro. Reduce las revoluciones de tu mente y baja hasta la velocidad de esa brisa que está bailando con el árbol y sus hojas. Fíjate en todos los detalles.

Ahora aleja un poco el zoom de tu mirada e intenta observar más allá de las hojas y del árbol. Intenta captar todo lo que hay a tu alrededor con la misma claridad y profundidad con la que has podido ver las hojas bailar con el viento. Intenta captar la armonía del paisaje. Es una sensación casi hipnótica.

Entonces, la vida se ve mucho mejor que en una pantalla Full HD 1080 y te proporciona más emoción que el más avanzado de los videojuegos en 3D a los que puedas jugar. De repente, en un momento en el que a ojos de los demás puede parecer que no estás haciendo nada, puedes estar prestando atención a un montón de cosas que están sucediendo a tu alrededor, y que son auténticas maravillas. Casi milagros.

Justo en ese instante, estás prestando la atención necesaria para vivir el momento del que quería hablarte. Ese instante de atención en el que puedes captar sensaciones que jamás antes habías experimentado. El momento en el que, sin estar pensando en nada concreto, los pensamientos se aclaran. La conciencia sobre tu propia existencia se amplía. El fugaz pero eterno pedazo de tiempo que puede cambiar para siempre tu forma de ver la vida. Tu forma de vivir.

Cierra los ojos y siente, lentamente, tu propia respiración. Nota los latidos de tu corazón. Estás aquí. Siéntete aquí. Se han tenido que dar millones de circunstancias para que tú puedas estar aquí y experimentar esto. Intenta captar la belleza de este momento.

Te estoy hablando de prestar atención al mejor momento de tu vida. Al que nunca se repetirá y al más maravilloso que puedes llegar a vivir. Al único que tienes.

Te hablo del momento presente.

Cualquier situación puede ser buena, cualquier lugar puede ser el adecuado y cualquier compañía puede ser la idónea; pero sólo tú podrás hacerlo. Sólo de ti depende.

Cuando aprendas a prestar atención en el momento presente, te sorprenderá todo lo que puedes sentir, todo lo que puedes hacer… y lo bien que lo haces.

No pienses en ello. Sólo siéntelo.

http://www.youtube.com/watch?v=DtQ-cc0yqxQ

Mucha vida en poco tiempo

Seguro que alguna vez en tu vida (tal vez cientos de veces) te has sentido mal porque estabas haciendo algo que te gustaba y has tenido que dejarlo para hacer otra cosa. Seguro que en algún momento te has sentido mal porque te ha faltado tiempo para hacer todo lo que debías o querías hacer. A todos nos ha faltado tiempo alguna vez para seguir haciendo cosas con las que estábamos disfrutando.

No es nada anormal, más bien al contrario. Aparte de ser algo habitual en los tiempos que corren, se trata de un axioma básico inherente a la condición humana.

Nuestra vida tiene un límite en el tiempo, y todas las cosas que podemos hacer o conocer tienen otro límite, desconocido y exponencialmente superior al de nuestro cuerpo caduco. Conforme pasan los años, más gente nace, más se crea y más se descubre… más se separan estos dos límites.

Ha sido siempre así y, hasta que la ciencia diga lo contrario, así seguirá siendo. La vida es corta en comparación con todo lo que se podría llegar a hacer en el mundo. En relación a todo lo que hay por experimentar. En relación a todo lo que nos ofrece la propia vida. Ars longa, vita brevis.

La primera vez que te das cuenta de que no vas a disponer del tiempo suficiente como para hacer todo lo que te gustaría, resulta una sensación muy frustrante. Por no hablar de aceptar que seguramente tampoco dispondrás de los recursos necesarios para hacer todas esas cosas que desearías.

Si consigues asimilar esto, cosa que de por sí sola ya puede requerir mucho tiempo y esfuerzo, tu cerebro se pone a trabajar incansablemente en la horrible pero necesaria tarea de discriminar. En el maravilloso arte de elegir.

Cual Lazarillo de Tormes auspiciado por la necesidad, tu cabeza puede rebelarse y exprimir al máximo las posibilidades para darle a tu yo consciente lo que necesita. Una salida válida para una situación estructural que es decepcionante, pero a la que hay que buscarle el lado bueno. Ponerse las pilas para no caer en el abismo.

En ese momento, tu cerebro busca una respuesta. Una limosna, un mendrugo de pan duro para seguir agarrado a la vida. Un sutil engaño que, en condiciones normales, no habríamos sabido o querido realizar. Falsificar una llave con un trozo de barro para robar un pedazo de queso del baúl del viejo ciego y cascarrabias. Una picaresca española que mantenga a nuestra arteria aorta aportando sangre. Un sentido a nuestra vida.

En otras palabras, cuando tomas consciencia del poco tiempo que vivirás (en relación con todo lo que hay por hacer en el mundo) tu cerebro busca la manera de conformarse con el tiempo que presumiblemente vas a tener. Acepta las condiciones actuales y, sin pararse a llorar, busca alternativas. Puesto que, en principio, no hay manera de alargar mucho ese tiempo de vida, hay que equilibrar la ecuación dándole nuevos valores a algunas de las variables.

De esta manera, y como el tiempo de vida que tenemos es más reducido de lo que quisiéramos, hay que estirarlo para tratar que dé de sí y poder  condensar nuestras experiencias de modo que podamos captar la esencia de las mismas sin necesidad de vivir cientos de años. Tratar de sentir en poco tiempo las cosas importantes que nos podría llevar media vida (o la vida entera) aprender. Dicho de otro modo más breve y popular, Carpe diem.

Así, podemos conseguir el efecto contrario al que produjo en su día tomar consciencia de la levedad de nuestra existencia.

Saber que nos faltaría tiempo en la vida para hacer todo lo que quisiéramos nos produjo decepción, desidia y tristeza. Sin embargo, disfrutar de cada momento al máximo, estirando cada minuto, nos proporcionará todo lo contrario: una agradable sensación de realización, vitalidad y felicidad.

Nos daremos cuenta, de esta forma, de que no necesitamos vivir cientos de años para hacer todo lo que queremos hacer, si sabemos apreciar lo que estamos viviendo en este momento. Rescatando otra célebre frase, disfrutar de las estrellas en lugar de llorar por no poder ver el sol.

No vamos a poder conocer todo lo que nos gustaría, se nos van a escapar muchas cosas. No vamos a poder viajar por todo el mundo, ni conocer a todas las personas increíbles que existen, ni leernos todos los libros, ni jugar a todos los juegos, ni ver todas las películas, ni hacer el amor a todas horas, ni aprender todas las artes y oficios, ni ser el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Es cierto, todo eso no lo podremos hacer. Nos va a faltar tiempo, y tendremos que conformarnos con una parte representativa de todo eso que nos interese.

La vida, en cierto modo, es como una colección de cromos que nunca podremos completar porque siempre habrá alguno que no podamos conseguir. Y tendremos muchos repes.

En lugar de querer hacerlo todo, conocerlo todo y vivirlo todo, tenemos un presente, un latido de corazón. Una sensación producida por una reacción química dentro de nuestro cerebro. Átomos minúsculos e insignificantes que encierran poderosas cantidades de energía, aún por descubrir. Un segundo que puede cambiar para siempre nuestra existencia. Nuestro rumbo. Un aquí y ahora.

Y lo cierto, lo irremediablemente cierto, es que no tenemos nada más que eso.

Ya no existe el pasado, y por supuesto tampoco el futuro. El pasado existió y el futuro tal vez exista mañana, pero no están ahora. No están aquí. Ahora sólo nos tenemos a nosotros.

Yo a ti y tú a mí. Yo a mí y tú, a ti mismo.

Y no es poco.

Para continuar la interacción dentro del blog, he creado la sección Firmas invitadas.

Inaugura la sección Mellondeep con el texto “El valor del saber”.

Espero que lo disfrutéis y, si os interesa, que os animéis a participar en la sección para que sigamos interactuando. La comunicación nunca resta, siempre suma.

Invertir en vida

Puede pensarse que alguien a quien le guste la filosofía es más próximo a las letras que a las ciencias. En principio, no tiene por qué ser así. La filosofía es una compañera muy tolerante, y suele gustarse de conocer nuevos amigos de viaje, no necesariamente parejos en gustos con ella.

En mi caso, me sucedió con algo tan exacto e incuestionable como la economía. Esta ciencia tan compleja como importante ha sido casi mi única motivación a la hora de poder estudiar matemáticas, una asignatura que jamás en la vida he podido aprobar con facilidad.

Pero, dentro de la economía y de sus grandes ramas, hay algo que me enamoró desde el primer instante en que lo conocí. Era un complejísimo mecanismo mediante el cual podías poner en riesgo una parte de tu dinero, con el firme convencimiento de que al cabo de un tiempo y gracias a tus conocimientos e intuición, tu inversión daría frutos y la operación habría valido la pena. Me quedé prendado por la Bolsa.

Como suele ocurrirme con todo lo nuevo que conozco, le di vueltas durante un tiempo al concepto y naturaleza de los mercados de valores, y tardé muy poco en llevarme una gran sorpresa. Pese a lo descabellado de estas palabras,  vi que habían muchas similitudes entre las bolsas de valores y la vida de las personas.

Como su propio nombre indica, la Bolsa es un un gran mercado al que acuden tres tipos de personas: Los que quieren comprar, los que quieren vender y los que median entre unos y otros. Tanto en la vida real como en el parqué, puedes tener cualquiera de los tres papeles y, para que tu esfuerzo tenga recompensa, deberás jugar tus mejores bazas.

En la Bolsa se invierte capital (dinero) mientras que en la vida, además de dinero, se invierten tiempo y esfuerzo. Las tres cosas son finitas, y de la correcta inversión de ellas dependerá cómo salgas de esta travesía económica y vital.

En la Bolsa debes invertir en un valor que te de ciertas garantías de rentabilidad. Esto quiere decir que el dinero que inviertas, has de meterlo en un valor que te vaya a proporcionar beneficios. Estos beneficios pueden venir básicamente en forma de revalorización o en forma de dividendos, e incluso de ambas formas a la vez. Obtener dinero sólo mediante dividendos es conservador y poco arriesgado, requiere de mucho tiempo y dinero, por lo que lo más atractivo para salir ganando a corto plazo con este juego es apostar. Apostar a que lo que tú compras se revalorizará en un futuro, valdrá más y podrás venderlo. De tu habilidad a la hora de invertir tu dinero dependerá que acabes ganando o perdiendo con esta operación.

Aunque parezca raro, la vida tiene cosas muy similares:

En la vida, además de tu dinero, tienes tu tiempo y tu esfuerzo para invertirlo en lo que desees. Al igual que en la Bolsa, en la vida también ganarás o perderás dependiendo de donde inviertas tus valores. También como en la Bolsa, tienes varias maneras de invertir según el plazo, la rentabilidad y el riesgo que contemples.

Así pues, puedes actuar de forma más conservadora invirtiendo tu tiempo, tu dinero y tu esfuerzo en cosas que seguro, a largo plazo, te reportarán ganancias. Establecer una pareja formal, obtener un trabajo, crear una familia y adquirir posesiones son inversiones que, como los dividendos, en la mayoría de los casos te otorgarán beneficios seguros a largo plazo. Lo que ocurre es que, ese largo plazo a veces es muy largo, y al final los beneficios pueden no ser tantos como nos creíamos.

Para los que no gustan de apostar sobre seguro, en la vida puedes también invertir de una forma más arriesgada; dando tu tiempo, tu dinero y tu esfuerzo a cosas que, pese a ser menos seguras, pueden reportarte beneficios inmediatos. Tal vez no tengas pareja ni quieras tenerla y tampoco poseas una rutina estable de vida. Incluso puede que te dediques, si la vida te deja, a disfrutar de todo sin atender a obligaciones.

También puede ser que a tu tiempo, a tu dinero y a tu esfuerzo no le otorgues un gran valor. Por lo tanto, ni siquiera te molestarás en invertirlos. Se evaporarán poco a poco, y es posible que para cuando quieras invertir ya no tengas muchas opciones fiables. No obstante, lo principal es darse cuenta de que lo que tienes, lo tienes para gastarlo. O para invertirlo. Que lo hagas antes o después será importante, pero sobre todo será importante el hecho de que algún día tomes auténtica consciencia de ello.

En el mercado financiero actual, a no ser que hubiera alguna OPA importante o algo parecido, ni se me ocurriría invertir en Bolsa. De hecho, aunque volviéramos a los tiempos de bonanza económica no sabría qué aconsejar a un conocido que me pida opinión acerca de una inversión.

Sin embargo, a la hora de invertir en la vida lo tengo bastante más claro. Tu tiempo, tu dinero y tu esfuerzo se verán recompensados si te decides a coger las riendas de tu existencia y apuestas fuerte por una inversión vital.

Invertir en vida es un concepto personal, maleable, casi íntimo.

Lo que más claro hay que tener para invertir en vida, es que el principal objetivo es conservar la propia vida. Tal vez sea una perogrullada, pero ninguna inversión nos dará beneficios si no estamos vivos para poder disfrutarlos. Por lo tanto, una buena parte de tu tiempo, tu dinero y tu esfuerzo deben ser invertidos en conservar una buena salud y una buena calidad de vida.

Igual que en la Bolsa, puedes invertir con pequeños gestos como tener prudencia en el tráfico o no cometer excesos. Si deseas invertir de forma más agresiva puedes además hacer ejercicio constantemente o cuidar tu alimentación con una dieta sana y equilibrada. Tú decides cuanto invertir, pero ésta es una de las apuestas más rentables, y es importante hacer una buena inversión porque la salud es una de las cosas fáciles de conservar pero también muy fáciles de perder. Antes de invertir en otra cosa, contempla hacerlo en esto.

A partir de ahí, la vida te ofrece un amplísimo abanico de posibilidades donde elegir. Sin saberlo, e incluso sin quererlo, constantemente estamos invirtiendo en cosas poco rentables y con mucho riesgo. Lo normal es que estas operaciones den pocos o muy pocos beneficios. Después de esas inversiones, y con el tiempo, dinero y esfuerzo disminuidos, contemplar nuevos valores donde invertir con seguridad se antojará más complicado, debido a los anteriores fracasos.

Por eso, tanto en la Bolsa como en la vida, has de estar al tanto de cómo van tus inversiones. No puedes dejarlas tiradas y esperar que crezcan, porque es probable que lo hagan, pero también es muy probable que cuando quieras recuperar la inversión no obtengas lo esperado. De este modo, es importante reflexionar de vez en cuando si estamos otorgando nuestro tiempo, dinero y esfuerzo a cosas que nos estén dando algún rendimiento positivo. Es muy importante darse cuenta de cuando una inversión está yendo mal, para sacar lo que tengas metido en ella y poder invertirlo en otro sitio mejor a la mayor brevedad posible.

Cuando has invertido en salud y calidad de vida, y una vez al tanto y conforme de todas tus inversiones actuales, hay pequeñas grandes gangas que conviene tener muy en cuenta.

Estas gangas, chicharros en argot financiero, son en la Bolsa un tipo de valores que, por diferentes circunstancias del momento, aumentan mucho su valor en poco tiempo, en apenas unos días o incluso menos. Obtener un gran beneficio adquiriendo estos valores es rápido y poco costoso, pues no necesita de una gran inversión, aunque también tiene el riesgo de bajar con facilidad igual que ha subido. No obstante, no es nada fácil encontrar un chicharro, y hay que tener mucha información y estar muy avispado para poder cazarlos en su momento óptimo y venderlos en el instante preciso.

Al igual que con otros conceptos, aquí también tenemos una gran similitud con la vida. Tenemos delante innumerables chicharros de gran rentabilidad que necesitan poco tiempo, esfuerzo y dinero para darnos grandes satisfacciones. No obstante, no es fácil captar la importancia de esos momentos ni saber aprovecharlos por lo bellos y únicos que son.

Disfrutar de una agradable charla con un anciano es algo que apenas nos requiere de un ratito de tiempo, nada de esfuerzo y cero euros. Sin embargo, puedes obtener muchísimo de ella.

Otros chicharros en la vida pueden ser pequeños instantes donde des un agradable paseo por un bonito lugar. O tal vez un rato de juego con tu mascota. También puedes obtener un gran rendimiento cocinando y/o comiéndote un suculento plato. O pasando una amena tarde con algunos amigos. Hasta con el simple hecho de mostrar una bonita sonrisa tienes mucho que ganar. Y también, por supuesto, el sexo es una de las mejores cosas en las que puedes invertir.

En la vida hay millones de sensaciones a nuestro alcance que podemos disfrutar a cambio de muy poco. Inversiones estupendas, pero difíciles de ver pese a que están delante de nosotros.

Pero, al igual que podemos obtener grandes beneficios invirtiendo bien nuestro tiempo, dinero y esfuerzo, es inevitable que la suerte juegue un papel fundamental en la mayoría de nuestras inversiones, financieras y vitales.

Es injusto, es la mayor de las putadas, pero en este mercado no tenemos todo el control. Una parte importante de nuestro éxito va a depender de las casualidades, del caos, de las reacciones en cadena. Aún así, podemos estar contentos porque hay quien no tiene prácticamente nada que invertir. Hay quien forma parte del circo, pero en los papeles secundarios, tras los números rojos de los índices bursátiles.

Por lo tanto, mientras sigas teniendo algo que invertir, piensa bien donde hacerlo. Ten en cuenta que en tus inversiones puedes perder y ganar, pero también puedes provocar que otros ganen y pierdan.

Por eso creo que hay que invertir en vida, porque la vida tiene muchos beneficios que darnos, a nosotros mismos y a nuestros semejantes. Hay riesgo, pero hay que asumirlo porque a la vida se le puede sacar mucho jugo.

My experience con el guiri Antonio

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Antonio Rollón es un tipo singular donde los haya. Nació y se crió en Londres, y ha trabajado de cocinero desde que tenía nada menos que trece años. Ahora tiene trenta y tres años, la famosa “edad de Cristo”, y al llevar dos décadas dedicándose en exclusiva a la restauración no sabe trabajar en nada que se aleje de los fogones. Decir que es un cocinero excelente se queda corto, y al contrario de lo que pueda parecer, no es para nada un tipo ignorante, sino que la inteligencia y la empatía le fluyen por la sangre igual que lo hacen los glóbulos rojos o el oxígeno.

De padre zaragozano y madre británica, Antonio nunca había visitado España pero se sentía muy próximo a la cultura española. Le gustaba la paella, la tortilla de patatas y el vino de Rioja, pero nunca los había degustado de primera mano aquí, en la piel de toro.

Cuando creció, decidió probar suerte y marcharse a trabajar a un gran restaurante en Florida, donde (recomendado por su padre, también cocinero de alto standing)  continuó su aprendizaje culinario y, sobre todo, vital.

Pese a no gustarle los toros, la vida le dio bastantes cornadas (en forma de matrimonios fracasados y amistades engañosas), aunque por suerte no le arrebató el capote, dándole una nueva oportunidad para poder torear su vida sin que ésta le hiriera de muerte.

¿Y qué tiene que ver un inglés que se llama Antonio Rollón conmigo? Pues hasta hace un mes no tenía nada que ver, su vida y la mía eran totalmente distintas y distantes. Pero la casualidad y el maravilloso caos del universo lo trajeron a mi mundo y, más concretamente, a mi casa.

Antonio había roto un matrimonio que se había tornado en un infierno, se había quedado sin trabajo y algunas de las personas que le rodeaban le dieron la espalda. Las circunstancias le habían convertido en una bala perdida, y decidió volver a su England natal, pero antes, quiso visitar España.

Antonio no sabía a dónde ir ni con quién, ya que en Zaragoza no le quedaba familia y en España no conocía a nadie más que un antiguo compañero de trabajo, que ahora vivía en Alicante. El paciente inglés, entonces, le pidió consejo a su padre.

– Daddy, do you know somebody in Spain?

– Yes, Tony. You must call Paquita, she was my friend in Miami and now lives in Valencia. She will be a great host for you.

Paquita es mi madre. Ella estuvo trabajando siete años en Miami y allí conoció a Antonio Rollón senior, cocinero como ella, el padre zaragozano del Antonio Rollón al que va dedicado este post.

Mi madre se acababa de ir dos semanas a Asturias cuando Antonio la llamó para pedirle “asilo político” en su casa. Ella le ofreció su hogar, pero hasta que volviera de Asturias iba a ser su familia la que le hospedara. “Su familia”, en este caso, no somos otros que mi padre, mi tío y yo.

Cabe señalar que mi madre tiene un largo historial de meterse en movidas y arrastrar a su familia con ella, con lo que la idea de tener a un tío en nuestra casa, al que no conocíamos de nada (es más, ni siquiera ella lo conocía, sólo conoció a su padre) no era del todo agradable. Me temí algo bastante embarazoso cuando oí a mi padre hablar con ella por teléfono.

– ¿Qué? ¿Pero cuándo viene? ¿Mañana? Y tú te quedas allí,  ¿no? Manda cojones. Pero coño, Paqui ¿Estás en Asturias y nos mandas aquí a un tío que…? ¿Y cuánto tiempo se queda? Joder… vale, vale. Manaña iré a recogerlo al aeropuerto. Ale, adiós.

Mi padre, resignado calzonazos acostumbrado a tragar carros y carretas por amor (o quién sabe por qué) sucumbió de nuevo ante la labia de mi madre y nos explicó lo sucedido, aunque sólo escuchando la conversación telefónica ya te podías oler la tostada: Íbamos a tener en nuestra casa a un inglés  de padre español, residente en Florida y que no sabíamos ni quién era ni cuándo se iba a ir. Tentadora historia, ¿verdad? Buñuel habría hecho un peliculón con esto, os lo aseguro. Aquí empezó mi entrañable experiencia con el guiri Antonio.

Llegó a España con su diccionario y su cuaderno de ejercicios bajo el brazo.  Estaba aprendiendo español desde el mismo instante en que partió del aeropuerto de Miami. Sin pelo en la cabeza, sin apenas equipaje, con unas ojeras crónicas grabadas a fuego en su rostro y unas ganas tremendas de vivir, el guiri Antonio llegó a mi casa acompañado de un halo de paz y buenas vibraciones, invisibles pero perfectamente captables. Venía en son de paz, en son de amor, y eso se vio desde el primer instante.  Alto, delgado, sensible y educadísimo, Antonio entró en mi hogar como una brisa fresca y suave, que refresca sin llegar a molestar.

Los dos primeros días fueron algo raros, pues su castellano estaba aún muy verde y la comunicación entre él y mi familia se producía mayormente con gestos, además del distanciamiento inicial en personas que no se conocen de nada.  La mayor parte de las veces, me tocaba hacer de traductor entre locales y visitantes (con un dominio del  inglés que deja mucho que desear) pero el guiri Antonio es muy inteligente (mucho, de verdad) y en apenas una semana ya podía mantener una conversación fluida en español, siempre escudado por su inseparable diccionario English-Spanish, Spanish-English.

A partir de ahí todo fue mucho más rápido. Llegamos al acuerdo de que él me hablaría a mí en castellano y yo a él en inglés, y así podríamos perfeccionar ambos idiomas. Empezamos a coger confianza y a tener conversaciones cada vez más profundas, hasta llegar a conocernos bastante bien en apenas tres semanas.

En un intento por ser buen anfitrión, intenté enseñar a Antonio la ciudad de Valencia. Probó la auténtica paella valenciana (pollo, conejo y verduras típicas, no más alicientes), probó la mejor de las horchatas artesanas y probó el clima mediterráneo y el gran carácter abierto de los valencianos.

También me lo llevé a pasar el día a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, donde disfrutó del mayor acuario de Europa, del Museo de Ciencias y de una película Imax sobre las profundidades marinas, cosa que le apasiona. Recuerdo con tanto cariño estas experiencias que mientras escribo esto, sin darme cuenta, sonrío.

Antonio, como digo al principio del post, es un tipo peculiar, muy peculiar, y muy especial. Es simpatizante de la religión budista, tiene una visión de la vida y un carácter que le hace tremendamente accesible, y el hecho de llegar a tener una conversación profunda con él puede ser realmente muy enriquecedor.

El guiri Antonio hizo muy buenas migas tanto con mi padre como con mi tío, con los que le encantaba compartir chupitos de whisky, mojitos y jarras de melocontinto o MTG (melocotón, tinto y gaseosa) ya que otra cosa no, pero al guiri le gustaba empinar el codo cosa mala, como buen inglés, y se fue a juntar con dos que no le hacían asco tampoco ni al whisky ni al tintorro.

Una de tantas noches en las que mi tío y el guiri Antonio se pusieron hasta las cejas de alcohol, pasó algo realmente descojonante, que sólo de pensarlo se me saltan las lágrimas de la risa. Resulta que ya eran las 2 de la mañana y mi tío, que es quien suele cocinar en casa, dijo que  iba a sacar el chorizo del congelador para comer al día siguiente. El guiri Antonio, no conocedor de que hablaba con alguien que tiene un gran corazón pero muy pocas luces,  tuvo la osadía de hacerle entender a mi tío algo acerca de la filosofía budista, con lo gracioso añadido del acento inglés cerrado y de los litros de alcohol que corrían por las venas de ambos:

– No choriso para mañana… -dijo Antonio- mañana no existe, ayer no existe… sólo ahora.

– ¡¿Cómo que no?! -replicó mi tío- Yo saco ahora el chorizo y mañana comemos chorizo por mis huevos. ¡Mañana chorizo comer!

– No, pero… tú no sabes mañana, mañana puede no existe.

– ¿Que no existe? Yo saco el chorizo y mañana comemos unas fabes con chorizo de escándalo, ¡y a tirarse pedos! ¡Cuescos a manta! ¡¡Pff, pffff…!!

– Pero… tú no puedes desir mañana, tú no sabes que pasa mañana. A lo mejor no hay mañana -el alcohol hacía que el pobre guiri no viera que era imposible hacerle entender algo así a alguien como mi tío- y quisás tú mañana no puedes porque no sabes…

– ¡¡¡Nada!!! -cortó en seco mi tío- mañana a comer chorizo y si mañana nos morimos todos me la suda, yo ahora saco el chorizo y mañana a comer todos fabes con chorizo… ¡¡¡y pedos!!!

– Antonio -le supliqué llorando de la risa al contemplar tal kafkiana escena- don’t try it more… it’s impossible. Talk about other things, please.

En su visita a nuestro país, el simpático guiri adquirió también varias costumbres muy españolas como la siesta y algo muy común entre españoles, hablar constantemente de mujeres. Un día en el supermercado, el guiri Antonio vio a una mujer de suculentas curvas y le dijo a mi tío:

– Buen culo esa chica.

– No se dice buen culo -dijo mi tío, que de fino no tiene nada- se dice “la pondría mirando pa’ Pamplona”.

A partir de ese momento, cada vez que el guiri Antonio veía una buena moza (ya fuera en la tele, en una revista o en la calle) decia “ohhh…  pa’ Pamploonaaa” con su típico acento inglés, y la verdad que pudo decirlo como cien veces en su estancia, pero en todas resultaba muy gracioso.

Con Antonio he vivido muchos momentos graciosos y también alguna que otra conversación en plan filosófico que, definitivamente, me ha aportado mucho más de lo que yo me podía imaginar.

Viajar es una experiencia tremendamente enriquecedora, entre otras muchas cosas, porque te das cuenta de que vives adaptado a un idioma y a unas costumbres que sólo están en tu lugar natal. En el resto del mundo se habla y se vive de mil formas distintas a la tuya, y el hecho de vivir experiencias sin llegar a entender todo lo que ves ni todo lo que te dicen puede llegar a ser frustrante, pero también tiene una gracia especial. Tiene una belleza que te hace disfrutar el momento de una forma única, pues te hace forzar tu mente para adaptarte, y sentir la empatía con las personas al mirarlas a los ojos, al interactuar con ellas, sin necesidad de entender todo lo que te están diciendo. Se trata de transformar el inconveniente del idioma en una ventaja para potenciar la conexión más allá de las palabras. Eso te hace sentir experiencias  nuevas y únicas, y el guiri Antonio jugó perfectamente esa baza en su viaje a nuestras tierras.

Una de las cosas en las que me he reafirmado con la visita de Antonio es que todo ocurre por una razón. Siempre tuve ese pensamiento, pero esta experiencia me ha hecho pensarlo más firmemente que nunca.

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Este es el tatuaje que el guiri Antonio luce en su brazo. Viene a significar algo así como “Esto también cuenta”, queriendo expresar que todo lo que te pasa en tu vida tiene trascendencia en tí y en los demás, y hay que tener siempre en cuenta eso antes de menospreciar cualquier momento o situación que vivas. Él lo lleva en su brazo para acordarse siempre de que no ha de desaprovechar nada de lo que le pase, y que ha de saber empaparse de todo lo que le ocurra. Aprender de todo. Siempre.


Mi amigo Bob

Sin dejar de lado el sentimiento y la reflexión, hoy voy a soltarme la melena literaria porque me gustaría hablar de un amigo al que le debo gran parte de las mejores experiencias de toda mi existencia. Un amigo fiel que se fue para siempre. Quiero hablaros de Bob.

El Bob al que me refiero tiene muy poco que ver con Bob Marley, con Bob Esponja o con el actor secundario Bob, aunque en su filosofía de vida ha cabido siempre un poco de esos tres. Este Bob era diferente, y fue especial en mi vida.

Conocí a Bob cuando tenía 19 años, recién sacado el carnet de conducir. Yo por aquel entonces estaba buscando alguien con quien descubrir la vida, con quien vivir experiencias, y Bob se ajustaba mucho a ese perfil. Él era del pueblo en el que yo vivía por aquel entonces, y pertenecía a una familia trabajadora y honrada, además de bastante solvente.

Él era negro y tenía rasgos agitanados, pero eso en ningún momento fue un obstáculo. Nos conocimos y nos hicimos compañeros al instante. Su familia quería que estuviera con alguien del pueblo en lugar de con cualquier extranjero de por ahí, así que Bob y yo empezamos a disfrutar juntos de la vida y nos hicimos buenos amigos. La gente nos miraba algo extrañados, pues hacíamos una pareja bastante rara en un pueblo tan pequeño.

Por aquel entonces mi vida de gambitero trasnochador y disc-jockey ocasional era un hervidero de sensaciones y hormonas, aunque más hormonas que sensaciones, la verdad. La casualidad quiso que en el mismo verano en que conocí a Bob, mi mejor amigo Jose rompiera con su primera novia, con la que llevaba 4 años y lo había vivido todo. Me llamó llorando y hecho trizas, así que supe que era el momento de ahogar las penas en una de las tantas noches veraniegas que nos hemos tirado emborrachando a las estrellas. Tardé lo justo en coger la moto y tirar millas hasta su chalet, a 20 kilómetros de mi casa. Llegué en tiempo récord, nos fundimos en un doloroso y entrañable abrazo y empezó a contarme todo lo que hizo estallar aquella, su primera relación, la que nunca olvidamos. Nos fuimos a un rinconcito que tenemos en el monte, cada uno con su moto,  acompañados de la inestimable sangría de tetra brik. La noche avanzó y nuestro estado neuronal empeoraba con cada empinada de codo y calada a caraperro. Pasadas varias horas, y en condiciones sensiblemente mermadas, me balbuceó:

– Tío, tenemos que irnos a Ibiza tú y yo. Un fin de semana, de puntazo -dijo mi amigo roto de pena entre lágrimas, tragos y caladas- nos olvidamos de todo y nos pegamos allí la fiesta de la vida… ¡¡Un fin de semana!! ¡Sin ropa, sin nada! Nos vamos en el ferri desde Denia el viernes y volvemos en el del domingo. Sin apartamento ni pollas.

– Eso está hecho primo, ¡Ibiza, qué flipe! vamos a hacerlo sin pensar… ¡a lo loco! -respondí con atrevimiento juvenil- vamos a informarnos de los horarios y lo hacemos lo antes posible.

Tras la llorera y la noche de charla alcohólica volvimos a su chalet con el canto de los gallos. Cada uno en su moto, en un estado ciertamente lamentable, a 20 por hora, circulando en paralelo uno al lado del otro y haciendo eses que nos hacían rebotar moto contra moto justo en la línea divisoria de la carretera durante una y otra vez, una y otra vez…

Estoy seguro de que si existe Dios y nos vió en esos momentos de penosa conducción, lo grabó con el móvil y se parte la caja mientras ve el vídeo en el Youtube de los dioses.

Total que nos tomamos en serio lo del viaje, e incluso se apuntaron otros dos grandísimos amigos, pero lo que hizo el viaje absolutamente especial fue el invitado de excepción, pues decidimos llevarnos a Ibiza a mi amigo Bob. No resultó ser un viaje tan relámpago, sino que se planificó bien, con su apartamentito y todo. En ese momento, la desgracia de romper con la novia de toda la vida fue la ocasión perfecta para incluir a Bob dentro de mi grupo de amigos. Empezó a escribirse una nueva página en nuestras vidas.

Recorrer la isla con Bob y mis amigos fue una experiencia inolvidable. Visitamos las maravillosas calas, el famoso mercadito hippie de Sant Carles y el templo del relax y el buen rollo Café del Mar. También, como no, casi todas las discotecas de Ibiza, desde Amnesia hasta mi favorita, El Divino. Lo de Bora-bora no pudo ser, aquel año se encontraba cerrado por chanchullos que flipas desavenencias legales con las autoridades.

Ir con mis amigos y con Bob por toda Ibiza, viviendo cada minuto fue increíble. Recordaré siempre cómo el buen rollo salía de debajo de las piedras. Cómo olvidar el botellón en el parking de Amnesia con Yago Lamela y sus amigos, a los que acudimos porque nos faltaba hielo. Qué decir de las calas en las que todo cristo va en pelotas y el agua es tan cristalina que te deja ver como los pececillos nadan esquivando tus piernas. Fue tan maravilloso… ¡hasta descubrí la risoterapia! y además de una manera bastante curiosa, por cierto.

Resulta que durante las noches que estuvimos en Ibiza, al llegar de pegarnos el festival, como es lógico nos desplomábamos exhaustos sobre las camas. Pasaban unos momentos  hasta que alguien (no importaba quién) decía “Oye, ¿nos partimos la polla?”. En ese momento todo se paraba y solo había silencio, hasta que alguien empezaba a reírse. El modus operandi siempre era el mismo, y aún hoy en día, bastantes años despues, lo sigue siendo:

La primera risa es suave, como dejada caer. Después alguien se ríe de esa risa cutre y solitaria, otro se ríe de esas dos risas, y cuando quieres darte cuenta estás llorando y descojonándote a más no poder, emitiendo carcajadas increíblemente sonoras y sin saber de qué te estás riendo.

Y es que con Bob he pasado los momentos más locos de la vida. He ido a mil sitios y he conocido a mil personas. Me he ido de fiesta, al fútbol, de excursión, a bodas, funerales…  incluso me ayudó a tener experiencias sexuales inolvidables. No me lo tiré, no, pero gracias a él he podido hacer alguna que otra caidita de Roma.

Mi amigo Bob ha hecho mucho por mí. Gracias a él he tenido trabajos, mujeres, amistades… me facilitó la vida de una manera enorme. Bob siempre estaba allí, aunque por los excesos de su pasado no siempre estaba en buenas condiciones. Si ese día no le dolía nada especial, podías ir a comerte el mundo con él y volver a casa con una experiencia inolvidable. Garantizado. Palabra de Bob.

Es cierto que  ser su compañero me hizo gastar un dineral y no menos cierto es que me dejó tirado en múltiples ocasiones, pero nadie es perfecto y los amigos se lo perdonan todo, porque en el fondo, cuando de verdad lo he necesitado ha estado ahí como un campeón. Y eso para mí ha sido siempre lo más importante.

Hoy, cuando ya hace dos años que le perdí la pista para siempre, todavía le recuerdo con increíble cariño. Estaba muy delicado de salud y al final murió sobre el asfalto, como no podía ser de otra manera.

Nunca lo borraré de mi memoria porque el primer coche, como el primer amor, jamás se olvida.

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Este es Bob

Bob (nombre que le daba su matrícula B-8690OB) fue un Renault 21 negro repintao, coche de gitano donde los haya, con el que pasé gran parte de mi juventud. Tenía más de 500.000 km cuando lo compré, pues había sido taxi en Barcelona. Recién comprado me lo llevé a Ibiza con mis amigos, me regaló tres días de ensueño en la isla y tres años de averías, vivencias y situaciones como para escribir tres biblias. Ahora tengo a Mi Puto Hijo (M-PH) un coche mucho más “responsable” que Bob, con el que estoy inmensamente feliz. No obstante, como ya he dicho, tu primer coche nunca lo olvidas. Y tu primer polvo en un coche, tampoco.

Os dejo la que para mí es la canción más bonita del mundo, que he compartido con Bob y con mis mejores amigos en maravillosas travesías por diferentes lugares, viviendo a flor de piel la auténtica felicidad.


Gracias Bob.