30 Octubre 2009

Mi querida señora Sofía

Un día conocí a una señora mayor que en su juventud fue increíblemente famosa. Tuvo todo cuanto quiso y eclipsó a las personas más relevantes del mundo. Era importante, todos la querían y todos la respetaban. Pobre de aquel que osara faltarle al respeto, pues una legión compuesta por los hombres más poderosos de la época no dejarían mancillar su nombre. Bonitos tiempos aquellos.

Ya no es ni el reflejo de lo que en su día fue. Sus labios están cuarteados y sus besos saben a vino y whisky. Su aliento huele a tabaco, pero sus palabras siguen sabiendo igual de bien que siempre.

Tiene la cara marcada de arrugas y heridas aún sin cicatrizar, las cuales intenta en vano ocultar con maquillaje del barato, intentando parecerse a la joven que fue y que tanto triunfó allá donde iba.

Usa ropa glamurosa, aunque ya no puede permitirse primeras marcas como antaño y debe limitarse a ropa de segunda mano, que a veces está sucia o rota, pero que ella lleva con enorme estilo, ese mismo estilo que no se pierde por muchos años que pasen.

Esta señora camina ahora por la vida con multitud de operaciones estéticas a sus espaldas y lleva demasiado tiempo tonteando con el alcohol y las drogas.

Aunque ya no sea ni el reflejo de lo que fue, sigue dando guerra, y a veces sale un sábado por la noche y se encuentra con algún jovenzuelo que no la había visto nunca antes. Lo seduce con ese magnetismo que sólo las mujeres tienen y que nunca pierden por muchos años que pasen, lo envuelve en su misterio y le cuenta una parte del secreto de la vida. Lo enamora al instante.

Todos en la gran ciudad ya se han follado varias veces a esa vieja en todas las posturas posibles. Al principio la respetaban porque decía cosas interesantes y parecía misteriosa y muy inteligente, pero esos tiempos ya pasaron. Ahora nadie la respeta, y nuestra dama es humillada día tras día con el mayor de los desprecios y una indiferencia que duele en el corazón como una explosión de sangre y lágrimas.

Los políticos, que tanto se ayudaron de ella para subir al poder, ahora la dejan de lado. Los medios de comunicación dicen tratarla con respeto y rigor, y no hacen sino vomitarle encima. La gente dice quererla y respetarla, pero la mayoría de la población lo dice por pura hipocresía.

Pronto el jovenzuelo que la acaba de descubrir también le perderá el respeto y la considerará lo mismo que los demás, un juguete más que usar y usar hasta que se rompa. Después se irá de fiesta con sus amigos a drogarse y tirarle cacho a las jovencitas salidorras.

Cuando alguien conoce por primera vez a esa señora, se siente atraído hacia ella. No falla. Algunos coquetean una noche y luego la olvidan para siempre.Hay otros que se quedan con ella un tiempo, hasta que se cruza otra más joven y más bella. Son pocos, pero también los hay que se enamoran de tal forma de ella que nunca más vuelven a ser los mismos.

Esta señora les cambia totalmente, les enamora para siempre. Yo llevo unos años prendado de ella y espero seguir así hasta el día en que mi corazón ya no haga más bum bum. Esta mujer no le interesa a casi nadie, pero sigue siendo una dama muy especial, con la que compartir tardes otoñales o preciosos paseos a la luz de las lejanas estrellas.

No pude conseguir la compañía de Sofía durante mucho tiempo, ya que yo también acabé dejando de buscarla y menospreciando su presencia. Con el paso de los años me arrepiento y me pregunto qué será de ella. Todavía la quiero. Hace mucho que no la veo, y reconozco que estoy bastante paranoico pensando en si habrá muerto.

La busco por todas partes, pero me es imposible encontrarla. A veces pienso que la veo por la calle junto a un abuelo que charla con su nieto. Otras veces creo divisarla en un comedor de beneficiencia. Hasta en las residencias de la tercera edad me ha parecido verla… pero no estoy seguro de que sea ella. Muchas veces creo verla en una biblioteca o en alguna película pero, sobre todo, donde más creo verla es en Internet.

Visito foros, artículos y blogs de lo más diversos… y creo que está en muchos de ellos, enamorando a alguien todos y cada uno de los días. Llevándole a su alcoba para enseñarle los más valiosos tesoros que posee este mundo. Tal vez en algún momento se le vuelva a tener el reconocimiento que merece. Tal vez algún día seamos capaces de ver por nosotros mismos la belleza de esta mujer.

Espero algún día encontrar de nuevo a mi querida Sofía… aunque no sé si sería mejor seguir por caminos paralelos.

El día en que la conocí me hizo dudar de todo…

15 Octubre 2009

¿Qué es la vida?

En el sentido estrictamente fisiológico, se entiende que la vida es la característica que nos distingue a los seres animados de los inanimados. Humanos, animales, plantas, insectos, bacterias y diferentes formas orgánicas se diferencian de cosas materiales como las rocas, los metales, los gases o el plásticco porque los primeros poseen vida propia y los segundos no.

Podría decirse que algo posee vida cuando tiene las características de poder nacer, crecer, reproducirse, morir e incluso evolucionar, pero la vida tiene muchas acepciones y muchas explicaciones, sobre todo en lo que a las personas se refiere.

Sobre lo que es la vida y su sentido desde el punto de vista humano, nos podríamos tirar vidas enteras debatiendo, y precisamente por eso puede ser un debate más inútil que útil. Cabe tomarlo en consideración en su justa medida y dedicarle una cantidad de tiempo que consideremos oportuna.

Para muchos, la vida es sufrimiento y desgracia, y para comprobarlo no tienes más que hacer un viaje y convivir con gente que realmente ha tenido la desgracia de nacer en sitios maltratados por la pobreza, la guerra o el hambre.

Para otros, la vida es una prueba a la que nos somete Dios, y en el transcurso de la cual nos ganaremos o no el derecho a vivir eternamente en un paraíso rodeados de la mayor de las felicidades. Es uno de los dogmas más extendidos entre la religión cristiana.

Hay para quien la vida, sin embargo, es sólo una reencarnación más. Dicho de otro modo, la vida no es “la vida”, sino “una de las vidas”  terrenales que nuestra esencia vital va a experimentar hasta que alcancemos nuestro estado de perfección espiritual. De esta forma piensan algunas creencias hindúes, budistas o taoístas.

Existe quien piensa que la vida es una maravilla, una gran suerte. Gente que no se come la cabeza por nada que para ellos no merezca la pena y que se limita a vivir y a sentir intensamente todo el tiempo que le sea posible. Son aquellos con una visión de la vida más hedonista.

Muchos creen que la vida es una constante selección natural, donde permanecen los más fuertes o los que mejor se han sabido adaptar a las condiciones cambiantes del planeta, de las distintas civilizaciones y  de las sociedades a lo largo de la historia. Es el punto de vista de las personas que inciden en la importancia del papel que la genética ha tenido en la evolución de los seres vivos.

Hay para quien la vida es un aburrimiento. Taaaanto tiempo y tan poco divertido que hacer. Todo es un coñazo: las noticias, los periódicos, la política… lo verdaderamente divertido cuesta mucho dinero así que trabajan para eso, para divertirse saliendo de fiesta, jugando a la consola o yendo de compras. De esta forma piensa gran parte de la sociedad (sobre todo jóvenes) de los países que poseen una alta calidad de vida.

Para otros, la vida es pura química, una gran casualidad, en la que estamos de paso y por eso mismo podemos esfumarnos en un suspiro. Creen que la vida la componen unos organismos (seres vivos) que contienen información hereditaria  en unos ácidos nucleicos  controladores del metabolismo  a través de las enzimas, unas proteínas que catalizan o inhiben las diferentes reacciones biológicas. Su visión de la vida es efímera, volátil, caótica y muy pragmática. A grandes rasgos, es el modo en el que la vida es analizada y explicada por la ciencia.

También existe quien piensa que la vida es una gran mierda, donde se muere la gente buena y sobreviven los cabrones que se han enriquecido a costa de los humildes. Piensan que el mundo está controlado por unas pocas multinacionales, en cuyas manos comen los gobiernos de los países industrializados. Creen que la vida es una experiencia que, cuanto más tiempo pasa, menos vale la pena vivir. De esta manera piensan muchas personas desengañadas, pesimistas o conspiranoicas.

Tal vez la vida no sea ninguna de esas cosas en concreto y sea todas ellas a la vez, e incluso algunas cosas más. Existe un amplio catálogo de creencias y cada cual puede escoger la o las que más se identifiquen con su forma de ver el mundo. No son vinculantes entre ellas, y a no ser que se contradigan unas con otras, podrás elegir uno o varios puntos de vista de cada forma de pensar existente en el mundo, y mezclarlos como más te guste para conseguir el color con el que pintarás el cristal a través del cual verás el mundo. Esa será tu verdad y tu mentira acerca de lo que es la vida.

Lo que sí parece claro es que la vida es un regalo. Y digo “regalo” porque es algo que se nos ha otorgado sin comerlo ni beberlo, sin haber dado nada a cambio y sin pedirlo de modo alguno. Una cosa con la que de repente nos hemos topado y que tenemos la ocasión de disfrutar.

Aunque, pensándolo, tal vez la vida pudiera no ser un regalo sino un préstamo. Algo que también se nos ha otorgado pero que, a diferencia del gratuito regalo, tenemos que devolverlo con el paso del tiempo a través de gestos, de actos. Imagínate:

Un préstamo para vivir 70 años con un interés al 4,5% amor referenciado al tipo general de los humanos, la felicidad. Has de devolver el préstamo vital en cómodos plazos, de los que por una parte pagarás capital y por la otra intereses.

Es decir, por una parte tienes tu vida para vivirla para tí y por otra vas devolviendo el préstamo en cómodos plazos de amor y felicidad al resto del planeta. Así cualquiera se hipotecaría, ¿no?

Desde que el hombre tiene uso de razón se ha hecho siempre las mismas preguntas ¿quién soy? ¿de dónde vengo? ¿a dónde voy? ¿qué es el punto g?

Y con el paso de las generaciones nadie ha podido dar una respuesta definitiva a todas estas cuestiones.

Las religiones han dado respuestas dogmáticas que no se pueden rebatir aunque carezcan de lógica y de sentido común. La filosofía nos ha orientado pero a la vez nos ha hecho preguntarnos más cosas, causando más incertidumbre. Ni siquiera lo más fiable y pragmático, la ciencia, ha podido dar respuestas irrefutables a los más profundos misterios de la existencia y su sentido.

El sentido de la vida nunca nos ha sido revelado porque tal vez la vida no tenga ningún sentido que haya que seguir al pie de la letra. Y no conviene demasiado fiarse de quien te diga “la vida es esto, esto y esto, y no hay más que hablar”.

Que cada cual considere la vida como crea conveniente, que le busque su propio sentido y que, en armonía con los demás, la viva conforme a sus leyes, viviendo y, sobre todo, dejando vivir. Porque decimos, decimos, decimos… y muchas veces no sabemos ni lo que decimos.

4 Octubre 2009

Karlos Arguiñano, la alegría de la huerta

Lo mismo te canta un bolero, que una copla, que el rock and roll en la plaza del pueblo. Igual te cuenta un chiste de médicos que uno de políticos. Mientras cocina, igual te habla de filosofía, que de fútbol, que de política. Lo mismo te hace una tortilla que un arroz al horno.

Y lo mismo le da que le da lo mismo, porque Karlos Arguiñano disfruta con todo lo que hace, y para darse cuenta de ello no hay más que mirarle a los ojos y ver el semblante de felicidad que sólo dan los años y la armonía de una vida plena y alegre.

Queridas amigas, queridos amigos y queridas familias, hoy quiero hablaros de un hombre maravilloso que sabe sacar la alegría de una huerta perdida en el País Vasco y servírnosla al resto del mundo en suculentos platos llenos de sabores, aromas y, sobre todo, cariño. Va por tí Karlos, con mucho fundamento y una ramita de perejil.

Karlos Arguiñano lleva saliendo en la tele más tiempo del que yo tengo con uso de razón. Desde que era pequeño ya me llamó la atención su barba cerrada y su grave tono de voz, además de la forma alegre y amena con la que explicaba las recetas y hacía llevadera la sobremesa de todos los hogares. Hogares que al principio fueron los vascos (ETB)  luego los de toda España (TVE1), luego los argentinos (Canal 13) y gracias a Internet luego los hogares de todo el mundo. Actualmente lo podemos seguir disfrutando todos los días en las sobremesas de Telecinco.

Arguiñano es un tipo con un talento especial curtido a base de años entre fogones y cámaras. Siempre me ha llamado la atención la forma que tiene de pelar, trocear y preparar toda clase de alimentos mientras mira a la cámara y habla como si estuviera en tu propia casa, charlando contigo de forma amable y sincera como lo hace cualquier abuelito humilde en cualquier recóndito pueblecito de la geografía española.

Con toda la serenidad del mundo, puede pelar tres zanahorias, picar en juliana dos cebollas y trocearte un rape mientras mira a cámara y te comenta una curiosa anécdota de las trescientas mil que ha vivido. Cuando ha acabado con la anécdota, se ríe de forma campechana y cuando te quieres dar cuenta ya está tapando la olla donde lo ha metido todo mientras te dice “pues esto lo dejamos hervir media horita y tenemos un caldo excepcional, ¿eh? Rico rico y barato barato”.

Pero no todo es cocina en la cocina de Arguiñano. Como ya he dicho, es muy dado a hablar, a cantar, a comentar con alegría o seriedad dependiendo del caso que le ocupe en ese momento. Ver el programa de Arguiñano es lo más parecido a estar con tu abuela mientras hace la comida para toda la familia y te cuenta su vida, te da consejos y te mima el estómago, el corazón y el alma.

Cuando cocina, él es como es, ahí no hay actuación ninguna. Intenta, obviamente, no meterse en berenjenales con sus opiniones, ya que sabe que le está viendo todo el mundo, pero da su opinión acerca de todo lo que se le pasa por la cabeza. Y lo hace  con respeto y con humildad, como tendrían que hablar todas las personas.

Quien piense que el programa de Karlos es sólo de cocina se equivoca, ya que ese espacio temporal de la sobremesa es como los pequeños ultramarinos de pueblo, donde te venden las lentejas, las compresas y si te hace falta, tienes en la estantería de la derecha pilas para el mando a distancia. El programa de Karlos es un oasis de paz donde cada uno va a hacer lo que necesita: Unos van a aprender cocina, otros a desestresarse, a reírse, a pasar el rato o incluso a aprender un poco de la vida. Karlos Arguiñano, en pocas palabras, es un showman total, pero a diferencia de la mayoría de showmans, tras bastidores es incluso mejor de lo que enseña por cámara. Y ésta es la gran diferencia entre Arguiñano y el resto de hombres de la televisión.

He visto los programas de Karlos Arguiñano desde que era bien pequeño, pero su esencia he tardado muchos años en captarla. Al principio lo veía como la mayoría de la gente, como un programa de cocina con un viejo chocho que habla demasiado e intenta constantemente hacerse el gracioso. No obstante, con el paso del tiempo y con ciertas circunstancias personales que he pasado, aprendí a disfrutarlo y a valorarlo como mucho más que un  simple programa en el que te enseñan a cocinar. Me explico:

Hace un tiempo, yo trabajaba en una gestoría. Mi trabajo consistía en salir de buena mañana con el coche y visitar Registros de la Propiedad y notarías de multitud de pueblos. Por la tarde iba a la oficina e introducía todo el trabajo de la mañana en las bases de datos de la empresa. Yo tiendo a ser una persona más bien tranquila, alejada de ruidos, alborotos y prisas, y ese era un trabajo horriblemente estresante. En pocas palabras, podríamos decir que para alguien como yo, ese trabajo era un auténtico infierno. Y aguanté. Y aguanté durante mucho más tiempo del que yo mismo me creía capaz. Hubieron muchas cosas que me hicieron aguantar, pero aunque parezca estúpido, el programa de Karlos Arguiñano fue una de esas cosas.

A mediodía, llegaba a casa exhausto. Estresado por las prisas y por jugarme un día más la vida en la carretera, una de las cosas que me daba fuerzas para seguir adelante y terminar aquella jornada era el programa de Karlos. Ese “kit-kat” de paz, armonía y buen humor me relajaba y me recargaba las pilas para continuar la batalla de un trabajo que me estaba consumiendo por dentro. Ha habido días en los que he llegado a casa tardísimo y sin tiempo para comerme nada más que una bronca de mis jefes y una dosis de impotencia, y gracias a ver 10 minutos el programa de Arguiñano he podido seguir en la batalla con la mente más o menos lúcida. He llegado a llorar viendo su programa porque era lo único bueno y tranquilo que me iba a pasar ese día.

Pienso en la cantidad de personas que hay a las que Karlos Arguiñano habrá ayudado a sobrellevar el duro día a día y no puedo sino escribir estas líneas para agradecérselo, porque cocineros hay muchos pero Karlos Arguiñano hay y sólo habrá uno.

Yo doy gracias de poder seguir disfrutándolo en vida, y por muchos años. Y no me queda sino para despedirme algunos de sus highlights, su entrevista con Buenafuente y un gran ¡¡¡Tuis, tuis!!!

Gracias maestro.

Edito: El amigo Muy Relativo me aporta un documento del que no tenía constancia acerca de la buena fe y humanidad de este gran hombre. Podéis leerlo pinchando aquí.

Postdata:

Este es un homenaje a Karlos Arguiñano por su programa , su trayectoria profesional y lo que ha representado para mí.  Quien quiera polemizar sobre política o terrorismo, que use otros foros o acuda a la Justicia, este post no se ha hecho para tal cosa. Os ruego seáis totalmente respetuosos.

22 Septiembre 2009

La desconfianza para vencer al miedo

A simple vista puede parecer que desconfianza y miedo son palabras parecidas, relacionadas en significado y utilización. Es más, hasta se podrían llegar a considerar sinónimos.

Se puede utilizar correctamente el argumento de que la desconfianza y el miedo van juntos en numerosas ocasiones. Por ejemplo, si ves a alguien de noche por la calle con muy malas pintas y te dice que te acerques, seguramente no acudirás porque no te inspira confianza, y esa desconfianza se traduce en miedo. No obstante, muchas veces la desonfianza te puede ayudar a vencer el miedo que se le presupone al que desconfía de algo.

Para que esto no se acabe convirtiendo en un trabalenguas sin sentido, cabe señalar una de las diferencias básicas entre tener miedo y desconfiar de algo: el miedo suele provocar sumisión mientras que la desconfianza lo que provoca es discrepancia e insumisión.

Miedo y desconfianza a través del tiempo

Es precisamente esa diferencia entre miedo y desconfianza la que ha llevado al conflicto al ser humano en todas las civilizaciones. Todas ellas, desde Mesopotamia hasta Roma pasando por Egipto, han utilizado el miedo para mantener al pueblo llano bajo su yugo. La confianza en el sistema establecido y  el amor a la patria han sido siempre máximas para que la gente pudiera morir por su estado, no sólo por miedo a ser un insumiso, sino también por confianza en morir por algo justo. Porque creen que están muriendo por el triunfo de la libertad y la justicia. De este modo, cualquier estado usa a su población para mantenerse vivo y fortalecerse con el tiempo.

Es una operación  sin aparentes fisuras, que se empezó a dar hace diez mil años, cuando los pueblos eran nómadas y, por primera vez, le dieron poder a un funcionario para gestionar los excedentes de ganado. Con el tiempo,  los estados han ido adquiriendo una inmunidad asombrosa, siendo prácticamente inmunes ante la ley cuando el ciudadano de a pie cada vez tiene menos libertades individuales (sobre todo antiguamente, pero tambien en la actualidad).

El Estado Ideal, la utopía de todo Gobierno

Desde que, como he dicho antes, hace diez mil años apareciera la figura de la autoridad, todos los estados han nacido con el fin de perpetuarse consiguiendo un “estado ideal”. Lejos del estado ideal sobre el que escribió Platón, en el que premiaran cosas como la razón, la justicia y el conocimiento, los estados han tratado a lo largo de la historia de prevalecer por encima de su propia población, la que realmente le da sentido a un estado y a toda forma de gobierno.

Como las matemáticas son el auténtico lenguaje del universo, me he tomado la licencia de teorizar una ecuación muy de andar por casa, para explicar la forma en la que los estados intentan mantenerse en el poder para siempre consiguiendo la forma del “estado ideal”. Se podría visualizar en una operación parecida a esta:

Estado ideal= y + z + x *(x₁ – x₂)

El estado Y (puedes poner el estado que quieras, actual o antiguo) tiene bajo su soberanía a X personas, divididas entre sumisas  (x₁) e insumisas (x₂) y debe cuidar de ellas, es SU responsabilidad.

Para ello, el estado Y implanta el sistema Z (pon aquí dictadura, comunismo o incluso democracia, aunque de esta última hablaremos luego) y con el argumento de que el sistema Z es el mejor (o el menos malo) trata de fortalecerlo con todos los medios a su alcance. Estos medios incluyen desde la propaganda para reclutar a las personas que son indiferentes o afines al sistema Z, hasta la represión para quien está en contra de dicho sistema.

El futuro del estado Y y la posibilidad del “estado ideal” dependerá del resultado de multiplicar a X (número total de personas) por  el resultado de la resta de sumisos menos insumisos, y de cómo éstos grupos defiendan su posición ante el sistema Z implantado por el estado Y.

Si el número de sumisos (x₁) es muy superior al de insumisos (x₂), X será una variante con un valor alto. Esto signfica que el estado Y tendrá un gran respaldo social, lo cual le hará consolidarse con el sistema Z.

Por contra, si en algún momento concreto de la Historia, de esta operación resulta una variante X de número no muy alto ó negativo, se producirá una revolución y es posible que el estado Y no tenga mucho futuro con el sistema Z.

A lo largo de la historia muchos sistemas se han mantenido durante muchísimo tiempo, dando lugar incluso a grandes imperios, gracias al efectivo trabajo del estado para convencer a los afines e indiferentes, y para reprimir a los insumisos.

Pero, a excepción del sistema democrático y de los pocos pero crueles dictadores que aún existen en el mundo, todos los sitemas han acabado sucumbiendo ante revoluciones populares o guerras contra otros estados.

El “estado ideal” se ha logrado durante un tiempo, pero al final todo sistema injusto es susceptible de ser derrocado por sus propios habitantes o por otros estados. Cayeron el imperio romano, el absolutismo francés, la alemania nazi, el colonialismo británico en la India o el comunismo soviético.

Democracia, corrupción y mecanismos de sumisión

La democracia sería caso a parte, ya que en su esencia está implantada por una soberanía que reside en el pueblo. En realidad, si la democracia estuviera realmente implantada en base a sus principios teóricos, estaría fuera de la ecuación propuesta, ya que no sería un estado quien implantara un sistema, sino toda la población con sus votos.

El problema es que la democracia hoy en día se ve corrupta por muchísimos de los señores elegidos libremente por el pueblo para representarnos. Léete un par de periódicos y verás que, por todas partes, hay injusticia y corrupción. Date una vuelta por Internet y encontrarás noticias constantes de abusos ante los que la “libertaria” democracia no hace nada. Y no hace nada porque nosotros no se lo decimos.

En realidad, y por mucho que nos duela, estamos corruptos por dentro, tanto como los políticos que elegimos libremente y que luego se ven obligados a ceder ante la fuerza de entes empresariales y económicos. Desde este punto de vista se hace buena la tan escuchada frase de Winston Churchill “Tenemos a los gobernantes que merecemos” porque somos nosotros quienes elegimos a quien tolera tan absoluta injusticia. Ya no existe Hitler, ni Franco ni Mussolini, pero se siguen cometiendo infinidad de crímenes a diario.

Y, ¿por qué permitimos esto? ¿por qué seguimos votando a los mismos partidos? ¿Somos conscientes de la suerte de vivir en democracia y  del poder que le otorgamos a los políticos?

Como he explicado antes, todos los estados han tratado de convencer a sus ciudadanos para que éstos defiendan el sistema implantado, y ante los que no acababan convencidos o sumisos, ha usado la represión.  En la democracia no ocurre lo contrario.  Si tú te consideras buena persona, quieres el bien y eres consciente de las injusticias que propician tanta guerra y tanta hambre, uno de esos dos mecanismos te está anulando para denunciarlo:

-El primer mecanismo es convencer, generar confianza y sumisión voluntaria. Esto lo otorga la calidad de vida de los países desarrollados. Son los medios de comunicación (en su mayoría, por no decir en su totalidad, sectarizados y politizados), los causantes de que se hable a diario de Cristiano Ronaldo y no se sepa quién es ni qué ha hecho gente tan buena como Vicente Ferrer. Es el himno nacional y su correspondiente bandera. El primer mecanismo es idiotizarte para que “adores al líder”, o por lo menos, para que tú y tu tímida discrepancia os mantengáis lejos e inofensivos. Es la música pop comercial, la mayoría de grandes producciones de Hollywood  o la prensa rosa.

-El segundo mecanismo, es el de refuerzo por si falla el primero. Si no te dejas comer el coco y sigues discrepando, el segundo mecanismo es la prohibición, la represión y la fuerza bruta (eso sí, siempre porque el estado piensa en tí y en tu bien). Este segundo mecanismo está tan utilizado como el primero, porque para perjuicio de nuestros gobernantes, tenemos derechos y los podemos defender, aunque no solamos hacerlo casi nunca, principalmente porque no los conocemos ni sabemos el modo de actuar. Al no conocer ni nuestros derechos ni como defenderlos, vamos tragando poquito a poco con las pequeñas restricciones que nuestro estado nos pone. Primero es una ligera restricción de cualquier acto que hasta entonces era normal, luego es pagar por aparcar en la calle, luego hay un ataque terrorista y, de repente, pueden cachearte, pincharte el teléfono, bloquear tus cuentas bancarias e incluso meterte en la cárcel sin tener un cargo concreto contra tí, convirtiendo el mundo entero en una gran prisión.  Sin comerlo ni beberlo, y con la ley en la mano, el estado puede reprimirte aunque no estés haciendo daño a nadie con tu actos.

Las leyes “invisibles”

La democracia se basa en un ordenamiento jurídico, en leyes. Dichas leyes son de obligado cumplimiento, pues se consideran consensuadas y aceptadas por el conjunto de la población. Pero cuando se silencia la aprobación de ciertas leyes que restringen libertades, has de estar muy ávido para enterarte y poder denunciarlo. Estamos demasiado ocupados preocupados por el terrorismo, la gripe A ó simplemente con sobrevivir ante la actual crisis, y con este tipo de situaciones a modo de cortina de humo, se propician leyes para reprimir un poco más a la población.

No somos conscientes de la gran cantidad de leyes que nos han querido “colar” y que chocaban más o menos contra la Constitución Española. Nunca ha habido un sistema por el que las leyes sean revisadas de oficio, se da por hecho que al ser aprobadas por las Cortes Generales y publiadas en un Boletín que nadie se preocupa de leer (y mucho menos de interpretar) son válidas. Esto quiere decir que se pueden hacer (y se han aprobado muchas veces) leyes que chocan contra reglamentos de mayor jerarquía que garantizan libertades individuales, pero no han sido rectificadas hasta que, tiempo después, la presión social lo ha provocado.

Este es un gran hándicap de la democracia, porque a la población se le oculta y se le miente sobre la creación de muchas normas que jamás deberían existir. La democracia genera gran cantidad de libertad para las personas, pero a la vez propicia un estado corrupto en el que puedes ser desposeído de ciertos derechos por normas aprobadas por el partido al que votas, lo que es una gran paradoja. Como dicen en el peliculón V de Vendetta: “Los gobernantes deberían temer al pueblo, y no al revés”.

A pesar de estos mecanismos para la sumisión (lo que provoca miedo de muchos tipos) mucha gente sigue sintiéndose segura profesando una religión, apoyando a un partido político o perteneciendo a un grupo concreto. Esa falsa sensación de seguridad nos tranquiliza porque el ser humano necesita creer en algo, sentirse parte de algo que le valora, le respeta y le protege. Nos hace sentirnos seguros, pero eso nos convierte en dependientes, en sumisos ante el grupo al que pertenecemos.

La represión tiene un “precio” demasiado alto

Lo que nuestros gobernantes no son capaces de entender (porque realmente no son demasiado inteligentes) es que económicamente, el estado no puede hacer frente al gasto que supone reprimir y abusar tanto del ciudadano, porque esto genera un coste administrativo muy superior al beneficio que se obtiene por perseguir conductas ilegales pero muy arraigadas como: pequeñas evasiones de impuestos, la posesión de pequeñas cantidades de droga para consumo propio o ciertas actividades económicas en dinero B. Se intenta criminalizar a los pequeños delincuentes y premiar a los peces gordos con cargos públicos o grandes empresas, los cuales cometen delitos mucho peores y cuyas sanciones deberían ser astronómicas, aumentando de esta manera las arcas del estado.

Ese gasto tan alto que produce perseguir a los pobres diablos más que a los peces gordos, al final, no va a repercutir sino en el de siempre, en el ciudadano de a pie que pagará más impuestos y se verá más oprimido, con menos libertades individuales y sociales.

De este modo, aunque en cada época de una forma distinta, la represión de los estados ha culminado casi siempre en la destrucción del propio estado o del sistema que ha implantado, gracias a que sus habitantes han pasado de ser sumisos a insumisos. El ser humano soporta y ha soportado muchos abusos, pero tiene un límite, y los estados siempre han traspasado esa delgada línea, y siempre lo han acabado pagando.

¿Qué tiene  que ver en todo esto la desconfianza y el miedo?

He elegido este símil entre desconfianza y miedo porque creo que ejemplifica bien la diferencia entre dejarse o no dejarse manipular, y los motivos por los que los seres humamos permitimos ciertas cosas al vivir en sociedad. A su vez, también he intentado mostrar que las injusticias tienen un límite, un límite que históricamente los estados siempre han sobrepasado, haciendo saltar la chispa definitiva que provocara una revolución.

Pienso que la verdadera libertad, la verdadera sabiduría y la verdadera justicia sólo se obtrendrán cuando exista la desconfianza constante, cuando dejemos de tener el miedo que nos convierte en sumisos cabizbajos ante el estado o ante cualquier organismo que nos pretenda aglutinar, tenga el nombre que tenga. Cuando nos preguntemos acerca de todas las cosas, cuando pongamos en duda hasta las afirmaciones más obvias ante la razón, con el único motivo de seguir mejorando y no tener que  estar hipotecados a nuestros propios ideales. Todo es cuestionable, y lo que hoy nos parece lo más justo y mejor, mañana puede ser una losa que impida nuestro desarrollo mental y como ser humano.

Podemos mejorar lo que nos rodea porque somos parte de lo que nos rodea, y tener una ideología o un pensamiento concreto en un momento de tu vida no significa que no puedas desconfiar de tus propias convicciones para intentar mejorarlas.

De ese modo lograremos encontrar el auténtico camino de nuestra vida, o al menos preguntarnos cuál es ese camino, en lugar de que alguien nos lo imponga diciéndonos que es lo mejor para nosotros.

12 Septiembre 2009

My experience con el guiri Antonio

DSC_0076

Antonio Rollón es un tipo singular donde los haya. Nació y se crió en Londres, y ha trabajado de cocinero desde que tenía nada menos que trece años. Ahora tiene trenta y tres años, la famosa “edad de Cristo”, y al llevar dos décadas dedicándose en exclusiva a la restauración no sabe trabajar en nada que se aleje de los fogones. Decir que es un cocinero excelente se queda corto, y al contrario de lo que pueda parecer, no es para nada un tipo ignorante, sino que la inteligencia y la empatía le fluyen por la sangre igual que lo hacen los glóbulos rojos o el oxígeno.

De padre zaragozano y madre británica, Antonio nunca había visitado España pero se sentía muy próximo a la cultura española. Le gustaba la paella, la tortilla de patatas y el vino de Rioja, pero nunca los había degustado de primera mano aquí, en la piel de toro.

Cuando creció, decidió probar suerte y marcharse a trabajar a un gran restaurante en Florida, donde (recomendado por su padre, también cocinero de alto standing)  continuó su aprendizaje culinario y, sobre todo, vital.

Pese a no gustarle los toros, la vida le dio bastantes cornadas (en forma de matrimonios fracasados y amistades engañosas), aunque por suerte no le arrebató el capote, dándole una nueva oportunidad para poder torear su vida sin que ésta le hiriera de muerte.

¿Y qué tiene que ver un inglés que se llama Antonio Rollón conmigo? Pues hasta hace un mes no tenía nada que ver, su vida y la mía eran totalmente distintas y distantes. Pero la casualidad y el maravilloso caos del universo lo trajeron a mi mundo y, más concretamente, a mi casa.

Antonio había roto un matrimonio que se había tornado en un infierno, se había quedado sin trabajo y algunas de las personas que le rodeaban le dieron la espalda. Las circunstancias le habían convertido en una bala perdida, y decidió volver a su England natal, pero antes, quiso visitar España.

Antonio no sabía a dónde ir ni con quién, ya que en Zaragoza no le quedaba familia y en España no conocía a nadie más que un antiguo compañero de trabajo, que ahora vivía en Alicante. El paciente inglés, entonces, le pidió consejo a su padre.

- Daddy, do you know somebody in Spain?

- Yes, Tony. You must call Paquita, she was my friend in Miami and now lives in Valencia. She will be a great host for you.

Paquita es mi madre. Ella estuvo trabajando siete años en Miami y allí conoció a Antonio Rollón senior, cocinero como ella, el padre zaragozano del Antonio Rollón al que va dedicado este post.

Mi madre se acababa de ir dos semanas a Asturias cuando Antonio la llamó para pedirle “asilo político” en su casa. Ella le ofreció su hogar, pero hasta que volviera de Asturias iba a ser su familia la que le hospedara. “Su familia”, en este caso, no somos otros que mi padre, mi tío y yo.

Cabe señalar que mi madre tiene un largo historial de meterse en movidas y arrastrar a su familia con ella, con lo que la idea de tener a un tío en nuestra casa, al que no conocíamos de nada (es más, ni siquiera ella lo conocía, sólo conoció a su padre) no era del todo agradable. Me temí algo bastante embarazoso cuando oí a mi padre hablar con ella por teléfono.

- ¿Qué? ¿Pero cuándo viene? ¿Mañana? Y tú te quedas allí,  ¿no? Manda cojones. Pero coño, Paqui ¿Estás en Asturias y nos mandas aquí a un tío que…? ¿Y cuánto tiempo se queda? Joder… vale, vale. Manaña iré a recogerlo al aeropuerto. Ale, adiós.

Mi padre, resignado calzonazos acostumbrado a tragar carros y carretas por amor (o quién sabe por qué) sucumbió de nuevo ante la labia de mi madre y nos explicó lo sucedido, aunque sólo escuchando la conversación telefónica ya te podías oler la tostada: Íbamos a tener en nuestra casa a un inglés  de padre español, residente en Florida y que no sabíamos ni quién era ni cuándo se iba a ir. Tentadora historia, ¿verdad? Buñuel habría hecho un peliculón con esto, os lo aseguro. Aquí empezó mi entrañable experiencia con el guiri Antonio.

Llegó a España con su diccionario y su cuaderno de ejercicios bajo el brazo.  Estaba aprendiendo español desde el mismo instante en que partió del aeropuerto de Miami. Sin pelo en la cabeza, sin apenas equipaje, con unas ojeras crónicas grabadas a fuego en su rostro y unas ganas tremendas de vivir, el guiri Antonio llegó a mi casa acompañado de un halo de paz y buenas vibraciones, invisibles pero perfectamente captables. Venía en son de paz, en son de amor, y eso se vio desde el primer instante.  Alto, delgado, sensible y educadísimo, Antonio entró en mi hogar como una brisa fresca y suave, que refresca sin llegar a molestar.

Los dos primeros días fueron algo raros, pues su castellano estaba aún muy verde y la comunicación entre él y mi familia se producía mayormente con gestos, además del distanciamiento inicial en personas que no se conocen de nada.  La mayor parte de las veces, me tocaba hacer de traductor entre locales y visitantes (con un dominio del  inglés que deja mucho que desear) pero el guiri Antonio es muy inteligente (mucho, de verdad) y en apenas una semana ya podía mantener una conversación fluida en español, siempre escudado por su inseparable diccionario English-Spanish, Spanish-English.

A partir de ahí todo fue mucho más rápido. Llegamos al acuerdo de que él me hablaría a mí en castellano y yo a él en inglés, y así podríamos perfeccionar ambos idiomas. Empezamos a coger confianza y a tener conversaciones cada vez más profundas, hasta llegar a conocernos bastante bien en apenas tres semanas.

En un intento por ser buen anfitrión, intenté enseñar a Antonio la ciudad de Valencia. Probó la auténtica paella valenciana (pollo, conejo y verduras típicas, no más alicientes), probó la mejor de las horchatas artesanas y probó el clima mediterráneo y el gran carácter abierto de los valencianos.

También me lo llevé a pasar el día a la Ciudad de las Artes y las Ciencias, donde disfrutó del mayor acuario de Europa, del Museo de Ciencias y de una película Imax sobre las profundidades marinas, cosa que le apasiona. Recuerdo con tanto cariño estas experiencias que mientras escribo esto, sin darme cuenta, sonrío.

Antonio, como digo al principio del post, es un tipo peculiar, muy peculiar, y muy especial. Es simpatizante de la religión budista, tiene una visión de la vida y un carácter que le hace tremendamente accesible, y el hecho de llegar a tener una conversación profunda con él puede ser realmente muy enriquecedor.

El guiri Antonio hizo muy buenas migas tanto con mi padre como con mi tío, con los que le encantaba compartir chupitos de whisky, mojitos y jarras de melocontinto o MTG (melocotón, tinto y gaseosa) ya que otra cosa no, pero al guiri le gustaba empinar el codo cosa mala, como buen inglés, y se fue a juntar con dos que no le hacían asco tampoco ni al whisky ni al tintorro.

Una de tantas noches en las que mi tío y el guiri Antonio se pusieron hasta las cejas de alcohol, pasó algo realmente descojonante, que sólo de pensarlo se me saltan las lágrimas de la risa. Resulta que ya eran las 2 de la mañana y mi tío, que es quien suele cocinar en casa, dijo que  iba a sacar el chorizo del congelador para comer al día siguiente. El guiri Antonio, no conocedor de que hablaba con alguien que tiene un gran corazón pero muy pocas luces,  tuvo la osadía de hacerle entender a mi tío algo acerca de la filosofía budista, con lo gracioso añadido del acento inglés cerrado y de los litros de alcohol que corrían por las venas de ambos:

- No choriso para mañana… -dijo Antonio- mañana no existe, ayer no existe… sólo ahora.

- ¡¿Cómo que no?! -replicó mi tío- Yo saco ahora el chorizo y mañana comemos chorizo por mis huevos. ¡Mañana chorizo comer!

- No, pero… tú no sabes mañana, mañana puede no existe.

- ¿Que no existe? Yo saco el chorizo y mañana comemos unas fabes con chorizo de escándalo, ¡y a tirarse pedos! ¡Cuescos a manta! ¡¡Pff, pffff…!!

- Pero… tú no puedes desir mañana, tú no sabes que pasa mañana. A lo mejor no hay mañana -el alcohol hacía que el pobre guiri no viera que era imposible hacerle entender algo así a alguien como mi tío- y quisás tú mañana no puedes porque no sabes…

- ¡¡¡Nada!!! -cortó en seco mi tío- mañana a comer chorizo y si mañana nos morimos todos me la suda, yo ahora saco el chorizo y mañana a comer todos fabes con chorizo… ¡¡¡y pedos!!!

- Antonio -le supliqué llorando de la risa al contemplar tal kafkiana escena- don’t try it more… it’s impossible. Talk about other things, please.

En su visita a nuestro país, el simpático guiri adquirió también varias costumbres muy españolas como la siesta y algo muy común entre españoles, hablar constantemente de mujeres. Un día en el supermercado, el guiri Antonio vio a una mujer de suculentas curvas y le dijo a mi tío:

- Buen culo esa chica.

- No se dice buen culo -dijo mi tío, que de fino no tiene nada- se dice “la pondría mirando pa’ Pamplona”.

A partir de ese momento, cada vez que el guiri Antonio veía una buena moza (ya fuera en la tele, en una revista o en la calle) decia “ohhh…  pa’ Pamploonaaa” con su típico acento inglés, y la verdad que pudo decirlo como cien veces en su estancia, pero en todas resultaba muy gracioso.

Con Antonio he vivido muchos momentos graciosos y también alguna que otra conversación en plan filosófico que, definitivamente, me ha aportado mucho más de lo que yo me podía imaginar.

Viajar es una experiencia tremendamente enriquecedora, entre otras muchas cosas, porque te das cuenta de que vives adaptado a un idioma y a unas costumbres que sólo están en tu lugar natal. En el resto del mundo se habla y se vive de mil formas distintas a la tuya, y el hecho de vivir experiencias sin llegar a entender todo lo que ves ni todo lo que te dicen puede llegar a ser frustrante, pero también tiene una gracia especial. Tiene una belleza que te hace disfrutar el momento de una forma única, pues te hace forzar tu mente para adaptarte, y sentir la empatía con las personas al mirarlas a los ojos, al interactuar con ellas, sin necesidad de entender todo lo que te están diciendo. Se trata de transformar el inconveniente del idioma en una ventaja para potenciar la conexión más allá de las palabras. Eso te hace sentir experiencias  nuevas y únicas, y el guiri Antonio jugó perfectamente esa baza en su viaje a nuestras tierras.

Una de las cosas en las que me he reafirmado con la visita de Antonio es que todo ocurre por una razón. Siempre tuve ese pensamiento, pero esta experiencia me ha hecho pensarlo más firmemente que nunca.

DSC_0497

Este es el tatuaje que el guiri Antonio luce en su brazo. Viene a significar algo así como “Esto también cuenta”, queriendo expresar que todo lo que te pasa en tu vida tiene trascendencia en tí y en los demás, y hay que tener siempre en cuenta eso antes de menospreciar cualquier momento o situación que vivas. Él lo lleva en su brazo para acordarse siempre de que no ha de desaprovechar nada de lo que le pase, y que ha de saber empaparse de todo lo que le ocurra. Aprender de todo. Siempre.

30 Agosto 2009

¡Tengo derecho a estar loco!

La locura ha sido atribuida desde el principio de los tiempos a causas sobrenaturales.  En las más antiguas civilizaciones se creía que los locos actuaban de manera diferente porque estaban poseídos por entes malignos. En el mejor de los casos, la locura era tratada con exorcismos o trepanaciones. En el peor de los casos podían sufrir horrores hasta el alivio de la muerte.

Aunque ya en la antigua Grecia se había teorizado sobre los orígenes psicológicos de la locura (separándola de lo sobrenatural o maligno) , las enfermedades mentales han sido estudiadas a fondo desde hace relativamente poco, en los siglos XIX y XX por pioneros como Freud o Jaspers. De esta forma llegamos hasta el conocimiento actual de la psique, que da paso a que se nos pueda separar oficialmente entre locos y cuerdos.

Seguro que en algún momento de tu vida, casi seguro en la infancia pero puede que también en tu madurez, te han hecho sentir en mayor o menor medida como si estuvieras un poco mal de la cabeza. Y la verdad es que para que se te vea como un bicho raro a veces no hace falta mucho. Con que vivas la vida un poquito a lo loco puede ser más que de sobra.

Tal vez, una tarde de repente se pusiera a diluviar y decidieras disfrutar bajo la manta de lluvia en lugar de ponerte a resguardo como el resto de la gente. Puede que te chiflen las películas gore o que seas un entusiasta de los fenómenos paranormales. Tal vez seas un friki que tiene un disco de 1 terabyte lleno de anime o quizás eres homosexual y has sentido como muchas personas te trataban como un enfermo mental.

Aunque el término “loco” se usa con frecuencia para los enfermos mentales de alto grado, no hace falta que seas violento ni supongas un peligro potencial para nadie. Hasta final del siglo XIX se denominó a la locura como  cualquier comportamiento que rechazaba las normas sociales establecidas, y aún hoy  sólo con pensar distinto a la mayoría de la gente puedes ser llamado o considerado loco, con los prejuicios y perjuicios que ello conlleva.

Asumir los roles en los que está estructurada tu sociedad no es una tarea ni fácil ni rápida. Desde pequeños somos educados como si estuviéramos en una burbuja, en base a unos principios morales que cuando somos mayores vemos violados a diario. La línea que separa lo correcto de lo incorrecto a veces es muy difusa y tienes que estar siempre preocupado de estar pisando en la zona de la corrección, porque un paso en falso puede ser considerado como un revés en tu conducta, algo que de por sí no es peligroso para nadie excepto para tí, por las consecuencias que te puede acarrear.

En la actualidad, disponemos de una libertad de expresión que, si bien está bastante recortada en algunos aspectos, es muy superior a la que tuvieron nuestros padres y abuelos, y por supuesto a la que tienen en países acribillados por el hambre, la pobreza y la guerra. Puedes pensar lo que quieras y decirlo abiertamente, siempre que te abstengas de cosas como gritar “¡bomba!” en un aeropuerto o similares actos de puro y duro trolleo social. Evidentemente tu libertad termina cuando transgredes la de otro, cuando la simpática locura se convierte en una demente violencia física o verbal.

Podemos ejercer nuestro derecho de libertad individual para multitud de cosas, puede que más incluso de las que imaginamos, pero el yugo del “qué dirán” siempre está ahí acechante, haciendo que nos replanteemos si realmente nos conviene hacer eso que íbamos a hacer o nos conviene decir eso que teníamos en mente. La ley no nos cohíbe pero las personas  sí.

Y aunque cada vez es más la gente que se expresa libremente y que no juzga a los demás en base a modelos éticos y morales obsoletos, a mí me siguen mirando mal cuando me río en medio de la calle al recordar un vídeo de Pitito o la broma de Manolo Cabezahuevo. O cuando conversando  con alguien le digo que vivimos en una cárcel de barrotes invisibles. Y no es que me importe que me miren mal, al contrario, es todo un honor para mí y lo hago saber con una complaciente sonrisa hacia mis queridos inquisidores sociales.

Al fin y al cabo soy consciente de que el rechazo que puede provocar la actitud de un loco como yo se debe al miedo innato que el ser humano siente por lo desconocido, por lo que discrepa y por lo misterioso. En realidad, cuando alguien te ataca por ser diferente, no te ataca por odio sino por miedo, porque su ignorancia no le deja entender lo que eres y por lo tanto estás poniendo en jaque todo lo que le han inculcado desde pequeño.

Pero si a mí no me importa que me miren mal, sí me entristece que se discrimine a los que piensan distinto, porque además de ser malo para el oprimido, es malo para el resto de la comunidad. Personas como Einstein o Gandhi han sido acusados de ser locos, y esa persecución hacia quien corrompe el orden establecido se ha llevado por delante quién sabe a  cuántas personas y a cuántos genios.

Hoy en día vivimos amparados por una constitución que nos otorga unos derechos y unas obligaciones. Yo cumplo con mis obligaciones como ciudadano: entre otras cosas pago mis impuestos, realizo correctamente mis trámites con la administración y no pongo en peligro la integridad física de ningún otro ciudadano.

Al cumplir con estas obligaciones, tengo una serie de derechos, y salvo que exista una ley que me lo prohíba (que no la hay) yo tengo derecho a pensar lo que me dé la gana. A ser anarquista, budista o cristiano si me apetece. A grabar vídeos con mis amigos haciendo el capullo, o quedarme embobado mirando al cielo y de repente ponerme a llorar. Tengo derecho a pensar que el hombre es un ser despreciable y que a la vez es infinitamente maravilloso.  Tengo derecho a vestirme como un vagabundo y a ser un payaso (todos mis respetos a los payasos). A dar las gracias a alguien por su amistad o por su amor un día cualquiera. Tengo derecho  a maravillarme cada día por la enorme casualidad y suerte de que mi corazón siga latiendo, y poder sentir cosas para las que las palabras se quedan pequeñas. Tengo derecho a estar loco, y a creer que la locura forma parte de la magia de la vida.

El ser humano… es extraordinario.

14 Agosto 2009

Amigos y enemigos

En el maravilloso camino de la vida, nos topamos con multitud de situaciones que pasan a ser parte de nuestra memoria, de nuestra conciencia y de nuestra personalidad. Nos influye el país en el que nacemos, la familia en la que crecemos o los amigos con los que nos juntamos. Pero no hay que olvidarse del papel que juegan aquellos a quienes no gustamos.

A veces todas estas cosas influyen de forma distinta a la que nosotros podemos pensar. Podemos creer, por ejemplo, que la influencia de nuestros allegados es beneficiosa, pues su apoyo, su cariño y su complicidad nos sacan de muchos apuros. Pero también puede ser que no sea así. La influencia de nuestros amigos, nuestra familia o quien más nos quiere, nos puede llevar por el camino contrario, aunque sea con la mejor de las intenciones. Pueden darnos la razón cuando no la tenemos, ponerse siempre de nuestra parte y no quitarnos la venda de los ojos, sino apretárnosla un poco más. De esta forma puede suceder que nos deseen el bien pero nos causen el mal.

En el lado opuesto se encuentran nuestros enemigos, los que podríamos pensar que es mejor tener lejos. Son  personas con las que (con más o menos motivos) no tenemos afinidad y no nos desean precisamente la mejor de las suertes. Incluso si la fricción es mucha, puede ser que hasta pongan de su parte para que nuestra vida sea mucho menos agradable. Algunos hasta están hábilmente disfrazados de amigos, compañeros o familiares. Nos pueden criticar, calumniar o cosas peores hagamos lo que hagamos, pero lo que ellos a veces no saben es que de tanto atacarnos, nos podemos poner en guardia y mejorar. Visto de este modo, las personas a las que no gustamos pueden desearnos el mal pero causarnos el bien.

Desde este punto de vista tanto los amigos como los enemigos serían importantes en nuestra vida. Hay que tener en cuenta el consejo de nuestros amigos pero sobre todo hay que tener en cuenta a quien no le caemos bien, porque como dijo el filósofo griego Antístenes, nuestros enemigos son los primeros que descubren nuestros defectos.

Tal vez lo más importante, lejos de amigos, enemigos o familiares, sea el papel que decidamos tomar nosotros mismos en nuestra vida. El maestro Bob Marley pensaba que nosotros podíamos ser nuestro peor enemigo, y nuestro peor enemigo podía ser nuestro mejor amigo.

Tenemos dentro un potencial increíble para hacer el bien y para hacer el mal, y es dificilísimo tener siempre la lucidez necesaria para actuar de manera correcta.

Yo, por si acaso, esperaré a mi querido enemigo con los brazos abiertos.

28 Julio 2009

La verdad sobre el sistema financiero

Hay una serie de verdades inocuas ante la razón. Del mismo modo que una mentira se intenta convertir en verdad repitiéndola mil veces, las verdades se dejan sueltas con tal libertad que acaban convirtiéndose en tópicos, y como tópicos que son, acaban tomados casi a broma.

Un ejemplo muy conocido de una mentira que se intenta convertir en verdad mediante la repetición podría ser el caso de las famosas armas de destrucción masiva de Irak, que jamás existieron pero que fueron tomadas por reales, y gracias a ese pretexto se llevó a cabo una invasión que, a día de hoy, se salda con cerca de un millón de civiles muertos.

Por contra, un ejemplo de verdad que se acaba desvirtuando es muy fácil de encontrar. Frases como “los políticos sólo quieren el poder” o  “somos esclavos de los bancos” expresan cosas tan fuertes y, en cierta medida, tan reales que me pregunto qué será exactamente lo que nos ha pasado para tener esta asombrosa  inmunidad ante frases que no deberían sino hacernos, como mínimo, reflexionar.

Que los políticos sólo quieran el poder o que seamos esclavos de los bancos son argumentos muy fáciles de desmontar para los políticos y para los bancos. Aplicando la lógica, ni todos los políticos ansían el poder ni somos realmente esclavos al servicio de los bancos. Por lo tanto esa fe ciega en que algunos políticos son honrados y en que los bancos nos sangran pero nos prestan un servicio vital para nuestra vida (créditos) hace que la maquinaria continúe, con los mismos políticos y con el mismo sistema bancario.

Tengo que confesar que me apasiona la economía. Es una de esas cosas que no busqué jamás, pero que me encontré de frente y estuvimos condenados a entendernos, pues en su día estudié Administración y Finanzas por el mero hecho de que para estudiar otra cosa debía desplazarme, y estudiar administración era lo más cómodo. Así que descubrí la contabilidad y el sistema financiero. Por el asco que le he tenido siempre a las matemáticas lo pasé bastante mal al principio, pero le cogí el gusto (todo es ponerse) y los números y las fórmulas ya no eran un obstáculo, sino que eran un mero trámite que me hacía incluso disfrutar mientras resolvía problemas que se podrían dar en la vida real.

Y luego llegó la Bolsa, mercado de capitales por excelencia. Ese fue el comienzo de todo para mí, conocer la Bolsa. Ese complicadísimo sistema de valores me llevó más allá de los meros números y fórmulas, me empujó a reflexionar sobre las raíces del sistema económico, sobre su importancia REAL en nuestro día a día. Sobre su influencia auténtica en lo que hoy en día es el mundo.

Supe que realmente en el planeta no hay tanto dinero material como el que figura en nuestras cuentas bancarias. Sería imposible que sacáramos todo nuestro dinero de los bancos. No porque no quieran dárnoslo, sino porque no lo tienen. No lo tiene nadie, en realidad. No existe tanto dinero, sólo existen sucedáneos en forma de cuentas bancarias, cheques, pagarés, obligaciones… etc. Pero dinero, dinero… lo que se dice show me the money, no hay tanto. No hay en realidad ni una décima parte, y eso es el más cálido y acogedor caldo de cultivo para la especulación económica. Para que, en pocas palabras, un dinero que no existe genere intereses, obligaciones de pago.

La economía es realmente complicada de entender. Un peñazo, un bodrio, una patada en los cojones si así quieres llamarlo. Si no hay algo de ella que te llame la atención cual bella dama, no entenderás nada porque hay mil mecanismos distintos para mil tipos de operaciones económicas, que a su vez tienen relación constante con el mercado y con las instituciones públicas y privadas. Es por eso que, además de difícil de entender, la economía es complicadísima de explicar.

Pero he aquí que en una anodina tarde de verano, con los ventiladores a punto de pedir la baja por estrés, veo la película Concursante. Un título que nadie relacionaría con economía, y que esconde tras de sí un film que para mí ha sido muy revelador, sobre todo por la simplicidad con la que ha explicado la tiranía del sistema económico capitalista basado en la financiación externa (bancos).

La peli va de un joven que gana un increíble premio en un concurso televisivo, valorado en 3 millones de euros. Una mansión, coches, un avión… pero ni un euro en metálico. Este gran premio supone todo un calvario para él, pues Hacienda le reclama casi la mitad del premio, considerando que su patrimonio personal ha aumentado en 3 millones de euros. Y a Hacienda no se le puede pagar en especie… así que pide un crédito al banco para pagar esos impuestos calculados sobre un dinero que él no tiene, pero de cuyo pago no puede eximirse. Todo se convierte en una diabólica bola de nieve hasta que conoce a un hombre que se dedicaba a dar conferencias sobre economía, y este le da una simple pero ilustradora charla acerca de como el sistema hipotecario se adueña de todo lo que tenemos, e incluso de lo que no tenemos. Siete minutos de vídeo imprescindibles para cualquiera que se haga preguntas acerca de la economía.

El obstinado premiado, cuyo papel interpreta genialmente Leonardo Sbaraglia, era profesor de Historia de la Economía. Cuando todo el bucle económico se adueña de su vida, de su trabajo y de su cordura, tiene una última charla “clandestina” a modo de revelación para sus alumnos, justo después de que le despidan:

- Cuando hay exceso de dinero sólo hay dos formas de equilibrio: O se hace desaparecer el 90% del dinero, es decir el ficticio, el que no es tangible (cosa que no va a suceder) o se suben los precios entre diez y quince veces, y así acabará todo. Cuando todo llegue a su fín -decía el profesor mientras Seguridad lo sacaba ya a la fuerza de su clase- harán una de estas dos cosas. ¡¡¡Esta es la verdadera explicación de los ciclos económicos!!!  Ese será el fin de todo, ¡Desconfíen! ¡Olviden lo que han aprendido -gritaba ya cual lunático desbocado- desconfíen de lo que saben, desconfíen de mí! ¡¡¡No crean en nada, no crean en nada!!!

Y es que este buen hombre sólo trataba de concienciar a sus alumnos para que no cometieran el mismo error que él, el de poner sus vidas en manos de una institución financiera.

Desconfiar puede ser una genial forma de hacernos preguntas, de aprender y, en consecuencia, de evolucionar. Por favor, tenlo en cuenta antes de pedir un préstamo.

14 Julio 2009

Mi amigo Bob

Sin dejar de lado el sentimiento y la reflexión, hoy voy a soltarme la melena literaria porque me gustaría hablar de un amigo al que le debo gran parte de las mejores experiencias de toda mi existencia. Un amigo fiel que se fue para siempre. Quiero hablaros de Bob.

El Bob al que me refiero tiene muy poco que ver con Bob Marley, con Bob Esponja o con el actor secundario Bob, aunque en su filosofía de vida ha cabido siempre un poco de esos tres. Este Bob era diferente, y fue especial en mi vida.

Conocí a Bob cuando tenía 19 años, recién sacado el carnet de conducir. Yo por aquel entonces estaba buscando alguien con quien descubrir la vida, con quien vivir experiencias, y Bob se ajustaba mucho a ese perfil. Él era del pueblo en el que yo vivía por aquel entonces, y pertenecía a una familia trabajadora y honrada, además de bastante solvente.

Él era negro y tenía rasgos agitanados, pero eso en ningún momento fue un obstáculo. Nos conocimos y nos hicimos compañeros al instante. Su familia quería que estuviera con alguien del pueblo en lugar de con cualquier extranjero de por ahí, así que Bob y yo empezamos a disfrutar juntos de la vida y nos hicimos buenos amigos. La gente nos miraba algo extrañados, pues hacíamos una pareja bastante rara en un pueblo tan pequeño.

Por aquel entonces mi vida de gambitero trasnochador y disc-jockey ocasional era un hervidero de sensaciones y hormonas, aunque más hormonas que sensaciones, la verdad. La casualidad quiso que en el mismo verano en que conocí a Bob, mi mejor amigo Jose rompiera con su primera novia, con la que llevaba 4 años y lo había vivido todo. Me llamó llorando y hecho trizas, así que supe que era el momento de ahogar las penas en una de las tantas noches veraniegas que nos hemos tirado emborrachando a las estrellas. Tardé lo justo en coger la moto y tirar millas hasta su chalet, a 20 kilómetros de mi casa. Llegué en tiempo récord, nos fundimos en un doloroso y entrañable abrazo y empezó a contarme todo lo que hizo estallar aquella, su primera relación, la que nunca olvidamos. Nos fuimos a un rinconcito que tenemos en el monte, cada uno con su moto,  acompañados de la inestimable sangría de tetra brik. La noche avanzó y nuestro estado neuronal empeoraba con cada empinada de codo y calada a caraperro. Pasadas varias horas, y en condiciones sensiblemente mermadas, me balbuceó:

- Tío, tenemos que irnos a Ibiza tú y yo. Un fin de semana, de puntazo -dijo mi amigo roto de pena entre lágrimas, tragos y caladas- nos olvidamos de todo y nos pegamos allí la fiesta de la vida… ¡¡Un fin de semana!! ¡Sin ropa, sin nada! Nos vamos en el ferri desde Denia el viernes y volvemos en el del domingo. Sin apartamento ni pollas.

- Eso está hecho primo, ¡Ibiza, qué flipe! vamos a hacerlo sin pensar… ¡a lo loco! -respondí con atrevimiento juvenil- vamos a informarnos de los horarios y lo hacemos lo antes posible.

Tras la llorera y la noche de charla alcohólica volvimos a su chalet con el canto de los gallos. Cada uno en su moto, en un estado ciertamente lamentable, a 20 por hora, circulando en paralelo uno al lado del otro y haciendo eses que nos hacían rebotar moto contra moto justo en la línea divisoria de la carretera durante una y otra vez, una y otra vez…

Estoy seguro de que si existe Dios y nos vió en esos momentos de penosa conducción, lo grabó con el móvil y se parte la caja mientras ve el vídeo en el Youtube de los dioses.

Total que nos tomamos en serio lo del viaje, e incluso se apuntaron otros dos grandísimos amigos, pero lo que hizo el viaje absolutamente especial fue el invitado de excepción, pues decidimos llevarnos a Ibiza a mi amigo Bob. No resultó ser un viaje tan relámpago, sino que se planificó bien, con su apartamentito y todo. En ese momento, la desgracia de romper con la novia de toda la vida fue la ocasión perfecta para incluir a Bob dentro de mi grupo de amigos. Empezó a escribirse una nueva página en nuestras vidas.

Recorrer la isla con Bob y mis amigos fue una experiencia inolvidable. Visitamos las maravillosas calas, el famoso mercadito hippie de Sant Carles y el templo del relax y el buen rollo Café del Mar. También, como no, casi todas las discotecas de Ibiza, desde Amnesia hasta mi favorita, El Divino. Lo de Bora-bora no pudo ser, aquel año se encontraba cerrado por chanchullos que flipas desavenencias legales con las autoridades.

Ir con mis amigos y con Bob por toda Ibiza, viviendo cada minuto fue increíble. Recordaré siempre cómo el buen rollo salía de debajo de las piedras. Cómo olvidar el botellón en el parking de Amnesia con Yago Lamela y sus amigos, a los que acudimos porque nos faltaba hielo. Qué decir de las calas en las que todo cristo va en pelotas y el agua es tan cristalina que te deja ver como los pececillos nadan esquivando tus piernas. Fue tan maravilloso… ¡hasta descubrí la risoterapia! y además de una manera bastante curiosa, por cierto.

Resulta que durante las noches que estuvimos en Ibiza, al llegar de pegarnos el festival, como es lógico nos desplomábamos exhaustos sobre las camas. Pasaban unos momentos  hasta que alguien (no importaba quién) decía “Oye, ¿nos partimos la polla?”. En ese momento todo se paraba y solo había silencio, hasta que alguien empezaba a reírse. El modus operandi siempre era el mismo, y aún hoy en día, bastantes años despues, lo sigue siendo:

La primera risa es suave, como dejada caer. Después alguien se ríe de esa risa cutre y solitaria, otro se ríe de esas dos risas, y cuando quieres darte cuenta estás llorando y descojonándote a más no poder, emitiendo carcajadas increíblemente sonoras y sin saber de qué te estás riendo.

Y es que con Bob he pasado los momentos más locos de la vida. He ido a mil sitios y he conocido a mil personas. Me he ido de fiesta, al fútbol, de excursión, a bodas, funerales…  incluso me ayudó a tener experiencias sexuales inolvidables. No me lo tiré, no, pero gracias a él he podido hacer alguna que otra caidita de Roma.

Mi amigo Bob ha hecho mucho por mí. Gracias a él he tenido trabajos, mujeres, amistades… me facilitó la vida de una manera enorme. Bob siempre estaba allí, aunque por los excesos de su pasado no siempre estaba en buenas condiciones. Si ese día no le dolía nada especial, podías ir a comerte el mundo con él y volver a casa con una experiencia inolvidable. Garantizado. Palabra de Bob.

Es cierto que  ser su compañero me hizo gastar un dineral y no menos cierto es que me dejó tirado en múltiples ocasiones, pero nadie es perfecto y los amigos se lo perdonan todo, porque en el fondo, cuando de verdad lo he necesitado ha estado ahí como un campeón. Y eso para mí ha sido siempre lo más importante.

Hoy, cuando ya hace dos años que le perdí la pista para siempre, todavía le recuerdo con increíble cariño. Estaba muy delicado de salud y al final murió sobre el asfalto, como no podía ser de otra manera.

Nunca lo borraré de mi memoria porque el primer coche, como el primer amor, jamás se olvida.

PIC00077b

Este es Bob

Bob (nombre que le daba su matrícula B-8690-OB) fue un Renault 21 negro repintao, coche de gitano donde los haya, con el que pasé gran parte de mi juventud. Tenía más de 500.000 km cuando lo compré, pues había sido taxi en Barcelona. Recién comprado me lo llevé a Ibiza con mis amigos, me regaló tres días de ensueño en la isla y tres años de averías, vivencias y situaciones como para escribir tres biblias. Ahora tengo a Mi Puto Hijo (M-PH) un coche mucho más “responsable” que Bob, con el que estoy inmensamente feliz. No obstante, como ya he dicho, tu primer coche nunca lo olvidas. Y tu primer polvo en un coche, tampoco.

Os dejo la que para mí es la canción más bonita del mundo, que he compartido con Bob y con mis mejores amigos en maravillosas travesías por diferentes lugares, viviendo a flor de piel la auténtica felicidad.


Gracias Bob.

6 Julio 2009

El síndrome de Valencia

Hace unos años tuve la ocasión de viajar desde Valencia, mi ciudad natal, hasta Barcelona para pasar unos días con un amigo.

Durante la estancia allí, como buen anfitrión, el chico se preocupó bastante de tenerme casi todo el tiempo ocupado. Me preparó quedadas con sus amigos, cenas por ahí y excursiones a todo tipo de lugares típicos de la zona. Pero lo mejor de todo sucedió cuando decidió llevarme en el Bus Turístic de Barcelona.

Aquello fue genial, vimos muchos de los mejores lugares de la ciudad y lo que más me llamó la atención fue la frase que me dijo mi amigo, que era de Barcelona desde que decidió nacer.

- Nen, yo que soy de aquí, no sabía que Barcelona era tan bonita, de verdad te lo digo, ¿eh?

Aquella frase me impactó mucho por lo embobao que estaba mientras lo decía y porque automáticamente empecé a empatizar con sus emociones. ¿Cuánto podría estar yo perdiéndome de mi ciudad? ¿Qué cosas podrían haber que me llegaran a fascinar?

Pues bien, he recorrido prácticamente toda mi ciudad en multitud de ocasiones y he de decir que Valencia es una ciudad amplia, con un clima único y con un equilibrio entre cultura y modernismo brutal. Además su gente es de un carácter muy abierto. Creo que, aunque pueda ser subjetivo, Valencia es un maravilloso sitio donde vivir. Eso sí, aún no he cogido el Bus Turístico… pero no voy a tardar mucho.

No trato de que todos vengáis este verano a Valencia, no. Lo que quiero transmitir es que yo he conocido mi ciudad y he aprendido a valorar todo lo que tiene. Los valencianos (los de toda la Comunidad Valenciana) somos un pueblo especial, por muchas cosas, y de algunas de ellas va este post.

Resulta que acabo de ver la película El Sindrome de Svensson, una película producida y filmada en diversos pueblos de la provincia de Valencia. Forma parte de una serie de DVD’s llenos de películas que esperaba ver este verano, pero esta la escogí por error. Lo curioso del caso es que ya la intenté ver hace mucho tiempo y no aguanté 10 minutos, tuve que quitarla de lo malísima que me pareció. Me dio la sensación de ser la típica película surrealista en la que intentan ir de graciosos haciendo estupideces constantes dentro de un guión infumable. Tan mala me pareció que la borré de mi memoria para siempre en segundos. Y ya me extrañó que fuera tan mala, porque el reparto que tiene es realmente excelente, pues aparecen muchos actores conocidos de cine y televisión.

Pero he aquí que la vida te da a veces segundas oportunidades, y como esa película estaba totalmente fuera de mi memoria, al ver el DVD mucho tiempo después ni recordaba lo mala que era. No recordaba absolutamente nada. Leí “El síndrome de Svensson” escrito a boli en la carátula y mi cabeza no lo relacionó con aquel film. Aquella película ya no existía para mí, así que tropecé dos veces con la misma piedra, aunque esta vez para bien.

Eso sí, demasiadas pistas le hacen a uno acertar por muy tonto que sea, y en cuanto vi el primer fotograma, exclamé para mis adentros: ¡Mierda!

Otra vez la peli del capullo con una camiseta de la selección sueca que intenta ir a dedo hasta Xàtiva (Valencia) porque allí tiene que encontrar a su mujer ideal. Ese tipo tiene el Síndrome de Svensson, una extraña enfermedad sin síntomas ni tratamiento, a la que le han puesto el nombre de nuestro protagonista, pues su família es la única que la padece. No saben lo que es. En realidad no es nada, no existe. Además el chico (que es buena gente en verdad) se encuentra con multitud de frikazos de talla mundial en un guión totalmente absurdo. Con ese panorama y con el poco interés que puse en verla, ¿cómo iba a gustarme?

Pensé en avanzar hacia delante por si había algo gracioso que me estimulara para soportarla, y vi un par de escenas que me hicieron esbozar una gran sonrisa sin darme cuenta. Al ser consciente de que estaba disfrutando, decidí verla completa, y tengo que decir que estoy muy contento de haberlo hecho.

Al verla sin prejuicios, la he disfrutado como un enano riéndome de situaciones irrisorias y absurdas, mezclando clichés típicos y muy exagerados de los valencianos (paella, macarras, naranjas, fallas, labradores catetos, paquito el chocolatero…) con unas dosis de humor surrealista que me ha hecho reír y hasta incluso llorar, tanto de risa como de emoción.

Viendo la película completa pude disfrutar una secuencia que me tocó las fibras más sensibles: dos pijas catalanas se pierden en el barrio del Cabanyal (barrio marinero de Valencia, donde yo nací y me crié) y muestran un plano a coche de las distintas callejuelas y las viejas casas con más de cien años que le siguen dando ese toque antiguo y cultural a la ciudad cada vez más modernizada. Este es un barrio muy carismático y antiguo de Valencia, y actualmente está en peligro de extinción. Al ser mi barrio natal y conocer toda la polémica que hay entorno a él, me emocionaron mucho estas escenas. Esta situación es poco conocida a nivel nacional, aunque programas como Callejeros también le dedicaron un tiempo en televisión.

El retrato del barrio del Cabanyal con toda la vida que allí hay (esa parte fue más documental que película) me llegó de verdad. Los viejos sentados en las puertas de sus pequeñas y viejas casitas, tomando el fresco y charlando con los vecinos. Las coloristas y preciosas fachadas de muchas de aquellas casas le otorgan un carácter mediterráneo y añejo que solo se comprende desde la aceptación de la memoria histórica de la ciudad. Incluso toda la “fauna” que siempre ha habido en esa zona ( es un barrio muy humilde con lo que eso conlleva) son cosas que quien conoce Valencia sabe que van con el carácter de la ciudad. Han estado siempre allí y forman parte de la idiosincrasia valenciana. Fue muy especial ver todo eso en una película. Era como visualizar lo que yo he vivido desde pequeño pero en 8 mm. O bueno, mejor dicho a 512 kbps. De verdad que esa película tiene algo muy especial.

No sé si alguien de fuera de Valencia la disfrutará o sabrá captar parte de ese mensaje en clave valenciana que nos deja, pero sí que puedo decir que si eres de Valencia o conoces la tierra y quieres ver una peli para reirte sin prejuicios ni complejos, (y hasta para pensar un poquito si te lo propones) esta es una grandísima ocasión.

Puede que a primera vista te parezca una apestosa creación, pero si lo intentas a lo mejor te hace aprender a valorar un poco más la cultura y la filosofía de vida que aquí tenemos. En definitiva, la cultura que cada uno tiene en su tierra. Aquí os dejo un par de trailers del film.

Vivas donde vivas, ese sitio tiene una historia que vale la pena conocer, no te niegues el placer de saborear la cultura de donde están tus raíces.

Es muy bueno estar rulando un poquito por tu ciudad. Conocerla mola, y además, te ayuda a conocerte a tí mismo. Yo ya tengo el síndrome de Valencia. Espero que tú contraigas también el síndrome de tu pueblo.