Archivo mensual: junio 2010

Mucha vida en poco tiempo

Seguro que alguna vez en tu vida (tal vez cientos de veces) te has sentido mal porque estabas haciendo algo que te gustaba y has tenido que dejarlo para hacer otra cosa. Seguro que en algún momento te has sentido mal porque te ha faltado tiempo para hacer todo lo que debías o querías hacer. A todos nos ha faltado tiempo alguna vez para seguir haciendo cosas con las que estábamos disfrutando.

No es nada anormal, más bien al contrario. Aparte de ser algo habitual en los tiempos que corren, se trata de un axioma básico inherente a la condición humana.

Nuestra vida tiene un límite en el tiempo, y todas las cosas que podemos hacer o conocer tienen otro límite, desconocido y exponencialmente superior al de nuestro cuerpo caduco. Conforme pasan los años, más gente nace, más se crea y más se descubre… más se separan estos dos límites.

Ha sido siempre así y, hasta que la ciencia diga lo contrario, así seguirá siendo. La vida es corta en comparación con todo lo que se podría llegar a hacer en el mundo. En relación a todo lo que hay por experimentar. En relación a todo lo que nos ofrece la propia vida. Ars longa, vita brevis.

La primera vez que te das cuenta de que no vas a disponer del tiempo suficiente como para hacer todo lo que te gustaría, resulta una sensación muy frustrante. Por no hablar de aceptar que seguramente tampoco dispondrás de los recursos necesarios para hacer todas esas cosas que desearías.

Si consigues asimilar esto, cosa que de por sí sola ya puede requerir mucho tiempo y esfuerzo, tu cerebro se pone a trabajar incansablemente en la horrible pero necesaria tarea de discriminar. En el maravilloso arte de elegir.

Cual Lazarillo de Tormes auspiciado por la necesidad, tu cabeza puede rebelarse y exprimir al máximo las posibilidades para darle a tu yo consciente lo que necesita. Una salida válida para una situación estructural que es decepcionante, pero a la que hay que buscarle el lado bueno. Ponerse las pilas para no caer en el abismo.

En ese momento, tu cerebro busca una respuesta. Una limosna, un mendrugo de pan duro para seguir agarrado a la vida. Un sutil engaño que, en condiciones normales, no habríamos sabido o querido realizar. Falsificar una llave con un trozo de barro para robar un pedazo de queso del baúl del viejo ciego y cascarrabias. Una picaresca española que mantenga a nuestra arteria aorta aportando sangre. Un sentido a nuestra vida.

En otras palabras, cuando tomas consciencia del poco tiempo que vivirás (en relación con todo lo que hay por hacer en el mundo) tu cerebro busca la manera de conformarse con el tiempo que presumiblemente vas a tener. Acepta las condiciones actuales y, sin pararse a llorar, busca alternativas. Puesto que, en principio, no hay manera de alargar mucho ese tiempo de vida, hay que equilibrar la ecuación dándole nuevos valores a algunas de las variables.

De esta manera, y como el tiempo de vida que tenemos es más reducido de lo que quisiéramos, hay que estirarlo para tratar que dé de sí y poder  condensar nuestras experiencias de modo que podamos captar la esencia de las mismas sin necesidad de vivir cientos de años. Tratar de sentir en poco tiempo las cosas importantes que nos podría llevar media vida (o la vida entera) aprender. Dicho de otro modo más breve y popular, Carpe diem.

Así, podemos conseguir el efecto contrario al que produjo en su día tomar consciencia de la levedad de nuestra existencia.

Saber que nos faltaría tiempo en la vida para hacer todo lo que quisiéramos nos produjo decepción, desidia y tristeza. Sin embargo, disfrutar de cada momento al máximo, estirando cada minuto, nos proporcionará todo lo contrario: una agradable sensación de realización, vitalidad y felicidad.

Nos daremos cuenta, de esta forma, de que no necesitamos vivir cientos de años para hacer todo lo que queremos hacer, si sabemos apreciar lo que estamos viviendo en este momento. Rescatando otra célebre frase, disfrutar de las estrellas en lugar de llorar por no poder ver el sol.

No vamos a poder conocer todo lo que nos gustaría, se nos van a escapar muchas cosas. No vamos a poder viajar por todo el mundo, ni conocer a todas las personas increíbles que existen, ni leernos todos los libros, ni jugar a todos los juegos, ni ver todas las películas, ni hacer el amor a todas horas, ni aprender todas las artes y oficios, ni ser el niño en el bautizo y el muerto en el entierro. Es cierto, todo eso no lo podremos hacer. Nos va a faltar tiempo, y tendremos que conformarnos con una parte representativa de todo eso que nos interese.

La vida, en cierto modo, es como una colección de cromos que nunca podremos completar porque siempre habrá alguno que no podamos conseguir. Y tendremos muchos repes.

En lugar de querer hacerlo todo, conocerlo todo y vivirlo todo, tenemos un presente, un latido de corazón. Una sensación producida por una reacción química dentro de nuestro cerebro. Átomos minúsculos e insignificantes que encierran poderosas cantidades de energía, aún por descubrir. Un segundo que puede cambiar para siempre nuestra existencia. Nuestro rumbo. Un aquí y ahora.

Y lo cierto, lo irremediablemente cierto, es que no tenemos nada más que eso.

Ya no existe el pasado, y por supuesto tampoco el futuro. El pasado existió y el futuro tal vez exista mañana, pero no están ahora. No están aquí. Ahora sólo nos tenemos a nosotros.

Yo a ti y tú a mí. Yo a mí y tú, a ti mismo.

Y no es poco.

Para continuar la interacción dentro del blog, he creado la sección Firmas invitadas.

Inaugura la sección Mellondeep con el texto “El valor del saber”.

Espero que lo disfrutéis y, si os interesa, que os animéis a participar en la sección para que sigamos interactuando. La comunicación nunca resta, siempre suma.

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Dar cera, pulir cera

Daniel Larusso estaba harto de ser un tirillas al que todos tomaran por tonto. Se sentía frustrado por no poder pertenecer a una élite social donde ser respetado y admirado. Estaba cansado de ser un Don nadie, sin tener popularidad entre la gente, y mucho menos entre las chicas. Se sentía harto de tener que tragar una y otra vez ante las intimidaciones de los machos alfa de la sociedad: los guapos, los ricos, los populares, los malotes. Para colmo, la chica que le gustaba se encontraba dentro de ese círculo, y se la estaba tirando uno de esos capullos que tienen un Mustang del 78 y el pelo engominado.

Como consecuencia de toda esta frustración e infelicidad, Daniel quería hacerse respetar. Quería ser importante. Quería poder contrarrestar la influencia de esos tipos. Quería triunfar en la vida. Quería dejar de ser un perdedor. Quería dar hostias como panes.

En este ansia por ganarse el respeto de la gente a golpe de estilete, Daniel dio con el señor Miyagi, un entrañable abuelito que vivía al lado de su casa, sin meterse con nadie y cuidando de sus plantas. Aquel hombre era un experto en artes marciales, y nuestro protagonista pensaba que le ayudaría a repartir collejas a dos manos, consiguiendo con esto el éxito social que tanto deseaba.

Tanto insistió Daniel en aprender todo lo que sabía Miyagi que el sabio abuelito acabó accediendo a enseñarle los secretos de las artes marciales para poder defenderse de los abusones. El chico había conseguido su objetivo, y al fin podría partirle la cara a los matones del instituto, consiguiendo con ello saborear las mieles del éxito adolescente y realizarse como persona.

Pero no todo era como Daniel pensaba. El jodido abuelito le hacía limpiar en su casa, lavarle el coche y hasta atrapar moscas con palillos. ¿Pero qué coño era eso? ¿Cuándo iban a practicar las patadas mortales y los giros de muñeca? ¿Estaba aquel tipo siendo otro más de los que se reían de él?

Un día, después de lavarle el coche a su maestro, éste le dijo que se lo encerara. Daniel estaba en un estado intermedio entre el mosqueo y la incredulidad. El entrañable abuelito le dio un cubo y le dijo que el secreto era ir despacio, haciendo bien las cosas. Tranquilo. En armonía. Primero, dar cera. Después, pulir cera.

A Daniel Larusso, ya bautizado como Daniel San, le costó asumir la rutina que el señor Miyagi le impuso, pero acabó dándose cuenta de que, para llegar hasta un sitio, es preciso conocer el camino y saber cómo recorrerlo antes que empezar a andar con mucha ilusión pero sin un rumbo fijo. Se dio cuenta de que lo mejor era empezar a construir siempre a partir de los cimientos.

Después de semanas de atrapar moscas con palillos, limpiar, entrenar, dar cera y pulir cera; Daniel San aprendió la fuerza y la importancia de la metodología como medio para conseguir objetivos. El poder del esfuerzo, de la paciencia y de la constancia para conseguir cualquier cosa que desees lograr en la vida.

Al final, gracias al casposo glamour Hollywoodiense, le hace la patada de la grulla al malo de la película, todos le vitorean y se lleva a la chica. Fin. Lo típico de las películas.

Pero antes de llegar a eso, Daniel San y el señor Miyagi nos enseñaron algunas de las cosas más importantes de la vida.

Cuando yo tenía 16 años, cursé por primera vez la asignatura de Ética, después de toda una infancia dando Religión. Aquello fue como abrir una puerta en Matrix que me llevara de una habitación oscura en el Bronx neoyorkino hacia una enorme llanura verde y soleada, repleta de árboles donde los pajarillos cantaban armónicamente y las flores desprendían un perfume dulce como la miel de naranjo. Una expansión mental sin precedentes en mi corta existencia.

Al año siguiente, elegí estudiar Bachillerato de Humanidades, entre otras cosas, para poder estudiar Filosofía, doctrina de la que me había enamorado el curso anterior. Estudiar Ética me había proporcionado algunas nociones acerca de los grandes pensadores de la humanidad y estaba ávido de conocimientos. Estaba deseoso de ponerme una túnica de lino, sentarme en una roca en medio de la nada y atusarme la barba mientras recitaba lapidariamente frases como “Sólo sé que no sé nada”, “El hombre es un lobo para el hombre” o “Pienso, luego existo”.

Realmente, yo no tenía ni pajolera idea del auténtico y complejo significado de estas frases, pero me sonaban sabias. Pensaba que, al decirlas, yo me convertiría en alguien sabio y todos me respetarían. Quería ser un filósofo. Quería ser inteligente. Y quería serlo ya. Igual que Daniel San esperaba poder dar de hostias a los matones de su instituto de la noche a la mañana.

Mi sorpresa fue cuando empezamos a cursar la materia y no había ni rastro de Platón. Ni de Sócrates, ni de Kant, ni de Locke. Nada de aquellos hombres que el año anterior descubrí en la asignatura de Ética. Ninguno de todos esos genios que tanto han aportado a la doctrina filosófica se estudiaban en aquella asignatura. En su lugar, estudiábamos algo llamado Lógica. Largas e insufribles clases repletas de ejercicios con proposiciones del tipo “A es menos que B y C es más que B; luego C es más que A”.

Cuando por fin se empezó a hablar de algún filósofo, estudiábamos su biografía y las circunstancias de la época en la que vivió. Nada de su obra. Nada de frases lapidarias. Nada de atusarse la barba. En los primeros 6 meses de clase no se le vio el pelo a Aristóteles, y aquello para mi era realmente aburrido. Más que aburrido, yo diría decepcionante. Tanto, que empecé a cogerle manía a la filosofía. Creía que aprender filosofía me haría interesante y lo que hacía era aburrirme. Me sentí estafado. Igual que Daniel San lo estuvo con el señor Miyagi cuando le hacía encerarle el coche.

Tiempo después, abandoné el instituto y me puse a trabajar. Trabajar es muy diferente de estudiar. Trabajar es una putada, y fue difícil empezar a hacerlo. Aquello era jodido, pero me hizo madurar y aprender muchas cosas, cosas que no se olvidan y que te acompañan el resto de tu vida. Cosas como el valor del sacrificio, la importancia de la constancia, lo bonito de la paciencia. Cosas que Daniel San aprendió gracias al señor Miyagi.

A partir de entonces, y después de unos años, decidí retomar los estudios. Gracias a Internet, también retomé mi interés por la filosofía, pero no de un modo pretencioso sino más bien humilde. Dejándome seducir por su esencia. Abierto a descubrir. Aprendiendo que casi todo en la vida tiene que ver con ella. Aceptándola como un medio y no como un fin.

Aunque mi especialidad académica acabó siendo otra, gracias a Internet tuve la ocasión de poder leer textos filosóficos, biografías, artículos, blogs y foros que me devolvieron aquella fascinación inicial y pura que tuve en la adolescencia, antes de querer aprenderla para hacerme el interesante.

En aquella época también vi la película Karate Kid. Y la entendí.

Al final, y después de mucho tiempo, sufrimiento, alegrías y esfuerzo, he ido descubriendo poco a poco que el señor Miyagi tenía razón.

Vale la pena respirar hondo, relajarse, concentrarse y encerar el coche. Lo demás va viniendo solo.