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La pobre diabla y la dueña de los hombres

Una mujer. Y millones de opiniones, de buscones y mirones, de envidiosas sin razones, semi-diosa de la noche o perdida entre los hombres.

Y la verdad, da igual. Es su enigma, el enigma de sus secretos de alma y de alcoba. La verdad oculta y las mentiras a la luz de una mujer cuyo nombre, luego se entenderá por qué, cambiaré por uno acorde a la belleza de  su mirada.

Cuando vi a Esmeralda por primera vez sólo era un mocoso, un niño bastante travieso y precoz en varios aspectos, uno de ellos las fantasías sexuales. Supongo que eso no será una excepción, y muchos como yo (sobre todo chicos) pensaban en el sexo bastante antes de la adolescencia.

Como la mente tiene una libertad que nadie puede arrebatarnos, chica guapa que conocía, chica guapa que invitaba (sin ella saberlo, obviamente) a mis sensuales mundos oníricos, fantasías cutres de un niño que no tenía ni puta idea de sexo, pero empezaba a tenerla acerca del amor. Todas las chicas con las que fantaseaba eran exquisitamente tratadas, recibían agasajos, masajes y encuentros sexuales románticos al borde de un riachuelo en espléndidas noches de luna llena. En la vida real yo no sabría cómo se tenía que hacer eso del sexo, pero, ¡ay amigo! en mis fantasías yo era el amante más experimentado, cariñoso y entregado que una mujer pudiera desear. Bendita ignorancia.

Supongo que, en el fondo, lo único de mis fantasías que las chicas no aprobarían sería el acompañante, por lo que se convierte en necesario que las fantasías se limitaran al interior de mi lujuriosa mente infantil, y nunca llegaran a materializarse.

Principalmente, debía limitarme porque yo era un niño, y la mayoría de las chicas con las que fantaseaba no eran precisamente unas niñas. Entre ellas, amigas de la familia, la socorrista de la piscina municipal y una camarera polaca que siempre me servía mi batido de chocolate caliente-caliente, y me decía que si fuera una niña le encantaría ser mi novia. Estaba mintiendo, pero eso en mis fantasías no tenía importancia. Las fantasías sólo son fantasías, y pueden ser maravillosas.

También recuerdo la profesora de gimnasia, con su pantalón de chándal y sus pechos ajustados en minúsculas camisetas. En cada clase nos enseñaba los ejercicios a realizar valiéndose de sus grandes dotes como maestra. Gracias a ella me aficioné al deporte.

Pero ninguna de ellas produjo en mí el hechizo que sentí al conocer a Esmeralda. Nunca conocí personalidad tan arrolladora, ni corazón tan libre. Fue lo más parecido al amor que un mocoso de ocho años podía experimentar. La mujer entre las mujeres. Mi invitada especial noche tras noche.

Esmeralda era una amiga de mis tíos, los cuales tenían un grupo de amigos bastante numeroso formado por jóvenes de edades comprendidas entre los veintipocos y los treintaymuchos. Un grupo muy heterogéneo, que se tiraba las tardes de verano en la terraza del bar que tenía mi abuela, comiendo pipas, bebiendo cerveza,  contando chistes y compartiendo vida.

En aquel grupo estaba ella, una morena de ojos verdes con una mirada tan profunda que las piernas se te hacían flanes con sólo sentir que te estaba observando, aunque fuera de reojo. El pelo sedoso, larguísimo y negro como el abismo. Dulces labios de fresa y un desafío constante a la ley de la gravedad en su trasero respingón y en sus pechos, generosos pero perfectamente proporcionados. Era tan guapa y estaba tan inmensamente buena que no pasaba uno, ni un sólo día sin que recibiera piropos, halagos y proposiciones de todo tipo.

No obstante, sus atributos no se quedaban en lo exterior, ya que Esmeralda era una chica muy despierta, con un gran corazón, consciente de lo que era y de cómo actuar en cada situación. Lejos de sentirse intimidada o ir de diva, contestaba a cada cual según estimaba oportuno. Agradecida ante el trato respetuoso y cortés, nunca hacía una mala cara ante un comentario bonito, viniera de quien viniera. Aunque fuera del tipo más gordo, feo y calvo del lugar.

Por contra, si te las dabas de chulito o te tomabas demasiadas confianzas, así fueras Brad Pitt, ibas a quedar en ridículo delante de todas las personas en veinte metros a la redonda. Y es que Esmeralda era un volcán que despertaba erupciones por donde iba, y que al contrario que los volcanes de verdad, decidía con quien entrar en erupción y con quien no, siendo inmune a cualquier tipo de presión. Eso la hacía mucho más deseable si cabe. Yo la observaba desde lejos, rodeada de chicos, deseada por todos, mayor y perfecta. Apenas hablaba con ella alguna vez, pero siempre me dedicaba una sonrisa y una palabra amable, al ser el sobrino de sus amigos. Ella era, sin duda alguna, el sueño imposible de una fantasía infantil. Tenía suficiente con quererla en la distancia, pues sabía que, aunque yo fuera mayor, no conseguiría conquistarla. Era mucho barco para tan poco marinero.

Esmeralda siempre fue dueña de su cuerpo y de su corazón, y siempre los usó como creía mejor para su vida. Precisamente por eso, por vivir su vida sin complejos y de forma libre y abierta, Esmeralda siempre fue tildada de ligera de cascos, de guarrilla, de chica fácil. Chica fácil, se atrevían a decir los ignorantes. Esmeralda era la mujer más difícil de conseguir que yo he visto jamás. Para conseguir su maravillosa compañía no valía cualquiera, ni mucho menos. Lo que pasa es que su maravillosa compañía la consiguieron más de un hombre, y más de dos, y más de cinco, y más de diez. Decían que era una pobre diabla. Pero esas cosas le importaban a quien le tenían que importar, no desde luego a esta amazona de piel tostada, ni a nadie de su íntimo círculo.

En todos los años que pude pasar observándola platónicamente, Esmeralda nunca tuvo un novio duradero. Conocía muchos hombres, elegía a los que más le gustaban y pasaba con ellos el tiempo que le apetecía, pero nunca le gustaban lo suficiente como para atarse a ninguno durante mucho tiempo. O tal vez nunca quiso a un único hombre. O nunca llegó a querer realmente a ninguno. No creo que nunca llegue a saberlo.

Pasó el tiempo, y yo estaba a punto de cumplir quince años. Esmeralda seguía siendo una chica, como puede suponerse, enormemente popular. Decir que era la tía buena del grupo es algo que, como poco, se queda corto. Y decir que era una chica simplemente simpática, no se acerca ni a kilómetros. Era casi perfecta, y todos la querían. Yo mismo soñaba multitud de veces con estar una noche, sólo una noche con ella.

Ser tan popular no siempre fue bueno para esta impresionante mujer. Le iba mucho la fiesta, y eso a veces le traía compañías muy dañinas para ella. A su fama de chica fácil se le unieron otros chascarrillos relacionados con las drogas. La gente decía que se pasaba metiéndole a esto o a lo otro, y que últimamente andaba con un tipo que también tenía a sus espaldas una reputación completita.

Una noche, dando una vuelta por el chalet con mis amigos, vimos como a lo lejos paraba el coche del tío con dudosa reputación que había conseguido mantener unas semanas atada a Esmeralda. Se escuchaba una fuerte discusión dentro del coche, y después Esmeralda abrió la puerta y salió llorando. El tipo se fué quemando rueda y dejó allí a tan tremenda mujer. Viendo desde lejos tal escena, les dije a mis amigos que siguieran su camino, yo iría a acompañar a Esmeralda a su casa. Al fin y al cabo, era amiga de mis tíos y yo era en esos momentos la persona más cercana a ella. Me despedí de mis amigos y me fui corriendo hacia donde estaba la chica, mientras ésta caminaba ya en dirección a su casa, intentando llorar lo más silenciosamente posible para no llamar la atención de los chalets colindantes. Me planté justo delante de ella y la cogí firmemente por los brazos:

-Tranquila Esmeralda- le dije sin tener tiempo de pensar nada mejor.

Con los ojos llorosos y el moquillo colgándole, no le dejé llegar a articular palabra y le di un fuerte abrazo.

-Tranquila chiqui, no voy a decir nada a nadie. No tienes de qué preocuparte, pero no puedes irte así a tu casa.

Esmeralda rompió a llorar en mi hombro. La musa de mi infancia estaba poniendo perdida mi entrañable camiseta del mundial USA’94 a base de lágrimas, mocos y alguna babilla. Definitivamente, no es así como yo imaginaba un hipotético primer encuentro entre nosotros.

No obstante, la situación no era nada cómica, de hecho fue tan triste que la emoción me pudo y yo también acabé llorando, en un intento de sentir lo mismo que ella. Pasados un par de minutos, y con ambas ropas pringadas de fluidos corporales de procedencia nada erótica, nos sentamos a descansar y a hablar de lo sucedido. Ella había decidido dejarlo y el tío se puso violento. No quiso contarme todos los detalles pero tampoco me hacía falta. Después de un rato de charla tranquilizadora, un par de confesiones íntimas y las dos sonrisas que pude arrancarle, se limpió la cara y se marchó a su casa.

– Mañana voy a ir a la discoteca con mis amigos. Mis tíos también irán -disparé a quemarropa– y me gustaría mucho verte allí.

– ¿Ya vas a las discotecas? -se sorprendió.

– A la del pueblo voy a intentar entrar mañana. Acabo de cumplir los quince. No aparento ser muy mayor, pero otros de mi edad ya han entrado, y además, en la puerta está Fede. Si vas, que sepas que intentaré sacarte a bailar.

– No estoy yo para fiestas ahora tete, pero igual me lo pienso, ¿vale? Me tendrá que dar el aire. Mañana veremos.

Al día siguiente, un tórrido sábado estival en el pueblo, intenté entrar en la discoteca. Iba con dos amigos de mi edad y dos de mis tíos, de más de cuarenta años. En la cola de la taquilla nos comentan que han negado la entrada a dos chavales un año menores que nosotros. Compré la entrada en la taquilla y me acerqué hacia la puerta. Estaba Fede de portero. Fede es amigo de mis tíos. Quiero tener fe en Fede, es buen tipo.

Llegué a la puerta de la disco con la frente perlada de sudor y le di a Fede mi entrada con consumición, a un entrañable y módico precio de 500 pesetas. Mi mano tiembla mientras extiendo el papelito amarillo. El portero, que es amigo de la familia pero no es gilipollas, sabe que soy menor, sabe que me faltan tres años para la edad mínima y me mira con el ceño fruncido. Afortunadamente, la presencia de mis tíos juega su rol previsto y consigo entrar, pero con una condición. Conforme me rompe la entrada y me da paso, se acerca con un sutil movimiento de cadera a mi oreja y me susurra:

– Más te vale portarte bien, ¿eh, chaval?

– No te preocupes -acierto a decir con la voz entrecortada y temblorosa.

Luchando por mantener en pie mi cuerpo extasiado de gloria, crucé con paso torpe el invisible arco que separa el fracaso del éxito. El ostracismo de la fiebre hormonal. La adolescencia de la edad adulta. La intangible y a la vez inapelable barrera que hay entre tomarse una copa en el botellón del parking con la música de fondo, y tomársela al lado de los altavoces y rodeado de mujeres dispuestas a pasarlo bien. A pasarlo bien con otros, pero a pasarlo bien. Las puertas del paraíso se abrieron y de repente me vi allí, respirando aliviado en pleno fervor adolescente, por primera vez en la discoteca del pueblo.

Una vez metes la cabeza, y si no llamas la atención, no tiene por qué pasar nada. Y lo mejor de todo, no tardé en verlo de frente. Cuando todavía no me había dado una vuelta completa por la disco, el tesoro de la isla apareció sentado elegantemente en una de las sillas de la terraza. Allí estaba ella. Esmeralda había venido. Hoy es la noche, los astros se han confabulado a mi favor. The time is now.

Tras un par de copas y varios bailecitos, me decido. La tengo delante, hablando con unas amigas, y de repente suena “la canción”. El temazo, enormemente popular en Valencia, no es otro que éste:

La gente grita enfervorizada, el ambiente se vuelve más caótico, doy el último trago al cubata y lanzo mis ojos hacia Esmeralda. Cuando me acerco y me mira, le sonrío y le tiendo la mano para sacarla a bailar. Sonríe y acepta. Estoy tan nervioso que ni siquiera puedo tener una erección, pero no puedo permitirme estos nervios. No ahora. Estoy en la plaza, estoy ante el toro, y la grada está llena. Tengo que recibirla a porta Gayola.

Los momentos de baile son la bomba. Bailamos toda la canción mirándonos a los ojos, cantándonos el uno al otro. Esmeralda sabía cómo pasárselo bien a cualquier hora y en cualquier situación. Durante algunos momentos, incluso llegamos a frotarnos un poco. O eso me hizo creer mi cerebro. En cualquier caso fue la hostia.

Sabía que no tenía nada que hacer con ella, pero me daba igual, estaba viviendo la mejor experiencia de mi vida, y lo mejor estaba aún por llegar. Cuando terminó la canción, la gente gritó aún más que al principio, nos abrazamos y me regaló un cariñoso “Gracias” a la oreja que me calentó más aún, si era posible.

– Me gustaría hablar contigo -le solté con dos cojones.

– ¿De qué?

– Será un minuto, y yo seré bueno. Es sólo hablar. Es importante para mí.

– Mmmm… a ver lo que me vas a decir, ¿eh? – Esmeralda se olía la tostada.

No obstante, Esmeralda no se amilana porque sabe que es ella quien tiene siempre la sartén por el mango. Ella es quien siempre decide, y no dejará que la situación vaya por donde no desea. Así pues, sólo unos instantes después, me veo saliendo de la discoteca acompañado de la mujer de mis sueños. Mientras vamos hacia la salida para que nos pongan el cuño en la muñeca y poder volver a entrar, Fede ve como voy acercándome a su posición y me sonríe, a la vez que me parece leer en sus labios un socarrón “qué hijo de puta”.

Cuando estamos fuera, nos sentamos en un banco alejado de la puerta y Esmeralda tira la pelota a mi tejado, segura de sí misma, como siempre.

– A ver pequeño, ¿qué es eso que tienes que contarme?

Si te lo estás oliendo, pillina. Yo diría que incluso llevas toda la vida sabiéndolo. Nunca te he quitado ojo, y de eso las mujeres se dan cuenta.

No obstante, su seguridad me contagia y decido coger el toro por los cuernos. Respiro profundo y rezo por que mi poca saliva y los nervios me dejen hablar.

– Mira, Esmeralda, tengo que decirte algo, pero necesito saber que vas a intentar entenderme.

Esmeralda sabe que lo que va a venir ahora no le va a gustar demasiado, así que inspira profundamente, cierra los ojos un segundo, expira el aire y me dice que continúe.

– Ante todo, quiero que sepas que no voy a intentar nada contigo- intento mantener la situación controlada-. Eres casi como de la familia y me sacas más de diez años. Sé que sería estúpido, incómodo… y no te quiero hacer cargar con eso.

Respira tranquila y me lo agradece.

– Pero eso no quita que las cosas son como son -proseguí valiente cual Don Quijote- y yo estoy loco por tí. Pero no desde ahora, Esmeralda, desde siempre. Lo siento mucho, pero son ya muchos años callando y quería que lo supieras sin comprometerte a nada. Sólo necesitaba que lo supieras. Sabes que siempre te he observado mientras tú estabas con los mayores y yo con los pequeños.

– Ya me lo imaginaba. No te preocupes, es un halago. Está bien que me lo digas si eres consciente de la realidad.

– Gracias Esmeralda, te agradezco que te lo tomes así porque yo no podía aguantar más. Necesitaba decírtelo todo. Decirte que he soñado durante años contigo, que he tenido miles de fantasías pensando en tí y precisamente por lo mucho que te quiero, no quiero causarte ningún daño. Por lo que pasó anoche también quería decirte que ese tipo con el que salías no era suficiente para tí. De hecho, no creo que haya ningún hombre que sea suficiente para tí.

Esmeralda empieza a cambiar el gesto y parece ponerse un poco triste. Mira hacia abajo.

– No, no te pongas triste, por favor -le digo pensando que acabo de joder por completo el momento- no quiero hacerte recordar nada, al contrario. Quiero que mires hacia delante porque tú te mereces ser feliz. Yo sólo soy un crío, no puedo aspirar a alguien como tú, lo mío es un amor platónico. Lo que quiero decirte es que algún día encontrarás a un tío que te querrá como te quiero yo y además te podrá dar todo lo que tú quieres y mereces. Y ese día yo seré feliz por tí. No te pido nada, sólo necesito decirte cuanto me importas.

En ese momento, ni yo mismo me creo que haya sido capaz de decir eso. No esperaba decírselo así, de hecho no sabía cómo decírselo, sólo sabía que tenía que hacerlo, y lo hice del tirón. No estaba planeado pero fue más o menos así. Y fue totalmente sincero.

Para mi sorpresa, Esmeralda parece haber estado atenta a todo lo que he dicho, y haber entendido mis sentimientos. Conmovida, me abraza y me da las gracias de nuevo por como me porto con ella. Durante ese abrazo me siento triunfal, me siento aliviado, me siento fuerte. Me doy cuenta por primera vez en mi vida de que el amor es un sentimiento libre y como tal puede ser expresado.

Cuando el abrazo se acaba, simplemente la química surge a mitad de camino de nuestros ojos y la chispa salta. Me mira fijamente durante un par de segundos y lo hace. En aquel banquito sombrío y a las tantas de la madrugada, Esmeralda, la musa de mis fantasías infantiles me regala un largo y dulce beso. Los escalofríos campaban a sus anchas por mi cuerpo, por todas partes, tenía todo el vello de mi cuerpo de punta. Lo que no es el vello también se puso de punta. Después de unos momentos que no podría cuantificar en segundos, nuestros labios se separan y volvemos a abrazarnos.

– Tómatelo como un beso platónico. Me has demostrado que sabes lo que haces y espero que sepas asimilar lo que ha pasado. Sólo un beso. Un beso bonito, pero nada más. Necesito que nadie sepa nada de esto – me dice Esmeralda poniendo toda su confianza en mí-, ni tus amigos, ni tus tíos ni nadie. Te lo ruego, por favor.

– Nadie se enterará, te lo prometo. Contaré la historia pero cambiaré todas las circunstancias, incluído tu nombre. Serás otra chica en otro sitio. Me gustaría llamarte Esmeralda, por tus ojos. Me encantan tus ojos.

Se ríe y dice que le eche imaginación, que por las fantasías que he tenido, de eso voy sobrado. Pero me repite, es importante que nadie nos relacione. Ahora sólo hemos estado hablando. Le digo que no tiene de qué preocuparse. Sólo ha sido una convesación, una de tantas que se tienen a diario.

A partir de aquello, efectivamente, nadie nos relacionó. Nunca hubo ni un tímido rumor. Pocos meses después, falleció mi abuela, se cerró el nexo de unión vacacional que era el bar y el grupo de amigos se separó. Cada uno se fue a su pueblo y sólo se veían de vez en cuando. Desde entonces, apenas he visto a Esmeralda. A algunos de mis tíos también he dejado de verlos a menudo. Sin embargo, los chismes que afectan a la vida de Esmeralda no dejaban de aparecer. Aún cuando los amigos ya no estaban juntos y cada uno vivía en un pueblo diferente, seguían llegando rumores, lo mismo de siempre. Drogas, fiesta, sexo y malas compañías.

Muy pocas personas se han preocupado en conocer a Esmeralda de verdad, en hablar con ella, en preguntarle qué cosas le gustan de la vida, en quererla sin pedirle nada a cambio.

En un mundo en el que todos predican libertad, muy pocos supieron respetar la libertad de Esmeralda.

Un día escuché esta preciosa canción, y no pude dejar de pensar en esa mujer, en ese icono de mi infancia. Como en la vida real, como tantas mujeres en este mundo, la Esmeralda de esta canción tiene una cara A, la parte que oyes de boca de los demás, y una cara B, la que descubres por tí mismo.

Aunque no os guste mucho el estilo de música os recomiendo que le prestéis atención a la letra, sobre todo a la segunda mitad de la canción, unas preciosas estrofas llenas de sensualidad donde habla de la mujer real, la que conoces de primera mano, y no la que te cuentan.

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