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Mi amigo Bob

Sin dejar de lado el sentimiento y la reflexión, hoy voy a soltarme la melena literaria porque me gustaría hablar de un amigo al que le debo gran parte de las mejores experiencias de toda mi existencia. Un amigo fiel que se fue para siempre. Quiero hablaros de Bob.

El Bob al que me refiero tiene muy poco que ver con Bob Marley, con Bob Esponja o con el actor secundario Bob, aunque en su filosofía de vida ha cabido siempre un poco de esos tres. Este Bob era diferente, y fue especial en mi vida.

Conocí a Bob cuando tenía 19 años, recién sacado el carnet de conducir. Yo por aquel entonces estaba buscando alguien con quien descubrir la vida, con quien vivir experiencias, y Bob se ajustaba mucho a ese perfil. Él era del pueblo en el que yo vivía por aquel entonces, y pertenecía a una familia trabajadora y honrada, además de bastante solvente.

Él era negro y tenía rasgos agitanados, pero eso en ningún momento fue un obstáculo. Nos conocimos y nos hicimos compañeros al instante. Su familia quería que estuviera con alguien del pueblo en lugar de con cualquier extranjero de por ahí, así que Bob y yo empezamos a disfrutar juntos de la vida y nos hicimos buenos amigos. La gente nos miraba algo extrañados, pues hacíamos una pareja bastante rara en un pueblo tan pequeño.

Por aquel entonces mi vida de gambitero trasnochador y disc-jockey ocasional era un hervidero de sensaciones y hormonas, aunque más hormonas que sensaciones, la verdad. La casualidad quiso que en el mismo verano en que conocí a Bob, mi mejor amigo Jose rompiera con su primera novia, con la que llevaba 4 años y lo había vivido todo. Me llamó llorando y hecho trizas, así que supe que era el momento de ahogar las penas en una de las tantas noches veraniegas que nos hemos tirado emborrachando a las estrellas. Tardé lo justo en coger la moto y tirar millas hasta su chalet, a 20 kilómetros de mi casa. Llegué en tiempo récord, nos fundimos en un doloroso y entrañable abrazo y empezó a contarme todo lo que hizo estallar aquella, su primera relación, la que nunca olvidamos. Nos fuimos a un rinconcito que tenemos en el monte, cada uno con su moto,  acompañados de la inestimable sangría de tetra brik. La noche avanzó y nuestro estado neuronal empeoraba con cada empinada de codo y calada a caraperro. Pasadas varias horas, y en condiciones sensiblemente mermadas, me balbuceó:

– Tío, tenemos que irnos a Ibiza tú y yo. Un fin de semana, de puntazo -dijo mi amigo roto de pena entre lágrimas, tragos y caladas- nos olvidamos de todo y nos pegamos allí la fiesta de la vida… ¡¡Un fin de semana!! ¡Sin ropa, sin nada! Nos vamos en el ferri desde Denia el viernes y volvemos en el del domingo. Sin apartamento ni pollas.

– Eso está hecho primo, ¡Ibiza, qué flipe! vamos a hacerlo sin pensar… ¡a lo loco! -respondí con atrevimiento juvenil- vamos a informarnos de los horarios y lo hacemos lo antes posible.

Tras la llorera y la noche de charla alcohólica volvimos a su chalet con el canto de los gallos. Cada uno en su moto, en un estado ciertamente lamentable, a 20 por hora, circulando en paralelo uno al lado del otro y haciendo eses que nos hacían rebotar moto contra moto justo en la línea divisoria de la carretera durante una y otra vez, una y otra vez…

Estoy seguro de que si existe Dios y nos vió en esos momentos de penosa conducción, lo grabó con el móvil y se parte la caja mientras ve el vídeo en el Youtube de los dioses.

Total que nos tomamos en serio lo del viaje, e incluso se apuntaron otros dos grandísimos amigos, pero lo que hizo el viaje absolutamente especial fue el invitado de excepción, pues decidimos llevarnos a Ibiza a mi amigo Bob. No resultó ser un viaje tan relámpago, sino que se planificó bien, con su apartamentito y todo. En ese momento, la desgracia de romper con la novia de toda la vida fue la ocasión perfecta para incluir a Bob dentro de mi grupo de amigos. Empezó a escribirse una nueva página en nuestras vidas.

Recorrer la isla con Bob y mis amigos fue una experiencia inolvidable. Visitamos las maravillosas calas, el famoso mercadito hippie de Sant Carles y el templo del relax y el buen rollo Café del Mar. También, como no, casi todas las discotecas de Ibiza, desde Amnesia hasta mi favorita, El Divino. Lo de Bora-bora no pudo ser, aquel año se encontraba cerrado por chanchullos que flipas desavenencias legales con las autoridades.

Ir con mis amigos y con Bob por toda Ibiza, viviendo cada minuto fue increíble. Recordaré siempre cómo el buen rollo salía de debajo de las piedras. Cómo olvidar el botellón en el parking de Amnesia con Yago Lamela y sus amigos, a los que acudimos porque nos faltaba hielo. Qué decir de las calas en las que todo cristo va en pelotas y el agua es tan cristalina que te deja ver como los pececillos nadan esquivando tus piernas. Fue tan maravilloso… ¡hasta descubrí la risoterapia! y además de una manera bastante curiosa, por cierto.

Resulta que durante las noches que estuvimos en Ibiza, al llegar de pegarnos el festival, como es lógico nos desplomábamos exhaustos sobre las camas. Pasaban unos momentos  hasta que alguien (no importaba quién) decía “Oye, ¿nos partimos la polla?”. En ese momento todo se paraba y solo había silencio, hasta que alguien empezaba a reírse. El modus operandi siempre era el mismo, y aún hoy en día, bastantes años despues, lo sigue siendo:

La primera risa es suave, como dejada caer. Después alguien se ríe de esa risa cutre y solitaria, otro se ríe de esas dos risas, y cuando quieres darte cuenta estás llorando y descojonándote a más no poder, emitiendo carcajadas increíblemente sonoras y sin saber de qué te estás riendo.

Y es que con Bob he pasado los momentos más locos de la vida. He ido a mil sitios y he conocido a mil personas. Me he ido de fiesta, al fútbol, de excursión, a bodas, funerales…  incluso me ayudó a tener experiencias sexuales inolvidables. No me lo tiré, no, pero gracias a él he podido hacer alguna que otra caidita de Roma.

Mi amigo Bob ha hecho mucho por mí. Gracias a él he tenido trabajos, mujeres, amistades… me facilitó la vida de una manera enorme. Bob siempre estaba allí, aunque por los excesos de su pasado no siempre estaba en buenas condiciones. Si ese día no le dolía nada especial, podías ir a comerte el mundo con él y volver a casa con una experiencia inolvidable. Garantizado. Palabra de Bob.

Es cierto que  ser su compañero me hizo gastar un dineral y no menos cierto es que me dejó tirado en múltiples ocasiones, pero nadie es perfecto y los amigos se lo perdonan todo, porque en el fondo, cuando de verdad lo he necesitado ha estado ahí como un campeón. Y eso para mí ha sido siempre lo más importante.

Hoy, cuando ya hace dos años que le perdí la pista para siempre, todavía le recuerdo con increíble cariño. Estaba muy delicado de salud y al final murió sobre el asfalto, como no podía ser de otra manera.

Nunca lo borraré de mi memoria porque el primer coche, como el primer amor, jamás se olvida.

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Este es Bob

Bob (nombre que le daba su matrícula B-8690OB) fue un Renault 21 negro repintao, coche de gitano donde los haya, con el que pasé gran parte de mi juventud. Tenía más de 500.000 km cuando lo compré, pues había sido taxi en Barcelona. Recién comprado me lo llevé a Ibiza con mis amigos, me regaló tres días de ensueño en la isla y tres años de averías, vivencias y situaciones como para escribir tres biblias. Ahora tengo a Mi Puto Hijo (M-PH) un coche mucho más “responsable” que Bob, con el que estoy inmensamente feliz. No obstante, como ya he dicho, tu primer coche nunca lo olvidas. Y tu primer polvo en un coche, tampoco.

Os dejo la que para mí es la canción más bonita del mundo, que he compartido con Bob y con mis mejores amigos en maravillosas travesías por diferentes lugares, viviendo a flor de piel la auténtica felicidad.


Gracias Bob.

El síndrome de Valencia

Hace unos años tuve la ocasión de viajar desde Valencia, mi ciudad natal, hasta Barcelona para pasar unos días con un amigo.

Durante la estancia allí, como buen anfitrión, el chico se preocupó bastante de tenerme casi todo el tiempo ocupado. Me preparó quedadas con sus amigos, cenas por ahí y excursiones a todo tipo de lugares típicos de la zona. Pero lo mejor de todo sucedió cuando decidió llevarme en el Bus Turístic de Barcelona.

Aquello fue genial, vimos muchos de los mejores lugares de la ciudad y lo que más me llamó la atención fue la frase que me dijo mi amigo, que era de Barcelona desde que decidió nacer.

Nen, yo que soy de aquí, no sabía que Barcelona era tan bonita, de verdad te lo digo, ¿eh?

Aquella frase me impactó mucho por lo embobao que estaba mientras lo decía y porque automáticamente empecé a empatizar con sus emociones. ¿Cuánto podría estar yo perdiéndome de mi ciudad? ¿Qué cosas podrían haber que me llegaran a fascinar?

Pues bien, he recorrido prácticamente toda mi ciudad en multitud de ocasiones y he de decir que Valencia es una ciudad amplia, con un clima único y con un equilibrio entre cultura y modernismo brutal. Además su gente es de un carácter muy abierto. Creo que, aunque pueda ser subjetivo, Valencia es un maravilloso sitio donde vivir. Eso sí, aún no he cogido el Bus Turístico… pero no voy a tardar mucho.

No trato de que todos vengáis este verano a Valencia, no. Lo que quiero transmitir es que yo he conocido mi ciudad y he aprendido a valorar todo lo que tiene. Los valencianos (los de toda la Comunidad Valenciana) somos un pueblo especial, por muchas cosas, y de algunas de ellas va este post.

Resulta que acabo de ver la película El Sindrome de Svensson, una película producida y filmada en diversos pueblos de la provincia de Valencia. Forma parte de una serie de DVD’s llenos de películas que esperaba ver este verano, pero esta la escogí por error. Lo curioso del caso es que ya la intenté ver hace mucho tiempo y no aguanté 10 minutos, tuve que quitarla de lo malísima que me pareció. Me dio la sensación de ser la típica película surrealista en la que intentan ir de graciosos haciendo estupideces constantes dentro de un guión infumable. Tan mala me pareció que la borré de mi memoria para siempre en segundos. Y ya me extrañó que fuera tan mala, porque el reparto que tiene es realmente excelente, pues aparecen muchos actores conocidos de cine y televisión.

Pero he aquí que la vida te da a veces segundas oportunidades, y como esa película estaba totalmente fuera de mi memoria, al ver el DVD mucho tiempo después ni recordaba lo mala que era. No recordaba absolutamente nada. Leí “El síndrome de Svensson” escrito a boli en la carátula y mi cabeza no lo relacionó con aquel film. Aquella película ya no existía para mí, así que tropecé dos veces con la misma piedra, aunque esta vez para bien.

Eso sí, demasiadas pistas le hacen a uno acertar por muy tonto que sea, y en cuanto vi el primer fotograma, exclamé para mis adentros: ¡Mierda!

Otra vez la peli del capullo con una camiseta de la selección sueca que intenta ir a dedo hasta Xàtiva (Valencia) porque allí tiene que encontrar a su mujer ideal. Ese tipo tiene el Síndrome de Svensson, una extraña enfermedad sin síntomas ni tratamiento, a la que le han puesto el nombre de nuestro protagonista, pues su família es la única que la padece. No saben lo que es. En realidad no es nada, no existe. Además el chico (que es buena gente en verdad) se encuentra con multitud de frikazos de talla mundial en un guión totalmente absurdo. Con ese panorama y con el poco interés que puse en verla, ¿cómo iba a gustarme?

Pensé en avanzar hacia delante por si había algo gracioso que me estimulara para soportarla, y vi un par de escenas que me hicieron esbozar una gran sonrisa sin darme cuenta. Al ser consciente de que estaba disfrutando, decidí verla completa, y tengo que decir que estoy muy contento de haberlo hecho.

Al verla sin prejuicios, la he disfrutado como un enano riéndome de situaciones irrisorias y absurdas, mezclando clichés típicos y muy exagerados de los valencianos (paella, macarras, naranjas, fallas, labradores catetos, paquito el chocolatero…) con unas dosis de humor surrealista que me ha hecho reír y hasta incluso llorar, tanto de risa como de emoción.

Viendo la película completa pude disfrutar una secuencia que me tocó las fibras más sensibles: dos pijas catalanas se pierden en el barrio del Cabanyal (barrio marinero de Valencia, donde yo nací y me crié) y muestran un plano a coche de las distintas callejuelas y las viejas casas con más de cien años que le siguen dando ese toque antiguo y cultural a la ciudad cada vez más modernizada. Este es un barrio muy carismático y antiguo de Valencia, y actualmente está en peligro de extinción. Al ser mi barrio natal y conocer toda la polémica que hay entorno a él, me emocionaron mucho estas escenas. Esta situación es poco conocida a nivel nacional, aunque programas como Callejeros también le dedicaron un tiempo en televisión.

El retrato del barrio del Cabanyal con toda la vida que allí hay (esa parte fue más documental que película) me llegó de verdad. Los viejos sentados en las puertas de sus pequeñas y viejas casitas, tomando el fresco y charlando con los vecinos. Las coloristas y preciosas fachadas de muchas de aquellas casas le otorgan un carácter mediterráneo y añejo que solo se comprende desde la aceptación de la memoria histórica de la ciudad. Incluso toda la “fauna” que siempre ha habido en esa zona ( es un barrio muy humilde con lo que eso conlleva) son cosas que quien conoce Valencia sabe que van con el carácter de la ciudad. Han estado siempre allí y forman parte de la idiosincrasia valenciana. Fue muy especial ver todo eso en una película. Era como visualizar lo que yo he vivido desde pequeño pero en 8 mm. O bueno, mejor dicho a 512 kbps. De verdad que esa película tiene algo muy especial.

No sé si alguien de fuera de Valencia la disfrutará o sabrá captar parte de ese mensaje en clave valenciana que nos deja, pero sí que puedo decir que si eres de Valencia o conoces la tierra y quieres ver una peli para reirte sin prejuicios ni complejos, (y hasta para pensar un poquito si te lo propones) esta es una grandísima ocasión.

Puede que a primera vista te parezca una apestosa creación, pero si lo intentas a lo mejor te hace aprender a valorar un poco más la cultura y la filosofía de vida que aquí tenemos. En definitiva, la cultura que cada uno tiene en su tierra. Aquí os dejo un par de trailers del film.

Vivas donde vivas, ese sitio tiene una historia que vale la pena conocer, no te niegues el placer de saborear la cultura de donde están tus raíces.

Es muy bueno estar rulando un poquito por tu ciudad. Conocerla mola, y además, te ayuda a conocerte a tí mismo. Yo ya tengo el síndrome de Valencia. Espero que tú contraigas también el síndrome de tu pueblo.

Un partidito de Filosofía

La Filosofía, conocida etimológicamente como amor a la sabiduría, es un concepto muy relativo. Partiendo de ese punto,  todos podemos ser filósofos, ya que todo aquel que ame la sabiduría y que busque el conocimiento activamente puede considerarse a sí mismo un filósofo, o aprendiz de sabio.

Todo filósofo, aprendiz de sabio o persona a la que guste la filosofía (poned la etiqueta que más os guste) soñaría con ver a todos sus grandes ídolos juntos. Exactamente igual que un amante de la lectura, de la pintura o de cualquier otra actividad. La experiencia al ver a los grandes genios de una disciplina unidos podría llegar a ser orgásmica. Lo que pasa es que, como personas que son, a lo mejor al verlos a todos juntos nos podríamos llevar una gran sorpresa.

Quedamos a las 6 en casa de Platón

En el desvarío absoluto en el que va camino de convertirse esta entrada de blog, se me ocurre imaginar qué pasaría si los grandes estandartes de la Filosofía quedaran un día para echar la tarde. Lo que podríamos encontrarnos allí sería “no apto para cuerdos”.

Imaginémonos (puestos ya a imaginar) que quedan en la casa de uno de ellos, de Platón, por ejemplo. El primero en llegar es su discípulo Aristóteles. Ambos comienzan una interesantísima discusión acerca de las ideas, defendiendo tenazmente sus puntos de vista hacia la materia y la razón. Platón insiste con vehemencia en que lo único real son las ideas, mientras que Aristóteles es más de pensar que esas ideas o conceptos sólo tienen valor en la medida en que se hayan relacionados con objetos materiales (ya se sabe, la típica charla sobre filosofía…). Poco después llega Sócrates, al cual ambos filósofos recurren para que les ilumine con su ecuánime punto de vista, pero Sócrates se hace el loco y pasa de los dos.

Más tarde llegarían el resto de citados. Kant y Schopenhauer han venido juntos manteniendo una romántica charla acerca del criticismo. Ante el jaleo que tienen montado en el salón Platón y Aristóteles, Sócrates se decide a ser él quien les abra la puerta. Justo en el momento de abrirla, escucha calumnias muy graves de Schopenhauer hacia Hegel (maldito hijo de perra, en concreto). Arthur intenta disimular, pero Sócrates lo ha oído todo. De todas formas, no tiene por qué preocuparse, a Sócrates todo esto se la suda.

Los filósofos van arribando y cada vez la pequeña choza de Platón está más llena. Con tanta discusión en voz alta ya es difícil distinguir bien una conversación de otra. Ya han llegado Epicuro, Leibniz, Heráclito y Jaspers, están todos. Bueno, todos no, faltaba Nietzsche, que es el último en llegar, con una mala cara visible y blasfemando del puto tráfico que había. No se disculpa por llegar tarde.

Así pues que nos encontramos con una casa llena de filósofos, casi sin cervezas en la nevera y con el ambiente ya bastante cargado. La verdad es que se sienten algo cansados de tanto discutir sin llegar a ninguna conclusión que satisfaga a todos.

Además hace un día maravilloso y en la casa no huele demasiado bien con tanto sobaco antiguo sudando. De pronto, uno de ellos lanza una propuesta para una tarde primaveral como la que hoy luce. “¿Y si nos echamos un partidito?”. Todos los allí presentes callan en un silencio que se hace sepulcral. De repente, la maravillosa reunión de filósofos se va a la mierda. ¡El último que toque el larguero se pone!

Los Golden: El talento elevado a la cuarta

Para algunos pueden ser cuatro payasos haciendo canciones chorra. Para otros, unos cómicos que cantan. O unos cantantes que hacen comedia. Quizás también se les podría llamar showmans. Y la verdad es que para muchos son unos grandes desconocidos. Para mí lo eran. Sus nombres son Kike, Loyola, Edu y Manu, pero se hacen llamar Golden Apple Quartet.

A muchos de vosotros quizás os suenen por la que a mí me gusta denominar “canción del pollo asao asao”, y puede que por poco más. De hecho, tal vez alguno esté confundiéndolos con Les Luthiers. Hasta hace poco, los Golden sólo me sonaban de alguna esporádica actuación en la tele y por algún link tonto de esos que te pasa cualquier conocido y que puedes tener tiempo y ganas de ver, o bien puedes mandarlo al olvido con la mayor de las indiferencias.

El caso es que hace poco hicieron una función cerca de donde vivo, y solamente costaba ocho euros la entrada. No soy un entendido en la materia, pero cuando he intentado ir a alguna función de alguien más o menos conocido, los precios solían rondar el doble o el triple de esa cantidad. ¿Querría decir eso que el espectáculo no valdría la pena? No las tenía yo todas conmigo… pero a pesar de todo, no sé por qué, me hacía ilusión.

Sonrisas y lágrimas

Llegó el día de la función y el teatro estaba medio vacío, pero eso no me desanimó. El show que presentaban se titulaba Los Golden en serio. Cabe preguntarse por qué un grupo de cómicos titulan así un número, y su explicación tiene.

Una vez empezada la función, durante el prólogo, nos explicaban que el hecho de hacer humor les había encasillado de cara al público, y con el tiempo su gran sueño de cantar en el Carnegie Hall de Nueva York se había ido a hacer gárgaras. Todo por el maldito humor, así que iban a dejarse de “chuflerías”, y se disponían a empezar una nueva carrera como serios cantantes de prestigio. Aún no había terminado la introducción y ya estaban haciendo coñas.

A partir de entonces comenzó un periodo de unas dos horas en el que mi cuerpo fue un hervidero de sensaciones. Alternaban las bromas con las conversaciones serias, una canción chorra con otra de Frank Sinatra. Lo mismo les daba flamenco, que salsa, que boleros… te bordaban cualquier estilo con sus cuatro potentes vozarrones, que encajaban a la perfección en todo momento. Cuando cantaban para hacer reír, te partías la caja, y cuando se ponían a cantar en serio, se te saltaban las lágrimas. Si ya es difícil ser bueno haciendo comedia, y ya no digamos ser un buen cantante, ellos se manejaban en ambas facetas, y en las dos lo hacían de miedo. Nunca había visto a nadie con la capacidad de hacerte llorar de risa y de emoción en apenas cinco minutos. Fue una experiencia única y maravillosa.

Cuando salí del teatro, en seguida se me posó una pregunta en la cabeza. ¿Por qué estos tíos no son famosos? La pregunta, en sí, obviamente está mal formulada, porque ellos son famosos y la prueba está en que yo pagué por verlos a ellos, y no al revés. Pero, ¿Por qué unos ARTISTAZOS como estos van a pueblos donde no se llena el teatro (valiendo 8 euros la entrada) y otros con mucho menos talento petan las salas de ciudades importantes? ¿Y esos que incluso tienen programas en la tele?

A lo peor va a ser verdad eso de que “más vale caer en gracia que ser gracioso”.