Archivo diario: 1 marzo 2010

Como el beso de una madre

Fuera de los entresijos de la vida cotidiana, a kilómetros del tráfico y el estrés diario, se encuentra un edén donde el aire es tan puro como el cariño de una abuela. Cuando te alejas de la casa, del trabajo y de la burbuja que supone una sociedad moderna, hay una puerta invisible que te saca de un mundo rápido, complicado y competitivo para llevarte a un lugar donde todo parece estar en una asombrosa y sincronizada armonía.

Es entonces cuando nuestro corazón reduce sus revoluciones y deja de ir al ritmo de los coches, de la bronca de tu jefe o del disgusto de la economía. Es justo en ese momento cuando nuestros sentidos son capaces de expulsar todas las toxinas acumuladas en la ciudad, y volver a transpirar sensaciones que sólo pueden experimentarse con la paz que otorga escuchar el sonido de la naturaleza.

En ese momento y tal vez sólo en ese momento, podemos sentirnos como una parte de esa Tierra que nos ha visto nacer y que nos acogerá al final de este ciclo y al principio del siguiente.

Es en contacto directo con la naturaleza cuando un ser humano capta su esencia misma, y la de todo lo que hay a su alrededor. Todo lleva su propio ritmo. Lento, constante, sincronizado, imperceptible. Vivo. Perfecto.

Cuando estás en pleno contacto con el medio natural sin pensar en ninguna otra cosa que no sea sentir, te das cuenta de que eres una pieza más del precioso engranaje de vida. En esos momentos te sientes feliz simplemente por poder estar sintiendo esas emociones, feliz de que tus sentidos puedan percibir con claridad todos los estímulos a su alcance. Te sientes feliz por estar vivo.

Todos los sentidos se ponen a trabajar rápidamente. Sentimos la calidez del tibio sol de la mañana y la caricia de la brisa fresca. Sentados en un manto verde natural, observamos a nuestro alrededor mientras aspiramos lenta y profundamente para oxigenarnos con el purísimo aire del campo. Huele mejor que la ciudad. Se pueden escuchar orfeones de pajarillos que, perfectamente sincronizados, pían caóticas melodías acompañadas de fondo con el sonido de las hojas de los árboles mecidas por el viento. Aprovechamos para beber agua, refrescarnos y descansar.

Es una situación casual en un entorno natural que puede estar desde Buenos Aires hasta Villanueva de la Jara, provincia de Cuenca. En cualquier rinconcito de la geografía podemos disfrutar de una breve pero intensa experiencia, siempre que estemos dispuestos a sentirla y disfrutarla.

Justo en ese instante, cuando estemos en pleno contacto con el medio natural, puede que nos sintamos en deuda. Si esto ocurre, significará que estamos empezando a respetar esta Tierra que nos dio la vida, y que es capaz de quitárnosla cuando le venga de provecho.

La grandeza del paisaje nos recuerda de donde venimos y a donde vamos a ir. Polvo eres y en polvo te convertirás. Si la ciencia no dice lo contrario, físicamente estamos de paso por aquí.

En esos instantes de plenitud sensorial, y sintiéndonos en armonía con el entorno, es la ocasión ideal para sentir todas las formas de vida como propias, porque en realidad todos estamos jugando al mismo juego. La vida es un continuo reciclaje.

El día en que dejemos de correr y nos paremos a sentir todo eso, nos dará mucho que pensar, y mucho que vivir. Muchos motivos para cuidar la naturaleza, para demostrar que la queremos de verdad.

Recibir el beso de la naturaleza y tener ganas de devolverlo es una experiencia única, porque madre no hay más que una.