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¡Tengo derecho a estar loco!

La locura ha sido atribuida desde el principio de los tiempos a causas sobrenaturales.  En las más antiguas civilizaciones se creía que los locos actuaban de manera diferente porque estaban poseídos por entes malignos. En el mejor de los casos, la locura era tratada con exorcismos o trepanaciones. En el peor de los casos podían sufrir horrores hasta el alivio de la muerte.

Aunque ya en la antigua Grecia se había teorizado sobre los orígenes psicológicos de la locura (separándola de lo sobrenatural o maligno) , las enfermedades mentales han sido estudiadas a fondo desde hace relativamente poco, en los siglos XIX y XX por pioneros como Freud o Jaspers. De esta forma llegamos hasta el conocimiento actual de la psique, que da paso a que se nos pueda separar oficialmente entre locos y cuerdos.

Seguro que en algún momento de tu vida, casi seguro en la infancia pero puede que también en tu madurez, te han hecho sentir en mayor o menor medida como si estuvieras un poco mal de la cabeza. Y la verdad es que para que se te vea como un bicho raro a veces no hace falta mucho. Con que vivas la vida un poquito a lo loco puede ser más que de sobra.

Tal vez, una tarde de repente se pusiera a diluviar y decidieras disfrutar bajo la manta de lluvia en lugar de ponerte a resguardo como el resto de la gente. Puede que te chiflen las películas gore o que seas un entusiasta de los fenómenos paranormales. Tal vez seas un friki que tiene un disco de 1 terabyte lleno de anime o quizás eres homosexual y has sentido como muchas personas te trataban como un enfermo mental.

Aunque el término “loco” se usa con frecuencia para los enfermos mentales de alto grado, no hace falta que seas violento ni supongas un peligro potencial para nadie. Hasta final del siglo XIX se denominó a la locura como  cualquier comportamiento que rechazaba las normas sociales establecidas, y aún hoy  sólo con pensar distinto a la mayoría de la gente puedes ser llamado o considerado loco, con los prejuicios y perjuicios que ello conlleva.

Asumir los roles en los que está estructurada tu sociedad no es una tarea ni fácil ni rápida. Desde pequeños somos educados como si estuviéramos en una burbuja, en base a unos principios morales que cuando somos mayores vemos violados a diario. La línea que separa lo correcto de lo incorrecto a veces es muy difusa y tienes que estar siempre preocupado de estar pisando en la zona de la corrección, porque un paso en falso puede ser considerado como un revés en tu conducta, algo que de por sí no es peligroso para nadie excepto para tí, por las consecuencias que te puede acarrear.

En la actualidad, disponemos de una libertad de expresión que, si bien está bastante recortada en algunos aspectos, es muy superior a la que tuvieron nuestros padres y abuelos, y por supuesto a la que tienen en países acribillados por el hambre, la pobreza y la guerra. Puedes pensar lo que quieras y decirlo abiertamente, siempre que te abstengas de cosas como gritar “¡bomba!” en un aeropuerto o similares actos de puro y duro trolleo social. Evidentemente tu libertad termina cuando transgredes la de otro, cuando la simpática locura se convierte en una demente violencia física o verbal.

Podemos ejercer nuestro derecho de libertad individual para multitud de cosas, puede que más incluso de las que imaginamos, pero el yugo del “qué dirán” siempre está ahí acechante, haciendo que nos replanteemos si realmente nos conviene hacer eso que íbamos a hacer o nos conviene decir eso que teníamos en mente. La ley no nos cohíbe pero las personas  sí.

Y aunque cada vez es más la gente que se expresa libremente y que no juzga a los demás en base a modelos éticos y morales obsoletos, a mí me siguen mirando mal cuando me río en medio de la calle al recordar un vídeo de Pitito o la broma de Manolo Cabezahuevo. O cuando conversando  con alguien le digo que vivimos en una cárcel de barrotes invisibles. Y no es que me importe que me miren mal, al contrario, es todo un honor para mí y lo hago saber con una complaciente sonrisa hacia mis queridos inquisidores sociales.

Al fin y al cabo soy consciente de que el rechazo que puede provocar la actitud de un loco como yo se debe al miedo innato que el ser humano siente por lo desconocido, por lo que discrepa y por lo misterioso. En realidad, cuando alguien te ataca por ser diferente, no te ataca por odio sino por miedo, porque su ignorancia no le deja entender lo que eres y por lo tanto estás poniendo en jaque todo lo que le han inculcado desde pequeño.

Pero si a mí no me importa que me miren mal, sí me entristece que se discrimine a los que piensan distinto, porque además de ser malo para el oprimido, es malo para el resto de la comunidad. Personas como Einstein o Gandhi han sido acusados de ser locos, y esa persecución hacia quien corrompe el orden establecido se ha llevado por delante quién sabe a  cuántas personas y a cuántos genios.

Hoy en día vivimos amparados por una constitución que nos otorga unos derechos y unas obligaciones. Yo cumplo con mis obligaciones como ciudadano: entre otras cosas pago mis impuestos, realizo correctamente mis trámites con la administración y no pongo en peligro la integridad física de ningún otro ciudadano.

Al cumplir con estas obligaciones, tengo una serie de derechos, y salvo que exista una ley que me lo prohíba (que no la hay) yo tengo derecho a pensar lo que me dé la gana. A ser anarquista, budista o cristiano si me apetece. A grabar vídeos con mis amigos haciendo el capullo, o quedarme embobado mirando al cielo y de repente ponerme a llorar. Tengo derecho a pensar que el hombre es un ser despreciable y que a la vez es infinitamente maravilloso.  Tengo derecho a vestirme como un vagabundo y a ser un payaso (todos mis respetos a los payasos). A dar las gracias a alguien por su amistad o por su amor un día cualquiera. Tengo derecho  a maravillarme cada día por la enorme casualidad y suerte de que mi corazón siga latiendo, y poder sentir cosas para las que las palabras se quedan pequeñas. Tengo derecho a estar loco, y a creer que la locura forma parte de la magia de la vida.

El ser humano… es extraordinario.