La frecuencia de la comunicación

Siempre me ha llamado poderosamente la atención la forma en la que la gente se relaciona y forma vínculos, así como los motivos por los que estos vínculos pueden acabar rompiéndose. Incluso he pensado mucho acerca de los vínculos que podrían haberse formado y sin embargo no lo han hecho. Por qué la gente se entiende y se deja de entender, o por qué nunca llega a entenderse.

Ya desde bien pequeño me entretenía escuchando y analizando conversaciones ajenas, discusiones familiares e incluso mis propias relaciones personales. Y lo hacía con el firme convencimiento de que debía existir la forma en que las personas, incluso con todas nuestras diferencias, pudiéramos llevarnos bien. La forma de aprovecharnos de todo lo que nos unía y de quitarle importancia a las cosas que nos separaban, para beneficio de todos. De buscar el modo, simplemente, de entendernos.

De ésta forma, intentando comprender por qué muchas personas no se entendían aun teniendo capacidad para entenderse, me convencí de que el problema principal estaba en la forma en la que las personas se comunicaban. Y lo hice una fría mañana de otoño en clase de Lenguaje, cuando estudié por primera vez la comunicación.

Me enteré de que en toda forma de comunicación había tres elementos básicos: emisor, receptor y mensaje. Estos tres elementos debían relacionarse de forma casi perfecta para que la información fuera transmitida y la comunicación tuviera éxito. Si al menos uno de los elementos fallaba, la comunicación se distorsionaba y se perdía información en el mensaje.

Además, ésta información debía emitirse en un código, cifrado por el emisor del mensaje y que debía ser descifrado con éxito por el receptor del mismo. De este modo, el emisor tenía que transformar la información que quería transmitir en algo que el receptor pudiera entender perfectamente. Por si fuera poco, aún había que tener en cuenta cosas como el canal usado para la comunicación o el contexto situacional en el que pretendía establecerse la misma.

Explicado así, la comunicación parece enrevesada en la teoría y sencilla en la práctica. Cuando se trata de entregar un mensaje simple, es normal que no haya problemas para que nos entendamos. Pero cuando hay que desgranar un pensamiento, un sentimiento o establecer una interacción con alguien, a veces no es nada fácil comunicarse.

Aquella fría mañana de otoño en clase de Lenguaje, la comunicación me pareció algo tan interesante como jodidamente complicado. Definitivamente, me parecía normal que hubiera tantos problemas entre las personas a la hora de entenderse, evitar conflictos o solucionar problemas. Con lo complicado que era todo, lo realmente difícil era que no hubiera problemas de comunicación. Antes o después, siempre aparecen malentendidos que pueden acabar afectándonos. Para comunicarse de forma perfecta, me parecía que había que ser poco menos que un premio Nobel.

A partir de conocer a grandes rasgos los elementos que intervenían en la comunicación, empecé a aplicar esos conceptos a casos prácticos, tanto de personas que me rodeaban como de mí mismo, y continué encontrando respuestas. Para que dos personas se entiendan, no basta con que hablen el mismo lenguaje y se digan lo que se tengan que decir. Intervienen algunos factores externos y sobre todo un mundo de factores internos a nosotros mismos que nos influyen de forma decisiva a la hora de comunicarnos.

Las personas, nosotros que somos continuos emisores y receptores de información, tenemos mayor interés en comunicarnos con unas personas que con otras. Hay quien tiene gran éxito en sus relaciones sociales y quien no lo tiene en absoluto; bien sea por inteligencia, por atracción física, por interés, por aprecio personal o por eso tan relativo como es tener química o feeling.

Con el tiempo, acabé viendo la comunicación entre personas de una forma más simple: como una interacción de seres que emiten y reciben información a una determinada “frecuencia”.

Nuestra forma de ser y nuestra forma de actuar con otras personas son muy importantes para tener éxito en la comunicación. La frecuencia de una persona la forman cosas como el tono que usa, la atención prestada al interlocutor, el énfasis mostrado o la forma en la que interpretemos gestos y señales. Son un montón de pequeñas actitudes propias y personales de cada uno,  que mandan mensajes constantemente a quien tenemos delante, como si fuera una especie de frecuencia que estamos emitiendo todo el rato sin darnos cuenta. Puede que a nuestro interlocutor no le guste la  frecuencia a la que nos estamos comunicando. En ese caso, esta frecuencia toma más importancia que el mensaje principal, y las posibilidades de éxito en la comunicación descienden bruscamente.

De acuerdo con esto, para que una persona potencie sus relaciones sociales y se comunique mejor debe ampliar la cantidad de frecuencias a las que es capaz de comunicarse, ampliando de este modo el número de personas con las que puede congeniar. Y también conocer la propia frecuencia para tener control sobre ella.

Dicho de otro modo mucho más sencillo,  abrir la mente. Abrirla a frecuencias distintas a la propia, para poder entender mejor a los demás. Para que los demás nos entiendan mejor a nosotros.

Muchos años después de aquella fría mañana en clase de Lenguaje, y dentro del proceso constante de abrir mi mente, me interesé por la meditación y esto me llevó a descubrir una sorprendente característica de nuestro cuerpo. Me enteré de que nuestro propio cerebro trabaja con ondas a determinadas frecuencias y que nosotros podemos tener cierto nivel de control sobre ellas en momentos determinados.

En un estado de estrés o tensión, el cerebro trabaja con ondas ram-alta, a una frecuencia superior a 30 hercios. En un estado mental normal, consciente y alerta, nuestro cerebro trabaja con las llamadas ondas beta, a una frecuencia que varía entre 15 y 30 Hz. En un estado mental de relajación, el cerebro trabaja con ondas alfa, a una frecuencia de entre 9 y 14 Hz. Si la relajación es mucho mayor se llega a un estado de vigilia y armonía, con el cerebro trabajando con ondas theta (4-8 Hz), y si la relajación es total se llega a un estado de sueño profundo sin dormir, meditación profunda o hipnosis, trabajando el cerebro con ondas delta (1-3 Hz).

Dentro de este amplio abanico de frecuencias, nuestra mente puede alcanzar varios estados. Mediante estos estados se estimula la creatividad, la solución de problemas y se pueden llegar a sentir las emociones de una forma mucho más nítida.

Tras conocer estos procesos, me di cuenta de que podían tener una ligera similitud con mi teoría de que las personas funcionamos con determinadas frecuencias a la hora de comunicarnos. Dentro de nuestra mente también existe un proceso en el que se transmite información entre un punto y otro, cifrado en un código determinado y mediante un canal concreto. Gracias a estas frecuencias, se produce un proceso de comunicación dentro de nosotros mismos.

Nuestra mente trabaja a diferentes frecuencias y podemos llegar a tener un conocimiento muy profundo de cosas que estaban en nosotros pero que no habíamos podido entender hasta que no hemos sintonizado correctamente para poder hacerlo. Un conocimiento mayor de nuestra mente que nos lleva a captar y comprender las cosas de una forma muy distinta. O dicho de otro modo, a vivir la vida en otra frecuencia.

Cuando la comunicación es sencilla, todo es más fácil. Todo es mejor.

Aprender a comunicarte con los demás hará tu vida más fácil. Aprender a comunicarte contigo mismo, hará tu vida mejor.

Cuando sintonices la frecuencia adecuada y puedas oír la canción, seguramente desearás con todas tus fuerzas que no pare la música.

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Credulidad y engaño. Cogito ergo sum

A lo largo de toda la historia y a lo ancho de todo el planeta siempre han existido enormes desigualdades. Desde la antigua Mesopotamia hasta las actuales sociedades de consumo de los lugares que conocemos con el escalofriante nombre de primer mundo.

Debido a estas desigualdades, y también a la codicia inherente a nuestra condición de humanos, ha habido siempre mucha gente que se ha buscado la vida en la detestable, a la vez que fascinante, cultura del engaño. Bien para sobrevivir como se podía o bien para ganar mucho por la vía fácil, el engaño ha estado siempre presente en nuestra historia.

Ante  este panorama, hay una serie de grupos de personas que siempre han salido directa y especialmente perjudicados. Importantes sectores de la sociedad. Me refiero a aquellos que no han sido aleccionados jamás para evitar las tretas. Los que han crecido en un ambiente donde la máxima era el respeto y la responsabilidad. Los de buena fe. Los que han vivido sin haber germinado la semilla de la maldad, y que piensan que todo el mundo es tan bueno como ellos. Incluso los que van de listos pero en el fondo son tan maleables como un trozo de barro fresco. Me refiero a los crédulos.

Hoy en día, teniendo en cuenta la gran evolución que ha vivido la especie humana, no deja de resultar sorprendente que los crédulos, esas personas que dan por ciertas muchas cosas sin someterlas a un estricto juicio interno, sigan siendo legión. Es más, resulta llamativo que en la actualidad, las personas nos advirtamos unas a otras de no caer en engaños mientras, por otro lado, estamos siendo víctimas de otro engaño que no alcanzamos a divisar.

En realidad, los seres humanos somos una mezcla de credulidad y escepticismo, donde lo relevante son las proporciones de ambos, que varían peligrosamente de unas personas a otras.

Muchas personas se consideran escépticas porque toman unas precauciones mínimas ante temas de cuestionable gravedad, para después picar el anzuelo de un engaño mucho más grave y flagrante. Hay, por ejemplo, quien al sacar un extracto bancario rompe en millones de trozos el papelito y desperdiga esos trozos por distintos lugares por si algún pirata informático le roba todo su dinero. Estas personas, después pueden no tener reparos en entregar su voto al más corrupto y sinvergüenza de los políticos “porque se le ve un buen hombre” y, por supuesto, es de su partido, de toda la vida.

La credulidad es un brote que crece fuerte y vigoroso en el caldo de cultivo de la ignorancia, de la falta de educación, del mínimo esfuerzo por pensar. En la actualidad, los campos están perfectamente abonados para la siembra y recogida de crédulos de forma periódica, constante e intensiva.

Para los que viven del engaño, no importa quienes sean los crédulos. Da igual si es un anciano que ha vivido toda su vida en el pueblo y que toma como dogma de fe todo lo que sale por la televisión, por la radio o por la Iglesia. Da igual si es un niño que vive preocupado por seguir la moda del momento y no llegar tarde a la moda siguiente, para poder así ser aceptado en el cruel mundo de la infancia. Da igual si es un adolescente al que le preocupan más los rizos de David Bisbal o las tetas de Hannah Montana que su propia vida. Da igual si es una persona que no ha conocido más mundo que su ciudad ni más gente que su familia y cuatro amigos, donde se fomenta un micromundo de pensamiento unidireccional. Da igual, incluso, si se trata de un discapacitado mental. De hecho, éstos últimos son una auténtica mina de oro para los trileros 2.0 de nuestra actual sociedad.

El engaño genera más poder y más dinero que cualquier otra actividad legal y éticamente responsable. En la mayoría de ocasiones, por omisión o por temeridad, los crédulos tienen gran culpa de ello. Un día, cuando iba al instituto y no me había salido de los cojones hacer un trabajo que debía entregar, puse cara de niño bueno sorprendido y le dije a la profesora que no sabía que el trabajo se entregaba ese día. La respuesta de la profesora, con una sórdida sonrisa, fue “el desconocimiento de la Ley no exime de la responsabilidad de incumplirla”. Todos deberíamos aplicar esta frase en nuestra vida. Viviríamos mejor nosotros, los que nos rodean y los de más allá, porque hay demasiada gente que se escuda en la ignorancia fingida para sacar provecho y que otros paguen por él. Para engañar.

Sin embargo, no todo el mundo se cree lo primero que le cuentan, o pone pocas barreras para creérselo. Ante la credulidad de los crédulos, existe la desconfianza del “si no lo veo, no lo creo”. Para llegar al origen de esta frase, que es dogma de fe de los incrédulos (aunque resulte paradójico), nos tenemos que remontar a la época de los hechos “reales” en los que se basa la Biblia.

Según ésta, cuando Jesús resucitó, hubo uno de sus apóstoles que no las tenía todas consigo. Tomás el Apóstol, hoy conocido como Santo Tomás, rechazaba que alguien hubiera podido volver del mundo de los muertos, aunque fuera su admirado líder. Se negó a admitir su resurrección diciendo:   “Si no veo en sus manos la señal de los clavos,  meto mi dedo en el lugar de los clavos y meto mi mano en su costado, no creeré”. Cuenta el citado libro que, ocho días después, Tomás toca las heridas de su maestro con sus propias manos y entonces cree. Lejos de comprender la duda de Tomás, Jesús le recrimina haber necesitado ver para creer. Realmente curioso.

Pero ya hubo quien, mucho antes que existiera Santo Tomás, teorizó sobre la incredulidad, más allá incluso de las pruebas físicas que nuestros sentidos pudieran percibir. De una forma más profunda y agresiva.

Parménides fue un filósofo griego que nació quinientos años antes de que Tomás el Apóstol no lo creyera si no lo veía. Aunque el racionalismo como tal no se fundara hasta más de dos mil años después, siendo Descartes su máximo estandarte, se podría decir que la filosofía de Parménides era una filosofía fundamentalmente racionalista. Esto quiere decir que priorizaba la importancia de la razón para adquirir conocimiento, por encima del empirismo, que considera más importantes las percepciones de los sentidos.

Por tanto, Parménides creía que los sentidos nos engañaban, nos ofrecían una imagen errónea del mundo, tal y como la ciencia está demostrando en los últimos tiempos. Él pensaba que el máximo grado de conocimiento se podía adquirir mediante la razón, y la percepción de los sentidos debía ser ignorada si no se correspondía con lo que nuestra razón nos dictaba como verdadero.

Si Santo Tomás decía “Si no lo veo, no lo creo”, Parménides no lo creía ni siquiera cuando lo veía. Consideraba que, como filósofo, era su obligación denunciar todas las “ilusiones” que nos provoca nuestro propio cuerpo. Ilusiones que se producen dentro de nuestro cerebro para darnos unas respuestas lógicas que podamos asimilar, lo que no implica que dichas respuestas sean “la verdad”.

Resulta interesante, curioso y tal vez incluso triste ver cómo después de todas las personas que nos han dejado un impresionante legado del que poder aprender y enriquecernos, hoy en día lo que la mayoría de gente se cree es lo que ve en los medios de comunicación. Después de toda la evolución cultural que ha tenido el ser humano, parece que con el tiempo las creencias se someten cada vez menos al dictado de la razón, por parte de la mayoría de la sociedad. Debería ser exactamente al revés.

Parece que los crédulos, como ejército de peones al servicio de los que les engañan, borran cada vez más la huella de todo aquel que nos dijo en el pasado que lo que debíamos hacer para crecer era, simplemente, pensar.

Pero en realidad no es así, porque siempre han existido y siempre existirán los que buscan el conocimiento mediante el pensamiento y no mediante la aceptación sin reservas de la opinión ajena, por el mero hecho de que esa opinión provenga de alguien socialmente importante.

De hecho, veo que cada vez somos más los que hemos elegido pensar y que no piensen por nosotros…

Porque es mejor pensar. ¿O no?

Mucha vida en poco tiempo

Seguro que alguna vez en tu vida (tal vez cientos de veces) te has sentido mal porque estabas haciendo algo que te gustaba y has tenido que dejarlo para hacer otra cosa. Seguro que en algún momento te has sentido mal porque te ha faltado tiempo para hacer todo lo que debías o querías hacer. A todos nos ha faltado tiempo alguna vez para seguir haciendo cosas con las que estábamos disfrutando.

No es nada anormal, más bien al contrario. Aparte de ser algo habitual en los tiempos que corren, se trata de un axioma básico inherente a la condición humana.

Nuestra vida tiene un límite en el tiempo, y todas las cosas que podemos hacer o conocer tienen otro límite, desconocido y exponencialmente superior al de nuestro cuerpo caduco. Conforme pasan los años, más gente nace, más se crea y más se descubre… más se separan estos dos límites.

Ha sido siempre así y, hasta que la ciencia diga lo contrario, así seguirá siendo. La vida es corta en comparación con todo lo que se podría llegar a hacer en el mundo. En relación a todo lo que hay por experimentar. En relación a todo lo que nos ofrece la propia vida. Ars longa, vita brevis.

La primera vez que te das cuenta de que no vas a disponer del tiempo suficiente como para hacer todo lo que te gustaría, resulta una sensación muy frustrante. Por no hablar de aceptar que seguramente tampoco dispondrás de los recursos necesarios para hacer todas esas cosas que desearías.

Si consigues asimilar esto, cosa que de por sí sola ya puede requerir mucho tiempo y esfuerzo, tu cerebro se pone a trabajar incansablemente en la horrible pero necesaria tarea de discriminar. En el maravilloso arte de elegir.

Cual Lazarillo de Tormes auspiciado por la necesidad, tu cabeza puede rebelarse y exprimir al máximo las posibilidades para darle a tu yo consciente lo que necesita. Una salida válida para una situación estructural que es decepcionante, pero a la que hay que buscarle el lado bueno. Ponerse las pilas para no caer en el abismo.

En ese momento, tu cerebro busca una respuesta. Una limosna, un mendrugo de pan duro para seguir agarrado a la vida. Un sutil engaño que, en condiciones normales, no habríamos sabido o querido realizar. Falsificar una llave con un trozo de barro para robar un pedazo de queso del baúl del viejo ciego y cascarrabias. Una picaresca española que mantenga a nuestra arteria aorta aportando sangre. Un sentido a nuestra vida.

En otras palabras, cuando tomas consciencia del poco tiempo que vivirás (en relación con todo lo que hay por hacer en el mundo) tu cerebro busca la manera de conformarse con el tiempo que presumiblemente vas a tener. Acepta las condiciones actuales y, sin pararse a llorar, busca alternativas. Puesto que, en principio, no hay manera de alargar mucho ese tiempo de vida, hay que equilibrar la ecuación dándole nuevos valores a algunas de las variables.

De esta manera, y como el tiempo de vida que tenemos es más reducido de lo que quisiéramos, hay que estirarlo para tratar que dé de sí y poder  condensar nuestras experiencias de modo que podamos captar la esencia de las mismas sin necesidad de vivir cientos de años. Tratar de sentir en poco tiempo las cosas importantes que nos podría llevar media vida (o la vida entera) aprender. Dicho de otro modo más breve y popular, Carpe diem.

Así, podemos conseguir el efecto contrario al que produjo en su día tomar consciencia de la levedad de nuestra existencia.

Saber que nos faltaría tiempo en la vida para hacer todo lo que quisiéramos nos produjo decepción, desidia y tristeza. Sin embargo, disfrutar de cada momento al máximo, estirando cada minuto, nos proporcionará todo lo contrario: una agradable sensación de realización, vitalidad y felicidad.

Nos daremos cuenta, de esta forma, de que no necesitamos vivir cientos de años para hacer todo lo que queremos hacer, si sabemos apreciar lo que estamos viviendo en este momento. Rescatando otra célebre frase, disfrutar de las estrellas en lugar de llorar por no poder ver el sol.

No vamos a poder conocer todo lo que nos gustaría, se nos van a escapar muchas cosas. No vamos a poder viajar por todo el mundo, ni conocer a todas las personas increíbles que existen, ni leernos todos los libros, ni jugar a todos los juegos, ni ver todas las películas, ni hacer el amor a todas horas, ni aprender todas las artes y oficios, ni ser el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Es cierto, todo eso no lo podremos hacer. Nos va a faltar tiempo, y tendremos que conformarnos con una parte representativa de todo eso que nos interese.

La vida, en cierto modo, es como una colección de cromos que nunca podremos completar porque siempre habrá alguno que no podamos conseguir. Y tendremos muchos repes.

En lugar de querer hacerlo todo, conocerlo todo y vivirlo todo, tenemos un presente, un latido de corazón. Una sensación producida por una reacción química dentro de nuestro cerebro. Átomos minúsculos e insignificantes que encierran poderosas cantidades de energía, aún por descubrir. Un segundo que puede cambiar para siempre nuestra existencia. Nuestro rumbo. Un aquí y ahora.

Y lo cierto, lo irremediablemente cierto, es que no tenemos nada más que eso.

Ya no existe el pasado, y por supuesto tampoco el futuro. El pasado existió y el futuro tal vez exista mañana, pero no están ahora. No están aquí. Ahora sólo nos tenemos a nosotros.

Yo a ti y tú a mí. Yo a mí y tú, a ti mismo.

Y no es poco.

Para continuar la interacción dentro del blog, he creado la sección Firmas invitadas.

Inaugura la sección Mellondeep con el texto “El valor del saber”.

Espero que lo disfrutéis y, si os interesa, que os animéis a participar en la sección para que sigamos interactuando. La comunicación nunca resta, siempre suma.

Dar cera, pulir cera

Daniel Larusso estaba harto de ser un tirillas al que todos tomaran por tonto. Se sentía frustrado por no poder pertenecer a una élite social donde ser respetado y admirado. Estaba cansado de ser un Don nadie, sin tener popularidad entre la gente, y mucho menos entre las chicas. Se sentía harto de tener que tragar una y otra vez ante las intimidaciones de los machos alfa de la sociedad: los guapos, los ricos, los populares, los malotes. Para colmo, la chica que le gustaba se encontraba dentro de ese círculo, y se la estaba tirando uno de esos capullos que tienen un Mustang del 78 y el pelo engominado.

Como consecuencia de toda esta frustración e infelicidad, Daniel quería hacerse respetar. Quería ser importante. Quería poder contrarrestar la influencia de esos tipos. Quería triunfar en la vida. Quería dejar de ser un perdedor. Quería dar hostias como panes.

En este ansia por ganarse el respeto de la gente a golpe de estilete, Daniel dio con el señor Miyagi, un entrañable abuelito que vivía al lado de su casa, sin meterse con nadie y cuidando de sus plantas. Aquel hombre era un experto en artes marciales, y nuestro protagonista pensaba que le ayudaría a repartir collejas a dos manos, consiguiendo con esto el éxito social que tanto deseaba.

Tanto insistió Daniel en aprender todo lo que sabía Miyagi que el sabio abuelito acabó accediendo a enseñarle los secretos de las artes marciales para poder defenderse de los abusones. El chico había conseguido su objetivo, y al fin podría partirle la cara a los matones del instituto, consiguiendo con ello saborear las mieles del éxito adolescente y realizarse como persona.

Pero no todo era como Daniel pensaba. El jodido abuelito le hacía limpiar en su casa, lavarle el coche y hasta atrapar moscas con palillos. ¿Pero qué coño era eso? ¿Cuándo iban a practicar las patadas mortales y los giros de muñeca? ¿Estaba aquel tipo siendo otro más de los que se reían de él?

Un día, después de lavarle el coche a su maestro, éste le dijo que se lo encerara. Daniel estaba en un estado intermedio entre el mosqueo y la incredulidad. El entrañable abuelito le dio un cubo y le dijo que el secreto era ir despacio, haciendo bien las cosas. Tranquilo. En armonía. Primero, dar cera. Después, pulir cera.

A Daniel Larusso, ya bautizado como Daniel San, le costó asumir la rutina que el señor Miyagi le impuso, pero acabó dándose cuenta de que, para llegar hasta un sitio, es preciso conocer el camino y saber cómo recorrerlo antes que empezar a andar con mucha ilusión pero sin un rumbo fijo. Se dio cuenta de que lo mejor era empezar a construir siempre a partir de los cimientos.

Después de semanas de atrapar moscas con palillos, limpiar, entrenar, dar cera y pulir cera; Daniel San aprendió la fuerza y la importancia de la metodología como medio para conseguir objetivos. El poder del esfuerzo, de la paciencia y de la constancia para conseguir cualquier cosa que desees lograr en la vida.

Al final, gracias al casposo glamour Hollywoodiense, le hace la patada de la grulla al malo de la película, todos le vitorean y se lleva a la chica. Fin. Lo típico de las películas.

Pero antes de llegar a eso, Daniel San y el señor Miyagi nos enseñaron algunas de las cosas más importantes de la vida.

Cuando yo tenía 16 años, cursé por primera vez la asignatura de Ética, después de toda una infancia dando Religión. Aquello fue como abrir una puerta en Matrix que me llevara de una habitación oscura en el Bronx neoyorkino hacia una enorme llanura verde y soleada, repleta de árboles donde los pajarillos cantaban armónicamente y las flores desprendían un perfume dulce como la miel de naranjo. Una expansión mental sin precedentes en mi corta existencia.

Al año siguiente, elegí estudiar Bachillerato de Humanidades, entre otras cosas, para poder estudiar Filosofía, doctrina de la que me había enamorado el curso anterior. Estudiar Ética me había proporcionado algunas nociones acerca de los grandes pensadores de la humanidad y estaba ávido de conocimientos. Estaba deseoso de ponerme una túnica de lino, sentarme en una roca en medio de la nada y atusarme la barba mientras recitaba lapidariamente frases como “Sólo sé que no sé nada”, “El hombre es un lobo para el hombre” o “Pienso, luego existo”.

Realmente, yo no tenía ni pajolera idea del auténtico y complejo significado de estas frases, pero me sonaban sabias. Pensaba que, al decirlas, yo me convertiría en alguien sabio y todos me respetarían. Quería ser un filósofo. Quería ser inteligente. Y quería serlo ya. Igual que Daniel San esperaba poder dar de hostias a los matones de su instituto de la noche a la mañana.

Mi sorpresa fue cuando empezamos a cursar la materia y no había ni rastro de Platón. Ni de Sócrates, ni de Kant, ni de Locke. Nada de aquellos hombres que el año anterior descubrí en la asignatura de Ética. Ninguno de todos esos genios que tanto han aportado a la doctrina filosófica se estudiaban en aquella asignatura. En su lugar, estudiábamos algo llamado Lógica. Largas e insufribles clases repletas de ejercicios con proposiciones del tipo “A es menos que B y C es más que B; luego C es más que A”.

Cuando por fin se empezó a hablar de algún filósofo, estudiábamos su biografía y las circunstancias de la época en la que vivió. Nada de su obra. Nada de frases lapidarias. Nada de atusarse la barba. En los primeros 6 meses de clase no se le vio el pelo a Aristóteles, y aquello para mi era realmente aburrido. Más que aburrido, yo diría decepcionante. Tanto, que empecé a cogerle manía a la filosofía. Creía que aprender filosofía me haría interesante y lo que hacía era aburrirme. Me sentí estafado. Igual que Daniel San lo estuvo con el señor Miyagi cuando le hacía encerarle el coche.

Tiempo después, abandoné el instituto y me puse a trabajar. Trabajar es muy diferente de estudiar. Trabajar es una putada, y fue difícil empezar a hacerlo. Aquello era jodido, pero me hizo madurar y aprender muchas cosas, cosas que no se olvidan y que te acompañan el resto de tu vida. Cosas como el valor del sacrificio, la importancia de la constancia, lo bonito de la paciencia. Cosas que Daniel San aprendió gracias al señor Miyagi.

A partir de entonces, y después de unos años, decidí retomar los estudios. Gracias a Internet, también retomé mi interés por la filosofía, pero no de un modo pretencioso sino más bien humilde. Dejándome seducir por su esencia. Abierto a descubrir. Aprendiendo que casi todo en la vida tiene que ver con ella. Aceptándola como un medio y no como un fin.

Aunque mi especialidad académica acabó siendo otra, gracias a Internet tuve la ocasión de poder leer textos filosóficos, biografías, artículos, blogs y foros que me devolvieron aquella fascinación inicial y pura que tuve en la adolescencia, antes de querer aprenderla para hacerme el interesante.

En aquella época también vi la película Karate Kid. Y la entendí.

Al final, y después de mucho tiempo, sufrimiento, alegrías y esfuerzo, he ido descubriendo poco a poco que el señor Miyagi tenía razón.

Vale la pena respirar hondo, relajarse, concentrarse y encerar el coche. Lo demás va viniendo solo.

Evolución en el blog

En los últimos meses estoy llevando a cabo una serie de modificaciones en el blog que he querido realizar desde que lo creé, hace poco más de un año. Estoy realizando poco a poco una evolución en el blog tal y como me lo planteé desde un principio.

Como me gusta hacer las cosas poco a poco y sobre todo, bien hechas, no he querido precipitarme, y las modificaciones han ido viendo la luz paulatinamente, tal y como espero seguir haciéndolo en el futuro. Así es como me recomendaron cuando era pequeño hacer las cosas, despacito y con buena letra.

Estas modificaciones constan de nuevas secciones por las que se puede navegar en la parte superior del blog, donde poco a poco voy añadiendo nuevos apartados con todo el material que tengo recopilado tanto dentro de mi ordenador como dentro de mi cabeza. Este material es tan abundante como diverso.

Hace unos meses, creé la sección “Galería de imágenes” para colgar algunas de las muchas fotografías que me encanta hacer en los viajes, rutas y nuevas experiencias a las que soy tan aficionado. Éstas imágenes van aumentado poco a poco su número y ya tienen todas su título correspondiente.

En las últimas semanas, he creado también la sección “Relatos cortos”. En esta sección colgaré los textos de ficción (siempre aliñada con un poco de salsa de realidad) que escribí en el pasado y que sigo escribiendo. Escribir es una de mis grandes pasiones y por eso creé esta sección específica, para que los posts sean posts y los relatos sean relatos, aunque algunas veces, como en la vida misma, la linea que divide unas cosas de otras es demasiado delgada y difusa.

Estas secciones, así como las que están por llegar, ampliarán el contenido del blog y me servirán de soporte para añadir todas esas cosas que también me gusta hacer y que no necesariamente deben formar parte de los habituales posts de la bitácora. En definitiva, son “las otras caras” de la persona que está tras este blog y que tiene mucho más que ofrecer además de los habituales textos orientados a la reflexión.

Me gustaría que las actualizaciones de las distintas secciones fueran recogidas en los feeds de las personas suscritas al blog, pero por lo que he podido averiguar, no es así. Esto quiere decir que las personas que están suscritas, no reciben ninguna actualización cuando se crean nuevas secciones o se añade material a dichos apartados. Si alguien sabe cómo hacer que WordPress envíe avisos por las actualizaciones de las diversas páginas (que no me consta que se pueda hacer) le estaré muy agradecido.

Por ese motivo escribo este post, para informar de este hecho a todo aquel que no se haya dado cuenta de los cambios en el blog, y que tal vez puedieran interesarle.

Por la temática del blog, soy consciente de que es un sitio que atrae poco a comentar. La gran mayoría de personas que lo visitan son aquellas a las que me gusta denominar los silenciosos, aquellas que leen pero que no suelen comentar. Algunas no comentan pero luego sí me envían un mail, tal vez por vergüenza o timidez. Me consta que estáis ahí y os agradezco mucho vuestro tiempo, vuestro apoyo, vuestras visitas, vuestro interés y vuestros mails. El blog evoluciona también por vosotros.

Las actualizaciones de las nuevas secciones del blog serán anunciadas vía Twitter.

Por este motivo, si estás suscrito al blog y te interesan, además de los posts, las actualizaciones de las nuevas secciones (las que hay y las que vendrán en el futuro), te recomiendo que me agregues en esta red social para estar al tanto de la evolución en la que está inmerso de lleno este blog.

Las nuevas secciones pretenden también hacer más interactivo el blog, además de la interacción que ya suponen de por sí los comentarios o el mail.

Con esto quiero decir que si tienes material propio que guarde relación con los nuevos apartados (imágenes, relatos… etc) y te gustaría que fuera publicado aquí, envíame tu material a la dirección del blog elfilosofoloco@hotmail.es y estaré encantado de que valoremos juntos la posibilidad de publicar aquí tu material para beneficio tuyo, mío y de todos los que visiten el blog. Lo importante es sumar. Estoy abierto a todo tipo de sugerencias.

Como he dicho, en el futuro habrá nuevas secciones que tal vez te interesen y en las que quieras colaborar. Pero todo esto será a su debido tiempo. Despacito y con buena letra.

El Filósofo Loco empezó hace unos años siendo un Space de MSN que leían unos pocos amigos, familiares y compañeros de clase. La buena experiencia me llevó a crear un blog en WordPress donde importé algunos de los textos que más me gustaron de aquel inicial Space. El resultado, a tenor de experiencias, gente conocida, visitas, comentarios y mails; ha sido maravilloso, superando con creces mis humildes espectativas y ayudándome a seguir creciendo como persona.

Ahora, me hace muy feliz que el blog también crezca conmigo. Con más secciones, contenidos e interacción, como siempre supe que debería acabar siendo. Son pequeños cambios que van despacito y con buena letra. Sin prisa pero sin pausa. En un futuro es muy probable que deban haber nuevas evoluciones. Tal vez una página web. Tal vez nuevas iniciativas.

Todo cambia. Todo tiene que cambiar. Todo evoluciona.

Espero que te gusten los cambios que veas aquí. Los que se están dando y los que están por venir.

Muchas gracias por tu tiempo y que tengas un feliz día.

Las bases filosóficas del pesimismo y el optimismo

En su libro Nietzsche y la filosofía, Gilles Delleuze dijo que “la filosofía sirve para entristecer”. Una impactante frase llena de significado que ha sido sacada de contexto en multitud de ocasiones e incluso llevada a la altura de tópico.

Esta famosa frase no quiere decir, en el sentido estricto, que la función de la filosofía sea causar tristeza en las personas. Más bien se trata de asumir que el hecho de filosofar supone enfrentarnos a nuestra propia ignorancia, preguntarnos acerca de cosas de las que tal vez nunca tengamos una respuesta inexpugnable.  Buscar el conocimiento aún a sabiendas de que seguramente no podamos estar nunca al ciento por ciento seguros de nuestro propio saber. La contrariedad, la constante duda que nos puede hacer avanzar o tener la sensación de que avanzamos aunque estemos siempre en el mismo punto. Todo eso sí puede causar tristeza. Y es por eso que la filosofía entristece, por la impotencia que puede generar si no se hace un uso adecuado de ella.

Realizar una profunda reflexión existencial puede ser una gran fuente de pesadumbre. Por alguna razón (o sinrazón), al ser humano le causa desidia y apatía tener consciencia de su propia vida. Saber que estamos vivos de forma casual, diminuta y limitada frustra nuestro ansia subconsciente de onminopotencia e inmortalidad.

Aunque sepamos que tenemos algo tan valioso como la vida, tomar consciencia de que se acabará parece que nos amarga durante nuestra propia existencia. Es como si nos preguntáramos por qué estamos vivos y la respuesta última, después de mucho reflexionar, sea que no tiene ningún sentido. Eso causa tristeza. Eso nos mata en vida.

También causa tristeza el hecho de conocer en profundidad ciertas cosas. Cuanto más te informas y más conoces sobre algo, más te das cuenta de todo lo que hay detrás, de todos los engranajes que se mueven, y a veces puede ser difícil de asumir. Si te conviertes en un experto acerca de cualquier tema de ámbito social, descubrirás que en la práctica totalidad de ocasiones, las cosas son como son porque interesa que así sean. Y no precisamente porque interese a la mayoría de la gente, sino porque interesa a quien está al frente de ese ámbito y saca provecho de él, de forma más o menos legal, y más o menos lícita. Es decir, de forma más o menos corrupta.

Todas estas cosas asquean a quien, de forma ingenua y bienintencionada, tiene una visión optimista de las cosas, que solemos ser prácticamente todos en nuestra infancia. Estas cosas generan tristeza, desengaño, y revierten una dinámica de pensamiento positivo a otra de pensamiento negativo. Es decir, podemos pasar de pensar de forma optimista a hacerlo de forma pesimista.

El pesimismo, entendido como pensamiento negativo o desesperanzado, es mucho más antiguo de lo que puede parecer. Sugiere que vivimos en el peor de los mundos posibles, y es una corriente que han apoyado algunas de las mentes más privilegiadas de la historia. Famosos pensadores como Schopenhauer, Kierkegaard o Sartre eran reconocidos pesimistas y contribuyeron a lo largo de los siglos XIX y XX al fundamento de esta doctrina filosófica.

Hay quien dice que la única forma de ser realmente feliz es vivir en la total ignorancia, y no es algo nuevo. Cuando alguien dice esto, seguramente  sin saberlo, está repitiendo uno de los argumentos básicos del pesimismo. En la antigua Grecia era muy conocida una leyenda que se considera uno de los referentes acerca del pensamiento pesimista:

“Una vida vivida en el desconocimiento de los propios males es la menos penosa. Es imposible para los hombres que les suceda la mejor de las cosas, ni que puedan compartir la naturaleza de lo que es mejor. Por esto es lo mejor, para todos los hombres y mujeres, no nacer; y lo segundo después de esto es, una vez nacidos, morir tan rápido como se pueda.”

Aristóteles, en la Leyenda del Sileno

Tal vez vivir en la ignorancia sea la forma más fácil, el modo más rápido y el camino más recto para ser feliz, aunque ni mucho menos tiene por qué ser el mejor. Filosofar de forma profunda para alejarse un poco de la ignorancia no tiene por qué ser un sinónimo de tristeza ni de pesimismo. La filosofía también nos puede ayudar a tener una visión más positiva de la vida y, gracias a ello, ser más optimistas, e incluso más felices. Puestos a engañarnos a nosotros mismos, también podemos hacerlo de una forma mucho más agradable y esperanzadora gracias al pensamiento optimista.

El optimismo es, como todos sabemos, la antítesis del pesimismo. Sugiere que vivimos en el mejor de los mundos posibles, y fundamenta el pensamiento positivo y esperanzado frente a los nubarrones de apatía y tristeza que promueve el pensamiento pesimista.

Aunque hoy en día el optimismo está mucho más promovido y mejor visto que el pesimismo, es mucho más difícil encontrar en la historia pensadores que apoyen una visión positiva del mundo y del ser humano, en lugar de una visión negativa. De hecho, los pocos que se han posicionado abiertamente optimistas han sido tildados de ingenuos, infantiles o crédulos.

El mayor exponente e impulsor del pensamiento positivo fue Gottfried Leibniz. Este filósofo alemán  se atrevió a publicar una obra fundamentalmente vitalista y optimista, titulada La Teodicea. En dicha obra, Leibniz  predica que vivimos no en un mundo perfecto, sino en el mejor de los mundos posibles. Esta afirmación no tiene que ver con la moralidad (bajo los axiomas de lo “bueno” y lo “malo”) sino con la matemática. Defiende la idea de Dios como si fuera un matemático que ha sido capaz de “ordenar” el mejor mundo posible de entre todas las variables existentes, las cuales causarían mundos más heterogéneos y descompensados que el mundo en el que vivimos.

Esta idea teórica de Dios puede estar en consonancia con las ideas evolucionistas de Darwin, puesto que la Evolución también justifica las imperfecciones de nuestro mundo mediante el cambio, el equilibrio y el perfeccionamiento de las distintas variables. En la actualidad, por poner un ejemplo, también hay referencias culturales a esta idea del Dios que ordena matemáticamente, como en el personaje del Arquitecto en la trilogía Matrix.

Pese a ser su mayor legado y fruto de gran reconocimiento, Leibniz obtuvo muchas críticas por La Teodicea, las más duras de uno de sus contemporáneos, el francés Voltaire. Las ideas de Leibniz en La Teodicea fueron parodiadas por Voltaire en su novela Candide (Cándido), llegando a caricaturizar al mismo Leibniz en un personaje que repetía una y otra vez la frase “Vivimos en el mejor mundo posible” a modo de mantra (lo que, por cierto, resulta bastante gracioso de imaginar). Si Leibniz fue el “inventor” del optimismo, Voltaire fue uno de los primeros que atacó con contundencia esta corriente por considerarla absurda y propia de ingenuos.

Como puede observarse, burlarse y ridiculizar a quien tiene una visión positiva del mundo no es una práctica que se haya inventado ahora, aunque esté bastante extendida.

Hay quien no se considera optimista ni pesimista, sino “realista”. Esta definición no es más que un término medio entre ambas, pero como todo término medio, nunca está exactamente a mitad de camino de dos opciones, sino que parece estarlo. Siempre estará más cerca de una que de otra, por lo que podríamos decir que una persona que se considere a sí misma “realista” es en realidad un optimista o un pesimista, pero muy moderado en sus opiniones, sin ningún radicalismo.

El optimismo de Leibniz fue muy criticado, tanto por Voltaire como por los pensadores pesimistas posteriores, que han sido en número aplastantemente superiores a los optimistas. Podría decirse que la mayoría de las grandes mentes que se han posicionado en este debate, lo han hecho del lado del pesimismo, de la visión negativa o no demasiado positiva del mundo.

Sin embargo, en lo que a la psicología del ser humano se refiere, es más necesario el optimismo que el pesimismo. Una visión negativa de los acontecimientos coacciona y retrae a las personas. Nos echa para atrás a la hora de emprender una acción. Una visión positiva hace todo lo contrario, nos hace sentir más valientes y confiados en que el resultado final será provechoso, aunque también el batacazo puede ser enorme.

Desde ese punto de vista, y teniendo en cuenta la temporalidad y fragilidad de nuestra existencia como individuos, el optimismo es el que nos atrae, nos impulsa a actuar. Es el que nos lleva a aprender, a descubrir, a intentar y a fracasar. En definitiva, podría decirse que es la visión positiva la que nos impulsa a hacer cosas gracias a la confianza, y la visión negativa es la que nos frena a hacerlas por culpa del miedo.

Si decides ser optimista y al final tu optimismo resulta injustificado, al menos habrás vivido con buen humor y cierta felicidad inducida por la esperanza. Si decides ser pesimista y al final tu pesimismo resulta injustificado, es posible que tu vida haya sido una gran pérdida de tiempo.

A fin de cuentas, siempre se trata de lo mismo: hacer la elección adecuada.

Alegre réquiem natural

Escribir a veces da rabia. Cuando una sensación te ha llevado a reflexionar y escribes sobre ello, te expones a dejar unas impresiones que seguramente algún día cambien. Esto me pasa con la mayoría de cosas que escribo. Conforme pasa el tiempo y sigues viviendo y experimentando cosas, viejas o nuevas, aprendes. Por ese motivo, tu punto de vista se amplía o incluso puede cambiar. De hecho, el aprendizaje se basa en eso precisamente.

Cuando, después de muchos y muy buenos momentos rodeado de naturaleza y de sensaciones, escribí un texto acerca de todo aquello, quedé bastante contento del resultado. Pues bien, tan sólo un par de semanas después de escribir aquel artículo, tuve una experiencia que amplió con mucho todo lo que sentí y expresé en aquella ocasión.

Sucedió una maravillosa mañana de sábado, una de estas frías mañanas de uno de los inviernos más fríos que recuerdo en toda mi vida. Durante este último invierno, el tiempo ha sido especialmente gris y lluvioso.

Peleándome con el insomnio, por fin un día conseguí levantarme realmente pronto, a las siete de la mañana. Había estado todo el día anterior lloviendo sin cesar y aquella mañana de sábado se presentaba nublada y antipática. Había un ligero pero constante y frío viento de levante en el levante valenciano, y todo el paisaje lucía absolutamente mojado. Eso sí, aunque los caminos estaban llenos de charcos, ya no llovía. Esta situación es para la mayoría de nosotros un tiempo horrible que no invita para nada a salir del hogar. El típico tiempo que te jode los planes de un fin de semana y te puede intoxicar con el cine de sobremesa que hacen en la televisión.

No obstante, la alegría de vencer al insomnio me dio fuerzas para armarme de valor y salir a correr un poco. El ambiente decía no, y tal vez precisamente por eso yo me empeñé en decir sí.

No sin música, emprendí la marcha por los caminos del paisaje campestre entorno al cual tengo la gran suerte de vivir. Tenía que ir sorteando los charcos y cuidándome de las rachas de viento que podían ser realmente molestas. En un momento así, con tu banda sonora preferida de fondo, te puedes arriesgar a una posible pulmonía pero también a disfrutar un gran abanico de sensaciones.

Me costó un poco calentar el cuerpo por lo intempestivo del temporal, pero era una experiencia nueva y yo tenía muchas ganas de vivirla. Una vez te has alejado tanto de casa que te da pereza volver, tu cuerpo entra en calor y el clima ya importa menos. Si logras no arrepentirte de haber salido en los primeros minutos, tienes la ocasión de poder vivir una experiencia que, como he dicho antes, puede ampliar otras que has tenido antes, sin tener que invalidarlas en absoluto. Sumando.

De repente, en el mp3 sonó una música especial. Un tema que puso título y banda sonora a una película durísima que me impactó como pocas lo han hecho:

Aquella mañana, la naturaleza se podía sentir tan viva o más que cuando está en calma y armonía. El viento hacía mecerse todo el paisaje al unísono y podías notar su fría temperatura en una clara situación de superioridad frente a ti.

Conforme los iniciales y pausados acordes de Requiem for a Dream dejaban entrever la preciosidad y dureza de esta pieza, me paré y contemplé el paisaje de mi alrededor, igualmente majestuoso. El cielo se oscurecía poco a poco mientras los enormes nubarrones se juntaban lentamente unos a otros como gigantes algodones de azúcar grisáceo. Se podían ver las montañas de alrededor cubiertas de un precioso y fino manto de nieve, en armonía con el tiempo de perros que hacía.

Lo que entraba por mis orejas era tan bello como el imponente entorno, el cual te dejaba sentir sus fríos y constantes movimientos gracias al viento. Parecía que la música y la naturaleza quisieron ponerse de acuerdo. No sé cual de las dos cosas era más impresionante. Las ramas de los árboles se dejaban guiar por el aire al son de los desgarradores sonidos de las cuerdas. La fría temperatura se unía a tan vivo paisaje recordándote que, aunque suela estar en calma, el entorno siempre está vivo y tú puedes notarlo.

Impresionado, no podía dejar de mirar a mi alrededor con la boca abierta mientras, tanto la sinfonía como el paisaje, se iban recrudeciendo de una forma lenta, constante y armónica. Las rachas de aire frío secaban con rapidez el sudor de mi frente y me enfriaban poco a poco, mientras mi mente seguía seducida por los compases de la música y la maravilla del entorno. Los escalofríos se esparcían a lo largo y ancho de todo mi cuerpo.

No importaba lo incómodo que resultara estar allí en medio, lo que estaba sintiendo en esos momentos estaba haciendo trabajar todos mis sentidos. La humedad del ambiente se podía sentir, oler y hasta saborear. Los pulmones disfrutaban al llenarse de aquel aire tan puro como gélido. El paisaje se iba oscureciendo lentamente, revelando la gran cantidad de contrastes lumínicos que provocan los enormes nubarrones, mientras el frío viento volvía locos a árboles y arbustos.

Cuando tomé consciencia de lo que me rodeaba, recordé que estamos a merced de los elementos, y es algo que siempre debemos tener presente. Ocasiones así vienen bien para recordarlo.

Esa mezcla del gris paisaje con aquellos impresionantes acordes de fondo me hizo notar la otra cara de la naturaleza, el lado desgarrador y majestuoso que te hace sentir toda su increíble presencia de una forma más excitante que en una mañana de clima soleado y tranquilo. El ambiente era de lo más inapetente, pero aún así la experiencia fue gratificante e increíble. Algo tan absurdo como coger el día que peor tiempo hace y salir a dar una vuelta. Tan simple, tan bonito y tan loco.

Esa experiencia me ha servido para sentir una pequeña parte de lo increíble que puede ser disfrutar de la naturaleza, aunque las circunstancias no lo hagan atractivo. Ha ampliado aquel punto de vista que ya tenía, como cada día puede pasarnos con multitud de cosas distintas, si estamos dispuestos a vivirlo.

El insomnio no me dejaba dormir bien, pero me invitó a soñar en una fría mañana de sábado invernal. Y a vivir un alegre réquiem en ese sueño.

“Una sola puerta de tres abierta.

Una sola puerta.

En frente la montaña,

pasa la nube inmensa.

Toda suya. Todo suyo.

Huracanes de vientos,

lluvia andante semiparalela

y en todo el monte funerales alegres naturales,

de hojas muertas.

Llegó el otoño, llegó la muerte.

Hoy morirán hojas y animales,

mas no morirán del todo,

serán con la pobredumbre de su muerte,

para la tierra de su muerte.

Pasado mañana,

brotes de esperanza.

¡Que yo no he muerto!

¡Me alegro de la lluvia, y me alegro del viento!

Si tengo frío, ¡me caliento!

Si tengo miedo, ¡que no lo tengo…!

… susurro y pienso.

Y por las mañanas

ya me he comido mi pequeña ración,

de esperanza.

Una sola puerta de tres abierta.

Una sola puerta,

inmensa.”

Intro del poeta Manolo Chinato en Jesucristo García, de Extremoduro.