Archivo mensual: enero 2011

“Un filósofo más cuerdo de lo que cree”, por Javier Malonda

A continuación os dejo con una nueva firma invitada, esta vez cortesía del amigo Javier Malonda, de las webs ESDLV, JavierMalonda.com y TiraEcol.

La primera vez que supe del FilósofoLoco no se trataba sino de unas letras en un comentario de un blog. Unas cuantas letras, sin embargo bellamente ordenadas. En un mar de comentarios anodinos, alguien firmaba unas cuantas frases que tenían más coherencia de la habitual y presentaban a un autor en cuya cabeza no sólo había muebles, sino que además el sofá estaba mirando a la ventana. Triste me resulta decirlo, pero en pleno sigo XXI el Feng Shui ha llegado a pocas cabezas.

Esta parecía ser una de ellas.

Después de leerle el segundo o tercer comentario y descubrir que el tipo vivía en la misma ciudad que yo, le escribí para conocernos, dar un paseo y tomar un par de cervezas. No tardamos en organizar un encuentro.

La mañana era radiante, y el sol brillaba con fuerza sobre nuestras cabezas mientras nos encaminábamos en busca de una terraza en la que sentarnos un rato para charlar con más calma. Ya en aquella primera mañana pude constatar que se trataba de un tipo extraordinario, y a continuación explicaré por qué.

Yo soy de naturaleza insensible. Más insensible que un canto rodao insensible. Suelo pasar la mayor parte de mi tiempo encerrado en mi cabeza, lugar que sólo abandono en ocasiones para asegurarme de que el resto del cuerpo todavía sigue allí. Es por esto que aprecio enormemente pasar algo de tiempo con gente que habita el otro polo dela experiencia vital.

El FilósofoLoco es uno de esos tíos raros que saborean cada bocanada de aire que dan. Las aletas de su nariz se hacen a los lados y su pecho se hincha como un globlo mientras introduce aire en sus pulmones tal que si se lo comiera. Habla y se mueve despacio, y en general su vida discurre a un tempo que, para un canto rodao insensible, siempre girando apresurado llegando tarde a alguna parte, es un verdadero placer contagiarse del ritmo de unos segundos que, en su presencia, parecen transcurrir a cámara lenta.

El FilósofoLoco es uno de esos tíos raros que escuchan más que hablan. En un mundo en el que la mayoría de la gente está esperando a que termines la frase para decir ellos la suya (los hay que ni esperan), encontrar a alguien que procesa lo que uno dice es una experiencia que resulta casi inquietante.

El FilósofoLoco es capaz de quedarse absorto durante horas observando las hojas de un chopo mecerse en la brisa. Le preguntas y te habla de la extraordinaria y fabulosa complejidad de la naturaleza mientras las aletas de su nariz se arremangan y temes que, de un momento a otro, te diga que una oveja se ha cagado a tres kilómetros de distancia. Parece tener una especie de conexión con todo lo que le rodea que a mí me cambiaron en la sala de maternidad por un cerebro overclockeado.

No recuerdo ahora quién decía que “el encuentro entre dos personalidades es como el contacto entre dos sustancias químicas: si se produce alguna reacción, las dos se transforman”. Algo de cierto hay en ello. Cada vez que paso unas horas con el FilósofoLoco, una parte de mí deja de correr como el conejo de Alicia, mi cerebro baja de vueltas y me sorprendo abriendo las aletas de la nariz y llenando a conciencia el pecho de aire mientras observo las verdes hojas de un enorme chopo mecerse en la brisa.

Espero que él obtenga, de nuestro tiempo juntos, al menos la mitad de lo que me llevo yo.

Un gran abrazo, FilósofoLoco. Un verdadero placer contarte entre mis amigos.

Si tú también quieres publicar una firma invitada, o deseas tratar cualquier otro tema, puedes ponerte en contacto conmigo en elfilosofoloco@hotmail.es.

Este texto forma parte del archivo de la sección “Firmas invitadas”. Puedes acceder a su enlace original aquí.

 

Un momento de atención

Déjame que te hable de un momento.

Es un momento increíble y maravilloso, que siempre está a nuestro alcance pero que no siempre podemos ver. Se trata de un instante mágico, un momento en el que se pueden llegar a tener sensaciones que ni siquiera hemos imaginado. Un momento que puede transformar tu vida para siempre.

Captar toda la magia de este momento por primera vez y a propósito, tal vez no sea tarea fácil. Para poder inmiscuirte de pleno en él y disfrutar todo lo que puede ofrecerte, será necesario ejercitar una de nuestras capacidades más valiosas, y a veces menos utilizadas. Estoy hablando de la atención.

A nuestro alrededor hay continuos bombardeos de información. Luces, sonidos, olores, pensamientos, conversaciones y toda clase de percepciones que nos tienen en un estado constante de distracción. Una especie de alerta continua y confusa que si no sabemos llevar, puede ocasionarnos altas dosis de estrés.

Muchas veces, cuando apenas hemos empezado a hacer alguna cosa, es probable que en poco tiempo suceda algo que nos distraiga y nos haga atender otro asunto. Una llamada a la puerta o al teléfono, el ruido de un vecino, el ajetreo del tráfico o el vuelo de una mosca. A veces, cualquier cosa vale para distraernos y perder la atención, y con ella la posibilidad de sentir, aprender y disfrutar todo cuanto hay a nuestro alcance. Y lo que hay a nuestro alcance es  muchísimo.

A menudo nos parece que somos torpes o que cometemos demasiados errores, y buena parte de ellos suceden porque hay tantas distracciones a nuestro alrededor (y dentro de nosotros) que se produce un déficit de atención en muchas de nuestras acciones. A veces, también, nos aburrimos y buscamos una distracción o un entretenimiento, sin saber la cantidad de cosas fascinantes que están ocurriendo o que podríamos hacer en ese mismo instante y a las que no estamos prestando ninguna atención.

Ejercitar la atención puede parecer algo complicado, pero en realidad es algo bastante simple. Yo diría que incluso es una de las cosas más fáciles, y es que para prestar atención primero hay que dejar de prestarla. En otras palabras, hay que intentar dejar de pensar. Quedarse empanado. Pasar de todo. Eso que llaman “dejar la mente en blanco”.

Es importante comprender la importancia de parar un instante y dejar de recopilar información del exterior para poder rescatarla de nuestro interior. Para ver con otros ojos lo que acontece. Si tratas de dejar de pensar en cosas que han pasado o que pueden pasar, podrás fijarte en lo que ahora está pasando. “Si lloras porque no ves el sol, tus lágrimas no te dejarán ver las estrellas”.

Prestar atención puede convertirse en algo natural dentro de nuestra actitud, una vez hayamos aprendido a hacerlo y a sentirlo.

Piensa en el paisaje más bonito que hayas podido contemplar nunca. Ese lugar que viste un día y que te pareció lo más maravilloso del mundo. Todos hemos tenido alguno. También puedes pensar en esa noche estrellada, despejada y tranquila que nunca has podido olvidar. O si lo prefieres, puedes pensar en la experiencia de tu primer beso con la persona que amabas. Piensa en algún momento tan maravilloso que te haya marcado para siempre.

Ahora trata de recordar aquel momento e intenta averiguar qué pensabas justo en esos instantes, en los que sabías que estabas viviendo una experiencia única. Lo más probable es que no estuvieras pensando en nada concreto, y que no hubiera nada en tu cabeza que te distrajera de sentir la belleza de aquello. En aquel momento, estabas dejando de pensar en cosas irrelevantes y estabas empezando a sentir las cosas verdaderamente importantes de la vida. No estabas dedicando recursos de tu mente a las experiencias previas ni a las futuras. Te estabas dedicado casi por completo a la atención.

Lo complicado del asunto reside en comprender que cualquier momento que vivas puede llegar a ser tan maravilloso como aquel paisaje, aquella noche estrellada o aquel primer beso. Lo verdaderamente difícil de la cuestión es meterse de lleno en lo que puedes sentir sin dejar que las sensaciones se colapsen entre sí. Sin dejar que la información que te viene de todas partes te haga volver a confundirte. Sin dejar que las lágrimas te impidan ver las estrellas.

Cuando somos pequeños, la mayoría de cosas nos asombran y nos maravillan. Todo es gigantesco, fascinante, novedoso e increíble. Con el paso del tiempo, nos acostumbramos tanto a lo que nos rodea que todo acaba pareciendo parte de un decorado de televisión, que está puesto ahí pero con el que no interactuamos y del que, por supuesto, no nos sentimos parte.

En el transcurso de nuestra constante distracción, la monotonía convierte en vulgar lo que una vez nos pareció maravilloso, y que sigue siéndolo aunque ya no nos lo parezca. Comprender que sigue siendo maravilloso dependerá de la atención que le prestemos. Como ya he dicho, prestar atención algunas veces puede ser complicado. No obstante, con un poco de interés se puede convertir en algo muy fácil.

Por ejemplo, observa como las hojas de un árbol se mecen con una suave brisa. Trata de captar su relieve mientras se mueven en una danza caótica pero perfectamente sincronizada. Mira como el aire marca el compás y modela a su antojo las formas que las hojas van dibujando. Observa la profundidad de su forma, su lugar en el espacio y los contrastes de la luz cuando las hojas se mueven a un lado y a otro. Reduce las revoluciones de tu mente y baja hasta la velocidad de esa brisa que está bailando con el árbol y sus hojas. Fíjate en todos los detalles.

Ahora aleja un poco el zoom de tu mirada e intenta observar más allá de las hojas y del árbol. Intenta captar todo lo que hay a tu alrededor con la misma claridad y profundidad con la que has podido ver las hojas bailar con el viento. Intenta captar la armonía del paisaje. Es una sensación casi hipnótica.

Entonces, la vida se ve mucho mejor que en una pantalla Full HD 1080 y te proporciona más emoción que el más avanzado de los videojuegos en 3D a los que puedas jugar. De repente, en un momento en el que a ojos de los demás puede parecer que no estás haciendo nada, puedes estar prestando atención a un montón de cosas que están sucediendo a tu alrededor, y que son auténticas maravillas. Casi milagros.

Justo en ese instante, estás prestando la atención necesaria para vivir el momento del que quería hablarte. Ese instante de atención en el que puedes captar sensaciones que jamás antes habías experimentado. El momento en el que, sin estar pensando en nada concreto, los pensamientos se aclaran. La conciencia sobre tu propia existencia se amplía. El fugaz pero eterno pedazo de tiempo que puede cambiar para siempre tu forma de ver la vida. Tu forma de vivir.

Cierra los ojos y siente, lentamente, tu propia respiración. Nota los latidos de tu corazón. Estás aquí. Siéntete aquí. Se han tenido que dar millones de circunstancias para que tú puedas estar aquí y experimentar esto. Intenta captar la belleza de este momento.

Te estoy hablando de prestar atención al mejor momento de tu vida. Al que nunca se repetirá y al más maravilloso que puedes llegar a vivir. Al único que tienes.

Te hablo del momento presente.

Cualquier situación puede ser buena, cualquier lugar puede ser el adecuado y cualquier compañía puede ser la idónea; pero sólo tú podrás hacerlo. Sólo de ti depende.

Cuando aprendas a prestar atención en el momento presente, te sorprenderá todo lo que puedes sentir, todo lo que puedes hacer… y lo bien que lo haces.

No pienses en ello. Sólo siéntelo.