Archivo mensual: enero 2010

Un mundo para los hombres

La raza humana lleva poblando la Tierra aproximadamente 2,4 millones de años, si consideramos como humanos a los primeros homínidos bípedos separados de los primates. En cualquier caso, es una porción de tiempo muy pequeña de los 4.500 millones de años que se calculan tiene este maravilloso planeta. Muchísimo tiempo. Y, sin embargo, esto es a su vez una cifra irrisoria comparada con los 13.700 millones de años que se le calcula de vida al universo.

Desde esta perspectiva, la vida de un ser humano, incluso la vida de toda la raza humana, puede ser reducida por la lógica hasta una grano de arena en un desierto cósmico. Puede considerarse un accidente temporal, una irrelevante florecilla que nació de un terreno estéril y que pasará sin pena ni gloria por una pequeña esquina de este gran laberinto espacial. Mirado así, la existencia de toda la raza humana puede parecer una anécdota sin importancia. Nada de eso.

Todos nos hemos sentido insignificantes cuando nos ha dado por comparar nuestra existencia con la inmensidad del universo. Cuando hemos pensado en nuestros pocos lustros de vida y en los miles de millones de años que nos preceden, así como todos los años que están por llegar. Cuando hemos comparado nuestra pequeña envergadura con la impresionante masa de los cuerpos celestes. Durante ese momento en el que podemos llegar a ser conscientes del poco espacio y el poco tiempo que ocupamos, en comparación con lo increíblemente inmenso que es este universo lleno de miles de galaxias y de millones de planetas, creemos que somos poco más que nada. En principio, considero que esa comparación es totalmente errónea, aunque no por ello improductiva.

Considerarnos como una insignificante parte en el espacio y en el tiempo dentro del universo puede ser muy gratificante. Te permite relativizar la importancia de ciertas cosas que pueden estar angustiándote y que no deberían ejercer tanto efecto sobre ti porque, efectivamente,  en el fondo no son tan importantes. Pensarlo de ese modo es beneficioso y liberador.

Pero, a menudo, hacer esta misma comparación también nos trae una importante cantidad de tristeza. Si nuestros problemas son insignificantes en comparación con la inmensidad del espacio, irremediablemente nosotros también somos criaturas irrelevantes. Y es ahí donde yo creo que está el error, a la hora de comparar cantidad con calidad.

Es innegable que nuestra vida, la vida del ser humano, es volátil y diminuta. Infinitamente más pequeña, frágil y corta que la de la menor estrella que haya en el universo. Pero sólo estamos hablando de términos cuantitativos. En esa comparación no se entra a valorar la calidad de nuestra existencia. No se valora que la corta vida de un ser humano pueda encerrar cosas más complejas y preciosas que las de una estrella inerte en el espacio durante miles de años. No se contempla que un pequeño cuerpo, frágil y caduco, pueda albergar maravillas tanto o más fascinantes que las de toda una galaxia.

El ser humano, pese a ser considerado tan irrelevante con respecto al universo, alberga una complejidad y una capacidad evolutiva mucho mayor que la de cualquier roca que te puedas encontrar en la más longeva galaxia a miles de millones de kilómetros de aquí.

Las inmejorables condiciones ambientales que se dieron en la Tierra propiciaron la existencia de formas de vida primitivas, y sus posteriores cambios evolutivos a lo largo de millones de años. Millones de años que siguen siendo pocos en comparación con otros planetas, pero infinitamente más productivos.

Sin embargo, en nuestro planeta hubieron múltiples periodos con bruscos cambios ambientales, lo que provocó la aparición y desaparición de una gran cantidad de especies. Después de todos estos millones de años de evolución y bruscos cambios, las condiciones ambientales favorecieron la aparición de los homínidos, seres con gran capacidad y complejidad cerebral, en comparación con el resto de animales.

Los homínidos evolucionaron en varias especies distintas durante varios millones de años más, extinguiéndose la mayoría de ellas pero sobreviviendo la especie que ha derivado en nosotros, el homo sapiens. Llegado este punto es cuando el hombre daría un gran salto evolutivo al ingeniar complejas técnicas de supervivencia, construcción y caza. Gracias la evolución de estas técnicas y la gran capacidad de aprendizaje de este hombre primitivo surgieron las primeras civilizaciones, los cimientos de las sociedades modernas en las que vivimos ahora.

No obstante, el más grande y complejo cambio de nuestra historia, aunque no lo parezca, se está dando en estos momentos. En el periodo que estamos viviendo ahora, conocido como era de la información. La tecnología, la química y la biología; así como el estudio del espacio exterior, la materia y el tiempo, nos otorga un nivel de evolución que, si bien es imposible demostrarlo, parece a todas luces el más avanzado de todo el universo.

Es por ello que debemos ser conscientes de nuestra insignificancia física y temporal con respecto al resto del universo, pero también es muy importante que nos identifiquemos como lo que somos, seres extraordinariamente inteligentes, complejos y capaces de realizar auténticas maravillas. En absoluto irrelevantes con respecto al resto del espacio exterior.

Los humanos somos seres increíblemente evolucionados capaces de pensar e idear complejas teorías. Capaces de razonar, analizar y resolver hechos de enorme trascendencia. Capaces de sentir dolor, placer y miles de sensaciones que luego podemos transmitir a nuestros semejantes para enriquecerlos. Capaces de aprender, de empatizar, de amar y de respetar a otros seres humanos y a otros seres vivos. Desde este punto de vista, me parece mucho más importante tu vida, la existencia de quien está leyendo esto, que la longeva e improductiva existencia de miles de planetas lejanos e inertes.

Pero el ser humano también es capaz de multiplicarse sin control, de destrozar la tierra en la que ha nacido y de aprovecharse de la desgracia de los demás. Es capaz de disfrutar con el dolor de otros y de arrebatar la vida a un semejante a sangre fría. Es capaz de marginar y maltratar al resto de especies que conviven con él. Es capaz de tantas y tantas cosas horribles que se antoja inevitable cuestionarnos hasta qué punto nuestra existencia es positiva. Ya dijo Plauto (y popularizó Hobbes) que el hombre es un lobo para el hombre. Y, en este caso, también una bomba de relojería para nuestro planeta.

De todos y cada uno de los avances y éxitos que ha tenido el ser humano, el mayor de todos se producirá el día en que se conciencie socialmente del respeto que, como ser vivo, le debe a este planeta.

En la actualidad, sólo un loco creería que ese cambio se puede llegar a dar algún día. Yo estoy absolutamente convencido de ello.

La evolución del ser humano y el papel que ha ocupado le otorga una responsabilidad sobre la Tierra, su presente y su futuro. Una responsabilidad que nace del enorme y majestuoso cambio evolutivo que ha tenido el hombre a lo largo de millones de años, y que repercute directamente en el planeta. Responsabilidad que directa o indirectamente recae sobre ti y sobre mi, porque somos parte de la especie que ha transformado este planeta en un mundo para los hombres.

El ser humano, no lo dudes nunca, es extraordinario.

Anuncios

El absurdo en nuestra vida

Siempre he sentido especial predilección por las cosas absurdas e inverosímiles. A lo largo de mi vida, estas situaciones me han llamado la atención de forma especial, haciéndome pensar, y mediante la observación he tratado de discernir por qué lo absurdo es algo tan magnético, tan propenso a ser aplaudido como despreciado. Ello me ha llevado a cuestionar su existencia y distinguir algunos de los motivos por los que, a veces sin darnos cuenta, buscamos la rareza, la extravagancia, lo novedoso y atípico.

Analizar el mundo que envuelve este tipo de situaciones me ha dejado claro que existen multitud de reacciones distintas ante una situación literalmente increíble. Lo normal es quedarse superado por el momento. Inmóvil, perplejo, pasmado. Hay quien se sorprende y le da por reírse, y también quien se sonroja o se siente ofendido. Incluso hay a quien el absurdo le aburre enormemente. Depende de cómo caiga y a quién. Incluso a nosotros mismos nos sorprendería saber qué posición adoptaríamos ante determinadas situaciones ante las que sólo se puede decir:

What The Fuck!??

O la versión española:

¿¡Pero qué coño…!?

Es dificilísimo saber cómo reaccionarías si, de repente, ves pasar por la calle a una persona totalmente seria en taparrabos.  Complejo imaginar qué harías si sorprendes a un viejecito teniendo una conversación a gritos con un perro, el cual, para colmo de los colmos, parece responder con gran elocuencia a base de ladridos. Difícil saber qué pensaríamos si en una comida familiar, y delante de todo Dios, a la abuela de la familia le da por liarse un porro de marihuana para acompañar el café descafeinado. Existirían reacciones para todos los gustos, y en muchas de ellas se produciría un punto de inflexión provocado por la atronadora realidad del momento.

Precisamente por ello, por los efectos que lo absurdo y lo extravagante provoca en las personas, siempre me he preguntado cuáles serían sus orígenes, los motivos por los que nunca pasa de moda. O bueno, a veces sí:

Zambullirme en el mundo del absurdo, tanto en lo popular como en lo cotidiano, me ha llevado pensar que está tan presente dentro de nosotros que se acaba convirtiendo en algo inherente a nuestro comportamiento. Esté o no agudizado por una  posible enfermedad mental, lo absurdo forma parte de nosotros, acaba por convertirse en necesario en algunas ocasiones.

Este texto en sí puede ser absurdo y probablemente lo sea. No obstante, puede ser provechoso tratar de cuestionarnos a qué se deben esas situaciones inverosímiles que rompen con la seriedad y el protocolo del día a día. Nos puede dar motivos para ser más absurdos o para todo lo contrario.

En primer lugar, el absurdo tiene una primera y fundamental misión: hacernos reír. Esto es algo mucho más importante de lo que pueda parecer, porque el humano es un ser social y lúdico, lo que hace que juegue de tal manera con su entorno que sea capaz de crear algo tan maravilloso como el humor. Por medio del humor se puede mejorar el estado de ánimo, liberar tensiones y a partir de ahí emprender con otro ánimo cualquier tipo de tarea. Hasta los reyes han necesitado de bufones para llevar pequeños WTF hasta la estirada vida de palacio.

Pero aunque la principal función del absurdo en nuestra vida sea la de crear un contraste tan grande con lo cotidiano que nos provoque la risa, y con ella todos sus beneficios, existen también otras cualidades en las situaciones inverosímiles, éstas mucho más desapercibidas.

El superlativo contraste entre lo absurdo y lo normal puede conllevar en algunos casos, además del humor, una importante dosis de realidad que nos puede hacer recapacitar acerca de multitud de cosas. Ese gran contraste entre dos cosas nos puede hacer cuestionarnos la normalidad de la cosa normal y la impertinencia de lo absurdo.

A veces, las cosas aparentemente surrealistas, absurdas y graciosas pueden tener una segunda lectura en la que no siempre reparamos.

Pueden ser cuadros de Dalí, sketches de los Monty PythonEl ángel exterminador de Buñuel o el más delirante y castizo surrealismo de La Hora Chanante (eso que ahora llaman Muchachada Nui). Cualquier rareza, desde una cabellera azul hasta hablar en élfico tiene un origen. Un motivo. O no.

Tal vez los momentos absurdos escondan mensajes cifrados. Quizás traten de hacerte reír o simplemente intoxicarte con el caos de momentos inexplicables. Los hay incluso que son totalmente casuales e improvisados. Y también los hay cuidadosamente elaborados para hacernos pensar, e incluso para reírse de nosotros en nuestra propia cara. Cada absurdo, cada momento inexplicable, cada What the fuck!? es de un padre y de una madre, y a veces, un hijo de puta.

La pobre diabla y la dueña de los hombres

Una mujer. Y millones de opiniones, de buscones y mirones, de envidiosas sin razones, semi-diosa de la noche o perdida entre los hombres.

Y la verdad, da igual. Es su enigma, el enigma de sus secretos de alma y de alcoba. La verdad oculta y las mentiras a la luz de una mujer cuyo nombre, luego se entenderá por qué, cambiaré por uno acorde a la belleza de  su mirada.

Cuando vi a Esmeralda por primera vez sólo era un mocoso, un niño bastante travieso y precoz en varios aspectos, uno de ellos las fantasías sexuales. Supongo que eso no será una excepción, y muchos como yo (sobre todo chicos) pensaban en el sexo bastante antes de la adolescencia.

Como la mente tiene una libertad que nadie puede arrebatarnos, chica guapa que conocía, chica guapa que invitaba (sin ella saberlo, obviamente) a mis sensuales mundos oníricos, fantasías cutres de un niño que no tenía ni puta idea de sexo, pero empezaba a tenerla acerca del amor. Todas las chicas con las que fantaseaba eran exquisitamente tratadas, recibían agasajos, masajes y encuentros sexuales románticos al borde de un riachuelo en espléndidas noches de luna llena. En la vida real yo no sabría cómo se tenía que hacer eso del sexo, pero, ¡ay amigo! en mis fantasías yo era el amante más experimentado, cariñoso y entregado que una mujer pudiera desear. Bendita ignorancia.

Supongo que, en el fondo, lo único de mis fantasías que las chicas no aprobarían sería el acompañante, por lo que se convierte en necesario que las fantasías se limitaran al interior de mi lujuriosa mente infantil, y nunca llegaran a materializarse.

Principalmente, debía limitarme porque yo era un niño, y la mayoría de las chicas con las que fantaseaba no eran precisamente unas niñas. Entre ellas, amigas de la familia, la socorrista de la piscina municipal y una camarera polaca que siempre me servía mi batido de chocolate caliente-caliente, y me decía que si fuera una niña le encantaría ser mi novia. Estaba mintiendo, pero eso en mis fantasías no tenía importancia. Las fantasías sólo son fantasías, y pueden ser maravillosas.

También recuerdo la profesora de gimnasia, con su pantalón de chándal y sus pechos ajustados en minúsculas camisetas. En cada clase nos enseñaba los ejercicios a realizar valiéndose de sus grandes dotes como maestra. Gracias a ella me aficioné al deporte.

Pero ninguna de ellas produjo en mí el hechizo que sentí al conocer a Esmeralda. Nunca conocí personalidad tan arrolladora, ni corazón tan libre. Fue lo más parecido al amor que un mocoso de ocho años podía experimentar. La mujer entre las mujeres. Mi invitada especial noche tras noche.

Esmeralda era una amiga de mis tíos, los cuales tenían un grupo de amigos bastante numeroso formado por jóvenes de edades comprendidas entre los veintipocos y los treintaymuchos. Un grupo muy heterogéneo, que se tiraba las tardes de verano en la terraza del bar que tenía mi abuela, comiendo pipas, bebiendo cerveza,  contando chistes y compartiendo vida.

En aquel grupo estaba ella, una morena de ojos verdes con una mirada tan profunda que las piernas se te hacían flanes con sólo sentir que te estaba observando, aunque fuera de reojo. El pelo sedoso, larguísimo y negro como el abismo. Dulces labios de fresa y un desafío constante a la ley de la gravedad en su trasero respingón y en sus pechos, generosos pero perfectamente proporcionados. Era tan guapa y estaba tan inmensamente buena que no pasaba uno, ni un sólo día sin que recibiera piropos, halagos y proposiciones de todo tipo.

No obstante, sus atributos no se quedaban en lo exterior, ya que Esmeralda era una chica muy despierta, con un gran corazón, consciente de lo que era y de cómo actuar en cada situación. Lejos de sentirse intimidada o ir de diva, contestaba a cada cual según estimaba oportuno. Agradecida ante el trato respetuoso y cortés, nunca hacía una mala cara ante un comentario bonito, viniera de quien viniera. Aunque fuera del tipo más gordo, feo y calvo del lugar.

Por contra, si te las dabas de chulito o te tomabas demasiadas confianzas, así fueras Brad Pitt, ibas a quedar en ridículo delante de todas las personas en veinte metros a la redonda. Y es que Esmeralda era un volcán que despertaba erupciones por donde iba, y que al contrario que los volcanes de verdad, decidía con quien entrar en erupción y con quien no, siendo inmune a cualquier tipo de presión. Eso la hacía mucho más deseable si cabe. Yo la observaba desde lejos, rodeada de chicos, deseada por todos, mayor y perfecta. Apenas hablaba con ella alguna vez, pero siempre me dedicaba una sonrisa y una palabra amable, al ser el sobrino de sus amigos. Ella era, sin duda alguna, el sueño imposible de una fantasía infantil. Tenía suficiente con quererla en la distancia, pues sabía que, aunque yo fuera mayor, no conseguiría conquistarla. Era mucho barco para tan poco marinero.

Esmeralda siempre fue dueña de su cuerpo y de su corazón, y siempre los usó como creía mejor para su vida. Precisamente por eso, por vivir su vida sin complejos y de forma libre y abierta, Esmeralda siempre fue tildada de ligera de cascos, de guarrilla, de chica fácil. Chica fácil, se atrevían a decir los ignorantes. Esmeralda era la mujer más difícil de conseguir que yo he visto jamás. Para conseguir su maravillosa compañía no valía cualquiera, ni mucho menos. Lo que pasa es que su maravillosa compañía la consiguieron más de un hombre, y más de dos, y más de cinco, y más de diez. Decían que era una pobre diabla. Pero esas cosas le importaban a quien le tenían que importar, no desde luego a esta amazona de piel tostada, ni a nadie de su íntimo círculo.

En todos los años que pude pasar observándola platónicamente, Esmeralda nunca tuvo un novio duradero. Conocía muchos hombres, elegía a los que más le gustaban y pasaba con ellos el tiempo que le apetecía, pero nunca le gustaban lo suficiente como para atarse a ninguno durante mucho tiempo. O tal vez nunca quiso a un único hombre. O nunca llegó a querer realmente a ninguno. No creo que nunca llegue a saberlo.

Pasó el tiempo, y yo estaba a punto de cumplir quince años. Esmeralda seguía siendo una chica, como puede suponerse, enormemente popular. Decir que era la tía buena del grupo es algo que, como poco, se queda corto. Y decir que era una chica simplemente simpática, no se acerca ni a kilómetros. Era casi perfecta, y todos la querían. Yo mismo soñaba multitud de veces con estar una noche, sólo una noche con ella.

Ser tan popular no siempre fue bueno para esta impresionante mujer. Le iba mucho la fiesta, y eso a veces le traía compañías muy dañinas para ella. A su fama de chica fácil se le unieron otros chascarrillos relacionados con las drogas. La gente decía que se pasaba metiéndole a esto o a lo otro, y que últimamente andaba con un tipo que también tenía a sus espaldas una reputación completita.

Una noche, dando una vuelta por el chalet con mis amigos, vimos como a lo lejos paraba el coche del tío con dudosa reputación que había conseguido mantener unas semanas atada a Esmeralda. Se escuchaba una fuerte discusión dentro del coche, y después Esmeralda abrió la puerta y salió llorando. El tipo se fué quemando rueda y dejó allí a tan tremenda mujer. Viendo desde lejos tal escena, les dije a mis amigos que siguieran su camino, yo iría a acompañar a Esmeralda a su casa. Al fin y al cabo, era amiga de mis tíos y yo era en esos momentos la persona más cercana a ella. Me despedí de mis amigos y me fui corriendo hacia donde estaba la chica, mientras ésta caminaba ya en dirección a su casa, intentando llorar lo más silenciosamente posible para no llamar la atención de los chalets colindantes. Me planté justo delante de ella y la cogí firmemente por los brazos:

-Tranquila Esmeralda- le dije sin tener tiempo de pensar nada mejor.

Con los ojos llorosos y el moquillo colgándole, no le dejé llegar a articular palabra y le di un fuerte abrazo.

-Tranquila chiqui, no voy a decir nada a nadie. No tienes de qué preocuparte, pero no puedes irte así a tu casa.

Esmeralda rompió a llorar en mi hombro. La musa de mi infancia estaba poniendo perdida mi entrañable camiseta del mundial USA’94 a base de lágrimas, mocos y alguna babilla. Definitivamente, no es así como yo imaginaba un hipotético primer encuentro entre nosotros.

No obstante, la situación no era nada cómica, de hecho fue tan triste que la emoción me pudo y yo también acabé llorando, en un intento de sentir lo mismo que ella. Pasados un par de minutos, y con ambas ropas pringadas de fluidos corporales de procedencia nada erótica, nos sentamos a descansar y a hablar de lo sucedido. Ella había decidido dejarlo y el tío se puso violento. No quiso contarme todos los detalles pero tampoco me hacía falta. Después de un rato de charla tranquilizadora, un par de confesiones íntimas y las dos sonrisas que pude arrancarle, se limpió la cara y se marchó a su casa.

– Mañana voy a ir a la discoteca con mis amigos. Mis tíos también irán -disparé a quemarropa– y me gustaría mucho verte allí.

– ¿Ya vas a las discotecas? -se sorprendió.

– A la del pueblo voy a intentar entrar mañana. Acabo de cumplir los quince. No aparento ser muy mayor, pero otros de mi edad ya han entrado, y además, en la puerta está Fede. Si vas, que sepas que intentaré sacarte a bailar.

– No estoy yo para fiestas ahora tete, pero igual me lo pienso, ¿vale? Me tendrá que dar el aire. Mañana veremos.

Al día siguiente, un tórrido sábado estival en el pueblo, intenté entrar en la discoteca. Iba con dos amigos de mi edad y dos de mis tíos, de más de cuarenta años. En la cola de la taquilla nos comentan que han negado la entrada a dos chavales un año menores que nosotros. Compré la entrada en la taquilla y me acerqué hacia la puerta. Estaba Fede de portero. Fede es amigo de mis tíos. Quiero tener fe en Fede, es buen tipo.

Llegué a la puerta de la disco con la frente perlada de sudor y le di a Fede mi entrada con consumición, a un entrañable y módico precio de 500 pesetas. Mi mano tiembla mientras extiendo el papelito amarillo. El portero, que es amigo de la familia pero no es gilipollas, sabe que soy menor, sabe que me faltan tres años para la edad mínima y me mira con el ceño fruncido. Afortunadamente, la presencia de mis tíos juega su rol previsto y consigo entrar, pero con una condición. Conforme me rompe la entrada y me da paso, se acerca con un sutil movimiento de cadera a mi oreja y me susurra:

– Más te vale portarte bien, ¿eh, chaval?

– No te preocupes -acierto a decir con la voz entrecortada y temblorosa.

Luchando por mantener en pie mi cuerpo extasiado de gloria, crucé con paso torpe el invisible arco que separa el fracaso del éxito. El ostracismo de la fiebre hormonal. La adolescencia de la edad adulta. La intangible y a la vez inapelable barrera que hay entre tomarse una copa en el botellón del parking con la música de fondo, y tomársela al lado de los altavoces y rodeado de mujeres dispuestas a pasarlo bien. A pasarlo bien con otros, pero a pasarlo bien. Las puertas del paraíso se abrieron y de repente me vi allí, respirando aliviado en pleno fervor adolescente, por primera vez en la discoteca del pueblo.

Una vez metes la cabeza, y si no llamas la atención, no tiene por qué pasar nada. Y lo mejor de todo, no tardé en verlo de frente. Cuando todavía no me había dado una vuelta completa por la disco, el tesoro de la isla apareció sentado elegantemente en una de las sillas de la terraza. Allí estaba ella. Esmeralda había venido. Hoy es la noche, los astros se han confabulado a mi favor. The time is now.

Tras un par de copas y varios bailecitos, me decido. La tengo delante, hablando con unas amigas, y de repente suena “la canción”. El temazo, enormemente popular en Valencia, no es otro que éste:

La gente grita enfervorizada, el ambiente se vuelve más caótico, doy el último trago al cubata y lanzo mis ojos hacia Esmeralda. Cuando me acerco y me mira, le sonrío y le tiendo la mano para sacarla a bailar. Sonríe y acepta. Estoy tan nervioso que ni siquiera puedo tener una erección, pero no puedo permitirme estos nervios. No ahora. Estoy en la plaza, estoy ante el toro, y la grada está llena. Tengo que recibirla a porta Gayola.

Los momentos de baile son la bomba. Bailamos toda la canción mirándonos a los ojos, cantándonos el uno al otro. Esmeralda sabía cómo pasárselo bien a cualquier hora y en cualquier situación. Durante algunos momentos, incluso llegamos a frotarnos un poco. O eso me hizo creer mi cerebro. En cualquier caso fue la hostia.

Sabía que no tenía nada que hacer con ella, pero me daba igual, estaba viviendo la mejor experiencia de mi vida, y lo mejor estaba aún por llegar. Cuando terminó la canción, la gente gritó aún más que al principio, nos abrazamos y me regaló un cariñoso “Gracias” a la oreja que me calentó más aún, si era posible.

– Me gustaría hablar contigo -le solté con dos cojones.

– ¿De qué?

– Será un minuto, y yo seré bueno. Es sólo hablar. Es importante para mí.

– Mmmm… a ver lo que me vas a decir, ¿eh? – Esmeralda se olía la tostada.

No obstante, Esmeralda no se amilana porque sabe que es ella quien tiene siempre la sartén por el mango. Ella es quien siempre decide, y no dejará que la situación vaya por donde no desea. Así pues, sólo unos instantes después, me veo saliendo de la discoteca acompañado de la mujer de mis sueños. Mientras vamos hacia la salida para que nos pongan el cuño en la muñeca y poder volver a entrar, Fede ve como voy acercándome a su posición y me sonríe, a la vez que me parece leer en sus labios un socarrón “qué hijo de puta”.

Cuando estamos fuera, nos sentamos en un banco alejado de la puerta y Esmeralda tira la pelota a mi tejado, segura de sí misma, como siempre.

– A ver pequeño, ¿qué es eso que tienes que contarme?

Si te lo estás oliendo, pillina. Yo diría que incluso llevas toda la vida sabiéndolo. Nunca te he quitado ojo, y de eso las mujeres se dan cuenta.

No obstante, su seguridad me contagia y decido coger el toro por los cuernos. Respiro profundo y rezo por que mi poca saliva y los nervios me dejen hablar.

– Mira, Esmeralda, tengo que decirte algo, pero necesito saber que vas a intentar entenderme.

Esmeralda sabe que lo que va a venir ahora no le va a gustar demasiado, así que inspira profundamente, cierra los ojos un segundo, expira el aire y me dice que continúe.

– Ante todo, quiero que sepas que no voy a intentar nada contigo- intento mantener la situación controlada-. Eres casi como de la familia y me sacas más de diez años. Sé que sería estúpido, incómodo… y no te quiero hacer cargar con eso.

Respira tranquila y me lo agradece.

– Pero eso no quita que las cosas son como son -proseguí valiente cual Don Quijote- y yo estoy loco por tí. Pero no desde ahora, Esmeralda, desde siempre. Lo siento mucho, pero son ya muchos años callando y quería que lo supieras sin comprometerte a nada. Sólo necesitaba que lo supieras. Sabes que siempre te he observado mientras tú estabas con los mayores y yo con los pequeños.

– Ya me lo imaginaba. No te preocupes, es un halago. Está bien que me lo digas si eres consciente de la realidad.

– Gracias Esmeralda, te agradezco que te lo tomes así porque yo no podía aguantar más. Necesitaba decírtelo todo. Decirte que he soñado durante años contigo, que he tenido miles de fantasías pensando en tí y precisamente por lo mucho que te quiero, no quiero causarte ningún daño. Por lo que pasó anoche también quería decirte que ese tipo con el que salías no era suficiente para tí. De hecho, no creo que haya ningún hombre que sea suficiente para tí.

Esmeralda empieza a cambiar el gesto y parece ponerse un poco triste. Mira hacia abajo.

– No, no te pongas triste, por favor -le digo pensando que acabo de joder por completo el momento- no quiero hacerte recordar nada, al contrario. Quiero que mires hacia delante porque tú te mereces ser feliz. Yo sólo soy un crío, no puedo aspirar a alguien como tú, lo mío es un amor platónico. Lo que quiero decirte es que algún día encontrarás a un tío que te querrá como te quiero yo y además te podrá dar todo lo que tú quieres y mereces. Y ese día yo seré feliz por tí. No te pido nada, sólo necesito decirte cuanto me importas.

En ese momento, ni yo mismo me creo que haya sido capaz de decir eso. No esperaba decírselo así, de hecho no sabía cómo decírselo, sólo sabía que tenía que hacerlo, y lo hice del tirón. No estaba planeado pero fue más o menos así. Y fue totalmente sincero.

Para mi sorpresa, Esmeralda parece haber estado atenta a todo lo que he dicho, y haber entendido mis sentimientos. Conmovida, me abraza y me da las gracias de nuevo por como me porto con ella. Durante ese abrazo me siento triunfal, me siento aliviado, me siento fuerte. Me doy cuenta por primera vez en mi vida de que el amor es un sentimiento libre y como tal puede ser expresado.

Cuando el abrazo se acaba, simplemente la química surge a mitad de camino de nuestros ojos y la chispa salta. Me mira fijamente durante un par de segundos y lo hace. En aquel banquito sombrío y a las tantas de la madrugada, Esmeralda, la musa de mis fantasías infantiles me regala un largo y dulce beso. Los escalofríos campaban a sus anchas por mi cuerpo, por todas partes, tenía todo el vello de mi cuerpo de punta. Lo que no es el vello también se puso de punta. Después de unos momentos que no podría cuantificar en segundos, nuestros labios se separan y volvemos a abrazarnos.

– Tómatelo como un beso platónico. Me has demostrado que sabes lo que haces y espero que sepas asimilar lo que ha pasado. Sólo un beso. Un beso bonito, pero nada más. Necesito que nadie sepa nada de esto – me dice Esmeralda poniendo toda su confianza en mí-, ni tus amigos, ni tus tíos ni nadie. Te lo ruego, por favor.

– Nadie se enterará, te lo prometo. Contaré la historia pero cambiaré todas las circunstancias, incluído tu nombre. Serás otra chica en otro sitio. Me gustaría llamarte Esmeralda, por tus ojos. Me encantan tus ojos.

Se ríe y dice que le eche imaginación, que por las fantasías que he tenido, de eso voy sobrado. Pero me repite, es importante que nadie nos relacione. Ahora sólo hemos estado hablando. Le digo que no tiene de qué preocuparse. Sólo ha sido una convesación, una de tantas que se tienen a diario.

A partir de aquello, efectivamente, nadie nos relacionó. Nunca hubo ni un tímido rumor. Pocos meses después, falleció mi abuela, se cerró el nexo de unión vacacional que era el bar y el grupo de amigos se separó. Cada uno se fue a su pueblo y sólo se veían de vez en cuando. Desde entonces, apenas he visto a Esmeralda. A algunos de mis tíos también he dejado de verlos a menudo. Sin embargo, los chismes que afectan a la vida de Esmeralda no dejaban de aparecer. Aún cuando los amigos ya no estaban juntos y cada uno vivía en un pueblo diferente, seguían llegando rumores, lo mismo de siempre. Drogas, fiesta, sexo y malas compañías.

Muy pocas personas se han preocupado en conocer a Esmeralda de verdad, en hablar con ella, en preguntarle qué cosas le gustan de la vida, en quererla sin pedirle nada a cambio.

En un mundo en el que todos predican libertad, muy pocos supieron respetar la libertad de Esmeralda.

Un día escuché esta preciosa canción, y no pude dejar de pensar en esa mujer, en ese icono de mi infancia. Como en la vida real, como tantas mujeres en este mundo, la Esmeralda de esta canción tiene una cara A, la parte que oyes de boca de los demás, y una cara B, la que descubres por tí mismo.

Aunque no os guste mucho el estilo de música os recomiendo que le prestéis atención a la letra, sobre todo a la segunda mitad de la canción, unas preciosas estrofas llenas de sensualidad donde habla de la mujer real, la que conoces de primera mano, y no la que te cuentan.

La historia de Scatman John, un hombre bueno que tenía defectos

Los defectos son algo inseparable del ser humano. Es un tópico pero es así. Generalmente, los defectos de una persona varían dependiendo de dónde viva y cómo se haya criado, pero haber defectos, los hay. Todos tenemos virtudes y defectos de todo tipo, el mundo está plagado de ellos. Eso es lo que lo hace tan maravilloso a los ojos del ser humano.

Además, el “defecto” puede ser en ocasiones algo relativo, pues puede perfectamente acabar  formando parte de una virtud, como en el caso de John Paul Larkin.

Puede que no te suene de nada ese nombre. Si te digo que su nombre artístico fue Scatman John tal vez te parezca haberlo oído alguna vez. Llegó a ser realmente popular cantando aquel popular “Piii, pa pa pára po… pa pa pára po”. Como tararear cancioncitas no es lo mío, te pongo su tema estrella.

El hombre conocido como Scatman John saltó a la fama en el año 1995. Esa canción sonó todo el verano y ha sido tarareada durante muchos años más.

Scatman John y su música tenían defectos. A muchas personas les sonó tantas veces su canción que se hartaron de él. A otros simplemente no les gustó nunca. Pero pocos se han parado a leer algunas de sus letras o captar algo de su filosofía de vida. Scatman John fue un hombre bastante más interesante de lo que parece. Fue un hombre que le plantó cara a sus defectos y aunque hablaba con dificultad, pudo transmitirnos muchos mensajes.

Empecemos desde el principio. John Paul Larkin (nacido en 1942) tuvo durante toda su infancia un grave defecto en el habla. No podía comunicarse con facilidad, pues a causa de su severa tartamudez le era muy difícil terminar las frases. Por ello se refugió en la música, y usó el piano para poder hablarle al mundo. Empezó a vencer sus temores y sus defectos.

En los años setenta se hizo músico de jazz y tocaba en pequeños bares de Los Ángeles. Le fue bastante bien, pero John todavía tenía varios defectos que vencer y muchas cosas que decirle al mundo. Era adicto a las drogas y al alcohol, y eso estaba acabando con su vida y con su carrera musical. El gran apoyo de su mujer y la muerte en 1987  de su gran amigo, el también músico de jazz Joe Farrell, le hicieron renacer de sus cenizas y darle otra oportunidad a su música y a su vida.

A partir de la muerte de su amigo todo cambió, ya que en 1990 decidió partir a la renovada Berlín para continuar con su carrera. Allí comenzó el fenómeno Scatman John. Quiso hacer algo innovador, quiso darle un nuevo sentido a su música y Berlín, respirando cultura tras la caída del muro,  se convirtió en el lugar ideal para darle un empuje juvenil y comercial a sus canciones.  Aunque seguía haciendo jazz, decidió empezar de nuevo con una música más juvenil, siendo además animado por su mujer a hacer algo inédito y tremendamente valiente dada su tartamudez, ponerle letra a sus canciones. Ésto le obligó a ponerse a prueba y vencer definitivamente todos los obstáculos que había tenido en su carrera.

Aún con todo el cambio sufrido en su música, muchos de sus temas dance comerciales estaban salpicados de referencias a sus años de pianista. Éstos son dos particulares y fresquísimos homenajes que Scatman John le hizo a esos tiempos dentro del mundo del jazz:

Gracias a ese cambio radical que Scatman John le dio a su música y a su vida, empezó a componer temas musicales en los que cantaba tartamudeando, aunque ese toque de humor no le restaba mensaje a sus canciones. En muchos de sus temas animaba a los chicos jóvenes a vencer sus temores por problemas como la tartamudez y abrirse al mundo. Con ese gesto, Scatman John había convertido un problema en una cualidad.

Vencidos los problemas con las drogas y el habla, y con su música sonando en todas las discotecas, Scatman John llegó a las primeras listas de casi todo el mundo. Sus canciones de dance comercial, su estética, su tartamudez (ya bastante pulida) y su buen humor le convirtieron en una estrella durante varios años. Scatman John, un hombre con defectos, los vencía y alcanzaba la fama a los 52 años de edad.

Se convirtió en un ídolo entre los jóvenes por el mensaje optimista de sus temas y su buen humor tanto en el escenario como en persona. A su ritmo comercial y pegadizo se unieron unas letras tartamudas y sin complejos que le hicieron un icono para varios colectivos de discapacitados. En los países de habla no inglesa esto no ha trascendido, pero Scatman fue un fenómeno musical que en Inglaterra y USA todavía se recuerda.

En 1999, después de cuatro años de estrellato y posterior olvido mediático, y tras luchar contra un cáncer de pulmón que llevaba un año padeciendo, Scatman John fallecía a los 57 años de edad.

A mí siempre me gustó Scatman John. Su éxito me cogió con apenas doce años y me evoca tremendos recuerdos de locura adolescente, pero lo que más me gustó de este hombre fue descubrir su historia. Si no hubiera conocido su lucha y el mensaje que quiso transmitir con su música, nunca habría valorado lo que hacía, y su recuerdo habría muerto en mí como murió en la mayoría de la gente. Por suerte, busqué información sobre él y descubrí la historia de un gran hombre que luchó contra sus defectos. En sus canciones hablaba de humor, de paz, de amor y de perderle el miedo a vivir.

Conocer lo que Scatman decía en esas letras hizo que me siguiera gustando con el paso de los años y  que aún hoy en día suene alguna de sus vitalistas canciones en la radio de mi coche. Al escucharlas, a veces la gente se ríe y me mira raro o me dice que estoy pasado de moda. Cuando eso pasa, a mí me gusta decirles que los grandes mensajes no pasan de moda. Acto seguido me miran como si estuviera loco, yo me hago el loco y la vida continúa. Resulta gracioso.

Tal vez no te guste ese dance comercial que hacía, porque era música sin “relevancia” y carente de “calidad”, pero sí que te puede llamar la atención lo que dice en sus canciones. Scatman John fue un hombre bueno con defectos, que luchó para gritarle al mundo que era tartamudo, y que no tenía nada de malo. En una entrevista durante sus últimos años de vida dijo

Espero que los niños, mientras cantan o bailan mis canciones, sientan que la vida no es tan mala como parece. Que lo sientan al menos por un minuto.

La última vez que Scatman sintió vergüenza por su forma de hablar, fue por lo bien que lo hacía. Respondió tan fluidamente en una entrevista que el periodista le insinuó si realmente era tartamudo y no se trataba todo de  un engaño para darse publicidad. Curiosas las vueltas que da la vida… y es que Scatman John sabía que en la vida todo puede cambiar, y de hecho está cambiando continuamente.