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El poder de los amarillos

Vivir en sociedad hace que las personas estemos en un contacto permanente entre nosotros. Nos estamos relacionando continuamente todos los días, muchas veces sin darnos cuenta, puede que incluso de forma mecánica o inconsciente.

Conocemos personas muy a menudo, durante todas las etapas de nuestra vida. Inicialmente, convivimos con un núcleo familiar entorno al cual se forjan y ramifican buena parte de nuestras relaciones personales futuras. A través de nuestra familia y de los lugares por los que ésta nos guía (residencia, colegios, vacaciones, actividades extraescolares…) vamos conociendo muchísimas personas a lo largo de los años, algunas de las cuales llegan a ser realmente muy importantes en nuestra vida.

Generalmente, con la llegada de la adolescencia y la juventud, adquirimos cierta independencia a la hora de conocer a personas ajenas a nuestra familia. Pasamos mucho más tiempo fuera de casa que cuando eramos niños, y ello nos posibilita seguir conociendo gente. Gente a través de la cual conoceremos otra gente, y a través de ellos otros tantos.

A lo largo del tiempo, iremos conociendo cada vez más y más personas. Conoceremos más y más cosas. Algunas de estas personas pasarán de forma inadvertida, otras se quedarán durante algún tiempo y otras, las que menos, nos cautivarán y se quedarán con nosotros para siempre.

Tantas serán las personas que conoceremos, que nos veremos obligados a elegir. Habrá muchas que, forzosamente, tengan que quedar fuera de nuestra vida. Es muy posible que esto nos suceda con alguna persona que realmente nos haya llamado la atención, pero que por circunstancias no hayamos podido o tenido interés suficiente en conocer de verdad.

Incluso puede ser que detrás de muchas de las personas que han pasado de puntillas por nuestra vida, esas a las que directamente no hemos prestado atención, se escondiera alguien con quien podríamos haber tenido una gran conexión. Un aprecio sincero y honesto, un maravilloso intercambio de ideas, una preciosa amistad o un apasionado amor. Hasta es posible que una heterogénea mezcla de todos estos sentimientos. Es realmente muy posible que, de entre todas las personas que han entrado y salido de nuestra vida, hayamos perdido a más de un amarillo.

Conocí el concepto de “amarillo” hace ya varios años en una entrevista de televisión a Albert Espinosa, cuyo más famoso trabajo es el guión de la película Planta 4ª, basado en hechos reales de la vida del propio Albert.

En aquella entrevista contaba con gran naturalidad las circunstancias que vivió durante los años en que el cáncer le obligó a vivir en un hospital. Una enfermedad que le diagnosticaron con sólo 14 años y que logró superar por completo a los 24. Como él mismo considera, “los años más importantes de una persona: cuando crece, madura y adquiere las primeras bases sobre las que construirse”.

Espinosa era un tipo que, pese a haberse tirado media vida en un hospital, rezumaba optimismo y buen rollo. Le faltaba una pierna, un pulmón y medio hígado, y él estaba sonriente y encantado de la vida contando como, el día anterior a que le amputaran la pierna, le hicieron una gran fiesta de despedida a la propia extremidad. Una vida que habría traumatizado a cualquiera, a él le hizo madurar y darse cuenta de que elegir el camino del dolor permanente es lo más fácil y, a menudo, lo menos productivo.  El dolor a veces es necesario para aprender a perder, pero él, como demuestran sus palabras, es fundamentalmente optimista.

Hablaba con tanta humildad y tan pocas pretensiones que resultaba realmente agradable de escuchar. Era una persona “famosa”, pero no desprendía falsa modestia, ni se preocupaba de ser políticamente correcto. Con respeto, pero sin falsedad. Debo admitir que, sin conocerlo de nada, Albert Espinosa me pareció un tipo de puta madre. Además, extraordinariamente sensible y bueno comunicando, pues no es nada fácil relatar con tanta normalidad todas las cosas buenas y malas que le pasaron en el hospital.

En todos esos años de reclusión, decidió continuar con sus estudios, seguir construyéndose a sí mismo, madurando y descubriendo cosas. Una de las grandes cosas que descubrió fue un nuevo sentimiento, un nuevo tipo de personas con las que relacionarse. Se trataba de los amarillos.

El concepto de “amarillo” toma su nombre, según el propio guionista, por el color del sol. Como el amarillo sol, también hay un tipo de personas que nos dan calor y nos iluminan, y es por eso que les denomina amarillos en lugar de “amigos” , “familiares”, “compañeros” o “pareja”. Y no es un término aplicado exclusivamente a personas, pues las vivencias de su pasado le llevaron a escribir el libro El mundo amarillo con relatos y consejos para la vida basado en sus experiencias.

En palabras del propio Albert, los amarillos son “aquellas personas que son especiales en la vida de alguien, que se encuentran entre el amor y la amistad y que no es necesario verlos a menudo o mantener contacto con ellos […]Gente que consigue cambiarte, que te lo encuentras una vez en una ciudad, o en un aeropuerto, y te comprende. Los amarillos para mí son los amigos del nuevo siglo”.

Un amarillo puede ser, por tanto, cualquier persona en cualquier momento y en cualquier lugar. Alguien que conoces yendo de fiesta, esperando el autobús o haciendo cola en el supermercado. Tu compañero de pupitre o tu profesora de matemáticas. Un primo, un amigo de la infancia. Alguien que puede triplicarte la edad o a quien tú se la tripliques. Alguien anónimo con quien sólo cruzas unas frías líneas en Internet.

Las conexiones, casualidades y causalidades de todas las personas que se han cruzado en “nuestro” camino, y el interés que éstas han causado en nosotros, han ido formando nuestras relaciones personales actuales. En estas relaciones personales, no debemos subestimar la importancia e influencia que un amarillo puede tener en nosotros.

Podemos relacionarnos mucho con personas que no nos aporten demasiado y podemos tener una sola conversación con un amarillo que nos haga aprender, cambiar y mejorar cosas de nuestra vida. Sólo es cuestión de darse cuenta de cuando tenemos delante alguien que puede ser, y del que podemos ser, un amarillo.

Dicen que los verdaderos amigos se cuentan con los dedos de una mano. Sin embargo, nos faltarían manos para contar todos los amarillos que podemos tener.

“Tal vez deberíamos aprender algo de Newton: las personas, como los objetos, sencillamente caen. Pero nunca lo hacen bien o mal. Simplemente llegan, aparecen un buen día en nuestra vida como consecuencia de una cadena de causas y efectos.

Lo bueno o malo de su compañía debería ser inferido posteriormente, mediante esa forma de experimentación científica que en los seres humanos llamamos “trato”.

Una persona nunca debe caernos mal cuando se produce el primer encuentro. Simplemente debe caernos”.

Juan Carlos Ortega en “Buenos Días, Sócrates”

Como el beso de una madre

Fuera de los entresijos de la vida cotidiana, a kilómetros del tráfico y el estrés diario, se encuentra un edén donde el aire es tan puro como el cariño de una abuela. Cuando te alejas de la casa, del trabajo y de la burbuja que supone una sociedad moderna, hay una puerta invisible que te saca de un mundo rápido, complicado y competitivo para llevarte a un lugar donde todo parece estar en una asombrosa y sincronizada armonía.

Es entonces cuando nuestro corazón reduce sus revoluciones y deja de ir al ritmo de los coches, de la bronca de tu jefe o del disgusto de la economía. Es justo en ese momento cuando nuestros sentidos son capaces de expulsar todas las toxinas acumuladas en la ciudad, y volver a transpirar sensaciones que sólo pueden experimentarse con la paz que otorga escuchar el sonido de la naturaleza.

En ese momento y tal vez sólo en ese momento, podemos sentirnos como una parte de esa Tierra que nos ha visto nacer y que nos acogerá al final de este ciclo y al principio del siguiente.

Es en contacto directo con la naturaleza cuando un ser humano capta su esencia misma, y la de todo lo que hay a su alrededor. Todo lleva su propio ritmo. Lento, constante, sincronizado, imperceptible. Vivo. Perfecto.

Cuando estás en pleno contacto con el medio natural sin pensar en ninguna otra cosa que no sea sentir, te das cuenta de que eres una pieza más del precioso engranaje de vida. En esos momentos te sientes feliz simplemente por poder estar sintiendo esas emociones, feliz de que tus sentidos puedan percibir con claridad todos los estímulos a su alcance. Te sientes feliz por estar vivo.

Todos los sentidos se ponen a trabajar rápidamente. Sentimos la calidez del tibio sol de la mañana y la caricia de la brisa fresca. Sentados en un manto verde natural, observamos a nuestro alrededor mientras aspiramos lenta y profundamente para oxigenarnos con el purísimo aire del campo. Huele mejor que la ciudad. Se pueden escuchar orfeones de pajarillos que, perfectamente sincronizados, pían caóticas melodías acompañadas de fondo con el sonido de las hojas de los árboles mecidas por el viento. Aprovechamos para beber agua, refrescarnos y descansar.

Es una situación casual en un entorno natural que puede estar desde Buenos Aires hasta Villanueva de la Jara, provincia de Cuenca. En cualquier rinconcito de la geografía podemos disfrutar de una breve pero intensa experiencia, siempre que estemos dispuestos a sentirla y disfrutarla.

Justo en ese instante, cuando estemos en pleno contacto con el medio natural, puede que nos sintamos en deuda. Si esto ocurre, significará que estamos empezando a respetar esta Tierra que nos dio la vida, y que es capaz de quitárnosla cuando le venga de provecho.

La grandeza del paisaje nos recuerda de donde venimos y a donde vamos a ir. Polvo eres y en polvo te convertirás. Si la ciencia no dice lo contrario, físicamente estamos de paso por aquí.

En esos instantes de plenitud sensorial, y sintiéndonos en armonía con el entorno, es la ocasión ideal para sentir todas las formas de vida como propias, porque en realidad todos estamos jugando al mismo juego. La vida es un continuo reciclaje.

El día en que dejemos de correr y nos paremos a sentir todo eso, nos dará mucho que pensar, y mucho que vivir. Muchos motivos para cuidar la naturaleza, para demostrar que la queremos de verdad.

Recibir el beso de la naturaleza y tener ganas de devolverlo es una experiencia única, porque madre no hay más que una.

La pobre diabla y la dueña de los hombres

Una mujer. Y millones de opiniones, de buscones y mirones, de envidiosas sin razones, semi-diosa de la noche o perdida entre los hombres.

Y la verdad, da igual. Es su enigma, el enigma de sus secretos de alma y de alcoba. La verdad oculta y las mentiras a la luz de una mujer cuyo nombre, luego se entenderá por qué, cambiaré por uno acorde a la belleza de  su mirada.

Cuando vi a Esmeralda por primera vez sólo era un mocoso, un niño bastante travieso y precoz en varios aspectos, uno de ellos las fantasías sexuales. Supongo que eso no será una excepción, y muchos como yo (sobre todo chicos) pensaban en el sexo bastante antes de la adolescencia.

Como la mente tiene una libertad que nadie puede arrebatarnos, chica guapa que conocía, chica guapa que invitaba (sin ella saberlo, obviamente) a mis sensuales mundos oníricos, fantasías cutres de un niño que no tenía ni puta idea de sexo, pero empezaba a tenerla acerca del amor. Todas las chicas con las que fantaseaba eran exquisitamente tratadas, recibían agasajos, masajes y encuentros sexuales románticos al borde de un riachuelo en espléndidas noches de luna llena. En la vida real yo no sabría cómo se tenía que hacer eso del sexo, pero, ¡ay amigo! en mis fantasías yo era el amante más experimentado, cariñoso y entregado que una mujer pudiera desear. Bendita ignorancia.

Supongo que, en el fondo, lo único de mis fantasías que las chicas no aprobarían sería el acompañante, por lo que se convierte en necesario que las fantasías se limitaran al interior de mi lujuriosa mente infantil, y nunca llegaran a materializarse.

Principalmente, debía limitarme porque yo era un niño, y la mayoría de las chicas con las que fantaseaba no eran precisamente unas niñas. Entre ellas, amigas de la familia, la socorrista de la piscina municipal y una camarera polaca que siempre me servía mi batido de chocolate caliente-caliente, y me decía que si fuera una niña le encantaría ser mi novia. Estaba mintiendo, pero eso en mis fantasías no tenía importancia. Las fantasías sólo son fantasías, y pueden ser maravillosas.

También recuerdo la profesora de gimnasia, con su pantalón de chándal y sus pechos ajustados en minúsculas camisetas. En cada clase nos enseñaba los ejercicios a realizar valiéndose de sus grandes dotes como maestra. Gracias a ella me aficioné al deporte.

Pero ninguna de ellas produjo en mí el hechizo que sentí al conocer a Esmeralda. Nunca conocí personalidad tan arrolladora, ni corazón tan libre. Fue lo más parecido al amor que un mocoso de ocho años podía experimentar. La mujer entre las mujeres. Mi invitada especial noche tras noche.

Esmeralda era una amiga de mis tíos, los cuales tenían un grupo de amigos bastante numeroso formado por jóvenes de edades comprendidas entre los veintipocos y los treintaymuchos. Un grupo muy heterogéneo, que se tiraba las tardes de verano en la terraza del bar que tenía mi abuela, comiendo pipas, bebiendo cerveza,  contando chistes y compartiendo vida.

En aquel grupo estaba ella, una morena de ojos verdes con una mirada tan profunda que las piernas se te hacían flanes con sólo sentir que te estaba observando, aunque fuera de reojo. El pelo sedoso, larguísimo y negro como el abismo. Dulces labios de fresa y un desafío constante a la ley de la gravedad en su trasero respingón y en sus pechos, generosos pero perfectamente proporcionados. Era tan guapa y estaba tan inmensamente buena que no pasaba uno, ni un sólo día sin que recibiera piropos, halagos y proposiciones de todo tipo.

No obstante, sus atributos no se quedaban en lo exterior, ya que Esmeralda era una chica muy despierta, con un gran corazón, consciente de lo que era y de cómo actuar en cada situación. Lejos de sentirse intimidada o ir de diva, contestaba a cada cual según estimaba oportuno. Agradecida ante el trato respetuoso y cortés, nunca hacía una mala cara ante un comentario bonito, viniera de quien viniera. Aunque fuera del tipo más gordo, feo y calvo del lugar.

Por contra, si te las dabas de chulito o te tomabas demasiadas confianzas, así fueras Brad Pitt, ibas a quedar en ridículo delante de todas las personas en veinte metros a la redonda. Y es que Esmeralda era un volcán que despertaba erupciones por donde iba, y que al contrario que los volcanes de verdad, decidía con quien entrar en erupción y con quien no, siendo inmune a cualquier tipo de presión. Eso la hacía mucho más deseable si cabe. Yo la observaba desde lejos, rodeada de chicos, deseada por todos, mayor y perfecta. Apenas hablaba con ella alguna vez, pero siempre me dedicaba una sonrisa y una palabra amable, al ser el sobrino de sus amigos. Ella era, sin duda alguna, el sueño imposible de una fantasía infantil. Tenía suficiente con quererla en la distancia, pues sabía que, aunque yo fuera mayor, no conseguiría conquistarla. Era mucho barco para tan poco marinero.

Esmeralda siempre fue dueña de su cuerpo y de su corazón, y siempre los usó como creía mejor para su vida. Precisamente por eso, por vivir su vida sin complejos y de forma libre y abierta, Esmeralda siempre fue tildada de ligera de cascos, de guarrilla, de chica fácil. Chica fácil, se atrevían a decir los ignorantes. Esmeralda era la mujer más difícil de conseguir que yo he visto jamás. Para conseguir su maravillosa compañía no valía cualquiera, ni mucho menos. Lo que pasa es que su maravillosa compañía la consiguieron más de un hombre, y más de dos, y más de cinco, y más de diez. Decían que era una pobre diabla. Pero esas cosas le importaban a quien le tenían que importar, no desde luego a esta amazona de piel tostada, ni a nadie de su íntimo círculo.

En todos los años que pude pasar observándola platónicamente, Esmeralda nunca tuvo un novio duradero. Conocía muchos hombres, elegía a los que más le gustaban y pasaba con ellos el tiempo que le apetecía, pero nunca le gustaban lo suficiente como para atarse a ninguno durante mucho tiempo. O tal vez nunca quiso a un único hombre. O nunca llegó a querer realmente a ninguno. No creo que nunca llegue a saberlo.

Pasó el tiempo, y yo estaba a punto de cumplir quince años. Esmeralda seguía siendo una chica, como puede suponerse, enormemente popular. Decir que era la tía buena del grupo es algo que, como poco, se queda corto. Y decir que era una chica simplemente simpática, no se acerca ni a kilómetros. Era casi perfecta, y todos la querían. Yo mismo soñaba multitud de veces con estar una noche, sólo una noche con ella.

Ser tan popular no siempre fue bueno para esta impresionante mujer. Le iba mucho la fiesta, y eso a veces le traía compañías muy dañinas para ella. A su fama de chica fácil se le unieron otros chascarrillos relacionados con las drogas. La gente decía que se pasaba metiéndole a esto o a lo otro, y que últimamente andaba con un tipo que también tenía a sus espaldas una reputación completita.

Una noche, dando una vuelta por el chalet con mis amigos, vimos como a lo lejos paraba el coche del tío con dudosa reputación que había conseguido mantener unas semanas atada a Esmeralda. Se escuchaba una fuerte discusión dentro del coche, y después Esmeralda abrió la puerta y salió llorando. El tipo se fué quemando rueda y dejó allí a tan tremenda mujer. Viendo desde lejos tal escena, les dije a mis amigos que siguieran su camino, yo iría a acompañar a Esmeralda a su casa. Al fin y al cabo, era amiga de mis tíos y yo era en esos momentos la persona más cercana a ella. Me despedí de mis amigos y me fui corriendo hacia donde estaba la chica, mientras ésta caminaba ya en dirección a su casa, intentando llorar lo más silenciosamente posible para no llamar la atención de los chalets colindantes. Me planté justo delante de ella y la cogí firmemente por los brazos:

-Tranquila Esmeralda- le dije sin tener tiempo de pensar nada mejor.

Con los ojos llorosos y el moquillo colgándole, no le dejé llegar a articular palabra y le di un fuerte abrazo.

-Tranquila chiqui, no voy a decir nada a nadie. No tienes de qué preocuparte, pero no puedes irte así a tu casa.

Esmeralda rompió a llorar en mi hombro. La musa de mi infancia estaba poniendo perdida mi entrañable camiseta del mundial USA’94 a base de lágrimas, mocos y alguna babilla. Definitivamente, no es así como yo imaginaba un hipotético primer encuentro entre nosotros.

No obstante, la situación no era nada cómica, de hecho fue tan triste que la emoción me pudo y yo también acabé llorando, en un intento de sentir lo mismo que ella. Pasados un par de minutos, y con ambas ropas pringadas de fluidos corporales de procedencia nada erótica, nos sentamos a descansar y a hablar de lo sucedido. Ella había decidido dejarlo y el tío se puso violento. No quiso contarme todos los detalles pero tampoco me hacía falta. Después de un rato de charla tranquilizadora, un par de confesiones íntimas y las dos sonrisas que pude arrancarle, se limpió la cara y se marchó a su casa.

– Mañana voy a ir a la discoteca con mis amigos. Mis tíos también irán -disparé a quemarropa– y me gustaría mucho verte allí.

– ¿Ya vas a las discotecas? -se sorprendió.

– A la del pueblo voy a intentar entrar mañana. Acabo de cumplir los quince. No aparento ser muy mayor, pero otros de mi edad ya han entrado, y además, en la puerta está Fede. Si vas, que sepas que intentaré sacarte a bailar.

– No estoy yo para fiestas ahora tete, pero igual me lo pienso, ¿vale? Me tendrá que dar el aire. Mañana veremos.

Al día siguiente, un tórrido sábado estival en el pueblo, intenté entrar en la discoteca. Iba con dos amigos de mi edad y dos de mis tíos, de más de cuarenta años. En la cola de la taquilla nos comentan que han negado la entrada a dos chavales un año menores que nosotros. Compré la entrada en la taquilla y me acerqué hacia la puerta. Estaba Fede de portero. Fede es amigo de mis tíos. Quiero tener fe en Fede, es buen tipo.

Llegué a la puerta de la disco con la frente perlada de sudor y le di a Fede mi entrada con consumición, a un entrañable y módico precio de 500 pesetas. Mi mano tiembla mientras extiendo el papelito amarillo. El portero, que es amigo de la familia pero no es gilipollas, sabe que soy menor, sabe que me faltan tres años para la edad mínima y me mira con el ceño fruncido. Afortunadamente, la presencia de mis tíos juega su rol previsto y consigo entrar, pero con una condición. Conforme me rompe la entrada y me da paso, se acerca con un sutil movimiento de cadera a mi oreja y me susurra:

– Más te vale portarte bien, ¿eh, chaval?

– No te preocupes -acierto a decir con la voz entrecortada y temblorosa.

Luchando por mantener en pie mi cuerpo extasiado de gloria, crucé con paso torpe el invisible arco que separa el fracaso del éxito. El ostracismo de la fiebre hormonal. La adolescencia de la edad adulta. La intangible y a la vez inapelable barrera que hay entre tomarse una copa en el botellón del parking con la música de fondo, y tomársela al lado de los altavoces y rodeado de mujeres dispuestas a pasarlo bien. A pasarlo bien con otros, pero a pasarlo bien. Las puertas del paraíso se abrieron y de repente me vi allí, respirando aliviado en pleno fervor adolescente, por primera vez en la discoteca del pueblo.

Una vez metes la cabeza, y si no llamas la atención, no tiene por qué pasar nada. Y lo mejor de todo, no tardé en verlo de frente. Cuando todavía no me había dado una vuelta completa por la disco, el tesoro de la isla apareció sentado elegantemente en una de las sillas de la terraza. Allí estaba ella. Esmeralda había venido. Hoy es la noche, los astros se han confabulado a mi favor. The time is now.

Tras un par de copas y varios bailecitos, me decido. La tengo delante, hablando con unas amigas, y de repente suena “la canción”. El temazo, enormemente popular en Valencia, no es otro que éste:

La gente grita enfervorizada, el ambiente se vuelve más caótico, doy el último trago al cubata y lanzo mis ojos hacia Esmeralda. Cuando me acerco y me mira, le sonrío y le tiendo la mano para sacarla a bailar. Sonríe y acepta. Estoy tan nervioso que ni siquiera puedo tener una erección, pero no puedo permitirme estos nervios. No ahora. Estoy en la plaza, estoy ante el toro, y la grada está llena. Tengo que recibirla a porta Gayola.

Los momentos de baile son la bomba. Bailamos toda la canción mirándonos a los ojos, cantándonos el uno al otro. Esmeralda sabía cómo pasárselo bien a cualquier hora y en cualquier situación. Durante algunos momentos, incluso llegamos a frotarnos un poco. O eso me hizo creer mi cerebro. En cualquier caso fue la hostia.

Sabía que no tenía nada que hacer con ella, pero me daba igual, estaba viviendo la mejor experiencia de mi vida, y lo mejor estaba aún por llegar. Cuando terminó la canción, la gente gritó aún más que al principio, nos abrazamos y me regaló un cariñoso “Gracias” a la oreja que me calentó más aún, si era posible.

– Me gustaría hablar contigo -le solté con dos cojones.

– ¿De qué?

– Será un minuto, y yo seré bueno. Es sólo hablar. Es importante para mí.

– Mmmm… a ver lo que me vas a decir, ¿eh? – Esmeralda se olía la tostada.

No obstante, Esmeralda no se amilana porque sabe que es ella quien tiene siempre la sartén por el mango. Ella es quien siempre decide, y no dejará que la situación vaya por donde no desea. Así pues, sólo unos instantes después, me veo saliendo de la discoteca acompañado de la mujer de mis sueños. Mientras vamos hacia la salida para que nos pongan el cuño en la muñeca y poder volver a entrar, Fede ve como voy acercándome a su posición y me sonríe, a la vez que me parece leer en sus labios un socarrón “qué hijo de puta”.

Cuando estamos fuera, nos sentamos en un banco alejado de la puerta y Esmeralda tira la pelota a mi tejado, segura de sí misma, como siempre.

– A ver pequeño, ¿qué es eso que tienes que contarme?

Si te lo estás oliendo, pillina. Yo diría que incluso llevas toda la vida sabiéndolo. Nunca te he quitado ojo, y de eso las mujeres se dan cuenta.

No obstante, su seguridad me contagia y decido coger el toro por los cuernos. Respiro profundo y rezo por que mi poca saliva y los nervios me dejen hablar.

– Mira, Esmeralda, tengo que decirte algo, pero necesito saber que vas a intentar entenderme.

Esmeralda sabe que lo que va a venir ahora no le va a gustar demasiado, así que inspira profundamente, cierra los ojos un segundo, expira el aire y me dice que continúe.

– Ante todo, quiero que sepas que no voy a intentar nada contigo- intento mantener la situación controlada-. Eres casi como de la familia y me sacas más de diez años. Sé que sería estúpido, incómodo… y no te quiero hacer cargar con eso.

Respira tranquila y me lo agradece.

– Pero eso no quita que las cosas son como son -proseguí valiente cual Don Quijote- y yo estoy loco por tí. Pero no desde ahora, Esmeralda, desde siempre. Lo siento mucho, pero son ya muchos años callando y quería que lo supieras sin comprometerte a nada. Sólo necesitaba que lo supieras. Sabes que siempre te he observado mientras tú estabas con los mayores y yo con los pequeños.

– Ya me lo imaginaba. No te preocupes, es un halago. Está bien que me lo digas si eres consciente de la realidad.

– Gracias Esmeralda, te agradezco que te lo tomes así porque yo no podía aguantar más. Necesitaba decírtelo todo. Decirte que he soñado durante años contigo, que he tenido miles de fantasías pensando en tí y precisamente por lo mucho que te quiero, no quiero causarte ningún daño. Por lo que pasó anoche también quería decirte que ese tipo con el que salías no era suficiente para tí. De hecho, no creo que haya ningún hombre que sea suficiente para tí.

Esmeralda empieza a cambiar el gesto y parece ponerse un poco triste. Mira hacia abajo.

– No, no te pongas triste, por favor -le digo pensando que acabo de joder por completo el momento- no quiero hacerte recordar nada, al contrario. Quiero que mires hacia delante porque tú te mereces ser feliz. Yo sólo soy un crío, no puedo aspirar a alguien como tú, lo mío es un amor platónico. Lo que quiero decirte es que algún día encontrarás a un tío que te querrá como te quiero yo y además te podrá dar todo lo que tú quieres y mereces. Y ese día yo seré feliz por tí. No te pido nada, sólo necesito decirte cuanto me importas.

En ese momento, ni yo mismo me creo que haya sido capaz de decir eso. No esperaba decírselo así, de hecho no sabía cómo decírselo, sólo sabía que tenía que hacerlo, y lo hice del tirón. No estaba planeado pero fue más o menos así. Y fue totalmente sincero.

Para mi sorpresa, Esmeralda parece haber estado atenta a todo lo que he dicho, y haber entendido mis sentimientos. Conmovida, me abraza y me da las gracias de nuevo por como me porto con ella. Durante ese abrazo me siento triunfal, me siento aliviado, me siento fuerte. Me doy cuenta por primera vez en mi vida de que el amor es un sentimiento libre y como tal puede ser expresado.

Cuando el abrazo se acaba, simplemente la química surge a mitad de camino de nuestros ojos y la chispa salta. Me mira fijamente durante un par de segundos y lo hace. En aquel banquito sombrío y a las tantas de la madrugada, Esmeralda, la musa de mis fantasías infantiles me regala un largo y dulce beso. Los escalofríos campaban a sus anchas por mi cuerpo, por todas partes, tenía todo el vello de mi cuerpo de punta. Lo que no es el vello también se puso de punta. Después de unos momentos que no podría cuantificar en segundos, nuestros labios se separan y volvemos a abrazarnos.

– Tómatelo como un beso platónico. Me has demostrado que sabes lo que haces y espero que sepas asimilar lo que ha pasado. Sólo un beso. Un beso bonito, pero nada más. Necesito que nadie sepa nada de esto – me dice Esmeralda poniendo toda su confianza en mí-, ni tus amigos, ni tus tíos ni nadie. Te lo ruego, por favor.

– Nadie se enterará, te lo prometo. Contaré la historia pero cambiaré todas las circunstancias, incluído tu nombre. Serás otra chica en otro sitio. Me gustaría llamarte Esmeralda, por tus ojos. Me encantan tus ojos.

Se ríe y dice que le eche imaginación, que por las fantasías que he tenido, de eso voy sobrado. Pero me repite, es importante que nadie nos relacione. Ahora sólo hemos estado hablando. Le digo que no tiene de qué preocuparse. Sólo ha sido una convesación, una de tantas que se tienen a diario.

A partir de aquello, efectivamente, nadie nos relacionó. Nunca hubo ni un tímido rumor. Pocos meses después, falleció mi abuela, se cerró el nexo de unión vacacional que era el bar y el grupo de amigos se separó. Cada uno se fue a su pueblo y sólo se veían de vez en cuando. Desde entonces, apenas he visto a Esmeralda. A algunos de mis tíos también he dejado de verlos a menudo. Sin embargo, los chismes que afectan a la vida de Esmeralda no dejaban de aparecer. Aún cuando los amigos ya no estaban juntos y cada uno vivía en un pueblo diferente, seguían llegando rumores, lo mismo de siempre. Drogas, fiesta, sexo y malas compañías.

Muy pocas personas se han preocupado en conocer a Esmeralda de verdad, en hablar con ella, en preguntarle qué cosas le gustan de la vida, en quererla sin pedirle nada a cambio.

En un mundo en el que todos predican libertad, muy pocos supieron respetar la libertad de Esmeralda.

Un día escuché esta preciosa canción, y no pude dejar de pensar en esa mujer, en ese icono de mi infancia. Como en la vida real, como tantas mujeres en este mundo, la Esmeralda de esta canción tiene una cara A, la parte que oyes de boca de los demás, y una cara B, la que descubres por tí mismo.

Aunque no os guste mucho el estilo de música os recomiendo que le prestéis atención a la letra, sobre todo a la segunda mitad de la canción, unas preciosas estrofas llenas de sensualidad donde habla de la mujer real, la que conoces de primera mano, y no la que te cuentan.

Mi querida señora Sofía

Un día conocí a una señora mayor que en su juventud fue increíblemente famosa. Tuvo todo cuanto quiso y eclipsó a las personas más relevantes del mundo. Era importante, todos la querían y todos la respetaban. Pobre de aquel que osara faltarle al respeto, pues una legión compuesta por los hombres más poderosos de la época no dejarían mancillar su nombre. Bonitos tiempos aquellos.

Ya no es ni el reflejo de lo que en su día fue. Sus labios están cuarteados y sus besos saben a vino y whisky. Su aliento huele a tabaco, pero sus palabras siguen sabiendo igual de bien que siempre.

Tiene la cara marcada de arrugas y heridas aún sin cicatrizar, las cuales intenta en vano ocultar con maquillaje del barato, intentando parecerse a la joven que fue y que tanto triunfó allá donde iba.

Usa ropa glamurosa, aunque ya no puede permitirse primeras marcas como antaño y debe limitarse a ropa de segunda mano, que a veces está sucia o rota, pero que ella lleva con enorme estilo, ese mismo estilo que no se pierde por muchos años que pasen.

Esta señora camina ahora por la vida con multitud de operaciones estéticas a sus espaldas y lleva demasiado tiempo tonteando con el alcohol y las drogas.

Aunque ya no sea ni el reflejo de lo que fue, sigue dando guerra, y a veces sale un sábado por la noche y se encuentra con algún jovenzuelo que no la había visto nunca antes. Lo seduce con ese magnetismo que sólo las mujeres tienen y que nunca pierden por muchos años que pasen, lo envuelve en su misterio y le cuenta una parte del secreto de la vida. Lo enamora al instante.

Todos en la gran ciudad ya se han follado varias veces a esa vieja en todas las posturas posibles. Al principio la respetaban porque decía cosas interesantes y parecía misteriosa y muy inteligente, pero esos tiempos ya pasaron. Ahora nadie la respeta, y nuestra dama es humillada día tras día con el mayor de los desprecios y una indiferencia que duele en el corazón como una explosión de sangre y lágrimas.

Los políticos, que tanto se ayudaron de ella para subir al poder, ahora la dejan de lado. Los medios de comunicación dicen tratarla con respeto y rigor, y no hacen sino vomitarle encima. La gente dice quererla y respetarla, pero la mayoría de la población lo dice por pura hipocresía.

Pronto el jovenzuelo que la acaba de descubrir también le perderá el respeto y la considerará lo mismo que los demás, un juguete más que usar y usar hasta que se rompa. Después se irá de fiesta con sus amigos a drogarse y tirarle cacho a las jovencitas salidorras.

Cuando alguien conoce por primera vez a esa señora, se siente atraído hacia ella. No falla. Algunos coquetean una noche y luego la olvidan para siempre.Hay otros que se quedan con ella un tiempo, hasta que se cruza otra más joven y más bella. Son pocos, pero también los hay que se enamoran de tal forma de ella que nunca más vuelven a ser los mismos.

Esta señora les cambia totalmente, les enamora para siempre. Yo llevo unos años prendado de ella y espero seguir así hasta el día en que mi corazón ya no haga más bum bum. Esta mujer no le interesa a casi nadie, pero sigue siendo una dama muy especial, con la que compartir tardes otoñales o preciosos paseos a la luz de las lejanas estrellas.

No pude conseguir la compañía de Sofía durante mucho tiempo, ya que yo también acabé dejando de buscarla y menospreciando su presencia. Con el paso de los años me arrepiento y me pregunto qué será de ella. Todavía la quiero. Hace mucho que no la veo, y reconozco que estoy bastante paranoico pensando en si habrá muerto.

La busco por todas partes, pero me es imposible encontrarla. A veces pienso que la veo por la calle junto a un abuelo que charla con su nieto. Otras veces creo divisarla en un comedor de beneficiencia. Hasta en las residencias de la tercera edad me ha parecido verla… pero no estoy seguro de que sea ella. Muchas veces creo verla en una biblioteca o en alguna película pero, sobre todo, donde más creo verla es en Internet.

Visito foros, artículos y blogs de lo más diversos… y creo que está en muchos de ellos, enamorando a alguien todos y cada uno de los días. Llevándole a su alcoba para enseñarle los más valiosos tesoros que posee este mundo. Tal vez en algún momento se le vuelva a tener el reconocimiento que merece. Tal vez algún día seamos capaces de ver por nosotros mismos la belleza de esta mujer.

Espero algún día encontrar de nuevo a mi querida Sofía… aunque no sé si sería mejor seguir por caminos paralelos.

El día en que la conocí me hizo dudar de todo…

Mi amigo Bob

Sin dejar de lado el sentimiento y la reflexión, hoy voy a soltarme la melena literaria porque me gustaría hablar de un amigo al que le debo gran parte de las mejores experiencias de toda mi existencia. Un amigo fiel que se fue para siempre. Quiero hablaros de Bob.

El Bob al que me refiero tiene muy poco que ver con Bob Marley, con Bob Esponja o con el actor secundario Bob, aunque en su filosofía de vida ha cabido siempre un poco de esos tres. Este Bob era diferente, y fue especial en mi vida.

Conocí a Bob cuando tenía 19 años, recién sacado el carnet de conducir. Yo por aquel entonces estaba buscando alguien con quien descubrir la vida, con quien vivir experiencias, y Bob se ajustaba mucho a ese perfil. Él era del pueblo en el que yo vivía por aquel entonces, y pertenecía a una familia trabajadora y honrada, además de bastante solvente.

Él era negro y tenía rasgos agitanados, pero eso en ningún momento fue un obstáculo. Nos conocimos y nos hicimos compañeros al instante. Su familia quería que estuviera con alguien del pueblo en lugar de con cualquier extranjero de por ahí, así que Bob y yo empezamos a disfrutar juntos de la vida y nos hicimos buenos amigos. La gente nos miraba algo extrañados, pues hacíamos una pareja bastante rara en un pueblo tan pequeño.

Por aquel entonces mi vida de gambitero trasnochador y disc-jockey ocasional era un hervidero de sensaciones y hormonas, aunque más hormonas que sensaciones, la verdad. La casualidad quiso que en el mismo verano en que conocí a Bob, mi mejor amigo Jose rompiera con su primera novia, con la que llevaba 4 años y lo había vivido todo. Me llamó llorando y hecho trizas, así que supe que era el momento de ahogar las penas en una de las tantas noches veraniegas que nos hemos tirado emborrachando a las estrellas. Tardé lo justo en coger la moto y tirar millas hasta su chalet, a 20 kilómetros de mi casa. Llegué en tiempo récord, nos fundimos en un doloroso y entrañable abrazo y empezó a contarme todo lo que hizo estallar aquella, su primera relación, la que nunca olvidamos. Nos fuimos a un rinconcito que tenemos en el monte, cada uno con su moto,  acompañados de la inestimable sangría de tetra brik. La noche avanzó y nuestro estado neuronal empeoraba con cada empinada de codo y calada a caraperro. Pasadas varias horas, y en condiciones sensiblemente mermadas, me balbuceó:

– Tío, tenemos que irnos a Ibiza tú y yo. Un fin de semana, de puntazo -dijo mi amigo roto de pena entre lágrimas, tragos y caladas- nos olvidamos de todo y nos pegamos allí la fiesta de la vida… ¡¡Un fin de semana!! ¡Sin ropa, sin nada! Nos vamos en el ferri desde Denia el viernes y volvemos en el del domingo. Sin apartamento ni pollas.

– Eso está hecho primo, ¡Ibiza, qué flipe! vamos a hacerlo sin pensar… ¡a lo loco! -respondí con atrevimiento juvenil- vamos a informarnos de los horarios y lo hacemos lo antes posible.

Tras la llorera y la noche de charla alcohólica volvimos a su chalet con el canto de los gallos. Cada uno en su moto, en un estado ciertamente lamentable, a 20 por hora, circulando en paralelo uno al lado del otro y haciendo eses que nos hacían rebotar moto contra moto justo en la línea divisoria de la carretera durante una y otra vez, una y otra vez…

Estoy seguro de que si existe Dios y nos vió en esos momentos de penosa conducción, lo grabó con el móvil y se parte la caja mientras ve el vídeo en el Youtube de los dioses.

Total que nos tomamos en serio lo del viaje, e incluso se apuntaron otros dos grandísimos amigos, pero lo que hizo el viaje absolutamente especial fue el invitado de excepción, pues decidimos llevarnos a Ibiza a mi amigo Bob. No resultó ser un viaje tan relámpago, sino que se planificó bien, con su apartamentito y todo. En ese momento, la desgracia de romper con la novia de toda la vida fue la ocasión perfecta para incluir a Bob dentro de mi grupo de amigos. Empezó a escribirse una nueva página en nuestras vidas.

Recorrer la isla con Bob y mis amigos fue una experiencia inolvidable. Visitamos las maravillosas calas, el famoso mercadito hippie de Sant Carles y el templo del relax y el buen rollo Café del Mar. También, como no, casi todas las discotecas de Ibiza, desde Amnesia hasta mi favorita, El Divino. Lo de Bora-bora no pudo ser, aquel año se encontraba cerrado por chanchullos que flipas desavenencias legales con las autoridades.

Ir con mis amigos y con Bob por toda Ibiza, viviendo cada minuto fue increíble. Recordaré siempre cómo el buen rollo salía de debajo de las piedras. Cómo olvidar el botellón en el parking de Amnesia con Yago Lamela y sus amigos, a los que acudimos porque nos faltaba hielo. Qué decir de las calas en las que todo cristo va en pelotas y el agua es tan cristalina que te deja ver como los pececillos nadan esquivando tus piernas. Fue tan maravilloso… ¡hasta descubrí la risoterapia! y además de una manera bastante curiosa, por cierto.

Resulta que durante las noches que estuvimos en Ibiza, al llegar de pegarnos el festival, como es lógico nos desplomábamos exhaustos sobre las camas. Pasaban unos momentos  hasta que alguien (no importaba quién) decía “Oye, ¿nos partimos la polla?”. En ese momento todo se paraba y solo había silencio, hasta que alguien empezaba a reírse. El modus operandi siempre era el mismo, y aún hoy en día, bastantes años despues, lo sigue siendo:

La primera risa es suave, como dejada caer. Después alguien se ríe de esa risa cutre y solitaria, otro se ríe de esas dos risas, y cuando quieres darte cuenta estás llorando y descojonándote a más no poder, emitiendo carcajadas increíblemente sonoras y sin saber de qué te estás riendo.

Y es que con Bob he pasado los momentos más locos de la vida. He ido a mil sitios y he conocido a mil personas. Me he ido de fiesta, al fútbol, de excursión, a bodas, funerales…  incluso me ayudó a tener experiencias sexuales inolvidables. No me lo tiré, no, pero gracias a él he podido hacer alguna que otra caidita de Roma.

Mi amigo Bob ha hecho mucho por mí. Gracias a él he tenido trabajos, mujeres, amistades… me facilitó la vida de una manera enorme. Bob siempre estaba allí, aunque por los excesos de su pasado no siempre estaba en buenas condiciones. Si ese día no le dolía nada especial, podías ir a comerte el mundo con él y volver a casa con una experiencia inolvidable. Garantizado. Palabra de Bob.

Es cierto que  ser su compañero me hizo gastar un dineral y no menos cierto es que me dejó tirado en múltiples ocasiones, pero nadie es perfecto y los amigos se lo perdonan todo, porque en el fondo, cuando de verdad lo he necesitado ha estado ahí como un campeón. Y eso para mí ha sido siempre lo más importante.

Hoy, cuando ya hace dos años que le perdí la pista para siempre, todavía le recuerdo con increíble cariño. Estaba muy delicado de salud y al final murió sobre el asfalto, como no podía ser de otra manera.

Nunca lo borraré de mi memoria porque el primer coche, como el primer amor, jamás se olvida.

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Este es Bob

Bob (nombre que le daba su matrícula B-8690OB) fue un Renault 21 negro repintao, coche de gitano donde los haya, con el que pasé gran parte de mi juventud. Tenía más de 500.000 km cuando lo compré, pues había sido taxi en Barcelona. Recién comprado me lo llevé a Ibiza con mis amigos, me regaló tres días de ensueño en la isla y tres años de averías, vivencias y situaciones como para escribir tres biblias. Ahora tengo a Mi Puto Hijo (M-PH) un coche mucho más “responsable” que Bob, con el que estoy inmensamente feliz. No obstante, como ya he dicho, tu primer coche nunca lo olvidas. Y tu primer polvo en un coche, tampoco.

Os dejo la que para mí es la canción más bonita del mundo, que he compartido con Bob y con mis mejores amigos en maravillosas travesías por diferentes lugares, viviendo a flor de piel la auténtica felicidad.


Gracias Bob.

Un partidito de Filosofía

La Filosofía, conocida etimológicamente como amor a la sabiduría, es un concepto muy relativo. Partiendo de ese punto,  todos podemos ser filósofos, ya que todo aquel que ame la sabiduría y que busque el conocimiento activamente puede considerarse a sí mismo un filósofo, o aprendiz de sabio.

Todo filósofo, aprendiz de sabio o persona a la que guste la filosofía (poned la etiqueta que más os guste) soñaría con ver a todos sus grandes ídolos juntos. Exactamente igual que un amante de la lectura, de la pintura o de cualquier otra actividad. La experiencia al ver a los grandes genios de una disciplina unidos podría llegar a ser orgásmica. Lo que pasa es que, como personas que son, a lo mejor al verlos a todos juntos nos podríamos llevar una gran sorpresa.

Quedamos a las 6 en casa de Platón

En el desvarío absoluto en el que va camino de convertirse esta entrada de blog, se me ocurre imaginar qué pasaría si los grandes estandartes de la Filosofía quedaran un día para echar la tarde. Lo que podríamos encontrarnos allí sería “no apto para cuerdos”.

Imaginémonos (puestos ya a imaginar) que quedan en la casa de uno de ellos, de Platón, por ejemplo. El primero en llegar es su discípulo Aristóteles. Ambos comienzan una interesantísima discusión acerca de las ideas, defendiendo tenazmente sus puntos de vista hacia la materia y la razón. Platón insiste con vehemencia en que lo único real son las ideas, mientras que Aristóteles es más de pensar que esas ideas o conceptos sólo tienen valor en la medida en que se hayan relacionados con objetos materiales (ya se sabe, la típica charla sobre filosofía…). Poco después llega Sócrates, al cual ambos filósofos recurren para que les ilumine con su ecuánime punto de vista, pero Sócrates se hace el loco y pasa de los dos.

Más tarde llegarían el resto de citados. Kant y Schopenhauer han venido juntos manteniendo una romántica charla acerca del criticismo. Ante el jaleo que tienen montado en el salón Platón y Aristóteles, Sócrates se decide a ser él quien les abra la puerta. Justo en el momento de abrirla, escucha calumnias muy graves de Schopenhauer hacia Hegel (maldito hijo de perra, en concreto). Arthur intenta disimular, pero Sócrates lo ha oído todo. De todas formas, no tiene por qué preocuparse, a Sócrates todo esto se la suda.

Los filósofos van arribando y cada vez la pequeña choza de Platón está más llena. Con tanta discusión en voz alta ya es difícil distinguir bien una conversación de otra. Ya han llegado Epicuro, Leibniz, Heráclito y Jaspers, están todos. Bueno, todos no, faltaba Nietzsche, que es el último en llegar, con una mala cara visible y blasfemando del puto tráfico que había. No se disculpa por llegar tarde.

Así pues que nos encontramos con una casa llena de filósofos, casi sin cervezas en la nevera y con el ambiente ya bastante cargado. La verdad es que se sienten algo cansados de tanto discutir sin llegar a ninguna conclusión que satisfaga a todos.

Además hace un día maravilloso y en la casa no huele demasiado bien con tanto sobaco antiguo sudando. De pronto, uno de ellos lanza una propuesta para una tarde primaveral como la que hoy luce. “¿Y si nos echamos un partidito?”. Todos los allí presentes callan en un silencio que se hace sepulcral. De repente, la maravillosa reunión de filósofos se va a la mierda. ¡El último que toque el larguero se pone!